Un fiel partidario de Putin devuelve una iglesia a los católicos en Nizhni Nóvgorod
En una de las metrópolis más importantes de la Federación Rusa, el gobernador local Nikitin, con un gesto inédito, ha incluido un templo católico entre los edificios históricos que serán restaurados y devueltos a la pequeña comunidad local, formada por algunos centenares de fieles de distintas nacionalidades. El objetivo es mostrar que en la Rusia de hoy, la “religión de Estado”, además de ser ortodoxia militante, se propone también unir a las otras confesiones y religiones.
Una noticia decididamente positiva e inesperada ha conmovido en estos días a los católicos rusos: el edificio original de la iglesia - cuya reapertura fue denegada en 1994 - ha sido devuelto a la parroquia de la Asunción de Nizhni Nóvgorod. Esta ciudad es una de las metrópolis más importantes de la Federación y compite con Novosibirsk, en Siberia, como la tercera ciudad más grande de Rusia después de Moscú y San Petersburgo. Si la capital alcanza los 15 millones de habitantes y la ciudad imperial del norte supera los 3 millones, la gran urbe en la confluencia de los ríos Volga y Oka, en la Rusia central, tiene más de 2 millones de personas.
Desde la entronización de Vladimir Putin, en el año 2000, prácticamente no ha reabierto ninguna parroquia, y tampoco se habían restituido los edificios de las iglesias confiscados durante la revolución, que en muchos casos fueron destruidos o se dejaron en manos de las empresas o instituciones que los ocupaban desde los tiempos soviéticos. La única excepción había sido en 2018 la ex-iglesia de la Inmaculada Concepción en Riazán, a la que le fue devuelta el edificio de una escuela que ocupaba los espacios del lugar de culto gracias al paciente trabajo de relaciones del párroco, el eslovaco Josif Gunčaga. El sacerdote atiende a la pequeña comunidad local desde 1996 y ahora puede celebrar en una capilla habilitada en una de las aulas de la ex escuela, a la espera de la futura restauración de todo el templo. La comunidad de Riazán, en el centro-sur de Rusia, está animada sobre todo por el grupo de estudiantes africanos de la Universidad de Medicina local.
En Nizhni Nóvgorod hay algunos cientos de católicos que pertenecen a diferentes etnias y nacionalidades: polacos, lituanos, armenios, africanos y muchos otros. El párroco, el padre Georgij Kromkin, es un ciudadano ruso y encabeza la comunidad desde 2017, después de una misión de veinte años del sacerdote argentino Mario Beverati, un hijo espiritual del Papa Bergoglio, quien lo había ordenado sacerdote cuando era arzobispo de Buenos Aires. El edificio de la iglesia, ubicado en un barrio céntrico de la ciudad y construido a finales del siglo XIX - como la mayoría de las iglesias católicas rusas - estaba ocupado por las oficinas de importantes instituciones estatales que no parecían en absoluto dispuestas a ceder su espacio a los católicos. A cambio del edificio, a la parroquia se le habían concedido en usufructo las ruinas de un viejo establo para cabalgaduras, que fue consagrado como capilla tras ser pacientemente restaurado, junto con otras pequeñas construcciones adyacentes, hasta alcanzar el tamaño de una “iglesia-pesebre”, apenas suficiente para acoger a los fieles.
A diferencia de Riazán, no fue la insistencia del párroco lo que consiguió la restitución. El padre Kromkin había tenido que mantener un perfil muy discreto y silencioso para evitar cualquier acusación de proselitismo y propaganda católica. En los últimos años de su predecesor, en efecto, había estallado una disputa con los ortodoxos locales por el intento de fundar un monasterio de carmelitas en un terreno adquirido con los fondos recaudados por el padre Beverati, quien consideraba que este proyecto sería una importante contribución católica a la vida religiosa de Rusia. La propuesta provocó el rechazo de las autoridades civiles y religiosas de toda Nizhni Nóvgorod e incluso de otras partes, hasta el punto de que el sacerdote se vio obligado a regresar a Argentina.
Apenas asumió el cargo, el nuevo párroco fue a visitar al metropolita ortodoxo - que también se llama Georgij en honor al santo mártir victorioso - con la intención de presentarle sus disculpas por la inoportuna insistencia en el proyecto monástico, de gran valor espiritual, pero ciertamente no en sintonía con las tendencias de la sociedad rusa en la era de Putin. El austero sexagenario Georgij (Danilov), originario de Bielorrusia, concedió a Georgij Kromkin, de poco más de cuarenta años, una entrevista de dos horas en las que trataron sobre las diversas problemáticas de la vida religiosa de la ciudad, y se encontró en gran sintonía en muchos sentidos, aunque de todos modos aconsejó a los católicos que “no se hicieran notar”.
