La historia colonial del imperio ruso
Desde las guerras chechenas en adelante, la política rusa posterior a 1991 es una continuación directa de lo que quedó inconcluso en el siglo XIX: una forma de colonialismo terrestre (a diferencia del modelo marítimo occidental) que prosiguió con la invasión de Georgia en 2008-2011 y la guerra de Ucrania desde 2014 hasta hoy, utilizando exactamente los mismos métodos.
El colonialismo se asocia generalmente con los imperios marítimos –Gran Bretaña, Francia, España–, pero existe otro modelo, el colonialismo terrestre, que se desarrolla sin cruzar océanos ni territorios de ultramar. A lo largo de los siglos, Rusia se expandió a costa de los pueblos y regiones vecinos, configurando un sistema propio de centro y periferia. ¿Se puede considerar que el colonialismo ruso es una política constante? ¿Cuáles son sus características y en qué se diferencia de las prácticas imperialistas occidentales? El sitio Idel.Realii analizó estos temas con Anton Saifullaev, doctor en Letras y profesor de la Universidad de Varsovia.
De origen uzbeko, Saifullaev dirige la iniciativa de estudios descoloniales en el Instituto de Estudios Interculturales de Europa Oriental y Central, y es vicedirector del Instituto de Europa Central de Lublin, en Polonia. Es especialista en teoría poscolonial y descolonial aplicada a Europa Oriental y al espacio postsoviético, y sus conocimientos resultan más necesarios que nunca para comprender el curso actual de los acontecimientos en el espacio euroasiático, y no solo en él.
Saifullaev recuerda que “el colonialismo es un fenómeno bastante familiar, está presente en la vida cotidiana, en nuestro vocabulario político, social y cultural”. Por lo general, se asocia el colonialismo con la sumisión, con grandes imperios que se establecen en territorios "menos desarrollados" y comienzan a explotarlos. En realidad, el colonialismo tiene muchas versiones y, además del habitual colonialismo conquistador y de asentamiento (del inglés settler colonialism), existen también diversas manifestaciones y herramientas discursivas, como el orientalismo o el racismo.
El orientalismo es una percepción y representación de Oriente en Europa occidental que nace durante la Ilustración y el Romanticismo, caracterizada por la exotización, los estereotipos y la justificación intelectual del dominio colonial. Es un discurso cultural que presenta a Oriente Medio, Asia y el norte de África como un mundo misterioso, sensual y, sin embargo, "atrasado", en comparación con el Occidente racional. El colonialismo ruso, o ruso-soviético, tiene características específicas, como señala Saifullaev, y estas características, entre otras cosas, explican por qué la influencia colonial de Rusia en los territorios vecinos y su actual comportamiento global resultan difíciles de comprender y describir dentro de las categorías tradicionales de análisis colonial a las que estamos acostumbrados.
En el caso ruso, explica el experto, este colonialismo tiene una característica distintiva: es terrestre, lo que lo distingue de los grandes colonialismos imperialistas occidentales. El colonialismo terrestre es más estructural, más centrado en la subyugación y más vertical, porque la lógica de esta subyugación (aunque sea solo militar o económica) es más explícita y evidente. Por ejemplo, en Europa oriental se basa principalmente en el conocimiento, en la ideología y en la política de delimitación nacional que existe en todas partes, pero en este contexto – como en Bielorrusia, Ucrania o Moldavia– no se aplican marcadores raciales u orientales. Todo funciona de manera ligeramente diferente.
Una de las características clave del colonialismo ruso es que se manifiesta de forma distinta en las diferentes partes del mundo. Los imperios basados en la tierra firme son vastos (por ejemplo, China o la propia Rusia, que ocupa la mayor parte de Eurasia) y, en consecuencia, cada región tiene su estrategia específica. Existe el llamado colonialismo interno, que, según Saifullaev, “en cierto modo está malinterpretado en el contexto de la historiografía rusa”. En el ámbito intelectual ruso se entiende en términos de casta y economía: se da por sentado que “algunos rusos colonizaron a otros rusos”, pero en esencia el colonialismo interno nunca ha cesado dentro de los confines del imperio ruso, la Unión Soviética o la Federación Rusa, desde el siglo XVI, y ha afectado a los numerosos pueblos y grupos étnicos que forman parte de Rusia desde hace más de 500 años.
