26/04/2019, 16.18
VATICANO
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Papa: la Palabra de Dios está viva, da vida, y nos llama a salir de nosotros mismos

Al recibir a los participantes del congreso internacional promovido por la Federación Bíblica Católica, Francisco ha subrayado que “en la Iglesia, la Palabra es una inyección insustituible de vida. Por eso las homilías son fundamentales”. No son un ejercicio de retórica, sino que apuntan a “compartir el Espíritu”.

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – La Palabra de Dios “está viva y da vida”,  “permanece joven en presencia de todo lo que pasa”, “trae al mundo el aliento de Dios”, “nos preserva de la autosuficiencia y del triunfalismo, y nos llama continuamente a salir de nosotros mismos”. La audiencia de hoy con los participantes en el congreso internacional promovido por la Federación Bíblica Católica (CBF), con ocasión del 50º aniversario de su fundación, brindó al Papa Francisco la ocasión para reflexionar sobre el tema de la Biblia y la vida.

Partiendo del tema del Congreso, “La Biblia y la vida; la inspiración bíblica en toda la vida pastoral y en la misión de la Iglesia - Experiencias y desafíos”, Francisco subrayó el carácter inescindible del binomio Biblia y vida. La palabra de Dios, dijo, “está viva y da vida. Es importante recordar que el Espíritu Santo, el Vivificador, ama obrar a través de la Escritura. La Palabra, en efecto, trae al mundo el aliento de Dios, infunde en el corazón el calor del Señor”. Y, prosiguió, “la Biblia no es un bello conjunto de libros para ser estudiados; es la Palabra de vida que se ha de sembrar, don que el Resucitado pide recibir y distribuir para que haya vida en su nombre (cfr. Juan 20,31)”.

“En la Iglesia, la Palabra es una inyección insustituible de vida. Por eso, las homilías son fundamentales. La predicación no es un ejercicio de retórica y ni siquiera un conjunto de nociones humanas sabias; es, en cambio, un compartir el Espíritu (cfr. 1 Cor 2,4) de la Palabra divina que tocó el corazón del predicador, quien comunica ese calor, esa unción. Son muchas las palabras que fluyen cotidianamente a nuestros oídos, transmitiendo informaciones y brindando múltiples inputs; muchos, quizás demasiados, al punto de superar nuestra misma capacidad de recibirlas. Pero no podemos renunciar a la Palabra de Jesús, la única Palabra de vida eterna (cfr. Juan 6, 68) que necesitamos todos los días”. “Es el deseo del Espíritu plasmarse como Iglesia en “formato-Palabra”: una Iglesia que no habla por sí misma o de sí misma, sino que lleve en su corazón y en sus labios al Señor, que diariamente se extrae de su Palabra”. Sin embargo, está la tentación de anunciarnos a nosotros mismos y de hablar sobre nuestra dinámica, pero de esta manera la vida no se transmite al mundo”.

“La Palabra dá vida a cada creyente, al enseñarles a renunciar a sí mismo para anunciarse a Él. En este sentido, actúa como una espada afilada que, penetrando en lo profundo, discierne los pensamientos y los sentimientos, revela la verdad, hiere para volver a sanar (cfr. Heb. 4,12; Jb 5,18)”, “vivifica. No nos deja tranquilos sino que al contrario, nos cuestiona. Una Iglesia que vive escuchando la Palabra jamás presume de sus seguridades. Es dócil a la impredecible novedad del espíritu. No se se cansa de anunciar, no cede ante la desilusión, no se rinde cuando se trata de promover la comunión en todos los niveles, porque la Palabra llama a la unidad e invita a cada uno a escuchar al otro, superando sus particularismos”.

“La Iglesia que se alimenta de la Palabra, vive para proclamar la Palabra. No habla de sí misma, si no que desciende a las calles del mundo: no porque le gusten o sean fáciles, sino porque son los lugares del anuncio”. “La Palabra divina, que proviene del Padre y fluye al mundo, la empuja hasta los confines de la tierra. La Biblia es su mejor vacuna contra la cerrazón y la autoconservación. Es la Palabra de Dios, no la nuestra, y nos aleja de ser el centro pues nos despega de la autosuficiencia y del triunfalismo, y nos llama constantemente a salir de nosotros mismos. La Palabra de Dios posee una fuerza centrífuga, y no centrípeta: no nos deja replegados, sino que por el contrario, nos empuja hacia el exterior, hacia aquellos que aún no ha alcanzado. No asegura una tibia comodidad, porque es fuego y viento: es el Espíritu el que enciende el corazón y desplaza los horizontes, para ampliarlos con su creatividad.”

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