15/05/2026, 11.02
LIBANO-ISRAEL
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El uso sesgado de la Biblia en Israel que incendia el Líbano y sus cedros

de Fady Noun

Mientras se celebra en Washington la tercera ronda de conversaciones entre los embajadores israelí y libanés, en el sur se sigue muriendo. La reflexión del corresponsal de AsiaNews: «Ante las amenazas y provocaciones que pretenden normalizar la guerra, hoy se necesitan respuestas arraigadas en nuestra cultura más profunda y en los principios éticos».

Beirut (AsiaNews) - Ayer comenzó en Washington la tercera ronda de conversaciones directas entre Israel y el Líbano, mediadas por el Departamento de Estado estadounidense, en presencia de los respectivos embajadores de ambos países. El diálogo entre las partes continúa hoy, con la esperanza de desbloquear las negociaciones y llegar a un acuerdo que ponga fin al conflicto; fuentes estadounidenses presentes en las reuniones hablan de conversaciones «productivas y positivas», pero aún no se han registrado avances significativos. Mientras tanto, continúan los ataques del ejército israelí, que también en estos días ha golpeado en varias ocasiones el sur del Líbano causando más de 20 muertos y decenas de heridos. En respuesta, Hezbolá apunta a las posiciones israelíes, con un dron que habría explotado cerca de la frontera en Rosh Hanikra, hiriendo a tres personas. A continuación, una reflexión de nuestro corresponsal en Beirut:

¿Qué responder a Israel Katz, ministro de Defensa israelí, cuando, desafiando al Líbano, afirma que «pronto el fuego devorará sus cedros»? ¿Qué responder a Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas israelí, que se burla del Líbano y sostiene que su hijo le pide «que le deje algo que destruir»? Los responsables del Gobierno israelí deberían moderar el tono. Las palabras tienen consecuencias.

Israel Katz cita el Libro de Zacarías: «Abre tus puertas, Líbano, y que el fuego devore tus cedros [...]. Gimid, robles de Basán, porque ha caído el bosque inaccesible, se oyen los gemidos de los pastores, sus espléndidos pastos están arruinados. Se oye el rugido de los leoncillos, la exuberancia del Jordán está arruinada» (Zac 11,1-3). En este pasaje, amenazar a los cedros significa amenazar simbólicamente a todo un país y a su patrimonio cultural e histórico. Es un poco precipitado decirlo de una nación con una herencia tan larga como la del Líbano.

Como se ha dicho, estas referencias bíblicas sirven para normalizar la guerra en la opinión pública israelí, para legitimarla, para hacer creer que ha sido profetizada. Precisamente por eso es fundamental responder a Israel Katz en otro plano. La experiencia ha demostrado, de hecho, que los discursos belicosos no hacen más que reforzar el ciclo de la violencia y no construyen ni justicia ni paz duradera. 

Por el contrario, corren el riesgo de alimentar la escalada y la animosidad entre las poblaciones, precisamente en el momento en que se inician las conversaciones encaminadas, como mínimo, a un cese definitivo de las hostilidades. Una respuesta diplomática, que apele al derecho internacional, a la soberanía nacional y a la necesidad del diálogo, constituye, por tanto, la vía más justa y pragmática para proteger a las generaciones futuras y la estabilidad regional, evitando la trampa de la provocación recíproca.

La moraleja de la historia

Desde el punto de vista ético, también conviene recordar que la violencia o las amenazas dirigidas a los demás nunca son un legado que se deba transmitir. Cuando una figura pública afirma que su hijo le pide que le deje «algo que destruir», se erige en educador del odio y la violencia. Las palabras del ministro israelí son lo último que un padre debería repetir ante su hijo, gravemente herido en el Líbano. Por el contrario, los responsables políticos israelíes tienen el deber de proteger, educar y transmitir a su pueblo los principios de justicia, responsabilidad y respeto mutuo, y no de echar más leña al fuego.

Reírse de las desgracias ajenas

Casi no hace falta decir lo inmoral que es reírse de las desgracias ajenas. De pequeños, nuestros mayores nos regañaban cuando nos burlábamos de un defecto físico de otra persona, como una joroba u otra anomalía, o un defecto de pronunciación. Para enseñarnos el respeto, nos aseguraban que Dios nos afligiría con la joroba o el defecto del que nos habíamos reído. Así aprendíamos que existe una justicia invisible, inmanente a la creación, que restablece los equilibrios humanos cuando se rompen. De manera bastante sorprendente, encontramos esta sutil ley de justicia, o digamos de equilibrio, en el Libro de los Proverbios, uno de los más citados de la Biblia: «No te alegres de la caída de tu enemigo, y no se regocije tu corazón cuando él vacile», advierte el Libro, «por temor a que al ver esto (traducido también como “tu maldad”), Dios cambie de opinión» (Capítulo 24).

