16/10/2018, 15.58
IRAK-VATICANO
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Simposio de AsiaNews 2018: el P. Pablo Thabet Mekko llama a reconstruir la Llanura de Nínive con los jóvenes

de Paolo Thabet Mekko

El testimonio de un sacerdote caldeo, que fue el primero en regresar a la Llanura de Nínive luego de la derrota y expulsión del Estado islámico. La experiencia vivida en medio las personas provenientes de Mosul que se refugiaron en el Kurdistán iraquí, necesitadas de absolutamente todo. El retorno a la Llanura, donde se están reconstruyendo iglesias, casas y negocios, y donde se sientan las bases para la convivencia entre cristianos y musulmanes, para lograr el surgimiento de un nuevo Irak. 

Roma (AsiaNews) – En el Simposio de AsiaNews 2018, “Jóvenes que resisten”, el Pbro. Pablo Thabet Mekko ha ofrecido su testimonio. El sacerdote, que fue el primero en regresar a la Llanura de Nínive luego de la derrota y expulsión del Estado islámico, ha sido un importante punto de referencia para decenas de miles de refugiados cristianos que huyeron al Kurdistán en el 2014. Ahora se cuenta entre los protagonistas del resurgimiento de la Llanura de Nínive, donde se están reconstruyendo iglesias, casas, negocios, y donde se sientan las bases de la convivencia entre cristianos y musulmanes, para ver el surgimiento de un nuevo Irak.   

 

Hablar de los jóvenes iraquíes resulta complejo, puesto que la difícil situación que ellos atraviesan en la actualidad proyecta una sombra cada vez más oscura sobre la juventud.  

La situación de los jóvenes en Irak no es buena: la libertad les es prácticamente denegada; hablar y criticar a los religiosos radicales de hoy, que controlan la vida en Irak, es casi imposible. Quien critique y sea una persona activa, arriesga ser asesinado en secreto, o terminar excluido de la vida social.  

En general, los jóvenes más sensibles y mejor dispuestos a aceptar cambios sociales y políticos son también los que sufren la mayor represión.  La situación es incluso peor para los jóvenes cristianos porque, por una parte, el cristiano es considerado miembro de una minoría; sus derechos no son tomados en consideración. A tal punto esto es así, que el país hoy se está orientando a una distribución (de la riqueza, del territorio…) basada en la confesión étnico-religiosa: quien no forma parte de los grandes grupos, no tiene voz ni voto y las posibilidades de conseguir trabajo en el ámbito del gobierno disminuyen, en tanto se padecen opresiones de tipo psicológico.

El evento más relevante que ha marcado la vida de tantos jóvenes cristianos y no cristianos ha sido la huida emprendida en el 2014, a causa del ISIS. En parte, los problemas que hoy viven los jóvenes del país dependen de cuanto sucedió con el Estado islámico: amenazas de muerte, pérdida de las tierras y de la convivencia social, muchos valores y proyectos puestos en peligro: el trabajo, los estudios, la escuela.

El ánimo de los jóvenes cristianos se encuentra turbado por pensamientos que se tornan cada vez más comunes: hay que buscar un futuro fuera de Irak; si uno permanece, lo mejor es recibir un sueldo del gobierno a cambio de un trabajo estable; comprometerse en la vida social y política no beneficia a nadie; ha desaparecido la confianza en la sociedad que ha dado lugar al ISIS –o mejor, dicho, que fue ocupada por ellos. Estos pensamientos paralizan la vida de los jóvenes y siembran en ellos una naturaleza pasiva, que no hace sino aumentar los problemas y la preocupación.

 

En medio de los refugiados, en Erbil

Lo que la Iglesia ha hecho por los jóvenes no ha sido una tarea fácil: hallar un techo, comida y lo esencial y necesario para dar aliento a la vida. No fue fácil proveer de comida y vestimenta a cientos de miles de personas,  pese a que ellos constituían la prioridad en la caridad.  

Pero todo ello no fue suficiente para proteger su dignidad y la vida de la juventud.

Para resistir, el agua debe correr siguiendo su curso normal. De esta manera, cuando la gente huyó de la Llanura de Nínive y se refugió en Kurdistán, nuestra Iglesia se dedicó a trabajar alistando escuelas, hallando vacantes para poder proseguir los estudios en la universidad y ofreciendo lugares en la universidad estatal.

