El choque entre Polonia y Ucrania, en las raíces del mundo ruso
Durante años, basándose en su propia interpretación de la historia, el Kremlin promovió la tesis de que los mitos nacionales polaco y ucraniano son intrínsecamente incompatibles, y que su enfrentamiento era solo cuestión de tiempo. Después de 2022, esa teoría parecía definitivamente sepultada. Hoy, los líderes de Varsovia y Kiev la han resucitado con sus propias manos.
Cuatro presidentes ucranianos —el actual Volodímir Zelenski y sus tres predecesores, Leonid Kuchma, Viktor Jushchenko y Petro Poroshenko— devolvieron casi simultáneamente a Varsovia los paquetes con los estuches que contenían la máxima condecoración polaca, la Orden del Águila Blanca. Junto con ellos, el jefe de la oficina presidencial ucraniana, Kyrylo Budanov, y el embajador ucraniano en Polonia, Vasyl Bodnar, renunciaron también a las distinciones polacas que habían recibido.
Lo que había comenzado como una maniobra preelectoral en Varsovia se ha convertido en el desmantelamiento total del modelo de relaciones vigente hasta ahora. La chispa que desencadenó la crisis fue el decreto que firmó Zelenski a finales de mayo, mediante el cual se concedía a una unidad de las Fuerzas Especiales ucranianas el título honorífico de “Héroes del Ejército Insurgente Ucraniano”. Para Varsovia fue una bofetada, la confirmación de que la organización responsable de la masacre de Volinia de 1943-1944 sigue ocupando un lugar en el panteón nacional ucraniano.
El presidente polaco Karol Nawrocki, miembro del partido nacionalista Ley y Justicia (PiS), anunció en un discurso la revocación de la Orden del Águila Blanca a Volodímir Zelenski y declaró que “existen límites en las relaciones entre Polonia y Ucrania que no se deben cruzar”, aunque afirmó que “la decisión no está dirigida contra el pueblo ucraniano” y no altera la línea estratégica de la política polaca: el apoyo a Ucrania continuará, aseguró Nawrocki. En abril de 2023, Zelenski había sido condecorado con la Orden del Águila Blanca por el entonces presidente Andrzej Duda “en reconocimiento a su extraordinaria contribución al fortalecimiento de las relaciones amistosas e integrales entre Polonia y Ucrania, al desarrollo de la cooperación en favor de la democracia, la paz y la seguridad en Europa, y por su firme defensa de los derechos humanos inalienables”.
En realidad, la amistad entre polacos y ucranianos siempre ha sido bastante frágil, considerando que la historia de Ucrania comienza precisamente con la guerra contra el reino de Polonia-Lituania a mediados del siglo XVII, con el levantamiento de los cosacos encabezados por Bohdán Jmelnitsky, que posteriormente quedaron unificados con la Rusia de los zares. Desde entonces, estas tierras han sido un escenario permanente de conflictos entre los eslavos orientales y occidentales, entre rusos y polacos, entre el “mundo ruso” euroasiático y el “mundo polaco” europeo. Incluso en el plano eclesial la disputa se desarrolló en múltiples dimensiones, enfrentando a católicos de rito latino, católicos de rito bizantino, ortodoxos abiertos al diálogo y ortodoxos intransigentes, en una sucesión de guerras locales y de mayor alcance, acompañadas de no pocas masacres brutales.
En la mente de todo polaco, la masacre de Volinia no constituye simplemente un episodio trágico del pasado, sino un trauma nacional sin resolver, sinónimo de la más brutal limpieza étnica, que causó la muerte de cerca de 100 mil personas entre polacos y judíos, y evoca las tragedias de siglos anteriores. Desde la invasión rusa de 2022, Zelenski ha concedido en varias ocasiones títulos honoríficos similares a distintas unidades militares y, como ocurrió en este caso, siempre lo ha hecho exclusivamente por iniciativa de las propias unidades —lo que suele definirse como una iniciativa «desde abajo»— y no como parte de una agenda ideológica personal del presidente. Pero este argumento no fue tenido en cuenta en Polonia.
La dinámica de la subsiguiente reacción polaca esconde un resentimiento profundamente arraigado en las conciencias. Nawrocki, quien antes de ser presidente dirigía el Instituto de la Memoria Nacional, impuso literalmente la decisión deseada por el Capítulo de la Orden, el “máximo órgano de control experto” encargado de velar por el honor del Estado y de asesorar al jefe de Estado sobre condecoraciones y revocaciones. Los miembros de este consejo, entre los cuales también había algunos que albergaban dudas, mantuvieron oculto al público y a la prensa hasta el último momento el veredicto por el que habían sido empujados y que al final recomendaron al jefe de Estado. Nawrocki los obligó a aceptar sus reglas, aunque la decisión final todavía no se ha formalizado. El procedimiento requiere la firma del primer ministro Donald Tusk, representante del ala liberal de la política polaca, en el correspondiente suplemento del decreto.
