18/06/2022, 12.31
MUNDO RUSO
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La Iglesia Imperial de todas las Rusias

de Stefano Caprio

¿De dónde viene el firme apoyo del Patriarcado de Moscú a la agresión de Ucrania, antes que el sentimiento pacifista? Las ambigüedades -de fondo- ya se encuentran en la "Doctrina Social de la Iglesia Rusa" aprobada en el año 2000. Kirill querría acompañar la victoria militar con la reunión de todas las Rusias, pero el resultado por ahora es la pérdida de muchas partes de la Iglesia que aspira a ser universal.

En la opinión pública internacional, uno de los mayores motivos de escándalo de la guerra rusa en Ucrania es el firme apoyo de la Iglesia a la agresión. Ésta incluso la respalda por motivos religiosos e histórico-teológicos, al menos según se desprende de las homilías del Patriarca Kirill. Parecía obvio que una organización religiosa cristiana debía expresar más bien un sentimiento pacifista moderado, al considerar la guerra un instrumento inaceptable, o al menos inadecuado para alcanzar objetivos que de otro modo podrían compartirse.

Además, los mismísimos documentos oficiales de la Ortodoxia rusa son todo menos favorables a las acciones bélicas: en la "Doctrina Social de la Iglesia Rusa", texto aprobado durante el Sínodo Jubilar de 2000, se declara que "la Iglesia no puede colaborar con un Estado que inicie una guerra de agresión" (p.III.8), y está "obligada a ponerse del lado de la víctima de una agresión abierta" (p.II,4;XVI,1). Como mínimo, afirma el documento, la Iglesia está "obligada a analizar el conflicto en la cuestión de la justificación de la acción militar, o a definirla como agresión" (p. VIII.3).

Sin embargo, el Patriarcado de Moscú no sólo no ha condenado la "operación militar especial" de Putin, sino que ha bendecido repetidamente al ejército e incluso a la Rosgvardija, las "fuerzas especiales" encargadas de imponer la ocupación rusa en Ucrania. Por lo tanto, parece que ha prevalecido otra dimensión de la "doctrina social", la que exige "defender la Patria", como tantas veces ha repetido el propio Kirill, principal autor del texto del 2000. En él se afirma que "en muchas ocasiones, la Iglesia rusa ha bendecido al pueblo que participaba en las guerras de liberación" (p. II.2). Menciona batallas contra los tártaros, como la que bendijo en 1380 San Sergio de Radonež, la de 1612 contra los polacos inspirada por el Patriarca Germogen, la de 1812 contra "los invasores franceses", en la que el santo Metropolitano Filaret de Moscú predicó que "si procuras evitar la muerte para defender la fe y la libertad de la Patria, morirás como un criminal o un esclavo, si mueres por ella tendrás la vida y una corona en el cielo".

El texto continúa diciendo que "el patriotismo cristiano es al mismo tiempo amor a la comunión étnica y a la unidad de los ciudadanos del Estado; el cristiano ortodoxo está llamado a amar a su patria en sus dimensiones territoriales, y a sus hermanos de sangre que viven en todo el mundo" (p. II.3), y este amor patriótico es el verdadero cumplimiento del mandamiento evangélico de "amar al prójimo, que implica el amor a la familia, a los hermanos de sangre y a los conciudadanos".

Esta doble expresión de la "patria étnica y civil" revela con toda claridad la contradicción del conflicto con los ucranianos, en el cual los "lazos de sangre y de "fe" prevalecen sobre los límites administrativos y territoriales. El documento continúa afirmando que "el patriotismo del cristiano ortodoxo debe ser activo y se manifiesta en la defensa de la patria frente al adversario", así como en la conservación de las tradiciones y los valores morales. El resultado debe ser "una nación, civil o étnica, que sea total o predominantemente una sociedad ortodoxa monoconfesional, y que por lo tanto sea considerada como una comunidad unida en la fe, la del pueblo ortodoxo". Estos son los principios que han inspirado no tanto la guerra de estos meses, sino toda la política de Putin en los últimos veinte años. El primer mandato presidencial de Putin, después de todo, comenzó en el año 2000, y tomó las concepciones sociales ortodoxas como la "línea del partido" que había que seguir, según las costumbres arraigadas en el pasado soviético.

