26/03/2022, 10.44
MUNDO RUSO
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La catástrofe de la Ortodoxia

de Stefano Caprio

La guerra en curso está desintegrando las relaciones entre los cristianos: estamos ante el gran cisma de la ortodoxia. Los ortodoxos ucranianos practicantes duplican en número a los ortodoxos rusos. Tras la proclamación de la autocefalia en 2018, la mayoría de las diócesis que solían estar bajo la jurisdicción de Moscú optaron por dejar de nombrar al Patriarca Kirill en sus liturgias. Esto también exigirá una toma de posición más explícita por parte de todas las demás Iglesias ortodoxas nacionales.

La guerra en Ucrania comenzó en 2014, cuando la "revolución de Maidán" exaltó la oposición entre Kiev y Moscú, un enfrentamiento centenario que ahora llega a su fase extrema. Sea cual sea el resultado de las operaciones militares, de las conversaciones de paz y del reparto de territorios, entre los dos pueblos hermanos seguirán existiendo profundos e insaciables resentimientos, que dividirán no sólo a eslavos y europeos, sino también a los bandos geopolíticos e ideológicos de todo el mundo. Todos somos "o rusos o ucranianos", "un poco rusos y un poco ucranianos", "ni rusos ni ucranianos": esta tragedia redefine la conciencia de los hombres del siglo XXI, mucho más de lo que ocurrió con la guerra del terrorismo islámico en las dos primeras décadas.

La guerra actual está desintegrando las relaciones entre los cristianos, mucho más que cualquier alternativa y contradicción -entre Oriente y Occidente o entre globalizadores y soberanistas, atlantistas y pacifistas, neonazis y conspiradores reales o presuntos, Es el gran cisma de Oriente y de la Ortodoxia, que nunca ha conocido tanta división y cólera en su seno como la que desgraciadamente han vivido los cristianos de Occidente en el segundo milenio, con los interminables conflictos entre el Papado y el Imperio, entre reformistas y tradicionalistas, católicos y protestantes, hugonotes y sanfedistas, y podríamos seguir y seguir. Europa es el continente de las guerras -en muchos casos, de religión e ideología- y su antiguo componente bizantino hoy la hace revivir fantasmas medievales y terrores modernos.

El término mismo "Ortodoxia" se impuso en los siglos de los concilios patrísticos contra las herejías: presupone la identificación del "enemigo" heterodoxo, de "otra fe" que difiere de la única auténtica y dogmática. La separación de Roma y Constantinopla en 1054, que inauguró tristemente el segundo milenio cristiano, parecía haber resuelto definitivamente la cuestión. Dejó a los orientales la custodia de los antiguos cánones y proyectó a los cristianos occidentales hacia la búsqueda de nuevas formas de cristianismo, desde el medieval hasta el racionalista e ilustrado de los últimos siglos. Nadie puede decir con exactitud qué es lo que divide a los católicos de los ortodoxos, y ahora incluso de los protestantes, pero la división de los campos de influencia dejó a todos satisfechos Y si el mundo se aleja cada vez más de la fe y el cristianismo, pues paciencia: lo importante es vigilar y defender el propio campanario.

En la Ortodoxia, esta conciencia "exclusiva" ha mantenido unidas a comunidades que en realidad son muy diferentes entre sí, desde los altivos griegos hasta los eslavos, imprevisibles y creativos, pero a menudo rebeldes y ambiciosos. Una comunión eclesiástica basada en la "conciliaridad" -cuyo distintivo es la falta de un centro dominante- que jamás supo reunirse en concilio y ponerse verdaderamente de acuerdo sobre nada, y que se sostuvo en base a cánones antiguos que cada uno interpreta a su manera. El perfil "ecuménico" de los patriarcados tradicionales fue sustituido por el perfil "étnico" y nacional. El segundo fue inventado por los rusos a finales del siglo XVI, para imponerse como el único y verdadero reino ortodoxo universal. Posteriormente fue adaptado a las distintas subdivisiones políticas de las naciones modernas, hasta llegar a un conjunto de 15 "Iglesias locales" que hoy constituyen otros tantos frentes de una guerra espiritual, burocrática y finalmente militar, que nadie sabe cómo terminará.

Durante mucho tiempo, los ortodoxos del imperio ruso, incluidos los súbditos de Polonia que formaron la Ucrania a partir de 1600, fueron los grandes portadores y defensores del estandarte de la Iglesia de Oriente. Todos los demás (incluidos los no ortodoxos de las minorías armenia, copta, siria y otras) eran esclavos de otomanos que profesaban el islam, que -como afirmaba el gran filósofo y teólogo ruso Vladimir Solov'ev a finales del siglo XIX- no era más que una variante extrema de un cristianismo demasiado "espiritualizado". 