Las dos almas del soberanismo y del liberalismo representan, en efecto, la perenne contradicción del mundo eslavo oriental, del que Ucrania se ha convertido en el principal chivo expiatorio. Si ahora Tusk firma el decreto, sufriría un grave descrédito en la escena internacional, rompería definitivamente las relaciones con Kiev y se enemistaría con el ala centrista de su propia coalición. Si, por el contrario, bloquea la decisión, la derecha lo acusará de inmediato de traicionar la memoria nacional. El grado de resentimiento dentro del establishment gubernamental polaco quedó de manifiesto en la reacción de Jakub Stefaniak, vicejefe de la Cancillería del Primer Ministro de Polonia, quien declaró a Polskie Radio Jedynka que “Nawrocki se ha comportado como un niño de jardín de infantes que sale corriendo al patio para hacer pis en el arenero”. Stefaniak subrayó que el presidente solo quería ganar protagonismo en los medios, aunque, por razones de procedimiento, no podía adoptar una decisión semejante de manera unilateral. Conviene señalar que quien habla no es un bloguero de la oposición, sino un alto funcionario del entorno de Tusk, que acusa públicamente al jefe de Estado de un peligroso infantilismo.
La sociedad polaca está profundamente dividida, aunque el equilibrio de fuerzas es claramente desigual: las encuestas muestran que el 52% de los polacos aprueba la revocación de la condecoración a Zelenski, mientras que solo el 24% se opone. Para Nawrocki estas cifras son alentadoras, pero todavía están muy lejos del consenso del 90% al que aspira. Por otra parte, algunos analistas consideran que esta decisión de alto perfil no constituye tanto un triunfo para Nawrocki como una “automutilación” electoral: al destruir el frágil consenso sobre la seguridad del flanco oriental en beneficio de un rédito político inmediato, el presidente estaría cometiendo un acto de suicidio político, reduciendo su propio margen de maniobra en el escenario internacional y transformando la institución presidencial de árbitro nacional en rehén de la extrema derecha.
No menos significativa que las tensiones internas de este mundo dividido es la respuesta de Kiev. El ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Andriy Sibiha, calificó la decisión de Nawrocki de “error estratégico”, y rechazó a su vez públicamente la condecoración polaca. Su declaración de que “ningún presidente de otro Estado volverá a dictarnos nuestra historia” puso fin, de hecho, a una etapa de frágil apoyo mutuo. Durante tres años, la diplomacia ucraniana había soportado todos los ataques derivados de la política interna polaca, desde los bloqueos fronterizos de los agricultores hasta las duras declaraciones de la derecha. La lógica era sencilla: “Polonia es nuestro principal apoyo en la retaguardia; debemos resistir”. Pero ahora esa protección se ha derrumbado. Sibiha comenzó a expresarse en un lenguaje de abierta confrontación: “responderemos con la misma moneda”, “ha terminado el tiempo en que hacíamos como si no nos diéramos cuenta” y otras expresiones amenazantes con las que Kiev ha empezado a dirigirse a Varsovia con la misma dureza que antes reservaba para la Budapest de Viktor Orbán, otro de los espacios históricos del mundo ruso-ucraniano devastados por la guerra.
Detrás del escándalo subyace una cuestión central que durante tres años quedó sin respuesta: ¿qué ha obtenido Polonia con la ayuda sin precedentes prestada a Ucrania desde febrero de 2022? ¿Solo la seguridad del flanco oriental de la OTAN y la contención de Rusia, o también algo más? A juzgar por las acciones de Nawrocki y la reacción de la sociedad polaca, Varsovia estaba convencida de que el paquete de ayuda incluía un tácito derecho moral a actuar como árbitro de la historia de Ucrania. El estatus de “mejor amigo”, según el sentido polaco del término, le otorgaba un derecho de veto sobre el panteón de los héroes nacionales ucranianos. Con el vuelo de regreso del Águila Blanca a Varsovia, Kiev ha respondido que no, la soberanía sobre la propia memoria no se negocia ni siquiera a cambio de tanques, municiones y fronteras abiertas. Por eso la crisis actual es más profunda y peligrosa que todas las disputas anteriores sobre los cereales o las empresas de transporte por carretera, en las que se discutían cuestiones concretas e intereses económicos; ahora lo que está en juego son los derechos, y quién se sentará a la mesa donde se escribe la historia.
De este juego puramente interno y pragmático emerge un desenlace ajeno a los habituales clichés políticos. Andriy Sibiha, en su airada respuesta, llegó incluso a afirmar que “"no es casualidad que Nawrocki reciba los aplausos de Moscú”. Y no se trata únicamente de que Rusia celebre la división entre sus aliados; por primera vez en tres años, Moscú ha recibido un regalo estratégico que ninguna operación híbrida habría podido proporcionarle por sí sola. Durante años, basándose en su propia interpretación de la historia, el Kremlin promovió la tesis de que los mitos nacionales polaco y ucraniano eran intrínsecamente incompatibles y que su enfrentamiento era solo cuestión de tiempo. Después de 2022, esta teoría parecía definitivamente sepultada, pero hoy los líderes de Varsovia y Kiev la han resucitado con sus propias manos. Dos memorias nacionales han chocado a toda velocidad, precisamente cuando ninguna de las dos podía permitírselo. “¿Acaso Nawrocki está reservando las más altas condecoraciones del país para Catalina II, Mussolini y Gerhard Schröder?”, preguntó Volodímir Zelenski en un tono poco diplomático, evocando de un solo golpe tres siglos de historia y de heridas dispersas por toda Europa.
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