Ortodoxos, servicio militar y mujeres: el punto de ruptura de los judíos religiosos israelíes
El servicio militar, reflejo de las fracturas de la sociedad y campo de batalla político. Las mujeres representan más del 21 % de las tropas de combate, y los líderes religiosos temen que la integración de género pueda alejar a los practicantes de las unidades de combate. Se barajan soluciones «intermedias» que eviten la promiscuidad. El nudo sin resolver de los haredim y el «reposicionamiento» de Neftali Bennett.
Milán (AsiaNews) - «Simplemente prohibido, como comer comida no kosher». La expresión utilizada por el rabino Shmuel HaBar para describir el servicio militar en unidades mixtas (es decir, compuestas por hombres y mujeres) refleja bien la línea divisoria que atraviesa hoy en día a una parte importante del mundo religioso israelí. La perspectiva de integrar de forma permanente a las mujeres en las unidades de combate —en los últimos días, el acalorado debate se ha centrado especialmente en la incorporación de mujeres al cuerpo de tanquistas— es percibida por muchos rabinos no como un ajuste organizativo, sino como una violación halájica (es decir, relativa a las normas judías) no negociable.
Las normas de la halajá constituyen el marco normativo que guía la vida de los judíos practicantes, basado en la Torá y el Talmud. En el contexto del servicio militar israelí, estas normas adquieren especial relevancia y contribuyen a explicar las tensiones actuales. Uno de los principios más relevantes es el de la modestia (tzniut), que prescribe la separación entre hombres y mujeres, sobre todo en contextos de convivencia estrecha. Por ello, muchos rabinos consideran problemático el servicio en unidades de combate mixtas, donde los soldados comparten espacios reducidos (como el interior de un vehículo blindado o un tanque) y condiciones operativas intensas. A esto se suman restricciones sobre el contacto físico y la vida cotidiana compartida, difíciles de conciliar con la realidad de un ejército moderno.
El tema estalló a principios de 2025, tras una sentencia del Tribunal Supremo que había obligado a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) a abrir aún más los puestos de combate a las mujeres, incluidas las unidades blindadas. La decisión de los últimos meses, por parte del ejército israelí, de acelerar el proceso de integración, en cumplimiento de la sentencia, provocó una reunión extraordinaria, que duró más de cuatro horas, en un lugar simbólico del sionismo religioso, la casa del rabino Haim Druckman, figura de referencia del sionismo religioso, fallecido en 2022. De ese encuentro surgió una posición de compromiso: no oposición al servicio femenino en sí, sino un rechazo rotundo a los «contextos operativos mixtos». El rabino Yaakov Medan, veterano de la guerra de 1973, fue explícito: «No prestaremos servicio en una unidad sobre el terreno donde haya mezcla». En la misma línea se situó Yehuda Gilad, quien habló de «extrema problemática halájica». El nudo, sin embargo, no es solo teológico: varios líderes religiosos temen que la integración de género pueda alejar a los jóvenes practicantes de las unidades de combate, reduciendo la contribución del sionismo religioso (que hoy se desarrolla de forma voluntaria) precisamente en los destacamentos más expuestos y comprometidos en los diversos frentes de guerra.
Sin embargo, precisamente dentro del mundo religioso se está desarrollando una dinámica más compleja. Tras el 7 de octubre de 2023, también ha crecido de manera significativa el número de mujeres religiosas que optan por alistarse, rompiendo un tabú que durante décadas había confinado a muchas de ellas al servicio civil alternativo. En 2025, según datos oficiales, unas 3.500 jóvenes practicantes se alistaron, y una proporción creciente (alrededor del 10 %) optó por puestos de combate. En total, las mujeres representan hoy más del 21 % de las tropas de combate de las Fuerzas de Defensa de Israel, con un aumento del 240 % en una década.
Esta transformación ha llevado al ejército y al establishment religioso a buscar soluciones que podríamos calificar de «intermedias». Entre ellas, la creación de unidades íntegramente femeninas pensadas para mujeres soldado religiosas, con apoyo halájico específico y condiciones que eviten la promiscuidad. El objetivo es conciliar la participación y la observancia, pero el modelo sigue siendo limitado y no resuelve el nudo central: la integración en las principales unidades operativas, donde la distinción de género es inviable, sobre todo en condiciones de guerra.
