28/02/2026, 16.34
MUNDO RUSO
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Los tristes aniversarios del nuevo imperio

de Stefano Caprio

Los pueblos del mundo están cansados de la guerra, y se multiplican los llamamientos del Papa León XIV para que “la humanidad pueda avanzar hacia una paz auténtica y duradera”; pero estas advertencias se escuchan de manera muy diferente en las diversas regiones del mundo devastadas por los conflictos neoimperiales.

En el lapso de un mes se han sucedido en Rusia y Estados Unidos los aniversarios que celebran la nueva ideología imperial del mundo contemporáneo. El 20 de enero se conmemoró el primer año del nuevo mandato de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos de América, Venezuela, Groenlandia y muchos otros. El 25 de febrero se cumplieron 12 años de la ocupación rusa de Crimea en 2014, cuando comenzó realmente el conflicto con Ucrania después del Euromaidán. Y el 24 de febrero comenzó el quinto año de la invasión propiamente dicha de Ucrania, la guerra “especial” que completó la fase “híbrida” anterior, aunque ya había sido muy sangrienta.

El 3 de enero se había celebrado una fiesta anticipada de las fechas imperiales con la operación especial “impecable” de los estadounidenses en Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro, el amigo de Putin. Sin embargo, esta acción no se puede considerar un nuevo comienzo de guerra fría entre EE.UU. y Rusia, sino un episodio sintomático de la nueva era del neoimperialismo, sin necesidad de tantas ideologías y con fáciles intercambios de banderas en todas las latitudes. En realidad no nos encontramos ante un nuevo enfrentamiento entre dos bloques mundiales, Oriente contra Occidente, Norte global contra Sur global. Más allá de la retórica superficial del régimen, se trata de la creación de un nuevo sistema, en el que las grandes potencias actúan sobre la base de lógicas “multipolares” de poder y de negocios.

La operación Absolute Resolve en Venezuela no debe considerarse “una guerra” según la dirigencia estadounidense, así como no se puede llamar “guerra” a la invasión de Ucrania. La primera es una “acción de las fuerzas del orden contra la delincuencia internacional”, la segunda es la “defensa de los rusos del Donbass del genocidio neonazi”, con formulaciones cada vez más variopintas y grotescas según la región y la historia local. En las últimas negociaciones de Ginebra entre rusos, ucranianos y estadounidenses, el jefe de la delegación rusa, Vladimir Medinski justificó las pretensiones de Moscú remontándose al Bautismo de Kiev del 988, que según la reconstrucción histórica se debería atribuir al Kremlin como herencia “moral y espiritual”, en una disputa medieval nunca resuelta sobre la identidad de Rusia y Ucrania.

Por otra parte, incluso el derecho internacional parece ser un vestigio del pasado, completamente ignorado tanto en Crimea y en el Donbass como en Caracas, y tampoco se consultó ni a la Asamblea de la ONU ni mucho menos al Congreso estadounidense, por no hablar de la psicodélica Duma de Moscú. La última asamblea general de la ONU aprobó una genérica resolución de “apoyo a la paz en Ucrania” con 107 votos a favor, 12 en contra y 51 abstenciones en orden disperso, mientras las perspectivas de paz y la reconstrucción de la franja de Gaza se debaten en el fantasioso Board of Peace de Trump, que es su “presidente vitalicio” y cuyo objetivo, según los estatutos, es “promover la estabilidad, restaurar gobiernos fiables y legítimos y asegurar una paz duradera en las zonas afectadas o amenazadas por conflictos”. El ingreso a esta “estructura de apoyo de la ONU” cuesta mil millones de dólares, excepto los ingresos gratuitos que se ofrecen a espectadores y “observadores”, y reúne a 24 países de los 60 invitados al espectáculo.

Como observan varios comentaristas, estos acontecimientos en el escenario internacional pueden considerarse una transformación del neocolonialismo, típico de la segunda mitad del siglo XX, en la nueva forma del neoimperialismo en la que se concreta el giro globalista de principios del siglo XXI. Ya no se habla de “lucha contra el comunismo” en nombre de los valores liberales; en todo caso son los ex comunistas los que enarbolan la “misión civilizadora” contra la “degradación liberal”, con variantes retóricas cada vez más nebulosas y contradictorias.

El neoimperialismo ruso se distingue principalmente del estadounidense no tanto por los contenidos como por el lenguaje de la retórica. Los estadounidenses invocan valores universales para justificar sus acciones, como la seguridad, el derecho y la lucha contra la criminalidad, mientras que Rusia actúa según la lógica de las “esferas históricas de influencia”, negando a los países vecinos ex soviéticos (y no solo a ellos) una identidad estatal autónoma e integral. Estas reivindicaciones de Rusia, generadas a causa del resentimiento por el fin del imperio soviético, se remontan a mucho antes de las fechas que se celebran en estos días, recordando, por ejemplo, la invasión rusa de Georgia en 2008, cuando el entonces presidente interino de Rusia, Dmitri Medvedev, afirmó directamente que Moscú tenía “intereses privilegiados” en muchas regiones del mundo, comenzando por el espacio postsoviético, declaración que hizo cuando todavía estaba sobrio y era moderado.

