04/02/2019, 10.05
VATICANO - CHINA
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Card. Filoni: El acuerdo entre China y la Santa Sede es histórico, pero comparto cierta perplejidad

En una entrevista concedida a L’Osservatore Romano, el Prefecto de Propaganda Fide expresa su cercanía a las comunidades subterráneas, reafrmando la urgencia de la reconciliación y de la evangelización de la sociedad china. El Card. Filoni afirma que pertenecer a la Asociación Patriótica no es obligatorio, ni siquiera según la ley china. En China, el anuncio se ve frenado por una “falta de verdadera libertad” y por “las tentaciones del bienestar”.  

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) - “Aún compartiendo cierta perplejidad, expresada en muchas partes debido a las dificultades que todavía permanecen”, el acuerdo provisorio entre China y la Santa Sede, firmado el 22 de septiembre del año pasado, es “un hecho que tiene una magnitud histórica para la Iglesia china”. Es lo que afirma el Card. Fernando Filoni, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los pueblos, en una larga entrevista concedida a L’Osservatore Romano, que fue publicada ayer y que a continuación transcribimos completa. El Prefecto de Propaganda Fide defiende el acuerdo, que permitirá a la Iglesia china marchar al ritmo de los tiempos “súpersónicos” con que se mueve el Imperio del Medio, ofreciendo “valores espirituales y humanos que otorguen una firme esperanza a la vida de las personas y una verdadera cohesión a la sociedad”. Al mismo tiempo, él repite con frecuencia que comprende “las dudas” expresadas por las comunidades subterráneas en relación al acuerdo, [comunidades] que se sienten “abandonadas” y “casi traicionadas”. “Entiendo la sorpresa y la confusión; e incluso hasta la comparto”, dice el Card. Filoni, pero “sólo un espíritu superficial o de mala fe podría imaginar que el Papa Francisco y la Santa Sede abandonan al rebaño de Cristo”. El purpurado, citando muchas veces el Mensaje papal a la Iglesia china y universal, publicado con ocasión del acuerdo, insta a las dos comunidades, oficiales y subterráneas, a la reconciliación y a la evangelización del país”.

Cabe subrayar dos puntos muy importantes: llegado un momento, ante el temor de la comunidad subterránea de “desaparecer”, el Card. Filoni afirma que “desaparece la situación de clandestinidad, pero no las personas que están implicadas en ella. Permanecen su fe, sus tradiciones y su espiritualidad, que benefcian a toda la comunidad diocesana”. Un segundo punto  puede marcarse cuando él afirma que la pertenencia a la Asociación Patriótica (AP) no es obligatoria: “Espero no tener que escuchar o leer acerca de situaciones locales en las cuales se instrumentaliza el Acuerdo a fin de constreñir a las personas a hacer aquello que la ley china no obliga a hacer, como inscribirse en la Asociación Patriótica”. En efecto, desde que fue firmado el acuerdo, hay miembros del Frente Unido y de la AP que presionan, constriñen e indoctrinan a los obispos, sacerdotes y fieles subterráneos para que se inscriban a la AP, alegando: “porque el Papa está con nosotros”.

En la entrevista no se aborda la cuestión de la pertenencia a la AP, cuyos estatutos son –según fue afirmado por Benedicto XVI- “inconciliables” con la doctrina católica. Sin embargo, el purpurado afirma que “la Iglesia dice no a un «patriotismo» que signifique egoísmo, cerrazón o control, pero dice sí a un “amor a su país” que signifique un respeto por las raíces, el conocimiento de la cultura, la propagación del bien común y la confianza de las instituciones en relación a sus ciudadanos”.   

En el texto jamás aparece la palabra “persecución”, pero llegado un punto se habla de aquellos que detiene el anuncio del Evangelio y se menciona la “falta de verdadera libertad” y “las tentaciones del bienestar”, quizás, refiriéndose a aquello que Benedicto XVI definía como los co-hermanos obispos “oportunistas”. (BC) 

 

A propósito de la Iglesia católica en China

El Card. Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, ha seguido el delicado y complejo camino de la Iglesia católica en China a partir de 1992, año de su llegada a Hong Kong. En esos años se estaba dando el deshielo diplomático entre la República Popular de China y la Santa Sede, con los primeros contactos entre exponentes de la Secretaría de Estado y del Ministerio de Relaciones Exteriores de Beijing.

