29/03/2026, 15.09
ECCLESIA IN ASIA
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Semana Santa en China: 'Como alguien ante quien se aparta el rostro'

Una fuente de AsiaNews que vive en China reflexiona sobre los sufrimientos de las comunidades católicas en la República Popular a la luz de las palabras del profeta Isaías que escuchamos en las liturgias de estos días. Desde la herida profunda que causa hoy la prohibición de educar en la fe a los menores, aplicada cada vez con más rigor, hasta la certeza de que "Dios está con nosotros y seguimos adelante".

 

Cuando se vive en China es imposible evitar sumergirse en ese ritmo de sufrimiento y esperanza que es la historia china y su cotidianidad. Un ritmo hecho de heridas encubiertas y heridas que siguen abiertas, de grandes impulsos de confianza, de conciencia de sí mismos y —en el caso de los cristianos— de profunda fe. Un ritmo que es el ritmo de la Pascua.

A veces ocurre que la gente se abre y en un momento de intimidad y amistad el dolor sale a la luz. No son grandes relatos o episodios sensacionales, sino más bien un sentimiento, algo no dicho, pequeñas frases o expresiones faciales que recogen toda la fatiga acumulada durante generaciones, que comenzó con la Revolución Cultural, probablemente incluso antes. “Mi mamá murió de hambre durante los años setenta”; “No puedo presentarte a mis hermanos, porque nadie sabe que los tengo, siempre lo hemos mantenido en secreto y siendo adultos hemos vivido como si no nos conociéramos”; “Lo único que quería hacer en la vida era cantar y vivir como artista, pero no estaba permitido, así que a escondidas estudié inglés, ruso y luego italiano, esperando poder escapar, por lo menos con la mente”.

Muchas heridas que forman una sola herida que se oculta con discreción, como detrás de un velo, y ante la cual uno siente tristeza, angustia y mucho respeto.

Como alguien ante quien se aparta el rostro.

Una herida de la que también son un signo algunas casas sucias y despojadas, con montones de cajas y objetos inútiles amontonados sobre sillones y sillas. Una “no-cultura del hogar” que casi despierta ternura por lo evidente que es. Una “fealdad” heredada de los años más duros, que se encuentra en las aldeas y a menudo también en las ciudades, donde el estilo del campo se reproduce en los apartamentos de los grandes rascacielos.

Sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas.

La herida no ha sanado, sino que solo ha quedado oculta por una pátina de tecnología, grandeza arquitectónica y saciedad: “¿la situación te parece difícil? Tendrías que haber estado aquí antes, por lo menos ahora comemos en abundancia y descansamos”.

Heridas antiguas que se suman a las nuevas, como la prohibición de educar a los menores en la fe. Desde hace algunos años el gobierno chino se ha vuelto cada vez más estricto con respecto a la ley que prohíbe una educación diferente a la oficial. En el caso particular de la Iglesia, esto se traduce en la prohibición de dejar entrar a los menores en el templo o de proponer cualquier tipo de actividad de formación para niños y jóvenes. La ley se cumple: he visto parroquias cerradas porque habían entrado niños o por haber compartido en las redes sociales fotos de algunas actividades.

Además de ser una estrategia para interrumpir la transmisión de la fe, esta ley es algo más, es una herida abierta que se suma a la oculta.

Pensemos en familias cuyos padres nacieron entre los años setenta y ochenta, personas que todavía conservan vivo el recuerdo de las persecuciones y que, tras un breve paréntesis de “inesperada libertad”, se encuentran ante la imposibilidad de dar a sus hijos aquello por lo que lucharon y resistieron.

Si bien es cierto que muchas comunidades se las ingenian para organizar actividades clandestinas, también lo es que sobre estos menores se va acumulando una presión enorme. Los padres les cuentan que la fe es lo más importante que tienen, pero no pueden hablar de ello en la escuela ni decírselo a sus amigos; además, si alguien les pregunta, no deben permitir que sepan que son cristianos.

A esto se suma que no poder encontrarse con amigos cristianos de su edad, salvo en contextos de clandestinidad, crea una soledad y un desapego que, desde el punto de vista del gobierno,  concuerda perfectamente con el estigma social de la fe que quiere difundir. En las escuelas secundarias y en la universidad puede ocurrir que algunos profesores o directores llamen a los alumnos cristianos para explicarles que, si perseveran en la fe, sin duda su carrera podría verse afectada.

De esa manera se acumulan presiones sobre presiones.

Varón de dolores habituado al sufrimiento.

Es aquí donde entra en juego un movimiento diferente, donde el ritmo puede cambiar y el sufrimiento se transforma en esperanza.

Una vez estaba felicitando a una madre, comprometida en primera línea en las actividades clandestinas, por su tenacidad; le decía que su capacidad para seguir adelante incluso sin ver frutos era una fuente de inspiración. Ella me respondió, un poco sorprendida, que “los frutos solo los veremos en el paraíso” y no es importante buscarlos ahora. En otra oportunidad estaba hablando en inglés sobre la situación general de China con un amigo; en la mesa con nosotros estaba un anciano chino que no entendía el inglés, pero comprendía de qué estábamos hablando y cuáles eran nuestras preocupaciones, entonces nos interrumpió y con serenidad nos dijo: “no se preocupen, ustedes se angustian demasiado, la Iglesia china está en manos de Dios y de María, todo pasa”. Todo esto no se vive como heroísmo, sino con sencillez: “el cansancio existe, pero nosotros rezamos, Dios está con nosotros y seguimos adelante”.

Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia.

A mí me parecen palabras de alguien que ya está en el Más Allá, de alguien que ha hecho del sufrimiento un compañero de vida y no se ha quedado en el dolor, sino que, proyectado hacia la certeza de la Pascua, transforma el dolor en amor.

Entonces se me ocurre pensar que la misión es precisamente eso: sumergirse en las heridas de los pueblos para sentirlas, hacerlas propias y, junto con ellos, dejar que sean transfiguradas para vivir de esperanza.

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