22/05/2026, 11.01
ASIA CENTRAL
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El mundo turanio, de periferia del imperio a arquitectura del futuro

de Vladimir Rozanskij

En estos días se ha colocado en Astana la primera piedra de un Centro para la civilización turca. Un lugar simbólico de una integración que responde al intento de Moscú, que ha durado un siglo, de borrar esta identidad dentro de su «patio trasero». Y que hoy, en cambio, ha descubierto su poder como guardián de las principales arterias energéticas y logísticas entre Oriente y Occidente.

Astana (AsiaNews) - Los acontecimientos de los últimos días en Astana, la capital de Kazajistán, marcados por la colocación de la primera piedra del Centro para la Civilización Turca y la integración de las tecnologías digitales GovTech, no solo representan otro gesto diplomático entre países afines por sus raíces culturales comunes, sino, en cierto sentido, la culminación final de una era que comenzó en los salones decimonónicos de Versalles y en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, como afirma el historiador Agil Gakhramanov en zerkalo.az.

Estamos asistiendo a un cambio trascendental, en el que el mundo turano está dejando de ser objeto de la geopolítica extranjera —una «moneda de cambio» en manos de las grandes potencias— y está emergiendo como artífice independiente de los procesos globales. Este proceso resulta profundamente inquietante para quienes están acostumbrados a considerar a los pueblos túrquicos como meras fuentes de recursos, o como el «patio trasero» de sus propios imperios, tal y como ocurría en la época soviética.

La ironía histórica radica en que la retórica rusa actual, que estigmatiza al Occidente colectivo, ignora por completo el hecho de que Rusia, durante siglos, fue parte integrante de ese mismo Occidente en la supresión del Imperio turco. Durante la Entente, la Rusia zarista, junto con Gran Bretaña y Francia, se esforzó con entusiasmo por trazar mapas que dividieran el Imperio Otomano, reclamando Estambul y los estrechos del Mar Negro. El actual conflicto con la OTAN no impide a Moscú emplear, dentro de sus propias fronteras, los mismos métodos imperialistas que en su día practicaron las potencias coloniales del siglo XIX. Para los actores externos, tanto en Moscú como en algunas capitales europeas, la unidad turana representa una espina clavada para la clase política, ya que destruye el monopolio sobre el tránsito, el significado y la voluntad política en el corazón de Eurasia.

Una tragedia particular de este proceso se está consumando dentro de la propia Federación Rusa. Mientras los líderes de la Organización de Estados Túrquicos debaten sobre la inteligencia artificial y la conservación del patrimonio cultural, millones de personas de origen turco en Rusia se enfrentan a un proceso sistemático de «erosión» de su propia identidad. La situación del pueblo sakha en la Yakutia siberiana es el ejemplo más evidente de esta hipocresía: a pesar de vivir en una tierra literalmente salpicada de diamantes y oro, un tercio de los yakutos vive por debajo del umbral de la pobreza. Se trata de un modelo extractivo clásico: los recursos naturales pertenecen al imperio, dejando a la población solo problemas medioambientales e inestabilidad social.

Junto al saqueo económico, se está librando una silenciosa guerra cultural. Limitar artificialmente la enseñanza en las lenguas nativas, convertir los dialectos nacionales en asignaturas optativas: se trata de una política deliberada destinada a crear una población «sin raíces», privada de cualquier vínculo con sus orígenes. El aspecto religioso de esta política revela capas aún más profundas de islamofobia, ya sistémica en Rusia. Imágenes de fieles obligados a rezar en la nieve debido a la escasez de mezquitas o a su cierre forzoso se transmiten por todo el mundo túrquico.

Como afirma, por otra parte, Gakhramanov, «el proceso iniciado en la cumbre informal de las comunidades territoriales unificadas de Turquestán es ya imparable». La creación del Centro para la Civilización Turania representa una respuesta al intento, que ha durado un siglo, de borrar a los pueblos turcos de la historia; el mundo turanio ha comprendido su propio poder como puente entre Oriente y Occidente, como guardián de las principales arterias energéticas y logísticas del planeta.

En definitiva, la lucha por la identidad turca es hoy una lucha por el derecho a existir sin tener que preocuparse por los «hermanos mayores». Mientras Moscú intenta revivir el fantasma de la Entente, disfrazado de defensor de los valores tradicionales, los Estados turanios están construyendo una verdadera alternativa. Este es un mundo en el que la voz de un yakuto, de un tártaro de Crimea, de un azerbaiyano o de un kazajo no debería resonar como un eco en el Kremlin, sino como la voluntad soberana de una gran civilización que ha vuelto a la escena mundial para ocupar el lugar que le corresponde por derecho. La transformación de Eurasia ya ha comenzado y, en esta nueva sinfonía, la voz turca se erige en protagonista, por encima del estruendo de los imperios en desintegración.

 

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