27/04/2026, 22.29
TIERRA SANTA
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Pizzaballa: 'También hay un sueño de Dios para la Jerusalén en conflicto'

de Giorgio Bernardelli

El patriarca latino publicó una extensa carta pastoral sobre cómo vivir como cristianos a la luz del "nuevo paradigma" configurado por el 7 de octubre de 2023 y la guerra en Gaza. Inspirándose en el modelo de la "Nueva Jerusalén" del Apocalipsis, propone una forma de convivencia que supera los exclusivismos actuales y busca sanar las heridas. Invita a las familias a ser con sus hijos ejemplo de purificación de la memoria, contando la verdad sin transmitir odio.

 

Jerusalén (AsiaNews) - Una síntesis escrita con “fatiga y sufrimiento”, pero también colmada de la “confianza en que Dios no abandona su historia”. Dirigida a una comunidad muy concreta, la del Patriarcado Latino de Jerusalén en un momento tan difícil de su historia, pero con la conciencia de que la Ciudad Santa, incluso con sus heridas de hoy, sigue siendo el sueño de Dios para toda la humanidad y, por lo tanto, tiene un mensaje para los creyentes de todo el mundo. Estas son las ideas fundamentales de la carta pastoral “Regresaron a Jerusalén con gran alegría”, un extenso texto difundido hoy por el Patriarca latino, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, en el que ofrece "una propuesta para vivir la vocación cristiana en el corazón del conflicto" destinada a su comunidad y a los fieles de todo el mundo.  El texto es largo y detallado, y se propone como punto de partida para una reflexión a desarrollar juntos en un contexto eclesial evitando lecturas “rápidas y parciales”. 

Pizzaballa sitúa explícitamente sus palabras en un plano distinto al de las cuestiones políticas, aunque sin duda no por un deseo de evasión de la realidad. “Las denuncias y los análisis siguen siendo necesarios, no podemos eximirnos de expresarlos”, escribe el Card. Pizzaballa. “Pero no serán ellos los que nos abran horizontes de confianza. Encontrarán tal vez consenso incluso fuera de nuestra comunidad, en otras personas que se reconozcan en nuestras valoraciones. Sin embargo, deben ir acompañados por la pregunta sobre qué nos pide el Señor en este momento, e interrogarnos sobre cómo expresar con la vida nuestra fe en este contexto difícil. Esa es la pregunta que desde hace tiempo acompaña mi ministerio de pastor: ¿cómo situarnos como cristianos, como asamblea eclesial, dentro de esta situación de conflicto —político, militar, espiritual— que sabemos que durará todavía muchos años?”.

En esta perspectiva, la carta se articula en tres partes: en la primera, el patriarca intenta leer en toda su crudeza la realidad del conflicto, centrándose en qué ha cambiado realmente en estos últimos años en Tierra Santa y, más en general, en el mundo en el que todos vivimos. Sin embargo, si queremos reflexionar sobre cómo vivir en este contexto como cristianos, no podemos quedarnos aquí: es necesario volver a partir del sueño de Dios que Jerusalén está llamada a encarnar. Y es lo que Pizzaballa propone en la segunda parte de la carta, la central, en la que, tomando como ícono bíblico de referencia la Jerusalén celestial que se describe en los dos últimos capítulos del libro del Apocalipsis, presenta algunos rasgos específicos de la vocación de la comunidad cristiana llamada a vivir en la Jerusalén terrenal. Luego, en la tercera parte, se refiere a una serie de implicaciones pastorales muy concretas de esta mirada.

Leer la realidad

El punto de partida es el “cambio de paradigma” que el 7 de octubre de 2023 y la guerra en Gaza han supuesto no solo para Tierra Santa sino para el mundo entero. El “retorno del uso de la fuerza como herramienta que se considera decisiva para resolver las controversias”, la guerra que se convierte en “objeto de un culto idólatra” que también se alimenta de palabras e imágenes. Y además, las nuevas preguntas que plantea el uso de la inteligencia artificial en las operaciones bélicas: “¿Cuántas personas —se pregunta el patriarca— en estas últimas guerras de nuestro territorio han muerto por ‘decisión de un algoritmo’?”.

Todo esto, para el Card. Pizzaballa, ha desencadenado un gran caos que tiene consecuencias en la vida de todos en cinco núcleos fundamentales: en primer lugar, la disolución de las relaciones, envenenadas por el odio y la desconfianza. “La percepción del propio dolor se vuelve única, absoluta. Asistimos a una dolorosa deshumanización del otro: cuando él es solo el enemigo, todo es lícito”. Y luego la fragmentación en enclaves y burbujas identitarias, amplificadas por los algoritmos de las redes sociales: una pertenencia que se vive por oposición, donde el “nosotros” se reduce a identidades contrapuestas. En el gran caos, palabras clave como convivencia, diálogo y justicia también pierden valor: “El bien común —escribe Pizzaballa— es sacrificado por todos, aunque de diferentes maneras, en el altar de los intereses particulares. Parece que cada uno piensa solo en sí mismo, en su propia supervivencia, en su propia seguridad, en la guerra existencial perenne, en frentes cada vez más distantes”. Y esto a pesar de que “la realidad, mucho más allá de lo que pensamos, sentimos o creemos, nos recuerda que estamos destinados a encontrar formas posibles de convivencia. No hay alternativa”.

