09/05/2026, 15.05
MUNDO RUSO
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El futuro de la Iglesia católica en Rusia

de Stefano Caprio

La renuncia del arzobispo de la Madre de Dios en Moscú, monseñor Paolo Pezzi, marca una transición delicada para la comunidad católica en Rusia que afectará también las relaciones con las autoridades y el patriarcado ortodoxo. Alegando razones de salud que actualmente le imposibilitan administrar la gran diócesis, el prelado que ha guiado esta Iglesia desde 2007 ha invitado a la unidad. El dilema de la sucesión.

 

En los últimos días, el Vaticano anunció la noticia de la renuncia del arzobispo de la arquidiócesis de la Madre de Dios en Moscú, Paolo Pezzi, de 65 años, quien ocupaba ese cargo desde septiembre de 2007. Deja como administrador sede vacante et ad nutum Sanctae Sedis al obispo auxiliar de la arquidiócesis, el fraile menor conventual ruso Nikolaj Dubinin, de 53 años, titular de Acque di Bizacena, quien desde 2020 supervisa el sector norte del extenso territorio diocesano, con sede en San Petersburgo. Se trata de un cambio inesperado que plantea diversos interrogantes sobre el futuro de toda la Iglesia católica en Rusia, dado que el arzobispo de Moscú es la figura más importante y significativa de las estructuras eclesiásticas, que también incluyen otras tres diócesis: una en Sarátov, en el sur de la Rusia europea, y dos en Siberia, en Novosibirsk y en Irkutsk.

En realidad, las condiciones de salud de Mons. Pezzi hacían prever esta posibilidad desde hace tiempo a pesar de la edad relativamente joven del prelado, dado que la edad canónica para el fin del mandato son los 75 años. Hace dos años fue sometido a una cirugía bastante compleja y ya no lograba mantener el ritmo de un ministerio muy exigente, no solo por la extensión del territorio que abarca casi 80 parroquias, separadas por grandes distancias hasta el enclave de Kaliningrado en Polonia, sino también por muchas otras razones internas y externas de la vida de los católicos rusos.

El propio Pezzi ha subrayado esta circunstancia en la homilía de la misa del 2 de mayo, inmediatamente después del anuncio de que su renuncia había sido aceptada por el Santo Padre, afirmando que "para que quede claro y no se difundan teorías conspirativas ni falsos rumores, quiero declarar que he pedido la renuncia debido a mi salud, que no me permite administrar como corresponde esta maravillosa y amada diócesis". Por el momento, el arzobispo permanece en Moscú en las dependencias de la curia, a disposición del "querido obispo Dubinin" para cualquier necesidad que se considere importante y útil, aunque especificó que "de ahora en adelante ya no seré mencionado en la plegaria eucarística, pero eso no significa que no deban rezar por mí, como lo han hecho en estos casi diecinueve años de mi ministerio".

Tras estas declaraciones sobre su situación personal, el arzobispo expresó la intención de esa Santa Misa, de "oración por la unidad y la reconciliación en nuestra Iglesia". Existen, en efecto, tensiones y motivos de división entre los católicos rusos, hasta el punto de que él mismo reconoce que "en nuestras difíciles circunstancias, el diablo trabaja muy activamente, sembrando conflictos sobre todo en las familias, pero también en las comunidades, donde diversas personas y grupos han comenzado a enfrentarse entre sí de manera enconada". Admite que "es posible y aún deseable que haya opiniones diferentes, incluso en discrepancia con las decisiones del obispo, por eso nosotros aplicamos cada vez más el método sinodal", pero una vez tomadas las decisiones, "hay que apoyarlas".

El obispo dimisionario pidió luego perdón por todos sus errores y pecados, así como por cualquier ofensa, "aunque no recuerdo haber ofendido a nadie", y aseguró que "ya he perdonado hace tiempo a quienes me han ofendido a mí". En efecto, no han faltado críticas incluso ultrajantes hacia él, en particular por la gestión de los edificios restituidos hace algunos años de la iglesia de los santos Pedro y Pablo en Moscú, y un aspecto sumamente doloroso del ministerio de Mons. Pezzi ha sido el abandono del sacerdocio por parte de algunos miembros del clero local. A principios de este año fue muy criticado por no haber suscrito el llamamiento del Comité Consultivo Interconfesional de Rusia en defensa de los cristianos perseguidos en Ucrania, que de hecho era una declaración a favor de la influencia del patriarcado de Moscú en los conflictos interreligiosos dentro del país invadido por las fuerzas rusas. En esa oportunidad el vicario general de Moscú, el padre Kirill Gorbunov, explicó que el arzobispo Pezzi "expresa su cercanía a las posiciones manifestadas en el llamamiento, pero según las disposiciones canónicas de la Iglesia católica él no tiene competencia para hacer declaraciones oficiales que conciernan a otros países", lo que probablemente provocó reacciones negativas en las altas esferas del gobierno ruso.

Se plantea, por tanto, la cuestión no solo del nombramiento del sucesor del arzobispo de Moscú, sino también de la relación de la Iglesia católica en Rusia con las instituciones civiles y eclesiásticas, comenzando por el presidente Vladimir Putin y el patriarca Kirill (Gundyaev). Con el fin del mandato de Pezzi se cierra una fase importante del renacimiento de la Iglesia católica en el periodo postsoviético, que se puede dividir en dos etapas: la reconstrucción y reapertura de las estructuras cerradas después de la revolución, que entre 1991 y 2007 fue liderada por el arzobispo bielorruso Tadeusz Kondrusiewicz (hoy retirado en Minsk), y la conservación y defensa de lo que se había reconstruido, tarea que llevó a cabo durante casi dos décadas de misión el italiano Paolo Pezzi.