El esquema de 2008 condujo a la formación de las “repúblicas independientes” de Abjasia y Osetia del Sur, “cuasi anexionadas” a Rusia, mientras que las de Crimea y Donbass se incorporaron a la Federación sin haber sido conquistadas íntegramente; de hecho, siguen en el limbo incluso en estos días, gracias a la contraofensiva ucraniana facilitada por la suspensión de las conexiones rusas a los satélites Starlink de Elon Musk, probablemente el personaje más simbólico de estos tiempos de total desorientación en el cielo y en la tierra. En julio de 2021 se publicó un artículo de Vladimir Putin titulado “Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos”, en el que explicaba que Ucrania era fruto de un error histórico, atribuible a la insuficiente visión civilizadora del líder revolucionario Vladimir Lenin, corregida en parte por el espíritu “misionero” del dictador georgiano Josif Stalin.

No es casualidad que la proclama de Putin apareciera dos meses después del comienzo de la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán, el acontecimiento simbólico que marcó el fin del neocolonialismo precisamente en un territorio donde había terminado la guerra fría entre los dos grandes bloques coloniales de Oriente y Occidente. Los rusos interpretaron entonces este giro como la luz verde para la construcción del neoimperialismo, concentrando masas de soldados en las fronteras de Ucrania mientras los estadounidenses los retiraban del aeropuerto de Kabul, dejando a sus antiguos colonos a merced de los talibanes, convertidos en los nuevos grandes amigos del Kremlin.

Se puede recordar otra fecha simbólica, el 12 de febrero de 2016, cuando hace exactamente 10 años tuvo lugar el histórico abrazo en el aeropuerto de La Habana entre el patriarca ortodoxo de Moscú Kirill y el Papa de Roma Francisco, cruzando los orígenes latinoamericanos del pontífice con la jurisdicción pastoral del patriarca sobre la tierra cubana de herencia latinosoviética. Ese encuentro no sirvió para resolver la milenaria disputa entre católicos y ortodoxos, pero constituyó una excelente justificación para bendecir la intervención de los rusos en Siria, frenando las ambiciones estadounidenses. Siria ha sido para Rusia un excelente campo de entrenamiento en “guerras híbridas”, favoreciendo la creación de compañías militares preparadas para cualquier intervención “especial”, como los kadyrovtsy chechenos y los “músicos” de la Wagner de Evgeni Prigozhin, los principales protagonistas de la invasión rusa en Ucrania.

Los aniversarios del pasado reciente y remoto se entrelazan, se superponen y se contradicen, sin dejar entrever cuáles podrían ser los nuevos giros históricos del futuro próximo y lejano. Los pueblos del mundo están cansados de la guerra, y se multiplican los llamamientos del Papa León XIV para que “la humanidad pueda avanzar hacia una paz auténtica y duradera”; pero estas advertencias se escuchan de manera muy diferente en las diversas regiones del mundo devastadas por los conflictos neoimperiales. Los ucranianos confían en su fuerza de resistencia y en la esperanza de una reconstrucción material y moral del país, sin dejarse engullir por el monstruo putiniano, y los palestinos sueñan con volver a ver la luz desde abajo de los escombros, quizás para vivir en el nuevo destino turístico de la Gaza de Trump.

Los estadounidenses se debaten entre el apoyo a la nueva ideología imperial-comercial y la defensa de las libertades de toda forma de expresión moral y social, mientras los europeos, expertos históricos en guerras intestinas de todo tipo, tienen dificultad para ponerse de acuerdo entre ellos y expresar una posición capaz de influir en las pretensiones neoimperiales de Moscú y Washington, ante la silenciosa mirada de Beijing que parece muy complacida por el desarrollo de los acontecimientos mundiales. Los más desorientados de todos, sin embargo, parecen ser precisamente los rusos, a pesar de la obsesiva propaganda patriótica interna que penetra en las familias y escuelas, incluso en las guarderías, comenzando por las guarderías de los niños engendrados a golpes de rublos por mujeres menores de edad.

La sociedad rusa considera la guerra como algo inevitable, que debe soportar pasivamente o explotar económicamente, según se viva en las regiones pobres o en las metrópolis ricas. Hundirse en las fangosas trincheras del Donbass no es mucho peor que trabajar en las oscuras minas de Siberia, la paga es mejor y la muerte es una garantía para la familia. El pueblo ruso no comprende su destino porque no quiere comprenderlo, y según los líderes del Kremlin, no debería comprenderlo, debe aceptarlo pasivamente confiando en la protección de lo alto. Esta protección parece muy poco creíble y asfixiante, y no se ve salida por quién sabe cuánto tiempo, con la esperanza de no tener que conmemorar demasiados quinquenios de guerra universal.

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