El caos también ha sumido en la crisis el diálogo interreligioso, bajo el peso de memorias contrapuestas e instrumentalizaciones identitarias. E incluso la comunidad eclesial del Patriarcado vive inmersa en esta desorientación general, a veces por la dificultad para mantener unida la experiencia de los que viven en realidades diferentes como Israel, Palestina, Jordania o Chipre, cada una con su propia historia y sus propias dinámicas. “Nuestra Iglesia —comenta el cardenal— ha hecho oír su voz tratando de pronunciar una palabra de verdad —honesta, clara, con franqueza— incluso dentro de este desorden, a menudo a costa de incomprensiones. Pero, me pregunto, ¿ha sido suficiente? ¿O acaso, en este período tan duro, a veces hemos privilegiado la prudencia y buscado la supervivencia institucional, sacrificando nuestro testimonio profético? ¿Cómo podemos decir una palabra de verdad sin crear nuevas barreras y nuevas víctimas? Es una pregunta que me acompaña todos los días, a la que nunca es fácil responder. Es necesario plantearse este interrogante con sinceridad, ante todo delante del Señor, sabiendo que el discernimiento es escuchar la voz de Dios, convirtiéndonos a la verdad, buscando la justicia, eligiendo el bien de nuestros hermanos”.

El sueño de Dios llamado Jerusalén

Y es precisamente aquí donde “el sueño de Dios llamado Jerusalén” —al que está dedicada la segunda parte de la carta— se convierte en el horizonte de referencia para buscar el camino. Porque a la ciudad-refugio construida por Caín movido por el miedo, Dios responde con la nueva Jerusalén, su don de amor, cuya primera tarea es dar testimonio de la presencia de Dios. “Jerusalén —escribe Pizzaballa— no es solo una cuestión de fronteras políticas o acuerdos técnicos: su identidad principal es ser el lugar de la revelación de Dios”. Desmitificando un lugar común muy difundido, el patriarca explica que precisamente la pretensión de ignorar esta dimensión vertical “ha llevado y llevará al fracaso de cualquier convivencia”.

Pero el Apocalipsis revela también un aspecto que hoy es más crucial que nunca: “No vi ningún templo en la Ciudad, porque su Templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero” (Ap 21,22). En Jerusalén “Dios no habita en un edificio separado por fronteras exclusivas —comenta Pizzaballa— sino en la relación”; los Lugares Santos se deben custodiar “para preservar, no para sofocar la libertad”. Incluso los “statu quo” (las reglas que salvaguardan los derechos de cada comunidad) siguen siendo necesarios, “pero hace falta el valor de construir nuevos modelos de relaciones donde la fe compartida en Dios se convierta en ocasión de encuentro y no de exclusión”.

Para ir más allá de las interpretaciones selectivas de la historia, el Cardenal invoca "una ciudad con las puertas abiertas y una memoria purificada”. Porque “Dios no borra la historia, sino que la recrea sobre cimientos nuevos”. “Es necesario repensar —anota— las categorías de culpa, justicia y perdón para generar un futuro diferente”, “en un proceso que no es diplomático, sino espiritual”. Y eso es lo que hace universal la vocación de Jerusalén: “Lo que allí sucede involucra a miles de millones de creyentes. No pertenece a nadie de manera exclusiva, sino que es patrimonio de la humanidad”. Por eso su misión es curar al mundo entero de sus heridas.

Las implicaciones pastorales

Ser expresión visible de esta “nueva Jerusalén” incluso en la dolorosa situación actual se convierte entonces en la tarea de la Iglesia que vive en esta ciudad terrenal. “No se trata de implementar un proyecto abstracto —explica el patriarca— sino de dejarnos iluminar en nuestra vida de todos los días, en la parroquia, en la familia, en las instituciones. Es un camino largo y difícil, pero el único que puede darnos confianza”. Entonces, una de las implicaciones pastorales es el primado de la liturgia y de la oración (“No solo las oraciones por la paz —que también se deben promover— sino la oración como atmósfera estable de nuestra vida, como lo que da forma a nuestras jornadas, a nuestras semanas, a nuestras comunidades. Pienso en particular en la Liturgia de las Horas comunitaria, en la lectio divina, en la adoración eucarística”).

Pero también el camino de las familias como iglesias domésticas que educan en la fe y en la reconciliación (“donde el pasado se puede contar a los hijos con dolor y verdad, pero sin transmitir sentimientos de odio y venganza”). Y después las escuelas —“uno de los dones más grandes de las Iglesias a esta Tierra”—, los hospitales y las obras sociales —“lugares donde la acogida, el diálogo y la curación ya son una realidad vivida”—. Junto con el diálogo interreligioso, que hoy encuentra muchas dificultades, pero que “para los cristianos no es solo una necesidad vital, sino la forma misma del ser Iglesia. Debe dejar de ser parte sólo de las élites —pide Pizzaballa a su comunidad— y arraigar en la vida cotidiana”. Porque “hay que tener la osadía de perdonar, no para justificar el mal, sino para romper la cadena del odio”. Junto con el rechazo de la violencia, que incluso en el lenguaje “debe ser total y visible, porque nunca es una opción evangélica”.

¿Cómo llevar a cabo todo esto? El cardenal es terminante al respecto: “Solos no podemos. Pero no estamos solos. Jesús nos espera en nuestras parroquias, en nuestras comunidades de fe, en nuestros grupos y movimientos eclesiales”. Cita la imagen final del Evangelio de Lucas, cuando los discípulos, después de la ascensión de Jesús, “regresaron a Jerusalén con gran alegría” (Lc 24,52). “Habían sido sacudidos, habían tenido miedo, habían dudado —comenta el patriarca latino de Jerusalén—. Y, sin embargo, al final, vuelven llenos de alegría. Nosotros también deseamos volver a nuestra Jerusalén cotidiana —nuestros hogares, nuestras parroquias, nuestras comunidades, nuestros compromisos diarios— con esa misma alegría. No una alegría ingenua, que ignora las dificultades. Sino una alegría pascual, que sabe que la luz vence a las tinieblas, que la vida derrota a la muerte, que el amor desarma el odio”.

 

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