La iniciativa de la restitución de la iglesia tampoco fue fruto del compromiso de las autoridades centrales de la Iglesia católica. El arzobispo de Madre de Dios, en Moscú, el italiano Paolo Pezzi, instalado en 2007 después del bielorruso Tadeusz Kondrusiewicz, es poco proclive a iniciativas demasiado exuberantes de los católicos locales, respaldado en este sentido por la vigilancia de los nuncios apostólicos que se han sucedido en los últimos años, hasta el actual Mons. Giovanni D’Aniello. Quien propuso la restitución fue el brillante gobernador de Nizhni Nóvgorod, Gleb Nikitin, de 57 años, un firme partidario del presidente Vladimir Putin que ocupa el cargo desde 2018, tras sustituir a sus corruptos predecesores para devolver el esplendor a la “capital del Volga”.
En el plan de puesta en valor de los barrios más prestigiosos de la ciudad, Nikitin también ha incluido el “barrio latino”, con el compromiso de restaurar los principales edificios del pasado, entre ellos la iglesia católica en la zona explícitamente calificada como “barrio católico”, y propuso al padre Kromkin la restitución en 2025 y la restauración en 2026, casi todo a cargo de la Región y con el apoyo del alcalde, Jurij Shalabaev, de 40 años, y del mismo metropolita ortodoxo Georgij. La intención del gobernador se corresponde con la evolución de la “religión de Estado” de la Rusia actual, que además de la ortodoxia militante se propone mostrar también la capacidad de unir a las otras confesiones y religiones, y ha abierto mezquitas, sinagogas y templos budistas en varias localidades federales. Hasta ahora, sin embargo, no se había incluido en este proyecto a los católicos, como quiere hacer en cambio Nikitin aprovechando la favorable predisposición urbanística de Nizhni Nóvgorod.
No es el primer caso de “iglesia imperial” en la Rusia actual y del pasado. Más aún, esta motivación de evocación “constantiniana” es típica de muchos gloriosos edificios, desde la catedral de Cristo Salvador en Moscú (destruida por Stalin y reconstruida bajo Yeltsin por el alcalde Luzhkov) hasta la de San Isaac en San Petersburgo, el edificio más majestuoso de toda la arquitectura mundial del siglo XIX, que no por casualidad las autoridades de la ciudad se resisten a entregar incluso a la metropolia ortodoxa; y la lista sería muy larga de ilustrar. El gobernador de Nizhni Nóvgorod, por otra parte, ya ha construido en la ciudad una réplica de la catedral del Salvador sobre la Sangre Derramada de San Petersburgo, que se había levantado en el lugar donde fue asesinado el zar Alejandro II en 1881 y era la única iglesia cuyo interior estaba completamente adornado con mosaicos que representan los rostros de los santos y de los emperadores. En la del Volga ahora se han incluido los nuevos señores de Rusia y de la guerra santa, desde Stalin hasta Putin.
En la década de 1990 hubo un caso similar para los católicos con la construcción de la catedral de la Inmaculada Concepción de Kazán, capital de los tártaros a orillas del Volga. El templo fue encargado por el entonces presidente Mintimer Shaymiev para completar la escenografía político-religiosa del Kremlin local, donde se levantan la gran mezquita y la catedral ortodoxa junto a la sinagoga al pie de las montañas. Ahora las llaves de la iglesia católica de Nizhni Nóvgorod han sido devueltas al padre Kromkin el 28 de agosto, una fecha simbólica porque en el calendario ortodoxo corresponde al 15 de agosto, día de la Asunción, a la que está dedicada la parroquia. El designio providencial se completa con la venta de los terrenos donde querían construir el denostado monasterio carmelita, para destinar esos fondos al diseño arquitectónico, a cargo de la parroquia.
La obra de reconstrucción de la nueva-vieja iglesia estará en manos de los miembros de la parroquia, lo que también supone una especial intervención divina porque los mejores ingenieros y arquitectos de la ciudad son precisamente algunos parroquianos católicos. El padre Kromkin ha tenido asimismo la previsión de adquirir a título definitivo los locales de la “iglesia-establo”. De esa manera podrá contar con dos lugares de culto y confiar uno de ellos a las “comunidades étnicas”, comenzando por los numerosos armenios, para celebrar las liturgias en todas las lenguas federales y “amistosas” para los rusos, ofreciendo así un motivo adicional de glorificación de la sobornost, la unión espiritual de los pueblos, las religiones y las culturas que constituye el principio fundamental de la ideología del “mundo ruso”, desde hace siglos y hasta la actualidad.
El viento “patriótico” que sopla también sobre la Iglesia católica en Rusia no se limita al afortunado episodio de la iglesia de Nizhni Nóvgorod, que de todos modos es una de las parroquias más significativas de las cuatro diócesis dedicadas a los santos y no a los lugares, por respeto a la historicidad ortodoxa del cristianismo ruso: Madre de Dios en Moscú, San Clemente en Sarátov, Transfiguración en Novosibirsk y San José en Irkutsk en la Siberia oriental. Y, aunque no apoyan la guerra en Ucrania e invocan la paz, los católicos tratan de permanecer en el diálogo “de la esperanza”, según las palabras del arzobispo Paolo Pezzi, y mirar a la Rusia del futuro no como un lúgubre reino de la ideología, sino como la oportunidad de un renacimiento, de una nueva Asunción al cielo del amor por todos los pueblos.
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