13/11/2018, 13.00
MALASIA
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Melaka, ordenación de tres sacerdotes. P. Lee: La renuncia al matrimonio, para ofrecer todo a Dios (I - video)

Último de tres hijos, el P. Martinian creció en una familia católica, que fue su “primer seminario”. A la edad de 12 años deseaba ser cura. Siendo ya adulto, sus aspiraciones pasaron a ser una familia, una carrera y gozar de la “buena vida”. Su vida dio un vuelco cuando conoció a Mons. Paul Tan Chee Ing.

Kuala Lumpur (AsiaNews/HeraldMalaysia) – La Iglesia malasia festeja la ordenación de tres nuevos sacerdotes: el P. Martinian Lee Hock Chuan (37 años), el P. Paul Sia Chau Kiang (62) y el P. Alexuchelvam Mariasoosai (42). A continuación, les hacemos llegar la primera de estas tres historias. (Texto de Lavinia Louis, traducción de AsiaNews).

 

Renunciar al matrimonio para entregarse a Dios “no es un sacrificio, porque es la mejor ofrenda que se puede hacer a la persona que más se ama”. Es lo que afirma el P. Martinian Lee Hock Chuan, un hombre de 37 años de edad que acaba de ser ordenado sacerdote junto al Padre Paul Sia Chau Kiang y al Padre Alexuchelvam Mariasoosai. Las ordenaciones se celebraron el 6 de noviembre pasado en la iglesia de Santa Teresa en Melaka (en el sur de la península malasia).  Oficiada por el obispo local, Mons. Anthony Bernard Paul, la ceremonia (foto-video) contó con la participación de toda la comunidad en ánimo festivo. Los fieles abarrotaron la iglesia a tal punto, que muchos de ellos tuvieron que seguir la misa desde fuera del edificio o desde las instalaciones de la parroquia, gracias a las pantallas de video y amplificadores instalados para la ocasión.

El P. Martinian es el último de tres hijos y creció en una familia católica, que él define como “su primer seminario”. Si bien siempre fue muy activo en la vida de la parroquia de Santa Teresa, el joven no tenía una “relación personal” con Jesús. Sin embargo, lentamente aprendió a conocerlo a través de los vínculos que fue construyendo en el seno de la comunidad. “Siempre pensé que mientras más cosas hiciera en la iglesia, más católico sería. Pero a medida que fui creciendo, me di cuenta que era poco lo que sabía acerca de mi fe. Mi relación con Jesús debía trascender la mera dedicación a hacer cosas. Necesitaba una amistad más estrecha con la Biblia. Necesitaba una vida de oración”, cuenta el sacerdote.  

A la edad de 12 años, el P. Martinian escribió una composición en el cual afirmaba que su deseo era ser sacerdote. Siendo ya adulto, sus aspiraciones pasaron a ser formar una familia, hacer carrera y gozar de la “buena vida”. “Sin embargo –prosigue- sentía que algo no estaba bien. En lo profundo, sentía que el matrimonio no era para mí. Naturalmente, lo negaba, pero Dios fue mucho más considerado en la manera de acercarse a mí, y jamás me abandonó”. “Mi vida no estaba dando gloria a Dios, porque no estaba viviendo de acuerdo con su voluntad. No vivía una alegría verdadera y tampoco tenía libertad. Después de muchos años, entendí que Dios no me dejaría solo. Estaba cansado de escaparme de Él y entonces decidí decir Sí. Enseguida mi corazón sintió paz y tranquilidad. Tenía una alegría y una libertad que jamás había conocido antes. De repente, el miedo ya no me aferraba más. Sentía como si pudiese volar. Fue entonces que entendí que Dios realmente me estaba llamando al sacerdocio”, cuenta el Padre Martinian.  

El giro en su vida se produjo durante un encuentro con Mons. Paul Tan Chee Ing, el obispo emérito de Melaka-Johor. El prelado le pidió a Lee que renunciara a su vida y sirviera a Dios como sacerdote. “Yo respondí que no era lo suficientemente ‘santo’, y que esto me hacía indigno de ser sacerdote. Le dije que estaba saliendo con una joven, que quería casarme y que me gustaría tener hijos”. Mons. Tan respondió: “¡Es fantástico! Eso significa que entiendes qué es el amor y queremos que los sacerdotes comprendan el significado del amor. Debes hacer un acto de fe. Eso significa que frente a ti, hay un hoyo profundo y oscuro y debes saltar dentro de ese hoyo, pero confiando en que Dios te estrechará sano y salvo entre sus brazos”. “Esa conversación –recuerda el P. Martinian- me conmovió hasta las lágrimas. Entonces supe que ésta era la voluntad de Dios”.  

 

 

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