17/01/2018, 17.58
VATICANO - CHILE
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Papa en Chile: unidad no es ser todos iguales, sino una ‘diversidad reconciliada”

Francisco celebró la misa dedicada al “progreso de los pueblos” en una región donde el pueblo Mapuche aún se considera víctima de abusos y discriminaciones que han reducido su número llegando a ser unas pocas decenas de miles de personas. “La unidad que necesitan nuestros pueblos” nace del reconocimiento y de la solidaridad. “Tenemos que dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores o inferiores”.

 Temuco (AsiaNews) – Construir la unidad en el diálogo, una unidad que no es uniforme, porque la que reclama Jesús es “una riqueza que cada pueblo puede ofrecer”, “es una diversidad reconciliada, porque no tolera que en su nombre se legitimen las injusticias personales o comunitarias”, y que rechaza “la lógica de creer que existen culturas superiores o inferiores”. Tambores, cuernos e instrumentos tradicionales de los aborígenes acompañaron la misa que el Papa Francisco celebró esta mañana, a las 10 (hora local), en Temuco, situada a 600 km al sur de Santiago de Chile.  

Las palabras sobre el sentido de la unidad tienen un valor particular en esta región situada en la parte meridional de Chile, donde hoy el Papa Francisco saludó al pueblo Mapuche –en su lengua, «Mari, Mari» (buenos días)- al comienzo de la misa, un pueblo que aún sigue considerándose víctima de abusos y discriminaciones que han visto reducir su número hasta llegar a ser unas pocas decenas de miles de personas.  Y el Papa ha ofrecido la celebración, dedicada al “progreso de los pueblos”, “por todos los que sufrieron y murieron, y por los que cada día llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias. La entrega de Jesús en la cruz carga con todo el pecado y el dolor de nuestros pueblos, un dolor para ser redimido”. Lo escuchó una multitud que, según los organizadores, llegó a ser de 200.000 personas.

“Una de las principales tentaciones a enfrentar –agregó- es confundir unidad con uniformidad. Jesús no le pide a su Padre que todos sean iguales, idénticos; ya que la unidad no nace ni nacerá de neutralizar o silenciar las diferencias. La unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación armonizadora. La riqueza de una tierra nace precisamente de que cada parte se anime a compartir su sabiduría con los demás. No es ni será una uniformidad asfixiante que nace normalmente del predominio y la fuerza del más fuerte, ni tampoco una separación que no reconozca la bondad de los demás. La unidad pedida y ofrecida por Jesús reconoce lo que cada pueblo, cada cultura está invitada a aportar en esta bendita tierra. La unidad es una diversidad reconciliada porque no tolera que en su nombre se legitimen las injusticias personales o comunitarias. Necesitamos de la riqueza que cada pueblo tenga para aportar, y dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores o inferiores”.

“La unidad que nuestros pueblos necesitan reclama que nos escuchemos, pero principalmente que nos reconozcamos, que no significa tan sólo «recibir información sobre los demás… sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros».[3] Esto nos introduce en el camino de la solidaridad como forma de tejer la unidad, como forma de construir la historia; esa solidaridad que nos lleva a decir: nos necesitamos desde nuestras diferencias para que esta tierra siga siendo bella. Es la única arma que tenemos contra la «deforestación» de la esperanza. Por eso pedimos: Señor, haznos artesanos de unidad”.

“La unidad, si quiere construirse desde el reconocimiento y la solidaridad, no puede aceptar cualquier medio para lograr este fin. Existen dos formas de violencia que más que impulsar los procesos de unidad y reconciliación terminan amenazándolos. En primer lugar, debemos estar atentos a la elaboración de «bellos» acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, sí —y necesarios—, pero que al no volverse concretos terminan «borrando con el codo, lo escrito con la mano». Esto también es violencia, porque frustra la esperanza”.

“En segundo lugar, es imprescindible defender que una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia y destrucción que termina cobrándose vidas humanas. No se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro, porque esto lo único que despierta es mayor violencia y división. La violencia llama a la violencia, la destrucción aumenta la fractura y separación. La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa. Por eso decimos «no a la violencia que destruye», en ninguna de sus dos formas”.

“Estas actitudes son como lava de volcán que todo arrasa, todo quema, dejando a su paso sólo esterilidad y desolación. Busquemos, en cambio, el camino de la no violencia activa, «como un estilo de política para la paz».[4] Busquemos, y no nos cansemos de buscar el diálogo para la unidad. Por eso decimos con fuerza: Señor, haznos artesanos de unidad”.

“Todos nosotros que, en cierta medida, somos pueblo de la tierra (Gn 2,7) estamos llamados al Buen vivir (Küme Mongen) como nos los recuerda la sabiduría ancestral del pueblo Mapuche. ¡Cuánto camino por recorrer, cuánto camino para aprender! Küme Mongen, un anhelo hondo que brota no sólo de nuestros corazones, sino que resuena como un grito, como un canto en toda la creación. Por eso, hermanos, por los hijos de esta tierra, por los hijos de sus hijos digamos con Jesús al Padre: que también nosotros seamos uno; haznos artesanos de unidad”.

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