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BANGLADÉS
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Daca: décimo aniversario silencioso de la masacre en el Holey Artisan, una herida abierta

de Sumon Corraya

A diferencia de años anteriores, no están previstas conmemoraciones públicas en el lugar del atentado yihadista. Las representaciones diplomáticas extranjeras han organizado una ceremonia conjunta en la embajada italiana. El recuerdo se mantiene vivo de forma más discreta. Esta mañana, la Iglesia católica ha rezado por las víctimas durante la misa, invocando la paz para sus almas y la sanación para sus familias.

 

Daca (AsiaNews) - Han pasado ya diez años desde aquella noche que cambió la historia reciente de Bangladés. El 1 de julio de 2016, la panadería Holey Artisan, situada en el exclusivo barrio de Gulshan, en Daca, fue escenario del atentado terrorista más sangriento del país, que causó la muerte de 22 personas y dejó a una nación enfrentándose a una nueva y dolorosa realidad. Hoy, en el lugar donde antes se encontraba el restaurante, se alza un edificio residencial de varias plantas con vistas al lago. Poco deja entrever que en su día fuera escenario de una tragedia que conmocionó al mundo. Sin embargo, para muchos bangladesíes, y sobre todo para las familias de las víctimas, el recuerdo sigue vivo: una herida aún abierta y una advertencia constante.

«No es solo historia», afirmó un responsable de seguridad de Daca. «Es una advertencia —añadió— de que el extremismo puede resurgir si bajamos la guardia». El ataque comenzó un viernes por la noche, poco después del iftar [la cena que marca el fin del ayuno durante el Ramadán], cuando militantes armados irrumpieron en el famoso restaurante. Un local famoso por atraer tanto a la élite local como a ciudadanos extranjeros. 

La crisis, con la toma de numerosos rehenes, se prolongó durante toda la noche mientras la policía y las fuerzas especiales rodeaban el edificio. Al término del asedio, a la mañana siguiente, se registró un balance de 22 personas asesinadas, en su gran mayoría extranjeros, entre los que se encontraban nueve italianos, siete japoneses, un indio, un estadounidense, dos bangladesíes y dos agentes de policía. Las fuerzas de seguridad liberaron además a 32 rehenes. Los supervivientes contaron posteriormente cómo los asaltantes intentaron identificar la pertenencia religiosa de las personas presentes en el interior. Algunos musulmanes de Bangladés se salvaron tras recitar versículos del Corán, mientras que los extranjeros —incluso los cristianos— fueron identificados y asesinados.

La brutalidad del ataque y el perfil de los autores —jóvenes procedentes de familias cultas y relativamente acomodadas— han hecho añicos los prejuicios sobre el extremismo y el radicalismo de origen islámico en Bangladés. El grupo yihadista Estado Islámico (EI, antiguo ISIS) ha reivindicado la autoría del asalto a través de sus canales de propaganda, aunque las autoridades de Daca han atribuido la operación a redes militantes locales, entre ellas Neo-JMB y Ansar al-Islam. En los 18 meses anteriores, ya se habían producido en el país al menos 27 asesinatos relacionados con el extremismo, que habían tenido como objetivo a blogueros, minorías religiosas, ciudadanos extranjeros y personalidades cristianas y musulmanas. No obstante, la masacre del Holey Artisan marcó un punto de inflexión, al llamar la atención mundial sobre el alcance y la organización de los grupos militantes internos.

Las investigaciones revelaron posteriormente que se trataba de un plan minuciosamente elaborado. Los atacantes habían inspeccionado varios locales de la zona diplomática antes de elegir el Holey Artisan, un local considerado vulnerable a pesar de su clientela de alto nivel. Uno de los aspectos más dolorosos de la tragedia fue el papel de las jóvenes reclutas, que habían desaparecido en silencio de sus familias meses antes. En los años posteriores al atentado, las fuerzas del orden pusieron en marcha una amplia operación de represión contra las redes militantes. Según las autoridades, se han desmantelado las células clave y la frecuencia de los atentados de gran envergadura ha disminuido significativamente con el tiempo.

El proceso judicial también ha registrado avances con el tiempo. En 2019, un tribunal especial condenó a muerte a siete acusados, aunque posteriormente el Tribunal Superior conmutó las penas por cadena perpetua. A pesar de estas medidas, los analistas advierten de que no hay que caer en una especie de autocomplacencia. Según fuentes de seguridad, más de 300 presuntos militantes siguen en paradero desconocido, mientras que algunos extremistas condenados se habrían fugado de la cárcel durante los disturbios de 2024, lo que suscita nuevas preocupaciones. «Se ha logrado un éxito en el desmantelamiento de las redes», afirmó un funcionario antiterrorista. «Pero desmantelar la ideología requiere mucho más tiempo».

Los recientes cambios en las prioridades de las fuerzas del orden y la nueva asignación de personal experto en materia antiterrorista han desencadenado además un debate sobre la preparación del país, especialmente ante la evolución de la radicalización en línea. Además, a diferencia de años anteriores, hoy no se celebrará ninguna conmemoración pública en el lugar del atentado. En su lugar, las embajadas extranjeras están organizando una ceremonia conmemorativa conjunta en la embajada italiana de Daca.

No obstante, el recuerdo se mantiene vivo de formas más discretas. Esta mañana, la Iglesia católica de Daca ha rezado por las víctimas durante la misa, invocando la paz para sus almas y la sanación para sus familias. Para muchos creyentes, el atentado sigue siendo una advertencia no solo en materia de seguridad, sino también para la reflexión espiritual. «La violencia en nombre de la religión es una contradicción de la fe», afirmó bajo anonimato un sacerdote católico de la capital. «Nuestra respuesta —añade— debe basarse en la oración, la educación y el diálogo».

Diez años después, Bangladés ha sabido evitar otro atentado de similar envergadura gracias a una valiosa labor de inteligencia y control. Sin embargo, el legado de Holey Artisan sigue marcando la conciencia nacional. Expertos y líderes comunitarios coinciden en que las operaciones de seguridad no bastan para hacer frente al extremismo. Por el contrario, se requieren esfuerzos constantes en el ámbito de la educación, la sensibilización de las familias, el diálogo interreligioso y la inclusión social. Mientras la capital sigue adelante y las huellas físicas de la tragedia se desvanecen, las lecciones de aquella noche siguen siendo urgentes. Y el silencio que hoy reina sobre el lago de Gulshan nos lo recuerda: la amenaza puede ser menos visible, pero no ha desaparecido.

 

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