El Libro de los Proverbios es quizás una de las fuentes de nuestro saber vivir. En la civilización común a todos los pueblos semíticos de la región, la palabra tiene consecuencias. Esta idea está, por ejemplo, muy presente en los Salmos, donde se dice que quienes tratan de hacer daño a los demás se verán atrapados en sus propias maquinaciones. En el Salmo 7 se dice que «el que cava una fosa caerá en ella. Y su obra recaerá sobre su propia cabeza». La propia imagen refleja la idea de que la amenaza o la violencia se vuelven contra quien las comete.

En el Salmo 37 se recomienda: «No te irrites por los malvados, no envidies a quienes hacen el mal […]. Los malvados desenvainan la espada y tensan el arco, para abatir al pobre y al indigente […]. Sus espadas penetrarán en su propio corazón, y sus arcos serán quebrados». Es una forma poética y moral de recordar que la violencia injusta no triunfa por mucho tiempo. El lenguaje figurado de estas máximas de sabiduría práctica nos recuerda que la maldad, la violencia y la destrucción a menudo se vuelven contra quienes las fomentan. Los Salmos suelen combinar estos dos motivos: la amenaza que se vuelve contra el agresor y la protección y/o la recompensa del justo.

La memoria de los pueblos

Por otra parte, más allá de los símbolos, el Líbano guarda en su seno la memoria secular de los pueblos del sur que las excavadoras israelíes están destruyendo. Este sur del Líbano forma parte de la tierra pisada por los pies de Cristo y vale, a los ojos de los libaneses, en particular de los cristianos, tanto como todos los demás tesoros del país juntos, incluidos el Valle Sagrado y los Cedros, Baalbeck y Beiteddine. Cada libanés siente, ante los pueblos desaparecidos, un dolor íntimo, pero también un llamamiento a la resiliencia y una confianza en el destino de su propio país. Visitar la casa de un libanés significa volver a casa, pero venir aquí como enemigo significa condenarse a la desgracia.

El país surgió como Estado independiente tras siglos de migraciones, invasiones, dominaciones y presiones externas e internas. Hoy sigue protegiendo una soberanía y una integridad territorial conquistadas con esfuerzo. Amenazar a su pueblo o a sus símbolos nacionales no lo paralizará. Por el contrario, tales declaraciones refuerzan su determinación, así como la de sus amigos y socios, de seguir privilegiando con seguridad lo que constituye su fuerza: el diálogo, la diplomacia y la responsabilidad colectiva. Retomando las imágenes del profeta Zacarías, más adelante llegará el momento de pedir cuentas a los malos pastores que han dejado indefenso el redil de las ovejas, es decir, las fronteras del país.

Libertad y pluralismo

Ante las amenazas y las provocaciones, se necesitan, por tanto, respuestas arraigadas en nuestra cultura más profunda. La diplomacia, la prudencia, la circunspección y un buen conocimiento de nuestros asuntos, así como del adversario del momento, al igual que la apelación a los principios éticos y la afirmación de los derechos soberanos, constituyen la mejor respuesta a las palabras incendiarias lanzadas en nuestra dirección. Por lo tanto, la verdadera fuerza de los libaneses residirá en su capacidad para resistir las provocaciones, defender la justicia —incluido el derecho de los palestinos a un Estado independiente—, en estrecha colaboración con todos los Estados de la Liga Árabe, y transmitir urbi et orbi los valores de libertad, pluralismo y diálogo que constituyen el núcleo de la misión histórica del Líbano.

La sinagoga de Beirut

En una reciente entrevista concedida al diario La Croix (20 de abril), Avraham Burg, expresidente laborista de la Knesset, de la Agencia Judía y de la Organización Sionista Mundial, no duda en hablar del «fracaso moral» de Israel, cuyos soldados arrasan nuestros pueblos, saquean nuestras casas y profanan nuestros símbolos religiosos. «Israel está actualmente completamente corrompido en el plano moral», prosigue Burg, indignándose en particular por la ley sobre la pena de muerte aplicable de forma selectiva a los palestinos juzgados culpables de «terrorismo». «En términos más generales —advierte—, el Gobierno ha comprometido el judaísmo, la universalidad de la justicia y todos los valores según los cuales Israel pretendía funcionar».

«De manera muy sorprendente —añade el exdirigente laborista—, la única voz a favor de una humanidad sensible y responsable es la del Papa. León XIV ha evitado la política en la medida de lo posible, pero no puede hacerlo más. Y es por eso que, de manera muy dialéctica, representa mi espiritualidad y mi sistema de valores, y no los rabinos». Uno se siente tentado a decir lo mismo de este Líbano, cuya Constitución reserva un espacio a la comunidad judía al mismo título que a las otras diecisiete comunidades del país, y donde la sinagoga destruida durante la guerra ha sido restaurada y ocupa un lugar destacado en el centro histórico de Beirut.

(Artículo publicado originalmente en Levant Time)

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