12/11/2015, 00.00
INDIA
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Card. Toppo: La Eucaristía transforma al mundo. Familias indias, motor del cambio

de card. Telesphore Toppo
El arzobispo de Ranchi inaugura el Congreso Eucarístico Nacional: “La Beata Teresa de Calcuta tenía una enseñanza muy clara: la fuerza viene del banquete eucarístico, cada nueva misión era un nuevo Tabernáculo para el mundo. El sacrificio de Jesús y el alimento para la humanidad que le sigue, “son verdaderamente el único factor capaz de revolucionar todo. A través de este alimento debemos alimentar a los demás”.

Mumbai (AsiaNews) – La Sagrada Eucaristía “es verdaderamente el único factor capaz de revolucionar el mundo y al hombre. Debemos tener los ojos concentrados en el sacrificio salvífico de Cristo, recostarnos en su mesa y volvernos agentes de paz”. Lo dijo esta mañana el Card. Telesphore Toppo, miembro de una tribu y arzobispo de Ranchi, inaugurando el Congreso Eucarístico Nacional en Mumbai. El tema del encuentro es “Alimentados por Cristo, para alimentar a los demás”. En su intervención, el prelado subraya la importancia de la familia católica: “A través del cuerpo roto y de la sangre derramada por el Señor, se puede volver uno motor de cambio y agente de verdadera evangelización”. El recuerdo de la devoción eucarística de la Madre Teresa. A continuación, el texto completo de la intervención, con su traducción al español a cargo de AsiaNews.

 “Quiero el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo…; quiero por bebida su sangre, que es la caridad incorruptible, don de amor infinito”. Estas palabras de San Ignacio de Antioquía, que se remontan a los primeros años de la Iglesia, expresan las aspiraciones más profundas de los creyentes por y en relación a la Santa Eucaristía.

Han pasado 50 años desde el 38avo Congreso Eucarístico Internacional, que se desarrolló en Mumbai en 1964, presidido por el Beato Papa Pablo VI. Era la primera vez que un pontífice participaba en un Congreso Eucarístico internacional.  Conmemorando la conclusión de este Jubileo, estamos llenos de alegre nostalgia. En el mismo período, la Iglesia india produjo frutos en abundancia. Agradecemos a Dios por Su continua presencia en estos años en y a través de la Santa Eucaristía. 

La Santa Eucaristía es verdaderamente el núcleo central de nuestra fe. Como es descrito en la Lumen Gentium (11) ella es “fuente y culmen de la vida cristiana”. Poco tiempo atrás, el Papa Francisco dijo: “La Santa Eucaristía es el corazón de la iniciación cristiana, junto al Bautismo y a la Confirmación. Cosntituye la fuente y el culmen de la vida y de la misión de la Iglesia”. De este Sacramento de amor, de hecho, surge todo auténtico camino de fe, de comunión y de testimonio. 

La Santa Eucaristía es el ancla espiritual del vivir cristiano. Ella cataliza la integración cotidiana de vida y fe.  “Gracia sobre gracias” (Jn 1:16) florece de esta primavera sin tiempo en el corazón de cada fiel. Una “Plenitud de vida” (Jn 1:10)  es compartida con cada uno a través de este sacramento de amor. Es el pan viviente, la alegría de nuestra vida cotidiana y el empeño de la vida eterna. 

El mismo Señor nos asegura que quien coma de este pan vivirá para siempre (1 Cor. 11:27). No es el maná que nuestros ancestros comieron para luego morir, sino el Cuerpo de Cristo roto para todos nosotros que nos permite no morir más (Jn 6:58). Es la memoria viviente del amor supremo de Jesús por cada persona humana; la creación entera manifestada a partir de su sacrificio voluntario en la Cruz. 