 

1) D. – Su Eminencia, desde hace algunos años, Usted se desempeña en la guía del Dicasterio de la Santa Sede que tiene competencia en materia de evangelización, con una particular referencia a los llamados territorios “de misión”. ¿Cuál es el valor pastoral que Usted vislumbra en el “Acuerdo Provisorio sobre el nombramiento de Obispos”, que ha sido firmado entre la Santa Sede y el Gobierno chino el 22 de septiembre pasado?

R. – Me siento particularmente interpelado respecto al valor pastoral del Acuerdo Provisorio, justamente por la competencia que el Dicasterio que guío tiene en lo que concierne a acompañar a la Iglesia en China; pero no creo poder decir más ni mejor que cuanto fue escrito por el Papa Francisco en su Mensaje a los Católicos chinos, en septiembre pasado. Cito la carta:  «...el Acuerdo Provisorio ... es fruto de un largo y complejo diálogo institucional entre la Santa Sede y las Autoridades chinas, iniciado ya por san Juan Pablo II y seguido por el Papa Benedicto XVI. A lo largo de dicho recorrido, la Santa Sede no tenía —ni tiene— otro objetivo, sino el de llevar a cabo los fines espirituales y pastorales que le son propios; es decir, sostener y promover el anuncio del Evangelio, así como el de alcanzar y mantener la plena y visible unidad de la comunidad católica en China» (n. 2). Y prosigue: « El Acuerdo Provisional firmado con las Autoridades chinas, aun cuando está circunscrito a algunos aspectos de la vida de la Iglesia y está llamado necesariamente a ser mejorado, puede contribuir —por su parte— a escribir esta nueva página de la Iglesia católica en China. Por primera vez, se contemplan elementos estables de colaboración entre las Autoridades del Estado y la Sede Apostólica, con la esperanza de asegurar buenos pastores a la comunidad católica» (n. 5). En definitiva, si bien comparto cierta sorpresa y confusión, expresada por más de un lado en vista de las dificultades que todavía permanecen y por aquellas que podrán hacerse patentes en el camino, siento que en la Iglesia católica china hay una gran espera de reconciliación, de unidad, de renovación, para retomar de manera más decidida la evangelización. Uno no puede quedarse quieto en un mundo que, en muchos sentidos, está corriendo a velocidades supersónicas pero que, al mismo tiempo, siente la imperiosa necesidad de redescubrir valores espirituales y humanos que brinden una firme esperanza a la vida de las personas y verdadera cohesión a la sociedad. En una palabra, todo ellos es lo que el cristianismo puede ofrecer a la China de hoy en día. También debo decir que, tanto en la numerosa correspondencia recibida de eclesiásticos chinos, así como en el encuentro con obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, siempre he percibido su deseo de que la Iglesia vuelva a la «normalidad» en el contexto de la Iglesia católica.

 

2) D. - Su Eminencia, Usted ha citado el “Mensaje del Papa Francisco a los Católicos chinos y a la Iglesia universal” del 26 de septiembre de 2018. ¿Hay discordancia o correlación entre este Mensaje y la “Carta del Papa Benedicto XVI a los Católicos de China”, del 27 de mayo de 2007? ¿Y qué ha cambiado en ese tiempo?