Incluso después del siglo de ateísmo de Estado y de la gran secularización del mundo, la comunidad de rusos y ucranianos siguió siendo el cuerpo principal de la Ortodoxia mundial, representando más de la mitad de los fieles, sacerdotes e iglesias en el país y en el extranjero. Las tensiones con el Patriarcado de Constantinopla -un "primus inter pares" con prerrogativas no bien definidas- han acompañado la historia ortodoxa desde los orígenes de la Rus de Kiev, y aún más con la "Santa Rusia" de Moscú, pero sin llegar nunca a una ruptura total. Los griegos siempre han sido conscientes de su inevitable sumisión al intrusismo de los rusos, que acaban resolviendo las disputas territoriales y canónicas en su propio beneficio, empezando por el control de las tierras ucranianas.

Esta "armonía forzada" se rompió definitivamente: Moscú y Constantinopla no volverán a abrazarse, salvo en la perspectiva escatológica de la unión entre todos los cristianos, reuniendo a la primera, segunda y tercera Roma en un futuro que sólo puede estar en manos de Dios. Dos tercios de todo el mundo ortodoxo -los rusos y los ucranianos- están divididos por una guerra que comenzó incluso antes de la invasión de Putin, en febrero. Empezó en los años 90, con la proclamación de la independencia nacional que dio lugar a un primer cisma eclesiástico -al inicio marginal, pero luego manifiesto explícita y oficialmente- tras los acontecimientos de 2014. Y sobre todo de 2016, cuando el Patriarcado de Moscú se negó a participar en el Concilio Pan-Ortodoxo de Creta, que habría sido el primero en la historia ortodoxa de todo un milenio. Lo que siguió fue la aprobación de la autocefalia de Kiev, una ofensa a la conciencia imperial de los rusos mucho más profunda que el "genocidio cultural" de los prorrusos en el Donbass. Una "persecución religiosa" de los verdaderos ortodoxos de Ucrania, los "moscovitas”, perpetrada por un Estado corrupto y "neonazi" que el Anticristo occidental había impuesto en Kiev.

Las decisiones del presidente ucraniano Petro Porošenko, predecesor del actual Volodymyr Zelenskyj, dieron más argumentos de peso a las recriminaciones de Kirill y Putin. El presidente-oligarca, reflejo ucraniano de la casta moscovita, tomó la iniciativa de consagrar la nueva metrópoli constantinopolitana de Kiev. En enero de 2019, acudió a la sede del Fanar en Estambul junto al nuevo jerarca Epifanyj, para recibir de manos del patriarca Bartolomé el Tomos que desvinculó a Ucrania de Rusia para siempre, una auténtica declaración de guerra a la que los rusos respondieron en 2022.

No es de extrañar, pues, que el patriarca de Moscú apoye las proclamas bélicas del presidente Putin, añadiendo motivos "metafísicos", según su propia definición, ya que están arraigados en concepciones mucho más profundas y simbólicas que las propias disputas militares. Desde la homilía "putinista" de Kirill del 6 de marzo, las Iglesias ucranianas de la parte vinculada al Patriarcado de Moscú han dejado de recordar su nombre durante la liturgia. De esta manera se inicia el verdadero cisma entre los ortodoxos: los "autocéfalos" son en realidad menos de la mitad de los "moscovitas", y estos últimos habían permanecido fieles a Kirill a pesar del sentimiento y el deseo de ser una Iglesia autónoma.

Algunas iglesias y monasterios ya han anunciado su traspaso formal a la Iglesia de Epifanyj, y ahora Moscú corre el riesgo de quedarse sin su mitad occidental, que es la parte más devota y fiel. En Rusia, de los 80 millones de ortodoxos nominales, solo acuden a la iglesia 5 millones como máximo. En cambio, de los 15 millones de ucranianos, más de la mitad van regularmente a la iglesia, y a ellos hay que añadir los altos porcentajes de los 6 millones de autocéfalos y los 3 millones de greco-católicos, que también pertenecen a la tradición ortodoxa, aunque estén unidos a Roma. Los ortodoxos ucranianos, en definitiva, son en realidad el doble que los ortodoxos rusos, y el número de iglesias y parroquias, multiplicado según la conveniencia, no cuenta mucho: en la propia Moscú, la ciudad de las "cuarenta veces cuarenta" cúpulas según una antigua definición, cuantas más iglesias se construyen, menos fieles acuden a ellas.

