20/03/2026, 19.12
TURQUÍA - IRÁN - GOLFO
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La guerra del Golfo acelera los planes de Ankara para la ‘energía nuclear pacífica’

El Gobierno está dispuesto a invertir hasta 100.000 millones de dólares para construir ocho nuevos reactores en los próximos 10 años. Se están evaluando proyectos con diversos socios globales, desde Rusia hasta China, pasando por Canadá y Corea del Sur. Aunque hasta ahora el país solo se ha visto salpicado por la guerra, la cumbre de la OTAN en julio puede ser la oportunidad para replantearse su presencia en la Alianza. Las consecuencias para los viajes y el turismo.

 

Estambul (AsiaNews) - En medio de una crisis global desencadenada por la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y el cierre del Estrecho de Ormuz impuesto por la República Islámica a los barcos “enemigos”, la emergencia energética provocada por la escasez de crudo y gas natural está impulsando nuevas inversiones en energía nuclear. Uno de los países que apuestan decididamente por el sector nuclear es Turquía, que está dispuesta a invertir hasta 100.000 millones de dólares en los próximos 10 años en un plan energético que se propone construir ocho nuevos reactores con la colaboración de socios globales: desde Rusia hasta Canadá, pasando por Corea del Sur y China; el gobierno de Ankara está abriendo las puertas a los inversores y reforzando los planes ya iniciados para la "energía nuclear pacífica”. Este ambicioso proyecto, advierten los expertos, podría cambiar radicalmente la balanza energética del país.

La urgencia de este cambio de tendencia está acentuada por la vulnerabilidad estructural de la producción energética nacional, que va más allá de la emergencia provocada por el conflicto en el Golfo. Turquía importa más del 80% de sus recursos energéticos, lo que la hace altamente vulnerable a las oscilaciones de precios provocadas por crisis geopolíticas. Con el aumento de los precios de la energía y la inestabilidad regional como telón de fondo, Ankara ha puesto en marcha una transformación económica a largo plazo.

El "Plan B" elaborado por el gobierno turco contempla una combinación de energía renovable y nuclear para aumentar la soberanía energética del país, situado entre Europa y Asia. El proyecto estrella del programa de desarrollo nuclear sigue siendo la central nuclear de Akkuyu, que está siendo construida por la empresa rusa Rosatom. El costo del proyecto se estima ya en unos 25.000 millones de dólares, lo que lo convierte en uno de los mayores proyectos de infraestructura del país. La inversión total, teniendo en cuenta el aumento de los costos, podría superar los 30.000 millones de dólares, según observó Eurasia Review.

El proyecto se está implementando según el modelo Build-Own-Operate (Construcción-Propiedad-Operación), en el que el inversor no solo construye la planta, sino que también es propietario de la misma, y recupera su inversión mediante la venta de electricidad. Tras la puesta en marcha de las cuatro unidades, con una capacidad de 4,8 GW, la planta podrá cubrir hasta el 10% del consumo eléctrico de Turquía. Las negociaciones en curso con Corea del Sur, China y Canadá demuestran que Akkuyu es solo la primera fase: Ankara tiene previsto construir hasta 20 GW de generación nuclear en las próximas décadas, incluyendo nuevas centrales en Sinop y Tracia. Dado que el costo de una gran central nuclear es comparable al del proyecto Akkuyu, la inversión total podría alcanzar los 100.000 millones de dólares.

El ministro turco de Energía, Alparslan Bayraktar, planteó el objetivo estratégico del desarrollo nuclear pacífico: “Reducir la dependencia de las importaciones y garantizar una energía sostenible". Si tiene éxito, el país podrá resolver varios desafíos fundamentales para el futuro: reducir la dependencia crítica de las importaciones de energía, estabilizar la inflación mediante el control de los costos energéticos y reforzar su posición como centro energético regional. Sin embargo, quedan dos cuestiones críticas: la financiación y la geopolítica. Turquía ha invertido más de 100.000 millones de dólares en los últimos tres años para reconstruir ciudades y provincias devastadas por el terremoto en el sur, y será difícil disponer, sin ayuda, de los fondos necesarios para cubrir los gastos. Sin embargo, el ejemplo de la central de Akkuyu muestra que existen diversos modelos de cooperación que, de aplicarse, permitirían a Turquía convertirse en uno de los pocos países capaces de financiar la transformación energética por valor de decenas de miles de millones de dólares sin sobrecargar su presupuesto.

Mientras tanto Turquía, al igual que otros actores de la región, sigue de cerca el conflicto que estalló el pasado 28 de febrero con el comienzo de la operación militar israelí-estadounidense contra Teherán, incendiando la región del Golfo, aunque, al menos hasta ahora, apenas ha rozado al país. En un par de ocasiones, en efecto, el sistema de defensa ha interceptado algunos misiles lanzados desde Irán o por sus aliados en territorio iraquí y libanés, sin causar daños ni heridos. No obstante, hay diversos elementos en juego a los que Ankara presta especial atención, que van más allá de la mera cuestión energética y afectan a una multiplicidad de sectores e intereses: desde la cuestión kurda hasta el flujo migratorio (también procedente de la República Islámica), pasando por las renovadas tensiones con Grecia sobre Chipre y el tráfico aéreo internacional. Y no todos juegan en su contra.

Esta primera fase de la guerra ha puesto de manifiesto los dos principales riesgos a los que se enfrenta Turquía, tal y como explica un extenso análisis del Rice University’s Baker Institute for Public Policy: la integridad territorial y la amenaza a la seguridad kurda, que están estrechamente interconectados. También está la cuestión del futuro en la Alianza Atlántica (OTAN), en una fase de profunda dificultad para la propia organización debido a los diversos intereses y relaciones de poder, comenzando por la posición hegemónica de Washington. El hecho de que la OTAN haya servido como principal línea de defensa en una guerra que podría extenderse por todo Oriente Medio, observan los estudiosos, plantea la pregunta que lleva a reconsiderar la relación con los aliados occidentales.

Turquía será la anfitriona de la cumbre de la OTAN en julio y es probable que la guerra en Irán acabe marcando la agenda, amplificando la influencia de Ankara, especialmente en cuestiones que van desde las responsabilidades recíprocas en materia de seguridad hasta los términos de la defensa colectiva en las "zonas grises" en disputa. Para los expertos, el objetivo del presidente Recep Tayyip Erdogan es utilizar los canales diplomáticos para presionar a Estados Unidos a fin de que limite su compromiso con las fuerzas kurdas a cambio de la continua cooperación con la OTAN. El éxito de esta estrategia para convertir el conflicto actual en un realineamiento duradero de la defensa con Occidente depende “tanto de su capacidad para actuar con rapidez, como de la capacidad del presidente Donald Trump de cumplir el acuerdo sobre suministros militares”.

Por último, en el frente del turismo, la guerra ya ha impactado provocando un cambio repentino en las decisiones de los viajeros que, en estos días, han cancelado numerosas visitas ya programadas a Turquía y Chipre para el periodo de Semana Santa. Y podrían producirse más cancelaciones para el verano en favor de destinos que actualmente se consideran más seguros. Además de la seguridad, existe también la gran incógnita relacionada con los viajes debido a la cancelación de miles de vuelos y el bloqueo de grandes centros regionales (hubs) como Dubái o Doha, puntos de tránsito hacia el océano Índico y Asia en general. En este caso, Turquía también cuenta con ventajas porque, precisamente por su posición estratégica entre Europa y Asia y al poder contar con una aerolínea de bandera confiable (Turkish Airlines), está suplantando el papel de los Emiratos Árabes Unidos y Qatar como hub global del tráfico aéreo.

 

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