La Santa Eucaristía es el alimento más sublime para "ser" y "volverse" cotidianamente un mejor cristiano. Ella nos plasma para vivir como personas eucarísticas, llenas de amor genuino y compasión por todos. ¿No es, por lo tanto, un gran motivo de alegría que nosotros, de diversas partes de la nación, nos hayamos reunido aquí para el Congreso Eucarístico nacional?  No obstante viniendo de itinerarios culturales, sociales y económicos de todo tipo y hablando distintas lenguas, a través de la comunión en la Santa Eucaristía estamos en Comunión unos con otros. Somos hermanos y hermanas en Él. 

¡Alegrémonos y exultemos! ¡Qué nuestra celebración pueda ser una fuente de amor que sacie a cada uno! El tema elegido para el Congreso Eucarístico es “Alimentados por Cristo, para alimentar a los demás”. Dejen que la centralidad de la Sagrada Eucaristía inflame nuestros corazones para estar siempre al servicio de los demás.

Dios mismo se vuelve nuestro alimento 

“Yo soy el pan de vida; quien viene a mí no tendrá más hambre y quien cree en mi no tendrá más sed” (Gv 6:35). La Palabra encarnada del Padre se vuelve "pan" para alimentar a la humanidad. Jesús se anuncia a sí mismo como el pan que debe ser dado al pueblo. Durante la Última Cena con sus discípulos, antes de entrar en la Pasión en la muerte en la Cruz, Jesús establece no sólo un memorial, sino también un alimento para todos ellos. Su entrega voluntaria en la Cruz es la profunda ofrenda final de Sí mismo.  

Cada uno de nosotros que cree en Él puede formar parte de su carne y de su sangre a través de la Santa Eucaristía. jesús es el alimento que ha bajado del Paraíso, alimento que nutre, transforma y fortalece. Gracias a la potencia de su amor redentor, nos es pedido: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu fuerza, con toda tu mente y a tu prójimo como a tí mismo ” (Lc 10:27).

Transformados para transformar

La transformación o transubstanciación es el centro de la Santa Eucaristía. El pan y el vino se vuelven verdadero cuerpo y sangre del Señor en la celebración eucarística, significando nuestra transformación en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Nosotros -como individuos y como comunidad- nos volvemos instrumentos para transformar la humanidad y la creación entera. Nosotros participamos en el acto más grande de entrega de sí y de compartir en la vida, un perenne recuerdo de nuestro acto de amor por los demás. 

Estamos llamados a estar centrados siempre en el otro, para estar siempre al servicio de los demás, en modo particular quienes están marginados, enfermos o necesitados. Sólo entonces podemos hablar de genuina transformación obtenida a través del alimento eucarístico, y profesar la Presencia sostenedora del Señor Eucarístico entre nosotros. Por las Escrituras y las tradiciones de la Iglesia, sabemos que Jesús se vuelv e alimento para los excluidos, los últimos, los peores y los pecadores, a través de su infalible compasión, misericordia, perdón y amor que abraza a todos. 

Él también llamó y eligió a sus discípulos de diversos caminos de vida, no para sentarse a su derecha o a su izquierda (Mc 10:40) o para ser señores por sobre los demás (Mt 20:25; Lc 22:25; 1 Pt 5:3), El Señor Jesús ha mostrado todo esto con su mismo ejemplo: se arrodilló, les lavó los pies y se los besó (Jn 13: 1-17).

Como consecuencia, queridos hermanos y hermanas, la Santa Eucaristía es un constante y continuo recuerdo de este servicio. La renovación y la riqueza que son generadas en nosotros por nuestra fe a través de la Sagrada Eucaristía pertenecen a la humanidad y a la creación enteras. Hemos recibido libremente, y libremente debemos dar. El Papa Francisco dice: “La Eucaristía es Jesús mismo que se dona a nosotros. Alimentarnos de Él y habitar en Él mediante la Comunión Eucarística, si lo hacemos con fe, transforma nuestra vida, la transforma en un don a Dios y a nuestros hermanos y hermanas”.

