'Las sombras del engaño: mi grito de misionero sobre la guerra contra las estafas en Camboya'
Desde Sihanoukville, el testimonio de un misionero sobre las innumerables ambigüedades detrás de las operaciones y arrestos de alto nivel contra el sistema de los centros de estafa: "Veo mucha hipocresía: muchísimos han sido cómplices, pero nadie asume su responsabilidad. Incluso los estafadores hoy abarrotan las embajadas declarando pobreza. Como persona que ama este país pido un arrepentimiento verdadero".
Sihanoukville (AsiaNews) - Arrestos de alto nivel, imperios económicos que se derrumban de improviso, cientos de extranjeros que abarrotan los consulados afirmando ser víctimas "liberadas" de los centros de estafa: desde hace semanas la ofensiva de Camboya contra los centros de estafa en línea, antes intocables, está causando revuelo y ha llamado incluso la atención de la opinión pública internacional sobre un sistema criminal que ha sido ignorado durante demasiado tiempo. ¿Pero está cambiando algo realmente? ¿O estamos asistiendo más bien a un mero barajar las cartas, en un contexto profundamente corrupto donde nadie quiere asumir realmente sus responsabilidades? Desde Sihanoukville el P. Will Conquer, misionero de las Missions étrangères de Paris en Camboya, lanza este "grito de dolor" que habla de la profunda crisis moral que subyace al fenómeno de los "scam center". Y del largo camino que hace falta recorrer para salir de las ruinas que este fenómeno criminal encubierto por poderosas connivencias ha dejado en Sihanoukville.
Como simple siervo del Señor, asignado a las otrora serenas orillas de Sihanoukville, he sido testigo de las entrañas impuras de la última aflicción que padece esta tierra. Desde hace tres años desarrollo mi ministerio con los oprimidos, ofreciendo consuelo en medio de las ruinas de esta crisis moral. Pero ahora, en esta supuesta “guerra de las estafas” que está envolviendo a Camboya como las espirales de una serpiente, me siento obligado a alzar la voz, no en una plegaria sumisa, sino con justa indignación. Con mis propios ojos veo una astuta hipocresía en acción: una fingida inocencia colectiva que se burla del verdadero arrepentimiento. Permítanme, con la lucidez del que camina en la fe, analizar esta crisis, dejando al desnudo los pecados estructurales y los falsos profetas que la perpetúan. Porque ante los ojos de la justicia divina nadie escapa a su responsabilidad, aunque aquí muchos lo estén intentando.
En esta turbulenta tempestad de engaños, el pecado más flagrante es la total abdicación de la responsabilidad: una elusión deliberada que impregna todos los estratos de esta industria infernal. Véase el reciente arresto de un cierto Chen Zhi (hombre de negocios sino-camboyano que dirige el Prince Group, un holding actualmente acusado de numerosos tráficos criminales, ndr), una figura oscura que ha cambiado los píxeles de los videojuegos por el dinero ensangrentado del crimen organizado. Su caída en desgracia conmocionó a los cárteles de las estafas, y sin embargo lo que siguió no fue un arrepentimiento, sino una magistral puesta en escena de victimismo.
Humildes soldados rasos, los llamados “scammers”, asedian las embajadas extranjeras, con pasaportes convenientemente “extraviados”, relatan entre lágrimas historias de trata de personas como si fueran corderos ignorantes conducidos al matadero. Mientras tanto, los altos sacerdotes del poder, los funcionarios del gobierno, convocan reuniones de gabinete de emergencia, proclamando gestos grandiosos como la instalación de cientos de cámaras de vigilancia a lo largo de las calles iluminadas con neón de Sihanoukville, mientras los esbirros de los capos de los casinos se afanan en la búsqueda de sus ovejas negras perdidas. Los casinos cierran sus puertas bajo el velo del anonimato y algún general de inmigración sin rostro es silenciosamente degradado, peón sacrificial en un juego en el que no cae ningún rey.
¿De verdad podemos creer esta farsa? La irresponsabilidad aquí no es un simple descuido: es la arquitectura misma del mal, entretejida en la trama de una industria que prospera gracias a la posibilidad de negar ya cualquier cosa. Como misionero, lo veo como una moderna Torre de Babel, donde confusión y fragmentación protegen a los culpables de la luz de la verdad.
1. La cadena rota: la división no es del trabajo, sino de la culpa. En esta empresa maligna, los roles están meticulosamente repartidos, como las tareas de una fábrica de fraudes: desde los refinados especialistas en marketing que atraen a las víctimas con promesas melifluas, hasta los agentes de “atención al cliente” que manipulan psicológicamente a los estafados, los revendedores de tarjetas VIP que blanquean las ganancias ilícitas, los intérpretes que superan las barreras lingüísticas de la traición y los programadores que construyen trampas digitales. Pero ninguna mano se atreve a presionar el botón rojo para detener todo esto: cada una alega ignorancia sobre el resto del sistema.