El metropolitano "moscovita" Onufryj, que durante muchos años resistió en medio del fuego cruzado de los nacionalismos opuestos, pide hoy al patriarca Kirill y a los dirigentes de Rusia que "respeten la soberanía y la integridad de Ucrania, cesando inmediatamente la guerra fratricida, el pecado de Caín que por envidia mató a Abel... esta guerra no tiene justificación, ni ante Dios, ni ante los hombres". Hasta la fecha, más de la mitad de las 52 diócesis bajo la jurisdicción de Moscú han decidido eliminar al patriarca de sus conmemoraciones, lo que crea inmediatamente un concepto diferente de identidad eclesial. En la liturgia, basta con recordar al propio obispo local para estar en comunión con la Iglesia universal: los "dípticos" que enumeran todos los rangos superiores de la jerarquía son más importantes para el clero que para los fieles, y tienen un significado más "político" que espiritual, o incluso dogmático. Corresponde al obispo definir su relación con el patriarca, el metropolitano o el papa, en la versión católica.

No sólo las parroquias y diócesis ucranianas se están distanciando del patriarca, sino también muchas estructuras de la Iglesia rusa en Europa y otras partes del mundo. La parroquia de Ámsterdam, que se ocupa de los ortodoxos en Holanda, ya declaró su separación de Moscú. Y resulta cuanto menos paradójica la situación de la red de iglesias rusas que hasta 2018 constituía el exarcado ruso de Constantinopla, un centenar de parroquias repartidas en varios países europeos con su centro en París. El Patriarca Bartolomé se desentendió de ellas para no tener que responder por los fieles rusos, y la mayoría de las iglesias se unieron en torno a Moscú. Hoy se encuentran entre los más escandalizados por el "giro imperial" de Kirill, que les devuelve a los tiempos soviéticos de la "Iglesia del régimen" -que precisamente fue la razón del nacimiento del exarcado. Incluso ha condenado "la guerra de Rusia contra Ucrania” Innokentij, el metropolitano ruso-lituano de Vilna, que siempre había sido leal a Kirill.

Casi 300 sacerdotes ortodoxos de la propia Rusia han firmado un llamamiento a la reconciliación y al fin de la invasión. También está la "Iglesia Rusa en el Extranjero" (Zarubežnaja) que se formó después de la revolución para apoyar el ideal ortodoxo zarista.  Sus miembros se reunieron con Moscú en 2004 gracias a los esfuerzos del entonces Metropolitano Kirill, y hoy piden el "fin del odio y la división" poniéndose del lado de Onufryj de Kiev. Irónicamente, los ortodoxos más convencidos de ser "putinistas" parecen ser los "viejos creyentes", herederos de un cisma del siglo XVII en el que se afirmaba la superioridad de la tradición rusa incluso sobre la griega, y por ello fueron perseguidos durante siglos por el patriarcado de Moscú, por los zares y luego por los soviéticos. No es casualidad que, en los últimos años, el propio Vladimir Putin haya expresado abiertamente su simpatía por esta rama separada y "super identitaria" de la ortodoxia rusa. El nombre del patriarca tampoco se recuerda más en el Monasterio de las Cuevas de Kiev -cuna del monacato y la espiritualidad rusos- que siempre ha sido fiel al centro de Moscú.

Para afirmar su supremacía, la ortodoxia rusa corre el riesgo de perder casi irremediablemente su unidad e identidad, e incluso su relación con el resto de la Iglesia universal. No se sabe cómo se redefinirán las diócesis moscovitas de Ucrania -si fusionándose con las Iglesias autocéfalas o constituyendo una nueva unidad separada- pero ello implicará sin duda una postura más explícita por parte de todas las demás Iglesias ortodoxas nacionales. Hasta ahora, sólo Alejandría y Atenas declararon su reconocimiento de la autocefalia ucraniana, poniéndose del lado de Constantinopla; y sólo Antioquía y Serbia se pronunciaron a favor de Moscú. Las otras ocho Iglesias (Jerusalén, Bulgaria, Rumanía, Albania, Chipre, Polonia, Moldavia y Georgia) parecen cada vez más dispuestas a tomar partido contra los rusos, que quedarían así prácticamente aislados.

Algunos teólogos ortodoxos están difundiendo la opinión de que los rusos no sólo son "engorrosos" desde el punto de vista canónico e inaceptables por su apoyo a la guerra, sino incluso heréticos, ya que apoyan la doctrina política del "mundo ruso", que presentamos en este artículo. Es una herejía que desarrolla una versión extrema del llamado "etnofiletismo", el nacionalismo eclesiástico que ya fue condenado en el pasado, pues contradice el carácter "ecuménico" y universal de la Iglesia, correspondiente a la visión "católica" en Occidente. El nuevo "etno-imperialismo", según numerosos teólogos de la diáspora ortodoxa mundial, no es más que una "putinización" de la Iglesia y la sociedad rusas. Así como la guerra se inició con la pretensión de la "desnazificación" de Ucrania, hoy la cristiandad de todo el mundo, de Oriente y Occidente, reclama la "desputinización" de la ortodoxia.

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