De la Fragmentación a la Integración 

El cuerpo es partido y compartido. Participar de este acto divino de compartir hace nacer la  asamblea eucarística -la Santa Iglesia alimenta la integración, la unidad de los corazones. Alimentados de Su cuerpo y sangre y llenos de la potencia del Espíritu Santo, nos volvemos un sólo cuerpo y un sólo espíritu en Cristo. Esta es la fuente perenne de la comunión eclesial ilustrada por Jesús, con la analogía de la vid y los sarmientos (Jn 15:5). San Pablo, de la misma manera, nos exhorta con la imagen del cuerpo (1 Cor. 10:17, 12:27) y con énfasis nos recuerda que en Cristo todas las cosas son reunidas, recapituladas (Ef. 1:10; Col 1:15-20).

La Santa Eucaristía nos llama a todos a formar una asamblea en torno al santo altar y “en manera providencial los une a ella y a unos con otros” (San Máximo Confesor, Mystagogia, 1 PG 91,664). La Santa Eucaristía nos lleva a unirnos como hijos amados del Padre. San Juan Pablo II escribió en su Carta Apostólica “Mane Nobiscum Domine” que “la Eucaristía es epifanía de comunión… Es comunión fraterna, cultivada con una «espiritualidad de comunión» que nos induce a sentimientos de apertura recíproca, de afecto, de comprensión y de perdón” (21). Quienes son alimentados por la fuerza espiritual de la Sagrada Eucaristía se vuelven puentes en un mundo fragmentado en múltiples maneras. 

Hoy, la fragmentación es claramente vivisble en varios niveles de vida, donde sea. La distancia entre los corazones aumenta sin cesar. Los egos individuales y colectivos sirven a la avaricia, la corrupción, la violencia, la atrocidad, la guerra, la destrucción y el sufrimiento. ¿Podemos permanecer como testigos mudos de estas freceuntes brutalidades, que en nuestra nación ocurren  a diario? ¿Podemos permanecer sordos ante el llanto de los pobres y de las víctimas? Este contexto nos propone una misión que constituye un entretejido delicado, de fragmentos integrados en un todo. Esta misión, que parece imposible, puede ser complida con el poder unificante y la gracia de la Sagrada Eucaristia.

Mis queridos hermanos y hermanas, este proceso debe iniciar de vosotros y de mí. Nutridos por el Cuerpo partido y por la Sangre derramada, nos convertimos en agentes de integración. Escuchemos al apóstol Pablo, que desde la prisión rogó a sus discípulos a comportarse “de una manera digna del llamamiento que han recibido, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros en el amor, cuidando de preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz" (Ef. 4:1,3).

La unidad está en el centro de la Sagrada Eucaristía, que a su vez es el corazón mismo de la santa Asamblea de Dios. El Señor Jesús es la vid y nosotros sus sarmientos (Jn 15:5). El papa Francisco en la “Laudato si” habla de ecología integral (137), de la sagrada interconexión, una comunión que tiene en su centro a la Sagrada Eucaristía -vivida así como viene celebrada en el altar- nosotros podemos convertirnos en agentes de comunión, instrumentos de paz entre todos sin distinción de castas, credo, color o status. El Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo roto y Su sangre que fue derramada por todos. Como consecuencia pensar en manera inclusiva y vivir en manera inclusiva nos convertirán en Cuerpo de Cristo, personas eucarísticas.

Para un cristiano, como nos exhorta el Papa Francisco, recibir la comunión en estado de gracia con fe y amor significa como consecuencia “entrar en sintonía con el corazón de Cristo, asimilar sus elecciones, sus pensamientos, sus comportamientos. Significa entrar en un dinamismo de amor y convertirnos en personas de paz, personas de perdón, de reconciliación”. San Juan Pablo II escribe en la “Mane nobiscum Domine” (Permanece con nosotros Señor) que “el cristiano que participa de la Eucaristía toma de ella para hacerse promotor de paz, solidaridad, en todas las circunstancias de la vida” (27). Este modo de vivir en solidaridad con los otros y para los otros debe iniciar de nuestro interior más profundo y en nuestras familias cristianas, nutridas por la Santa Eucaristía.