R. – Mire, en la Carta del Papa Benedicto XVI, que Usted muy oportunamente ha recordado, además de muchas otras enseñanzas valiosas, se afirman sustancialmente dos cosas: la primera, es que la situación de clandestinidad se justifica en tanto así lo exija la protección de la vida y la defensa de la fe en circunstancias adversas. Por ejemplo, allí donde y  mientras se pretenda imponer ideologías que no son conciliables con la consciencia y la doctrina católica; la segunda es que incluso en situaciones difíciles y complejas se pueden tomar decisiones y elegir en la medida en que no se vea afectada la capacidad de discernimiento pastoral, que está a cargo del obispo, en vista del mayor bien de la comunidad diocesana que tiene bajo su guía.  En la Carta de Benedicto XVI ya está presente la intuición de que la historia marcha, evoluciona, y que, al cambiar los contextos históricos en los cuales los hombres y pueblos interactúan entre sí, cambia asimismo y realmente la organización del pensamiento, la elaboración de conceptos y la interpretación de las fórmulas sociales que conforman la base de nuestra vida. Lo que el Mensaje de Papa Francisco añade a la enseñanza, válida y actual, de Benedicto XVI, es quizás la atención prestada a la sanación de la memoria para dar vuelta la página; es una mirada resueltamente orientada a futuro, para inspirar una capacidad de proyección pastoral para la Iglesia china. Esto es algo que –obviamente- no podrá realizarse sin la cordial unidad de los pastores y el pleno protagonismo de los católicos chinos por una parte, y la confianza de las Autoridades civiles, por otra, que también pasa a través del diálogo con la Sede apostólica.  Precisamente, para llegar a ello, «con el fin de sostener e impulsar el anuncio del Evangelio en China y de restablecer la plena y visible unidad en la Iglesia, era fundamental afrontar, en primer lugar, la cuestión de los nombramientos episcopales.» (N. 3). Se pueden decir muchas cosas acerca del Acuerdo Provisorio sobre nombramiento de Obispos firmado en septiembre pasado, excepto que no sea un hecho de relevancia histórica para la Iglesia china. A la luz del Acuerdo que reconoce el rol peculiar del Papa, ahora debiera reinterpretarse el llamado “principio de independencia” desde una perspectiva de relación entre la legítima autonomía pastoral de la Iglesia china y la imprescindible comunión con el Sucesor de Pedro. Por tanto, espero no tener que volver a escuchar o leer acerca de situaciones locales en las que se instrumentaliza el Acuerdo con miras a constreñir a las personas a hacer aquello a que ni siquiera obliga la ley china, como es el caso de inscribirse en la Asociación Patriótica.

En efecto, la Iglesia dice no a un «patriotismo» que pueda significar egoísmo, cerrazón o control, y dice sí a un «amor a la patria», que pueda significar un respeto por las raíces, un conocimiento de la cultura, con una tensión al bien común y confianza de las instituciones en relación a sus ciudadanos. Estamos trabajando, en lo concreto y en un marco de respeto, con las Autoridades chinas. Lo que vaya a suceder de aquí en adelante, aquello bueno que pueda crecer, es algo que esperamos ver... con la ayuda de Dios y con la colaboración de todos.

 

3) D. - Eminencia, hay quien ha escrito que, confiando las Diócesis a los Obispos oficiales que anteriormente estuvieron excomulgados, las llamadas comunidades clandestinas chinas quedarán privadas de sus pastores y se verán forzadas a rendirse, para adecuarse a ideas, reglas e imposiciones a las cuales no pueden adherir por una cuestión de conciencia. Por otro lado, hay quien dice que el destino de los católicos clandestinos será ser absorbidos por la Comunidad oficial para luego desaparecer. ¿Qué piensa Usted al respecto?

R. – La cultura china ama recurrir a las imágenes. Intento dar una, que a mi modo de ver, resulta expresiva, en este caso. En China, la evangelización que dio nacimiento a la Iglesia, ha sido única; una fuente de agua fresca que fluía y cuyo origen podía ser trazado fácilmente. Luego, por hechos históricos, desde la montaña se produjo algo así como la caída de una inmensa roca, que interrumpió el flujo del agua; una parte de ella siguió fluyendo bajo la tierra; otra, dando giros y más giros, permaneció fluyendo en la superficie. En estos últimos veinticinco o treinta años,  se ha comenzado a hablar de un camino en el cual se pudiese recuperar la unidad de las dos corrientes; se ha trabajado, se ha rezado y ha habido muchas iniciativas y gestos que hasta ahora han contribuido, si bien con muchas vueltas, a promover la unidad.  No ha sido fácil y aún no sigue siendo fácil. No se pueden ignorar años de conflictos e incomprensiones. Sobre todo, hay que reconstruir la confianza –quizás, el aspecto más difícil- en relación a las autoridades civiles y religiosas, algo que está antes que las cuestiones religiosas y entre las llamadas corrientes eclesiales, la oficial y la no-oficial. En esto, ahora, no se trata de establecer quién gana o quién pierde, quién tiene razón y quién está equivocado. En los sesenta años transcurridos desde la creación de la Asociación Patriótica, todos, de de un modo quizás desigual, pero igualmente dramático, han sufrido, tanto en un sentido físico como moral. No podemos ignorar tampoco la angustia interior de quien ha adherido -o fue obligado a ello- al principio de o «independencia» y, por tanto, a la ruptura de las relaciones con la Sede Apostólica. Cuántas veces, cuando estuve en Hong Kong, he escuchado a eclesiásticos que hablaban de su sufrimiento; y fue justamente para venir al encuentro de tales situaciones que Juan Pablo II, tras examinar atentamente la situación, acogió el grito de quien pedía perdón y solicitaba el reconocimiento canónico como Obispo de la Iglesia Católica. Distinta fue la posición mantenida por la Santa Sede en relación a los sacerdotes, en relación a los cuales prevalece el principio de que el Pueblo de Dios tiene derecho a los sacramentos; por ello, no se habló de «ilegitimidad», si bien siempre se recomendó que las ordenaciones fuesen realizadas por Obispos legítimos o legitimados.

