28/09/2017, 18.44
RUSIA
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La libertad religiosa post-soviética tiene 20 años

de Vladimir Rozanskij

La ley de 1997 afirma la superioridad de la Ortodoxia; reconoce a cuatro “religiones tradicionales”: islam, budismo, hebraísmo, cristianismo católico y protestante. Reconocidos también algunos grupos que demostraban ser activas desde hace al menos 15 años antes de la ley. Por la presencia de una multitud de sectas, se  debería restringir la ley. Están en la mira los Testigos de Jehová y Scientology. Pero el mundo ortodoxo está en contra.

Moscú (AsiaNews)- Ya pasaron 20 años desde la aprobación de la ley sobre la libertad religiosa en Rusia, que marcó una separación muy significativo entre el período de Boris Eltsyn y aquel inaugurado poco después por Vladimir Putin, ya entrado en el Panteón de los gobernantes más longevos en la historia de Rusia. La ley aprobada en 1997 marcó de hecho la capitulación del “cuervo blanco”, hombre-símbolo de la salida del comunismo y de la amistad con Occidente, en relación con la reformulación de la eterna aspiración rusa al aislamiento y a la superioridad hacia otros pueblos, pasando por del imperialismo soviético al integrismo ortodoxo. Sobre esta ley se volvió a abrir en Rusia un encendido debate, después de la propuesta de algunos diputados de someterla a revisión.

La ley, “Sobre la libertad de conciencia y las organizaciones religiosas”, canceló las precedentes disposiciones de 1990, una soviética (de Gorbarchov) y una de la República rusa (de Eltsin), que había a su vez puesto fin después de 75 años de ateísmo militante y de persecución de los creyentes de cualquier credo. Era el inicio del “renacimiento religioso” ruso, que vio en pocos años la reapertura de iglesias, capillas, mezquitas y lugares de oración de todo tipo, sobre las alas del entusiasmo y de la “sed espiritual” de una población que desde hace tanto tiempo ya no soportaba más la capa ideológica del marxismo-leninismo. Ninguna limitación impedía a los misioneros y predicadores de cualquier país poder ir a Rusia y hacer propaganda del propio credo y de la clandestinidad salieron los sacerdotes, filósofos, monjes y profetas, muchos con la aureola de tantos años de lager soviético soportado por la fe.

“Ebriedad espiritual”

La Iglesia ortodoxa rusa, guiada por el (muy soviético) patriarca Aleksej II, asistió impotente al fenómeno, tratando a su vez de reorganizarse y de esquivar las acusaciones de colaboracionismo con el pasado régimen, sufriendo la humillación de ser considerada como una Iglesia ya superada por la historia. Después de los primeros años de “ebriedad espiritual”, por otro lado, acompañada por formas bien más humanas por formas más humanas de ebriedad presidencial, en Rusia comenzaron a formarse nuevos paradigmas de orgullo nacional, moral y religioso. A los desprejuiciados oligarcas. Los “nuevos rusos” que vendían sin prejuicios las riquezas del subsuelo, se opusieron siempre más los así llamados “siloviki”, hombres “de la fuerza” entre los que sobresalían los herederos de la única institución soviética sobreviviente a los cambios, el KGB, del cual proviene justamente Vladimir Putin. Contra los políticos “liberales” y filo-occidentales que se peleaban para ocupar todo género de sillón, sobre todo en las exterminadas regiones, se levantaron como baluarte de las nuevas de nacionalismo, de aquella más excéntrica de los “lib-naz” de Vladimir Žirinovskij a los nuevos comunistas de Gennadij Zjuganov, el “tío Zju” que casi le ganó el sillón al mismo Eltsin, salvado sólo gracias a los apoyos de los socios occidentales con los cuales se endeudó hasta volverse esclavo. Y contra los profetas extranjeros y los “sectarios” de las nuevas religiones se levantó otra gran institución sobreviviente al derrumbe del régimen, la Iglesia ortodoxa. El Patriarca inspiró a los comunistas a presentar en la Duma un nuevo proyecto de ley, al cual tímidamente se opuso en marzo, para luego ceder en setiembre de 1997.