La guerra en curso (desde la Franja de Gaza hasta el Líbano) ha acentuado, de hecho, las contradicciones. El jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, ha dejado claro que el ejército no puede permitirse exclusiones: «Las mujeres son parte integrante de la fuerza operativa». La necesidad de combatientes en el frente es tal que todas las categorías sociales, incluidos los ultraortodoxos, ya sean hombres o mujeres, se convierten en estratégicas.
La cuestión, a estas alturas, se entrelaza con otro gran tema: el alistamiento obligatorio de los haredim. En junio de 2024, el Tribunal Supremo dictaminó que, sin una ley específica, el Estado no puede seguir eximiendo del servicio militar obligatorio a los estudiantes de las yeshivas. En febrero de 2026, ante la Corte Suprema, el Gobierno señaló la capacidad de reclutar a varios miles de ultraortodoxos al año, cifras, sin embargo, muy lejanas en comparación con los cerca de 80.000 jóvenes en edad de alistamiento.
La cuestión es explosiva en el contexto de la sociedad israelí. Por un lado, crece la presión de los sectores laicos y de los reservistas del ejército (muy implicados en los conflictos en curso, en detrimento de las empresas y de sectores productivos enteros del país), que reclaman una distribución más equitativa del servicio militar. Por otro lado, los partidos ultraortodoxos, fundamentales para la estabilidad del Gobierno en el poder, defienden las exenciones como pilar identitario. El ejército, atrapado entre las necesidades operativas y las limitaciones políticas, señala abiertamente que el alistamiento de los haredim es ya «una clara necesidad de seguridad».
Para complicar aún más el panorama está la radicalización de una parte de la derecha religiosa. Algunos políticos, como Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich, representan un sector que defiende a capa y espada la autonomía del mundo religioso. Este contexto contribuye a polarizar aún más el debate interno: por un lado, la necesidad de seguridad; por otro, el riesgo de una deriva identitaria y conflictiva.
En este escenario, el servicio militar se convierte, en definitiva, en un espejo de las fracturas de la sociedad israelí: entre laicos y religiosos, entre inclusión y separación, entre necesidades operativas y limitaciones ideológicas. La cuestión de género se entrelaza con la del servicio militar obligatorio, generando una tensión que atraviesa tanto los cuarteles como el sistema político.
Mientras tanto, Israel se acerca a posibles elecciones anticipadas en un plazo de seis meses. El primer ministro Benjamin Netanyahu, respaldado además por la alianza con los partidos religiosos y nacionalistas, podría jugar esta carta para intentar mantenerse una vez más en el poder, en un contexto en el que Israel se encuentra en guerra contra Hamás, Hezbolá, Irán y la galaxia de milicias afines a Teherán. Ante esta posibilidad, que los observadores consideran todo menos remota, la oposición intenta reorganizarse: el ex primer ministro Naftali Bennett (que ha fundado su propio movimiento) ha iniciado un acercamiento con el líder centrista y liberal Yair Lapid, en un intento de reconstruir un frente capaz de disputar el poder a la derecha.
Bennett, representante del sionismo religioso pero con un perfil moderno y pragmático, se ve hoy obligado a equilibrar dos presiones: por un lado, la demanda, cada vez más fuerte, de ampliar la base del servicio militar incluyendo también a los ultraortodoxos; por otro, la necesidad de no alienarse a un electorado sensible a las exigencias rabínicas, incluida la oposición a las unidades mixtas. Su reposicionamiento refleja una realidad cambiada: la guerra ha vuelto a situar en el centro la seguridad, pero también la sostenibilidad del modelo de «ejército del pueblo».
En definitiva, la cuestión del alistamiento (quién sirve, en qué condiciones y con qué límites) es hoy más que nunca uno de los principales «campos de batalla» de la política israelí. Ya no se trata solo de la organización de las Fuerzas de Defensa de Israel, sino de la propia definición del pacto social. Será inevitablemente uno de los temas decisivos en la próxima campaña electoral, en un país donde la guerra, la religión y la política parecen hoy más entrelazadas que nunca.
01/09/2021 15:28
03/07/2018 13:52