En Ankawa, el barrio cristiano de Erbil, levantamos nuestro centro de distribución; durante tres años, la diócesis de Kirkuk brindó alojamiento, comida, etc. para 400 estudiantes, incluso a algunos que no eran cristianos.

Todas están actividades fueron como un ancla, que permitió cierta estabilidad a esta comunidad: no dejamos que ella fuese arrastrada por el viento de la gran crisis que imperaba. De modo que durante el tiempo de la huida, nos dedicamos a preparar los ánimos para afrontar la segunda etapa, que vendría después: el retorno, luego de la liberación de la Llanura de Nínive.

Quisiera aclara sólo un punto: [en Erbil] dirigía un centro de refugiados que se ocupaba de 145 familias: eran alojadas en numerosos apartamentos pequeños y se les ofrecía todo lo necesario para vivir a 1.200 familias caldeas de la diócesis de Mosul. El hecho de estar con ellos en todo y para todo, les infundió coraje y confianza, al ver que podían apoyar su esperanza en la Iglesia.

 

El retorno

La segunda etapa fue la del gran retorno a la Llanura de Nínive y a la ciudad de Mosul, luego de la liberación del ISIS. Logré llegar a la zona junto con las primeras tropas iraquíes, y enseguida planté una cruz sobre la colina. Luego vimos los signos de muerte y destrucción diseminados por todos lados: el país había sido totalmente abrasado; no había quedado nada en pie y el hedor a muerte se respiraba por doquier.  

Cuando la gente pudo empezar a visitar sus casas, buscaban entre las cenizas algún recuerdo o documento dejado atrás, al abandonar sus hogares en el día de la huida. Este gesto llevaba implícito un mensaje: el retorno es imposible; lo único que podemos hacer aquí es derramar lágrimas y dejar nuestro dolor, y eso es todo; conviene huir lejos de esta escena, porque todo lo que había aquí fue arrastrado por el viento.

La pregunta sobre la posibilidad de un renacimiento de esta zona no hallaba una respuesta, es más, la desesperación ni siquiera permitía que la pregunta saliera a la superficie. Pero la fe daba el coraje para resistir y buscar un punto luminoso que brillase en medio de esa oscuridad.

Y así es: desde los primeros días, constituí un movimiento con algunos jóvenes, y juntos fuimos a nuestra tierra a limpiar el santuario de Santa Bárbara, que es el símbolo de mi pueblo.  Esta iglesia había quedado prácticamente sepultada, porque el ISIS había excavado la tierra para construir un túnel de guerra. Al trabajar, cada nuevo paso que dábamos aumentaba el entusiasmo y la esperanza.

Pero había que convencer a la gente de regresar, de volver a empezar, haciéndoles recordar su misión, su pasado, su identidad, que en definitiva, daba sentido a su tierra. También había que poner en marcha un plan práctico para encaminarse hacia el retorno. Confieso que esto no ha sido fácil y que todavía no lo es. Cada vez que queríamos partir, se nos impedía el paso porque la zona era considerada zona militar, y al ir desde Erbil hasta allí, terminábamos paralizados, sin poder seguir adelante; los materiales y todo los necesario para encarar el trabajo, como el agua y la electricidad, directamente no existían. El retorno parecía imposible. Es más, circulaba el rumor de que jamás podríamos reconstruir la zona, de que se requería ayuda de una fuerza internacional y de grandes compañías para lograrlo, que por supuesto, tampoco existían. Y entonces se llegaba a la conclusión de que el plan jamás comenzaría, o que para completarlo, se requerirían cuando menos de 5 a 10 años.

De haber cedido a este pensamiento, todos habrían dejado Irak para no regresar jamás. Mientras tanto, algunos partieron rumbo al exterior, buscando otros países donde comenzar a trabajar nuevamente.

Lo que hizo desvanecer estos pensamientos fue comprender que había que hacer todo lo que estuviera a nuestro alcance. De esta manera, nuestro plan comenzó con la bendición del patriarca Sako y con la ayuda del NRC, un comité para la reconstrucción de la Llanura de Nínive y algunas ayudas de cristianos particulares, y así comenzamos. Nos llegó una gran ayuda de los Caballeros de Colón –de los EEUU y también de AsiaNews, a través de la campaña “Adopta un cristiano de Mosul”. Necesitábamos el aliento de aquél que estuviera dispuesto a ayudarnos y al mismo tiempo, éramos nosotros los que teníamos que infundirles el coraje de ayudar, lo cual significa: mostrar la voluntad de regresar e insistir sobre ello, para retornar y hacer que esta zona vuelva a nacer.