Pocos meses después, a fines del invierno de 1998, la incierta económica del nuevo capitalismo ruso como un castillo de cartas, dejando sobre el terreno solamente montañas de deudas y de ilusiones. La breve estación del liberalismo ruso se agotó en el arco de un quinquenio, como había sucedido también en los años antes de la revolución de 1917, en vez de la toma del Palacio de Invierno, llegó la “vertical del poder” de Putin. Los oligarcas “malos” fueron expulsados, exilados o encarcelados; los gobernadores regionales fueron desautorizados y puestos bajo el control presidencial; los periódicos y la Tv dejaron de encender los ánimos con inútiles debates; las religiones diversas de la Ortodoxa rusa obligadas a someterse a la cuchilla del carnicero de las nuevas reglas y de las inspecciones.

En la ley de 1997, se afirmaba la supremacía de la Ortodoxia sobre todos los otros credos, en cuanto Iglesia “institutriz” del mismo Estado en la historia de Rusia. Un escalón debajo se admitían a cuatro “religiones tradicionales” rusas: el islam, introducido por los khan tártaros en el Medioevo; el budismo, difundido entre los pueblos siberianos subyugados a partir de 1500; el hebraísmo, penetrado en Rusia después de haber sido expulsado de otros Estados europeos y al final el cristianismo, no de casualidad distinto de la ortodoxia en las formas “heréticas” del protestantismo y del catolicismo, importado por Pedro “el Grande” después de las conquistas imperiales y en las “ventanas sobre Europa” que él abrió de par en par, comenzando por la nueva capital S. Petersburgo. Todas las otras confesiones religiosas debían demostrar estar en actividad en el territorio desde al menos 15 años antes, para poder obtener la registración estatal, habiendo pasado sólo pocos años desde la finalización del comunismo, esta norma ( a la cual por otro lado se oponía al Patriarcado, que temía dejar demasiado espacio a las nuevas organizaciones religiosas) estaba más bien al futuro próximo, a quien hubiese logrado acreditarse en algún modo en la nueva Rusia.

Testigos de Jehová y Scientology

Las propuestas de revisión avanzadas en las pasadas semanas, de hecho, se concentran justamente sobre la norma de los 15 años o por abolirla o para volverla al menos más rígida, en modo de simplificar ulteriormente el panorama religiosos de Rusia. Se obtendría así instrumentos más fuertes de represión de las “sectas destructivas”, contra las cuales el próximo año se reinició la lucha, poniéndolos de hecho prohibidos a los Testigos de Jehová y los adeptos de Scientology . Los Testigos de Jehová , que en realidad ya estaban presentes (y fueron duramente perseguidos) en los tiempos soviéticos, también fueron acusados de extremistas y de peligro para la seguridad estatal, mientras que los seguidores de Ron Hubbard son un objetivo más específico como ejemplo de “nueva secta” que hay que excluir para liberarse de los perniciosos influjos extranjeros. En Rusia hoy están registrados decenas de miles de organizaciones religiosas que lograron meterse dentro de redes de la ley más allá de aquellas “tradicionales” y por lo tanto los objetivos que atacar son bastante numerosos.

La propuesta de modificación suscitó muchas perplejidades, arriesgando romper el “vaso de Pandora” de las religiones, que en algún modo fue firmado en estos 20 años. Además de los representantes de las religiones minoritarias, preocupados por eventuales nuevas limitaciones, de sorpresa se declararon contrarios también los exponentes de aquellas más “estatales” como la ortodoxia y el islam. El vocero patriarcal Vladimir Legojda declaró que “en el estado actual no consideramos una prioridad la revisión de la ley sobre la libertad de conciencia; ya en el curso de estos 20 años fueron colocaron diversos correctivos”. También el presidente de la Asamblea religiosa de los musulmanes rusos, el muftí de Moscú, Albir Krganov afirmó a la RIA Novosti que “esta ley es buena; si surgen perplejidades por algunas de sus expresiones, la cuestión se puede resolver por vía ordinaria en espíritu de colaboración”. Del mismo parecer es también el rabino jefe de Rusia, Berl Lazar.

De hecho, la ley de 1997 ha ya garantizado un status inatacable a ortodoxos y musulmanes, pero también a muchos otros, a cada uno en los límites asignados. El timón es que  poniendo todo en discusión, se puedan crear nuevos desequilibrios en el panorama espiritual de la sociedad rusa, que después de los primeros años de entusiasmo, comenzó refiriéndose a la religión como una cuestión de convivencia y conformidad co0n las instituciones. Los alientos al cambio, que en parte se pueden atribuir al mismo círculo presidencial, parecen más bien obedecer a una lógica restrictiva en relación con la contraposición política y socio-cultural, en preparación de las elecciones presidenciales del año próximo y en nombre de una paz social que se debe consolidar.

 

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