La toma de Kazán a mediados del siglo XVI por el primer zar, Iván el Terrible, fue el punto de partida del expansionismo ruso, que pronto comenzó a transformarse en colonialismo. Es interesante notar que esto coincide con la era de los descubrimientos a nivel mundial, y por lo tanto se podría decir que Rusia siguió algunas de las tendencias globales del siglo XVI, intentando también ella desarrollar y aplicar una política expansionista, descubriendo nuevos territorios y buscando al mismo tiempo nuevas oportunidades económicas. Los principales centros del antiguo imperio tártaro-mongol, tanto políticos como económicos, fueron sometidos a Moscú: Kazán, Astracán y luego el Kanato de Siberia, que abrió el camino hacia el este.
La política colonial dentro de la entidad que hoy conocemos como Federación Rusa nunca se interrumpió, y sólo más tarde el Estado comenzó a interesarse por ella e introdujo una política más estructural, que podría definirse como colonial y “sedentaria”. Al observar un mapa moderno de la Federación Rusa y del territorio asiático que comúnmente se denomina Siberia, vemos que las ciudades comenzaron a surgir más o menos en la misma época, en los siglos XVII-XVIII, cuando el Estado comenzó a penetrar más intensamente en estos territorios y a consolidarlos mediante el colonialismo sedentario. La siguiente fase corresponde a los siglos XIX y principios del XX, cuando continuó la política del colonialismo sedentario incluyendo el modelo que se había desarrollado notablemente en la Unión Soviética, donde la colonización se implementó, entre otras cosas, a través del sistema penitenciario del Gulag. Toda la infraestructura económica creada en el Extremo Norte y en el Extremo Oriente ruso fue construida en su mayor parte en los años veinte y treinta por los prisioneros de los campos de trabajo.
En la Rusia moderna, las guerras ruso-chechenas de principios de siglo constituyen un claro ejemplo de historia colonial. La política rusa posterior a 1991, cuyo principal ejemplo fueron las guerras chechenas, es una continuación incondicional de lo que había quedado inconcluso en el siglo XIX, y que continuó luego con la guerra en Georgia en 2008-2011 y en Ucrania desde 2014 hasta la actualidad, utilizando exactamente los mismos métodos. Una comisión de investigación de las Naciones Unidas ha calificado la deportación de niños ucranianos a su territorio por parte de los rusos como un crimen de guerra, mientras que los funcionarios rusos hablan con orgullo de trasladar niños de Ucrania para "reeducarlos" en el espíritu de amor a Rusia. Las autoridades de ocupación rusas en la región ucraniana de Lugansk han creado un "catálogo" en línea de niños ucranianos, ofreciéndolos para "adopción" forzosa a través del departamento de educación.
Uno de los elementos principales de los procesos de colonización es la imposición del idioma, que no por casualidad es uno de los factores más importantes de la hostilidad entre rusos y ucranianos, oprimidos durante mucho tiempo por los procesos de rusificación impuestos por los zares y los soviéticos, que desembocaron en una marginación del idioma ruso en la Ucrania independiente durante los últimos treinta años, lo que Moscú denomina “el genocidio del Donbás”. Fuertes tensiones en este sentido existen también en Asia Central y especialmente en Kazajistán, el país con los territorios rusófonos más extensos en el norte, y en diversos grados en todos los antiguos Estados soviéticos, hasta los países bálticos.
Sin embargo, la Rusia de Putin se presenta como el paladín del “Sur global” que lucha contra el “colonialismo globalista” del Noroeste global para defender la soberanía de los pueblos más débiles. Esto en realidad no es más que una herencia de la ideología soviética, en la que era obligatorio declararse anticolonial y antirracista, atribuyendo a Occidente todas las culpas históricas del atraso del “Tercer Mundo”. En 2022 quedó claro que en realidad la política rusa es colonial hasta la médula, y la invasión de Ucrania ha planteado una cuestión que según Saifullaev y muchos otros analistas se volverá especialmente crítica en Rusia si terminan los conflictos armados: el resurgimiento de la identidad de los “pueblos menores”, con el riesgo de la desintegración de toda la Federación.
Tras la caída de la URSS y durante los últimos treinta y cinco años, no ha surgido en Rusia una verdadera concepción nacional y, como afirma el metropolita ortodoxo Tijon (Shevkunov), el “padre espiritual” de Putin, “Rusia solo puede ser imperial”. Si la década de Yeltsin se orientaba hacia una visión globalista, el cuarto de siglo de Putin es un híbrido entre las múltiples narrativas imperiales zaristas y soviéticas, y las acciones militares del colonialismo estadounidense de Donald Trump están poniendo aún más en evidencia las contradicciones de este “mundo ruso” siempre inacabado, incapaz de afirmar la grandeza de su propio imperio y carente incluso de la fuerza para colonizarse a sí mismo.
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