19/04/2019, 23.27
VATICANO
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Papa:Vía Crucis, ver en la Cruz de Jesús todas las cruces del mundo

Los nuevos “crucificados de hoy” fueron el centro de las meditaciones: en primer lugar, los migrantes y los explotados, mujeres y niños. En la oración de Francisco también estuvieron presentes “la gente que no tiene el consuelo de la fe”, “los consagrados que, en el camino,  han olvidado su primer amor”, “la Iglesia, Tu esposa, que se siente continuamente atacada por dentro y por fuera”

Roma (AsiaNews) – “Todas las cruces del mundo”, fueron evocadas por el Papa Francisco en la oración con la cual, esta noche, concluyó el Vía Crucis en el Coliseo, rodeado de decnas de miles de personas.

“Señor Jesús –fueron sus palabras-, ayúdanos a ver en Tu Cruz todas las cruces del mundo: / la cruz de la gente que tiene hambre de pan y de amor/ la cruz de los solitarios y abandonados, incluso por sus propios hijos y parientes,/ la cruz de personas sedientas de justicia y paz,/ la cruz de la gente que no tiene el consuelo de la fe./ La cruz de los ancianos que se arrastran bajo el peso de los años y la soledad;/ la cruz de los migrantes que encuentran sus puertas cerradas a causa del miedo y los corazones blindados por cálculos políticos,/ la cruz de los pequeños, heridos en su inocencia y pureza,/ la cruz de la humanidad que vaga en la oscuridad de la incertidumbre y en la oscuridad de la cultura de lo provisorio,/ la cruz de las familias rota por la traición, por las seducciones del maligno o por la ligereza asesina y el egoísmo,/ la cruz de las personas consagradas que buscan incansablemente llevar tu luz al mundo y se sienten rechazadas, burladas y humilladas./ La cruz de las personas consagradas que, en el camino, han olvidado su primer amor;/ la cruz de tus hijos que, creyendo en ti y tratando de vivir según tu Palabra, se encuentran marginados y descartados incluso por sus familias y por sus compañeros,/ la cruz de nuestras debilidades, de nuestras hipocresías, de nuestras traiciones, de nuestros pecados y de nuestras muchas promesas rotas;/ la cruz de tu Iglesia que, fiel a tu Evangelio, lucha por llevar tu amor también entre los bautizados./ La cruz de la Iglesia, Tu esposa, que se siente continuamente atacada por dentro y por fuera;/ la cruz de nuestra casa común que se marchita seriamente ante nuestros ojos egoístas y está cegada por la codicia y el poder./ Señor Jesús, reaviva en nosotros la esperanza de la resurrección y de Tu victoria definitiva contra todo mal y toda muerte. ¡Amén!”

Los “nuevos crucificados de hoy” también fueron el centro de las meditaciones, escritas por Sor   Eugenia Bonetti, misionera de la Consolata, presidenta de la Asociación “Slaves no more”. De esta manera fueron evocados en la Segunda Estación: “los que no tienen una morada fija, los jóvenes sin esperanza, sin trabajo y sin perspectivas, los inmigrantes constreñidos a vivir en las barracas, marginados por nuestras sociedades, tras haber afrontado sufrimientos inauditos”, las “numerosas, demasiadas, mamás –recordadas en la Cuarta Estación- que han dejado partir a sus jóvenes hijas rumbo a Europa, con la esperanza de ayudar a sus familias que viven en una pobreza extrema, y que han hallado humillaciones, desprecio y a veces, incluso la muerte”, los niños, de la Sexta Estación, “que no pueden ir a la escuela, y que en cambio, son explotados en las minas, en los campos, en la pesca, vendidos y comprados por traficantes de carne humana, para trasplantes de órganos, o para ser usados y explotados en nuestras calles por muchos, incluso por cristianos, que han perdido el sentido de la sacralidad propia y de los demás”. Y “¡cuántos niños, que también son discriminados a causa de su origen, del color de su piel o de su clase social! ¡Cuántas mamás sufren la humillación de ver a sus hijos burlados y excluidos de las oportunidades que tienen sus coetáneos y compañeros de escuela!”.  

Y en la Décima Estación, se advierte que “hemos olvidado la centralidad del ser humano, su dignidad, belleza, fuerza. Mientras en el mundo se están alzando muros y barreras, queremos recordar y agradecer a aquellos que, con distintos roles, en estos últimos meses, han arriesgado su misma vida, particularmente en el Mar Mediterráneo, para salvar la de tantas familias en busca de seguridad y oportunidades. Seres humanos que huyen de la pobreza, de las dictaduras, la corrupción y la esclavitud”.

“El desierto y los mares se han convertido en los nuevos cementerios de hoy. Frente a estas muertes, no hay respuestas. Sin embargo, sí hay responsabilidades. Hermanos que dejan morir a otros hermanos. Hombres, mujeres, niños que no hemos podido o no hemos querido salvar.  Mientras los gobiernos discuten, encerrados en los palacios del poder, el Sahara se llena de esqueletos de personas que no han resistido el cansancio, el hambre y la sed. ¡Cuánto dolor cuestan estos nuevos éxodos!¡Cuánta crueldad ensañada contra quien huye: los viajes de la desesperación, los chantajes y las torturas, el mar transformado en una tumba de agua”.  

Duodécima: “Solo María, tu Madre, y otras pocas discípulas permanecieron allí, testigos de tu sufrimiento y de tu muerte. Que su ejemplo nos inspire a empeñarnos a que no sientan la soledad cuantos agonizan hoy en tantos calvarios esparcidos por el mundo, como las cosechas en los campos similares a campos de concentración, en los países de tránsito, los barcos a los que se les niega un puerto seguro, las largas tratativas burocráticas para llegar al destino final, los centros de permanencia, los hot spot, los campos para trabajadores estacionales”.

Meditaciones que fueron escritas por quien opera en el campo donde todo esto sucede, entretejidas de episodios, como aquél sucedido en “una fría noche de enero, en una calle en la periferia de Roma: tres africanas, poco más que niñas, agazapadas en el suelo calentaban sus cuerpos jóvenes, semidesnudos, en torno a un brasero. Unos jovenzuelos, para divertirse, pasaron por allí a bordo de un auto y arrojaron material inflamable al fuego, produciéndoles quemaduras de gravedad”.

Pero también hay “muchos nuevos samaritanos del tercer milenio que todavía hoy, viven la experiencia de ir por las calles, inclinándose con amor y compasión sobre tantas heridas físicas y morales de quien vive todas las noches el miedo y el terror de la oscuridad, de la soledad y de la indiferencia”.

Por todo ello, “Te rogamos, por aquellos que cubren roles de responsabilidad, para que escuchen el grito de los pobres que se eleva a Ti desde todos los lugares del mundo”.

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