19/05/2026, 22.34
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Del Golfo Pérsico al Mar Rojo: el nuevo baricentro de Arabia Saudita

de Giuseppe Caffulli

Los efectos del conflicto con Irán han provocado un cambio de perspectiva en Riad que no es solo geográfico. Neom, Yanbu y Yeda ya no son meros “elementos escenográficos” de la Visión 2030, sino infraestructuras estratégicas para la supervivencia. Por eso Mohammed bin Salman ha intentado evitar la guerra total con Irán (que también pondría en peligro esa vía de comunicación), en un contexto en el que Washington ya no es garante de estabilidad.

 

Milán (AsiaNews) - Seductor, glamuroso, audaz. Hasta hace un año, cuando se desencadenó la Guerra de los Doce Días con Irán (el bombardeo estadounidense de junio de 2025), Mohammed bin Salman era el símbolo de un Golfo que quería cautivar al mundo más que dominarlo. Las fotografías del príncipe heredero saudita (gobernante de facto) a bordo de megayates en el Mediterráneo, las vacaciones multimillonarias en las Maldivas y las recepciones blindadas a las que asistían celebridades, financieros y empresarios occidentales contribuyeron a forjar la imagen de un líder joven, decidido a sacudir del reino saudita el polvo del wahabismo (una de las corrientes más integristas del islam sunita) para proyectarlo al jet set global. Todos los medios eran válidos: Fórmula 1, golf, fútbol europeo, conciertos y complejos turísticos futuristas alimentados por capitales aparentemente inagotables. La Arabia Saudita de Mohammed bin Salman, MBS, como se le conoce abreviadamente, aspiraba en esencia a convertirse en una nueva Dubái, pero más grande, más rica y más poderosa. Agresiva en el plano geopolítico, ambiciosa en el económico, dispuesta a reinventarse como potencia global del turismo, las finanzas, la inteligencia artificial y la logística. El manifiesto de esta revolución fue, y en muchos sentidos sigue siendo, la Visión 2030, el gigantesco plan con el que Riad pretende emanciparse de la dependencia del crudo y convertirse en el nuevo centro económico de Oriente Medio.

Pero entonces llegó la guerra con Irán, y  con ella el regreso brutal de la realpolitik. El ataque israelí contra Teherán en junio del año pasado y, con mayor motivo, el ataque conjunto de Israel y Estados Unidos del 28 de febrero cambiaron el panorama estratégico del Golfo. Más que las bombas, lo que parece preocupar a Riad es la nueva geografía del poder que está emergiendo: el estrecho de Ormuz transformado en un arma geopolítica, los Emiratos Árabes Unidos cada vez más alejados de la línea saudí y la salida de Abu Dabi de la OPEP, la organización de los países productores de petróleo. A esto se suma el congelamiento de los Acuerdos de Abraham y el regreso de Donald Trump a una política en Oriente Medio basada en presiones militares y “alianzas cambiantes”.

A la luz de los acontecimientos, el líder que había construido su imagen sobre la base de una gestión decisionista del poder y de una ambición ilimitada parece estar redescubriendo la vieja cautela saudita: archivadas las grandes fiestas en el desierto, el imperativo vuelve a ser proteger un reino repentinamente vulnerable, expuesto a los ataques iraníes, a las tensiones en el Mar Rojo, y a los misiles y drones de los hutíes yemeníes. Y, sobre todo, a la fragilidad de las rutas energéticas del Golfo.

Para el liderazgo saudita el problema es existencial, porque toda la estrategia económica ideada por Mohammed bin Salman en la Visión 2030 (más turismo, tecnología, finanzas, logística, industria y entretenimiento, inversiones extranjeras, nuevas ciudades e infraestructuras) depende de una premisa que hoy dista mucho de estar garantizada: la seguridad del tráfico marítimo y la estabilidad de las exportaciones energéticas. En definitiva, la guerra ha impuesto a MBS una verdad que la inmensa riqueza del petróleo casi había ocultado: ninguna Visión 2030 puede sobrevivir sin seguridad estratégica. En este punto se concentra hoy la reflexión saudita.

Según un reciente informe del centro de estudios británico Chatham House, el cierre del estrecho de Ormuz representa “una amenaza estructural” para la Visión 2030. Aproximadamente una cuarta parte del petróleo mundial transportado por mar transita por Ormuz: más de 20 millones de barriles diarios en 2025, según datos de la Agencia Internacional de Energía (AIE). Para Riad, esto supone un golpe mortal para su economía. Durante años, Arabia Saudita había considerado posible una crisis en el estrecho, pero improbable un cierre tan prolongado. La guerra con Irán ha demolido esa convicción. Por eso necesita desplazar el centro de gravedad económico del Golfo Pérsico al Mar Rojo. Y esa es la razón por la cual Riad ha acelerado en los últimos meses los proyectos a lo largo de la costa occidental: puertos, zonas industriales, centros logísticos, ciudades futuristas e infraestructuras energéticas. Neom, Yanbu, Yeda y toda la franja costera del Mar Rojo ya no son meros “elementos escenográficos” de la Visión 2030; ahora son infraestructuras estratégicas para la supervivencia.

