El Papa sobre Oriente Medio: 'Detener la violencia antes de que se convierta en una vorágine irreparable'
León XIV habló en el Ángelus sobre los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán: "Ante la posibilidad de una tragedia de enormes proporciones". El llamamiento a las partes para que inicien un "un diálogo razonable, auténtico y responsable". Sobre los enfrentamientos entre Pakistán y Afganistán: "Que prevalezca la concordia en todos los conflictos". Sobre el Evangelio del día: "El Redentor transfigura las llagas de la Historia".
Ciudad del Vaticano (AsiaNews) - El resultado de los misiles, de los proyectiles lanzados al cielo, de los civiles escondidos en los búnkeres en estas “horas dramáticas” en Oriente Medio, puede convertirse en “una vorágine irreparable”. Después del Ángelus del domingo el Papa León XIV se refirió a lo que está ocurriendo en Irán, donde ayer murió el líder supremo Ali Khamenei en los ataques continuos que han lanzado Estados Unidos e Israel. “Ante la posibilidad de una tragedia de enormes proporciones, hago un llamamiento encarecido a las partes implicadas para que asuman la responsabilidad moral de detener la espiral de violencia antes de que se convierta en un abismo irreparable”, dijo.
El Pontífice dijo que sigue con “mucha preocupación” la incierta evolución de los ataques recíprocos, que no parecen detenerse. “La estabilidad y la paz no se construyen con amenazas recíprocas, ni con armas que siembran destrucción, dolor y muerte, sino sólo a través de un diálogo razonable, auténtico y responsable”, afirmó el Papa. En la jornada del jueves se había conocido el resultado negativo de las conversaciones que mantuvieron Estados Unidos e Irán en Ginebra, Suiza, al término de las cuales el ministerio de Asuntos Exteriores de Omán, país mediador, habló de “progresos significativos”.
“Que la diplomacia recupere su papel y se promueva el bien de los pueblos, que anhelan una convivencia pacífica, basada en la justicia. Sigamos rezando por la paz”, añadió Prevost. Luego recordó también los vientos de guerra que llegan desde el sur de Asia, con los enfrentamientos de los últimos días entre Pakistán y Afganistán. “Elevo mi súplica por un urgente retorno al diálogo. Recemos juntos para que prevalezca la concordia en todos los conflictos del mundo. Solo la paz, don de Dios, puede sanar las heridas entre los pueblos”, siguió diciendo León XIV.
Antes del Ángelus, el Papa habló a los fieles, reunidos en la plaza de San Pedro, desde la ventana del Palacio Apostólico Vaticano, y comentó el Evangelio del día (Mt 17,1-9). En el pasaje se narra la transfiguración de Jesús y la aparición de Moisés y Elías conversando con él. El evangelista compone para nosotros “un icono lleno de luz”, dijo. El autor incluye en la memoria de los Apóstoles una imagen que recuerda que “todo lo que Dios ha mandado e inspirado a los hombres encuentra en Jesús su manifestación plena y definitiva”, añadió León XIV.
También en esta ocasión - como en el día del bautismo en el río Jordán - la “voz del Padre” proclama: “Este es mi Hijo, muy querido”. Con esta expresión el Evangelio “describe el estilo de la revelación de Dios”. En Jesús - cuyo rostro “brilla como el sol” - los discípulos Pedro, Santiago y su hermano Juan, admiran “el esplendor humano de Dios”, es decir, “una gloria humilde, que no se exhibe como un espectáculo ante las multitudes, sino como una confidencia solemne” compartida con pocos, en una montaña alejada.
“La Transfiguración anticipa la luz de la Pascua”, añadió. Y la Pascua es ante todo “un acontecimiento de muerte y de resurrección, de tinieblas y de luz nueva que Cristo irradia sobre todos los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria”. De esa manera, “mientras el mal reduce nuestra carne a una mercancía o a una masa anónima, precisamente esa misma carne resplandece con la gloria de Dios”. “El Redentor trasfigura así las llagas de la historia, iluminando nuestra mente y nuestro corazón”, dijo Prevost.
Es más: “El Padre responde a la desesperación del ateísmo con el don del Hijo Salvador; el Espíritu Santo nos rescata de la soledad agnóstica ofreciéndonos una comunión eterna de vida y de gracia; frente a nuestra fe débil, se encuentra el anuncio de la resurrección futura. Esto es lo que los discípulos vieron en el resplandor de Cristo”.
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