Los grandes casinos físicos subcontratan astutamente oscuras operaciones en línea y las usan como una hoja de parra legal para ocultar su complicidad. Los funcionarios de inmigración, los guardianes del reino, “simplemente cumplen órdenes” cuando dejan pasar hordas de estafadores en el aeropuerto de Phnom Penh, identificados no por controles exhaustivos, sino por códigos crípticos como “8844”, que señalan a una manada de operadores sino-indonesios con camisetas negras y chanclas. Hacen la vista gorda, fingiendo no ver el desfile de vicios que tienen ante sí.
Es una cadena de mando tipo dominó, invisible e insidiosa, donde cada pieza hace caer a la siguiente, pero nadie reivindica el empujón. En mi actividad pastoral he aconsejado a gente del lugar atrapada en esta red, y les digo: no es casualidad, sino un plan deliberado para eludir el castigo. Como advierte la Escritura: “El malvado huye aunque nadie lo persiga” (Proverbios 28,1), pero aquí huyen solo para reorganizarse, no hay arrepentimiento.
2. El velo de la ignorancia: el conocimiento como fruto prohibido. La ignorancia simulada es una bienaventuranza nada inocente. En este laberinto de mentiras, nadie “conoce realmente” el alcance total de la operación, o eso afirman. Los casinos cambian de nombre con la frecuencia de un camaleón, dejando incluso a sus propios empleados sumidos en la confusión, refiriéndose vagamente a “la empresa” como si invocaran a una divinidad omnipotente y sin rostro. Resuena el eco de los oscuros días de los Jemeres Rojos, cuando en los pueblos solo se hablaba en susurros de "Angkar", esa autoridad anónima que exigía obediencia ciega. El personal es transferido entre empresas instrumentales, los salarios se lavan a través de capas de opacidad, garantizando que, cuando caiga el martillo, los dedos señalen hacia todas partes y hacia ninguna. Esta amnesia cultivada es una táctica astuta, un escudo contra la acción penal, que permite a los culpables alegar: “No sabía lo que estaba haciendo”. Pero es hora de rasgar ese velo: la ignorancia aquí no es una defensa, sino un arma, que se utiliza para perpetuar el ciclo del pecado. ¿Cuántas almas he intentado redimir en los callejones de Sihanoukville, solo para encontrarlas atrapadas en esta niebla de negación?
3. Una ruina anunciada: condenada al abismo. Observen el horizonte de la ciudad, desfigurado por torres esqueléticas, monolitos inacabados de arrogancia que se yerguen como profecías de fracaso. Esta arquitectura de la ambición no es un accidente, es el manifiesto de un colapso inevitable, similar a los imperios del pasado que se derrumbaron por su propio peso. La industria de las estafas, que se desplaza a toda velocidad en flotas de Alphard y Lamborghini, hace ostentación de la riqueza robada a los vulnerables, pero ya está en bancarrota tanto en espíritu como en sustancia. Los estafadores, que amasan fortunas que superan con creces los salarios locales, abarrotan hoy con desparpajo las embajadas declarando pobreza, con las arcas misteriosamente vacías de un día para otro. Antes de que la justicia pueda siquiera organizarse, el edificio se derrumba: deudas impagas, transacciones que se han desvanecido como la niebla. Es como si el Señor mismo hubiera grabado su condena: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mateo 16,26). Esta industria no está construida para durar; está diseñada para implosionar, dejando el caos a su paso.
Estemos atentos para no equivocarnos: la industria del fraude es el cáncer metastásico que devora el alma de Camboya, una plaga a la que demasiados han sucumbido en una complicidad silenciosa. Desde los humildes vendedores ambulantes que ofrecían sus productos hasta los trabajadores cansados de los centros de masajes, ha florecido todo un ecosistema para sostener a esa bestia: hoteles que alojan a los estafadores, restaurantes que sacian sus apetitos, incluso redes de transporte que los llevan de un lado a otro. Han reconstruido Sihanoukville a su imagen, importando cadenas de lujo como Starbucks a ciudades fronterizas como Poipet y Bavet, enmascarando la explotación con una pátina de progreso.
¿Pero la actual “mano dura” realmente es un bisturí genuino para extirpar este tumor? Me temo que no. Lo que estamos presenciando es un astuto juego del escondite: advertencias susurradas a los scammer horas antes de las inspecciones, para permitirles que se dispersen como cucarachas ante la luz, redadas que encuentran edificios vacíos, anuncios de reformas que desplazan en vez de erradicar. Es una forma de barajar el mazo, no una purga: una maniobra astuta para preservar el statu quo bajo la apariencia de una acción. Como alguien que ama a Camboya y su cultura, pero sobre todo como misionero sediento de justicia y verdad, hago un llamamiento a todos, estafadores, funcionarios y facilitadores por igual, para que escuchen el llamado al verdadero arrepentimiento. Porque sin él las heridas de Camboya seguirán infectándose, y el día del juicio llegará sin invitación. Recemos para que venga la luz a esta oscuridad, y por el valor para enfrentar las sombras dentro de nosotros mismos.
*sacerdote de las Missions Étrangères de Paris en Camboya