Saudi Aramco, la compañía petrolera estatal, estudia un fuerte incremento de la capacidad de transporte de crudo de este a oeste a través de los oleoductos internos. En la actualidad, el sistema saudita permite transferir unos 4 millones de barriles diarios hacia la terminal de Yanbu, en el Mar Rojo, pero el objetivo es llegar al menos a 7 millones para compensar eventuales bloqueos futuros de Ormuz.

El razonamiento de MBS es sencillo: quien controle las nuevas rutas energéticas y comerciales controlará el futuro del Golfo. Y aquí surge la competencia con Abu Dabi. Los Emiratos Árabes Unidos, de hecho, han construido en los últimos años una red de puertos y bases estratégicas entre el Cuerno de África, Yemen, Eritrea y el Mar Rojo. Dubái y Abu Dabi aspiran a consolidarse como plataformas logísticas globales capaces de sobrevivir incluso a la crisis del Golfo Pérsico.

La rivalidad entre sauditas y emiratíes no es nueva, pero hoy es ostensible. La decisión de los Emiratos de salir de la OPEP, formalizada el 1 de mayo de 2026, representa un desafío directo al liderazgo energético saudita. Abu Dabi también ha apoyado política, financiera y militarmente a grupos combatientes del sur de Yemen que pretenden restaurar un Estado independiente, tal como existía antes de la unificación de 1990. Esa estrategia (orientada a controlar los puertos del océano Índico) choca con la postura de Riad, que, por el contrario, respalda a un gobierno yemení unitario reconocido internacionalmente.

Con respecto al conflicto entre Israel-EE. UU. e Irán, los Emiratos han mantenido una línea mucho más cercana a Israel y Estados Unidos. Riad, por el contrario, ha optado por la prudencia, temiendo que una implicación directa exponga al reino a represalias iraníes y, sobre todo, a los ataques de los hutíes yemeníes. Arabia Saudita sabe que una escalada total con Irán convertiría inmediatamente el Mar Rojo en un frente de guerra permanente.

En este contexto, los Acuerdos de Abraham se han estancado por completo. La posible normalización de las relaciones entre Israel y Arabia Saudita, que hasta 2024 parecía ser el gran objetivo diplomático estadounidense, hoy está congelada. No solo por la guerra de Gaza, sino porque ahora Riad considera a Israel un factor desestabilizador para toda la región. Incluso el presidente estadounidense Donald Trump parece haber perdido parte de la confianza saudí. El magnate había imaginado una gran coalición naval para proteger Ormuz, pero Riad (según informan fuentes de prensa fidedignas) se ha negado a permitir el uso de sus bases y espacio aéreo para una operación estadounidense a gran escala.. En estas horas —como el mismo Trump ha hecho saber—, Mohammed bin Salman se está esforzando por alcanzar un acuerdo con Teherán que evite la reanudación de los ataques. Detrás de estas iniciativas sauditas hay una convicción creciente: Washington ya no es capaz de garantizar la estabilidad regional como en el pasado, y confiar ciegamente en Estados Unidos podría convertirse en un riesgo.

En resumen, hay algo que parece evidente. Uno de los principales perjudicados por la guerra de Trump y Netanyahu contra Teherán es, paradójicamente, su fiel aliado saudita y el proyecto Visión 2030 de MBS. Los inversores internacionales observan el Golfo con creciente cautela y distanciamiento. Los costos de los seguros del tráfico marítimo han aumentado. Las grandes operaciones especulativas y simbólicas que lanzó el príncipe saudí están siendo revisadas, aunque sería un error interpretar este nuevo rumbo como una simple retirada. Según Riad, ha llegado el momento de una consolidación estratégica. Menos apariencia y más sustancia. Menos soft power mediático y más seguridad energética y logística.

Paradójicamente, a largo plazo la crisis de Ormuz podría incluso fortalecer a Arabia Saudita. El reino dispone de una característica geográfica única entre los países del Golfo: dos salidas al mar, una al Golfo Pérsico y otra al Mar Rojo. Ningún otro país puede presumir de esta posición estratégica. Si Riad logra transformar el Mar Rojo en un corredor comercial estable y desplazar el eje del tráfico, podría convertirse en la principal plataforma logística de Oriente Medio en la era post-Ormuz.

Por supuesto, el precio será altísimo: nuevas infraestructuras, oleoductos, seguridad naval y acuerdos con Egipto, Sudán y el Cuerno de África. Pero la guerra ha convencido a los sauditas de que probablemente no existe otra alternativa. Desde luego, el dinero no falta. Queda por ver cuáles serán las estrategias para lograr ese objetivo en una batalla donde lo que está en juego es la hegemonía del Golfo en las próximas décadas..

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