La doctrina social ortodoxa se redactó de forma ambigua: por un lado, reflejaba los contenidos similares de un siglo de documentos católicos, empezando por la Rerum Novarum de León XIII, escrita en 1891, cuando surgían los movimientos revolucionarios e ideológicos del siglo XX. Tanto es así, que el Patriarcado incluso buscó el asesoramiento de expertos católicos para redactar el documento. Por otra parte, luego surgió la necesidad de reaccionar ante la desaparición de la ideología oficial, que había dejado a la Rusia de los años 90 en la incertidumbre de un "liberalismo occidental" completamente ajeno a su naturaleza. La ambigüedad se mantuvo en varios niveles de la vida religiosa, política y social; la Rusia de Putin se convirtió en un país liberal-autoritario, en el que el centralismo del Estado debía transigir continuamente con los empujes centrífugos de los gobernadores locales, los oligarcas todopoderosos y las diversas instancias culturales y sociales del país. La Iglesia Ortodoxa se reformó, abandonando gradualmente la apertura ecuménica que la había caracterizado en la segunda mitad del siglo XX, y de la que el propio Kirill era uno de los principales exponentes. Para frenar la deriva fundamentalista del incontrolable mundo monástico, el patriarca se ha convertido cada vez más en el garante de la idea nacional, envolviendo a la Iglesia en un abrazo mortal. Y con un Estado cada vez más agresivo y vengativo, que desde la guerra de Georgia en 2008-2011 ha propuesto una interpretación "imperial" del patriotismo y la misión histórica de Rusia.

En los últimos días, la naturaleza imperial del Estado ha vuelto a cobrar actualidad de forma explícita en los discursos públicos, tanto de Putin como de sus principales partidarios y propagandistas, con motivo de las conmemoraciones dedicadas al 350º aniversario del nacimiento de Pedro el Grande. El fundador de la "capital del norte", donde nacieron tanto Putin como Kirill, se había autoproclamado en 1721, tras el final de la "guerra del norte" con los suecos, ya no como "zar de Moscú y de toda Rusia", sino como "Pedro I el Grande, emperador panruso, padre de la patria". Su actual sucesor en el Kremlin reivindica hoy su legado, explicando que Pedro no pretendía "conquistar otras tierras, sino defender su patria". Y la victoria que marcó definitivamente la defensa tuvo lugar precisamente en Ucrania, en Poltava en 1709, cuando fueron derrotadas las tropas de los suecos y sus aliados polacos, daneses, en definitiva, "occidentales".

Es difícil determinar qué pretendía realmente Pedro con el adjetivo "imperial", que sustituía incluso al título de "zar". Sin embargo,  no se trataba de una simple manía de grandeza, del mismo modo que no se puede reducir la actual invasión de Ucrania a las obsesiones de un hombre encerrado en el búnker a la manera de Stalin, aunque éste fuera uno de los factores evidentes de esta crisis. Pedro era occidentalista, pero no en el sentido de querer armonizar la Rusia euroasiática con los salones parisinos; pretendía tomar de Europa todas las habilidades y logros del progreso, para rehacerlos a su manera en Rusia, en San Petersburgo como la nueva "ciudad de San Pedro", la nueva Roma de un mundo más poderoso y universal. Por eso, Putin ya no tiene la menor intención de ocultar su simpatía por el emperador del siglo XVIII, más allá de las humillaciones que infligió a la propia Iglesia Ortodoxa, privada de su patriarca y sometida al dominio de la burocracia estatal. La "defensa contra Occidente", degradado e inmoral, no implica la creación de un imperio oriental, asiático o exótico por lo demás: Rusia es el verdadero Occidente/Oriente, que se extiende a todas las latitudes y revela el auténtico destino de los territorios, los pueblos, las mercancías y las materias primas, y los deseos de los corazones.