La familia, eucaristía viviente y mejor agente de evangelización

Ahora reflexionemos sobre la familia, la Iglesia “doméstica” (LG 11) que puede ser llamada Eucaristía viviente, comunión alegre, casa de la presencia trinitaria. San Juan Pablo II dijo: “La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano. El sacrificio eucarístico, de hecho, representa la alianza de amor de Cristo con la Iglesia, en cuanto sellada con la sangre de su Cruz (Cfr. Jn 19,34)… En el don eucarístico de la caridad la familia cristiana encuentra el fundamento y el alma de su “comunión” y de su “misión” (“Familiaris Consortio” 57). En las numerosas oportunidades de interacción que la familia ofrece a varios niveles, la gracia eucarística hace así que cada miembro se convierta en nutrimiento para los otros mientras erige la casa sobre la roca.

Hoy más que nunca, las familias están desafiadas por las rupturas, por las infidelidades, por el individualismo, por la soledad, por las cuestiones comunicativas y por las grietas siempre más profundas. Sin la Eucaristía en la base de sus corazones, vacilan en la fe y pueden hasta reencontrase sin más algún fundamento. Durante esta celebración del Congreso eucarístico nacional, la Iglesia de India debe reflexionar sobre la urgente necesidad de ponerse de acuerdo sobre la centralidad de la familia, nutrida por la Santa Eucaristía, en toda su actividad pastoral.

Los operadores pastorales deben a su vez estar dotados de un corazón eucarístico, participando en el banquete de Cristo. Habiendo sido nutridos y comprometidos en este divino acto de nutrición, las familias serán Eucaristía viviente, prontas a ser partidas y compartidas. Cada familia deberá realizar su propia vocación y misión testimoniando al Señor a través de la evangelización de los propios vecinos con compasión, perdón y amor. Que diferencia cuando las familias se reúnen en las pequeñas comunidades cristianas, ¡constituyen la comunidad parroquial y se convierten en parte del cuerpo eclesiástico de la Iglesia!

Cada esfuerzo debería ser hecho para transformar cada familia en una fortaleza de comunión, casa de la presencia de Dios, espacio donde vivir el Misterio pascual del amor. Para evangelizar a los propios vecinos, el cuidado pastoral debe nutrir las familias individuales con todo recurso cultural posible. Considero con fuerza que este Congreso eucarístico nacional debe ir en esa dirección.

La Santa Eucaristía, fuente de compasión

Dentro de poco, el Santo Padre inaugurará el Jubileo extraordinario de la Misericordia. Ha pedido a la Iglesia, en este Año jubilar, redescubrir la riqueza contenida en las obras de misericordia corporales y espirituales. Con sus palabras “la experiencia de la misericordia, de hecho, se hace visible en el testimonio de signos concretos como Jesús mismo no enseñó”. Él agrega: “Es importante que este momento esté unido, ante todo, al sacramento de la Reconciliación y a la celebración de la Santa Eucaristía con una reflexión sobre la misericordia” (Carta del Santo Padre Francisco con la cual se concede la indulgencia en ocasión del Jubileo extraordinario de la Misericordia”).

El sacramento de la Sagrada Eucaristía es realmente el milagro de la misericordia, compasión y amor en el cual Jesucristo nos da la nutrición espiritual y acompañamiento. Se trata de Dios, que se dirige a nosotros, que quiere llenar nuestra vida con sus gracias divinas y tocar nuestros corazones humanos, de modo que nosotros podamos realizar su amor insuperable, inigualable y abrumadora para todos nosotros - ¡los pecadores y los santos!