Fue importante sacrificar el miedo, la pereza y creer firmemente que no teníamos otra opción más que ésta. Para mucha gente todo seguía siendo difícil, pero muchas personas comenzaron a entender que era conveniente regresar.

Hoy, la obra de reconstrucción ya lleva un año desde que comenzó, y ha habido muchos cambios. Un número importante de cristianos ha regresado, aproximadamente el 45 por ciento. Este número puede no ser elevado, pero según mi experiencia, y conociendo la psicología de los refugiados, es un enorme éxito.

Este hecho, por un lado, infunde coraje en los demás, impulsándolos a moverse, y por lo menos los hace pensar de una manera distinta, evitando ceder al desaliento.

 

Reconstruir orientándose a los jóvenes

Además de nuestro principal trabajo abocado a la reconstrucción y a la pastoral normal, los sacerdotes estamos buscando llevar adelante otras actividades pastorales, sobre todo destinadas a los jóvenes, proponiéndoles tareas sociales para evitar que caigan en el aburrimiento y en el descontento, a causa de la dura situación que les toca vivir.  

En este momento estamos tratando de volver a levantar el centro cultural, que fue dañado por el ISIS, para poder emprender nuevos proyectos pastorales en el lugar. Como Iglesia, intentamos responder a las variadas necesidades de los jóvenes: ayudar de alguna manera a los estudiantes universitarios, alistar algún centro deportivo que permita desarrollar actividades juveniles que trasciendan las confesiones religiosas.  Por ejemplo, hemos organizado partidas de fútbol entre algunos pueblos cristianos y musulmanes de la Llanura.  

Es necesario hallar los medios para convencer a los jóvenes para que permanezcan, sobre todo, fortaleciendo los lazos con los que no son cristianos. Personalmente, he usado muchas ocasiones para el diálogo: participar con imanes musulmanes moderados en las actividades juveniles en Mosul; orientar a los jóvenes al bien común y a mirar hacia adelante sin prejuicios; trabajar juntos, unidos, en la reconstrucción y ayudar a las familias cristianas y musulmanas. En las fiestas parroquiales, también participan jóvenes musulmanes. Las bases para poder vivir con los demás, están; o al menos, estamos trabajando para poner los cimientos.

Otro punto importante es encontrar trabajo para los jóvenes. En este momento estamos evaluando qué se necesita para emprender algún pequeño negocio, o proyectos de agricultura: en algunos terrenos que la Iglesia poseía, estamos excavando pozos de agua, y estamos capacitando a los jóvenes para cultivar la tierra.

También tratamos de atraer la atención del gobierno hacia los jóvenes cristianos, para que se los contrate como miembros de los cuerpos de seguridad, alentando a los jóvenes a participar, a comenzar la carrera militar, a ser miembros de la policía local, para asumir un compromiso en la sociedad.   

A pesar de la dimensión de la crisis, la fe de los jóvenes está viva. Cuando huimos, continuamos viviendo con ellos en las tiendas, en contenedores y en lugares de los más inadecuados, continuamos realizando encuentros pastorales y espirituales.  

Aún así, no podemos negar los numerosos límites y peligros que se están creando.

Mucha gente ha emigrado a los países vecinos. Ellos llevan años viviendo en campos de refugiados, con sus hijos sin poder ir a la escuela, viviendo en medio de la inseguridad.  De esa manera, la decisión de responder a la vocación es postergada o, directamente, no es afrontada. Por lo tanto, se cae en una pérdida de tiempo en lo que concierne al carisma vocacional, y la economía y los pensamientos enunciados anteriormente constituyen un factor negativo que hace retrasar la decisión de responder a la vocación matrimonial o a la vida consagrada. Pero también hay ejemplos que iluminan: algunos jóvenes han formado familias, incluso en medio de la situación de huida; ha habido ordenaciones sacerdotales y nuevos seminaristas. También existen grupos dedicados a las obras de caridad, cursos de teología, festivales espirituales, actividades juveniles. Todos estos son puntos que iluminan y que sostienen la luz de la esperanza.

Lo antedicho es sólo una pequeña descripción: la realidad, sea ésta negativa o positiva, sigue siendo más vasta y profunda. En cualquier caso, ella es el punto de partida para la misión de la Iglesia. 

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