22/11/2019, 13.00
TAILANDIA - VATICANO
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El Papa en Tailandia: Benedetta Jongrak Donoran, cómo conocí a Jesús

El testimonio de una joven ante Francisco durante el encuentro con sacerdotes y religiosos. "Un día iba camino de Chiang Mai cuando me encontré con el padre Raffaele Manenti. Fui a trabajar con él a la Casa de los Ángeles, un centro para niños discapacitados".

 

Bangkok AsiaNews) - El testimonio ante el Papa (en la foto) de la conversión de una mujer. Lo que la atrajo al cristianismo fue, en primer lugar, el "descubrimiento" de María y de su belleza; luego, poco a poco, el encuentro con Dios amor - la Buena Nueva por la que dar la vida - la convirtió.

Me llamo Benedetta Jongrak Donoran (Tee), y nací en el año 1975. Me bauticé el año 2012 y ahora soy una postulante en la Congregación de las Misioneras de María o las Javerianas.

Todos los miembros de mi familia son budistas y practican las enseñanzas de Buda, como las practicaba yo cuando era joven. El hacer el bien es lo que nos hace libres y lo que nos conduce al cielo. Aquellos que hacen el bien recibirán una recompensa. ¿Por qué tiene Jesús que sufrir las consecuencias de nuestros pecados?

Cuando era niña tuve la oportunidad de ir al colegio de mi pueblo, de la Inmaculada Concepción de María. Entonces tenía 15 años. Las hermanas Hijas de la Caridad nos invitaron a las niñas a ir a la misa del domingo. Entré en la iglesia con algunas de mis amigas y ví la estatua de una mujer. No sabía quién era, pero era muy hermosa. Me impresionó el modo como me miraba. Luego vi la imagen de un hombre crucificado. Me asustó. Desde aquel día empecé a ir a misa todos los domingos sin sentirme obligada a ello. Tenía una gran confianza en María. Así empecé a conocer a María y a Jesús mejor. No creía que Jesús fuera Dios y me preguntaba cómo puede un hombre borrar los pecados de otros hombres. Recitaba el rosario que las hermanas me habían enseñado a rezar y asistía a la misa con otra gente católica.

Continué estudiando y trabajando en la misma escuela. Cuando tenía 33 años decidí proseguir mi ideal, que era el dedicarme a trabajar por el bien de la sociedad como una maestra voluntaria trabajando en pequeños pueblos. Un día iba camino de Chiangmai cuando me encontré con el padre Raffaele Manenti, un misionero del PIME. Decidí ir con él a la Casa de Los Ángeles, una casa que acoge a niños discapacitados, y está bajo el cuidado de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced en la provincia de Nonthaburi. Al cabo de algún tiempo, y por simple curiosidad, fui a visitar a un grupo de catecúmenos. Quería saber qué hacían. Aprendí algo sobre Jesús y tuve oportunidad de escuchar el Evangelio. Sentí que su palabra estaba actuando dentro de mi corazón como un bisturí. Me sentí confusa por las exigencias de su palabra. No quería echarme para atrás. Pero sentía que el seguir escuchando sus palabras era como jugar con fuego. El sentimiento de inquietud e incomodidad siguieron creciendo. Una noche, mientras estaba medio dormida, oí una voz que me dijo: “¡Vete a buscar trabajo en otra parte!. ¡Aléjate de esta gente!” Pero también oí otra voz que me dijo: “¡Tee, te quiero!” Esta última voz llenó mi corazón de serenidad y de paz.

Al cabo de un año pedí recibir el bautismo. El sacerdote me lo negó y me dijo que tenía que esperar más tiempo. La verdad es que no estaba todavía preparada para recibir el sacramento del bautismo. Sólo quería deshacerme del sentimiento de inquietud. No estaba pidiendo la misericordia de Dios. Poco a poco me fui dando cuenta de que el Bautismo no es fruto de nuestros méritos. Lo recibimos como un don de Dios.

Seguí estudiando catecismo un año más. Solo entonces, de rodillas, pedí a Dios que tuviera misericordia de mi. Recibí la gracia de la conversión de corazón. Gracias al bautismo morí a mí misma y renací de nuevo en nuestro Señor Jesucristo. Me dejé vencer por el amor de Dios y por su paciencia que esperaban a que su hija retornara a El. No hubiera creído nunca si no es por la experiencia que tuve de ser amada por Dios. Dios es amor y se ha manifestado a nosotros en Jesucristo. Yo le he encontrado. Esta es la Buena Nueva en mi vida. La misma Buena Nueva que Pablo, el apóstol de los gentiles, nos dice: “por la gracia que de Dios me ha dado, para ser ministro de Jesucristo para los gentiles, en el ministerio del evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles sea acepta y santificada por el Espíritu Santo”. Esta es la misma Buena Nueva a la que ahora quiero dedicar mi vida.

Continuaré buscando la voluntad de Dios. Le doy gracias por el gran don de su Hijo y del Espíritu Santo que ha iluminado mi vida, y por los misioneros que ha enviado para ser testigos de su amor aquí en Tailandia. En verdad la Palabra de Dios no es una simple palabra escrita en un libro, sino que es la Palabra llena de vida y portadora de vida.

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