María, Madre de la Sagrada Eucaristía

San Juan Pablo II en la “Ecclesia de Eucharistia” nos recuerda que: “Si queremos redescubrir en toda su riqueza la relación íntima que une a la Iglesia y a la Eucaristía, no podemos olvidar a María, madre y modelo de la Iglesia” (53). Nuestra Señora y la Sagrada Eucaristía son por naturaleza de las cosas unidas en modo inseparable “hasta el fin del mundo” (Mt 28:20). Como dice San Agustín. “la Palabra es la comida de los Ángeles”. “Los hombres no tienen la fuerza para nutrirse solos y no necesitan hacerlo. Lo que se necesita es una madre que pueda comer este Pan super-subtancial, transformándolo en leche y de este modo nutrir a sus hijos. Esta madre es María. Ella se nutre con la Palabra y la transforma en la sagrada humanidad. La transforma en Carne y Sangre, o sea en la más dulce de las leches llamada Sagrada Eucaristía”. Pueda María, madre de la Sagrada Eucaristía, interceder por nosotros ante su Hijo.

Conclusión

Al concluir, permítame ilustrar el significado de la Sagrada Eucaristía utilizando el ejemplo de la Beata Madre Teresa de Calcuta, a quien muchos de nosotros hemos visto, encontrado, conocido cuando estaba viva.

Un día, yo era un joven obispo, tuve el privilegio de llevar en mi coche a la Madre Teresa y tres Misioneras de la Caridad. Yo había sido informado de que la Madre Teresa había estado hasta bien pasada la medianoche reorganizando la comunidad. Me senté junto a ella con timidez en el asiento delantero. Ella, como una verdadera madre, me dije que me tranquilizará. Esto me dio el valor para preguntarle: "Madre, sé que trabajó toda la noche. Usted ya no es joven. ¿De dónde saca la fuerza para trabajar de un modo tan duro?". Su respuesta fue rápida y precisa: "De Jesús en la Sagrada Eucaristía".

Sus instrucciones a las Hermanas de la Caridad fueron claras: "Debemos estar muy orgullosas de nuestra vocación, porque nos da la oportunidad de servir a Cristo a través de los pobres. Tenemos que ir a ellos como los sacerdotes se presentan ante el altar, con alegría "(Instrucciones de la Madre Teresa, 1:80). Creo que esto fue y sigue siendo el secreto del éxito de la Madre Teresa y las Misioneras de la Caridad. Crear una nueva comunidad, de acuerdo con la Beata, quería decir crear un nuevo Tabernáculo. La Sagrada Eucaristía es un tesoro inagotable que contiene el Reino de Dios en su totalidad.

Vamos a centrarnos en los objetivos de este Congreso Eucarístico Nacional. Atado en la comunión eucarística y nutridos por Cristo, nos convertimos en alimento para los demás; transformados por la presencia de la Eucaristía, nuestras vidas deben transformar a nuestros vecinos, toda la creación; habiendo sido alimentados de la carne y la sangre de Jesús, nos mantenemos unidos y en solidaridad con todos, especialmente con los marginados, los desfavorecidos, los pobres, los excluidos y toda la creación espera ser renovada (2 Corintios 5:17) . En realidad, deberíamos ser el pan de vida, esperanza para los demás.

La alimentación de esta "evolución" debe comenzar ya en las familias cristianas, alegría de la morada eucarística. Si las familias se acercan a la Gracia eucarística, muchos retos pueden ser superados. El acto de alimentar al otro nos permitirá ver en él la epifanía de la presencia real de Dios. Esta comunidad humana necesita para ver y experimentar la presencia de la Eucaristía. Que se espera de nosotros para ser fermento de amor y compasión.

Estamos llamados a mostrar la ternura que lleva la atención, a los seres heraldos de alegría, promotores de la paz y la armonía que se convierte en un signo de unidad. Alimentados por Cristo, nos embarcamos en la misión de nutrir a otros. Un claro ejemplo de este proceso es el pan dado a Elías: "Con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb". Que la presencia eucarística nos ascienda, de modo que nos haga agentes de paz, justicia y armonía. ¡Qué podamos compartir el amor, el perdón y la alegría de Dios, y que el Señor nos bendiga a nosotros y todas nuestras familias!

 

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