La fase del "renacimiento" se desarrolló durante los turbulentos años de la presidencia de Boris Yeltsin, gracias a una legislación muy abierta y permisiva sobre la libertad de culto y de expresión religiosa entre 1990 (aún bajo Gorbachov) y 1997, cuando se reformó la ley imponiendo nuevamente la Ortodoxia como religión de Estado y limitando los derechos de las demás confesiones. En esos años se reabrieron casi 300 comunidades católicas en toda la Federación, entre parroquias oficiales, capillas y conventos, para atender a una población de fieles católicos estimada formalmente alrededor de un millón de personas, incluyendo a todos los ciudadanos rusos que tienen vínculos familiares con el catolicismo. En realidad, son muchos menos los que asisten a las celebraciones y participan en actividades espirituales, culturales y sociales, pero no existen estadísticas confiables para determinar su número.

Entre los católicos en Rusia hay muchos inmigrantes de países aliados de Rusia desde los tiempos soviéticos, de África, América Latina y países asiáticos con un número significativo de fieles, como Filipinas y la India, pero también muchos armenios católicos que llegaron en los años noventa tras diversos conflictos en el Cáucaso. También hay un porcentaje significativo de rusos, como el propio obispo Nikolaj Dubinin, que tienen raíces católicas en generaciones lejanas, pero que se acercaron al catolicismo de rito latino en los años de libertad religiosa por motivaciones culturales y espirituales muy variadas, desde el activismo católico en la sociedad hasta la belleza del sonido del órgano y otros instrumentos musicales que no están permitidos en las liturgias ortodoxas.

Los sacerdotes católicos al servicio de las comunidades son en su mayoría extranjeros, a excepción de algunos ordenados en condiciones semi clandestinas durante la época soviética y una generación de nuevos ministros ordenados a partir de 1999, año en que concluyó la primera etapa de formación del Seminario de San Petersburgo, reabierto en 1994. Dubinin forma parte de este primer grupo y fue ordenado en el año 2000 después de ingresar a la comunidad de los Frailes Conventuales. Ahora el seminario se ha transformado en Instituto de Ciencias Religiosas donde estudian un pequeño grupo de seminaristas y todos los laicos que lo deseen, una de las últimas decisiones tomadas por el arzobispo Pezzi, por la cual también fue criticado, como si hubiera cerrado el instituto para la preparación de los sacerdotes.

Monseñor Paolo fue rector del seminario antes de ser nombrado arzobispo, entre 2003 y 2007, cuando regresó a Rusia después de una primera misión en Novosibirsk en la década del noventa. Precisamente en la ciudad más importante de Siberia podría haber pronto otra sucesión, porque la diócesis de la Transfiguración (los títulos no son por ciudades, para evitar conflictos con la Iglesia ortodoxa) está regida desde 1991 por el obispo Joseph Werth, nacido en Karaganda, Kazajistán, en 1952, por lo que no está lejos de la edad de jubilación eclesiástica. Mons. Werth había ejercido su ministerio en la ciudad de Marx, en la región de la Transvolga, en la última etapa soviética, para la comunidad de rusos de etnia alemana (como él mismo), quienes eran tolerados por las autoridades debido a su particular dimensión etnoterritorial. Posteriormente, lo persuadieron para que asumiera el cargo de obispo de Novosibirsk, al que se añadió también el de administrador de los greco-católicos de Rusia, una comunidad que hoy se encuentra bajo estricta vigilancia de las autoridades rusas porque está compuesta en gran parte por fieles ucranianos.

Desde hace dos años, Werth está acompañado por un obispo auxiliar, el jesuita alemán Stephan Lipke, de cincuenta años, quien se trasladó a Rusia desde Essen en 2011 y asumió como rector del Centro de cultura filosófico-religiosa Santo Tomás de Aquino de Moscú. Los jesuitas han desempeñado un papel importante en la reconstrucción de las estructuras eclesiásticas en el centro de Siberia, y el mismo Mons. Werth pertenecía a la Compañía de Jesús. Ahora se plantea el interrogante sobre la conveniencia de designar en Moscú a un obispo ruso, dejando al obispo alemán en Siberia, o viceversa, evitando exponer la figura de un ruso al frente de los católicos de Moscú, lo que daría a entender que cualquier ruso puede hacerse católico, o si es mejor llevar al alemán a la capital, poniendo en evidencia la condición de extranjeros de los católicos frente a la etnia patria, que se mantiene vinculada exclusivamente a la Ortodoxia.

El futuro de los católicos en Rusia se ve complicado por las cuestiones culturales e ideológicas, sumado a la tensión que vive toda la población por la guerra interminable con los ucranianos y con todo el mundo occidental, del cual la Iglesia católica es la principal institución simbólica. Durante el período de "conservación" de Mons. Pezzi, las comunidades católicas han crecido, en silencio y en comunión, aún entre los diversos grupos cuya reconciliación el arzobispo ha promovido, incluyendo aquellas a favor o en contra de la guerra. La última visita pastoral del obispo saliente tuvo lugar recientemente en Nizhny Nóvgorod, una de las principales ciudades rusas, donde los católicos han recibido, tras una larga espera, la restitución del edificio original de la iglesia, que ahora será íntegramente restaurado. Una señal de esperanza para una presencia significativa de los católicos en el mundo ruso, y de la posible reconciliación presente y futura de Oriente y Occidente.

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