Pedro sustituyó el término "de todas las Rusias" (vseja Rusi, literalmente "de todas las Rusias") por el de imperio "panruso", vserossijskij, que trasciende los límites de los distintos principados, estados y regiones históricamente vinculados al desarrollo de la propia Rusia. Es un concepto "metafísico", como recordó el Patriarca Kirill desde el inicio del conflicto. De hecho, el antiguo atributo se remonta a las divisiones de los príncipes de la Rus de Kiev, que, a fuerza de disputas, acabaron arrollados por el poder de los caballeros tártaro-mongoles. "Las Rusias" eran entonces Kiev y Moscú, Nóvgorod y Pskov, Smolensk y Rostov, Vladimir y Riazán y muchas otras; en el siglo XV se consumó la lucha entre dos ciudades centrales, Moscú y Tver, que pudo resolverse con la victoria de esta última, favorecida además en las comunicaciones y el comercio. Ahora el título de "todas las Rusias" sólo le corresponde al patriarca de Moscú, un cargo eclesiástico restaurado en la época soviética, tras dos siglos de "cautiverio sinodal" bajo los emperadores petersburgueses.

A Kirill le gustaría acompañar la victoria militar con la reunión de las Rusias: la Rusia Blanca de Minsk y la Rusia Menor de Kiev con la Gran Rusia moscovita. Pero lo cierto es que por ahora, el resultado es la pérdida de muchas partes de la Iglesia que aspira a volverse universal. Las 12.000 parroquias ucranianas dirigidas por el metropolitano Onufryj se están separando, arrebatando al Patriarcado el 40% de las iglesias y aún más en el porcentaje real de fieles, siendo los ucranianos mucho más devotos y practicantes que los rusos. Se están alejando muchas iglesias y fieles de la "Iglesia rusa en el extranjero", la llamada Zarubežnaja, una parte de la ortodoxia que se había escindido tras la revolución y que el propio Kirill había conseguido reunir con el patriarcado en 2004, con la ayuda decisiva del actual metropolita de Pskov, Tikhon (Ševkunov). Hace dos años, las 100 parroquias de Europa Occidental que habían permanecido bajo el patriarcado de Constantinopla también volvieron al redil ruso, aún cuando en un principio no querían formar parte de la Tsarubežnaja zarista. Ahora también se distancian, de nuevo, de Kirill. La Iglesia moscovita de Lituania, de antigua tradición rusa, pide a su vez la autonomía, y más de la mitad de sus 60 sacerdotes ya se han marchado. El metropolitano de Vilna, Innokentij, no quiere separarse, pero se arriesga a quedarse sin fieles. La lista podría seguir, recordando las numerosas presencias ortodoxas rusas en todo el mundo, y por ahora Kirill sólo puede consolarse con la reconquista de Crimea y de parte de las iglesias del Donbass. Y tal vez algunas parroquias en Kenia o Burundi, donde la "compañía Wagner" de mercenarios rusos, además de apoyar regímenes militares aquí y allá, no deja de propagar los iconos y el incienso de Moscú.

El mundo ortodoxo ruso se parece más a un escurridor que a un imperio, y el patriarca, más que "toda Rusia", controla "unos cuantos jirones de Rusia" dispersos en distintos territorios dentro y fuera de la patria, sea esta civil o étnica. Ahora ya ni siquiera cuenta con el "delfín" Hilarión, el metropolitano que garantizaba al menos algunas conexiones en el Vaticano u otros elevados foros interreligiosos. Hilarión disfrutará del espectáculo de la desintegración del imperio desde el exilio, en la hermosa orilla danubiana de Budapest, antigua sede de un verdadero imperio multiconfesional.

 

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