Me percato de que hay quien puede pensar que, en esta etapa, la Sede apostólica parezca pedir un sacrificio unilateral, es decir, solamente a los miembros de la comunidad clandestina, los cuales debieran –por decirlo de alguna manera - «oficializarse», en tanto a los “oficiales”, no se les estaría pidiendo nada. La cuestión no debe ser planteada en estos términos; en efecto, no se trata de una rendición de los «clandestinos» a los «oficiales» o a las autoridades civiles, a pesar de las apariencias; y tampoco de una victoria sobre la comunidad no-oficial. En una visión más eclesial, no puede hablarse de competencia o razón, sino de hermanos y hermanas en la fe, que se reencuentran todos en la Casa común; lo que la Santa Sede trata de hacer desde hace treinta años hasta hoy ha sido estimular a las dos comunidades para reconciliarse reencontrando y revigorizando la propia identidad cristiana y católica, a través de un camino en común, hacia la plena realización de lo que significa ser Iglesia de Cristo en China, hoy. En la manera constante de considerar el asunto por parte de la Santa Sede, siempre se ha dicho que en China no existen dos Iglesias –una «Iglesia patriótica» y una «Iglesia fiel» (la jerga comúnmente usada); en China, la Iglesia es una, y las heridas que le han sido infligidas provienen de adentro y de afuera. El sensus fidei del Pueblo de Dios ha salvado a la Iglesia china del cisma.  En el contexto actual, podemos decir que las energías para sanar los sufrimientos están; el objetivo es elevado y se necesitará de la contribución de todos para realizarlo completamente. He quedado muy conmovido por algunas recientes expresiones del Obispo Wei Jingyi (un prelado que hasta ahora no ha sido reconocido por las autoridades civiles), quien en una entrevista dijo: “Debemos valernos de acciones concretar para curar las heridas que en todos estos años hemos infligido al Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia”. Luego, agregó: “En el camino de la Iglesia, no hay perdedores o abandonados. Caminamos todos, de a mano, con María... también vemos que tantos sufrimientos a la largo del camino no han sido en vano”.  Este camino le va a costar a cada uno renuncias y sacrificios, pero también la asunción de nuevos compromisos concretos, como pide el Papa Francisco a todos los cristianos, sin distinción: ahora, hay que plantear gestos de reconciliación y de comunión en la verdad y en la confianza de que el Espíritu Santo acompaña a la Iglesia y no la abandona.

 

4) D. -¿Podemos regresar a la pregunta del principio?

R. – Sí. Porque es de primaria importancia dar una respuesta. Es decir, ¿cuál sería del destino de las llamadas comunidades «clandestinas»? Es una cuestión que reviste particular preocupación para la Santa Sede. Quisiera ser claro: ante todo,  solamente hay dos diócesis que hasta ahora han tenido un acercamiento a su guía (Mindong y Shantou); aquello a lo que hay que tender, espero que no de manera forzada, es a la unidad, no solo formal, sino también real. Desaparece la condición de clandestinidad, pero no las personas que están involucradas en ella. Permanece su fe, sus tradiciones y su espiritualidad, que benefician a toda la comunidad diocesana. De tal ‘alma’, los Obispos mismos se ocuparán sabiamente y se harán garantes; lo harán siendo Obispos diocesanos de todo el pueblo de Dios y no con una preferencia por esta u otra comunidad. Tengo entendido que en la Diócesis de Mindong se está trabajando por la unidad. Mi deseo es que a futuro, las autoridades civiles locales comprendan la necesidad de obrar gradualmente, sin forzar las situaciones. Como dice sabiamente el Obispo Wi Jingyi, que mencioné anteriormente, todos (tanto las autoridades civiles como aquellas eclesiásticas, tanto dentro como fuera de China) “debemos prepararnos psicológicamente y… proceder paso a paso, buscando que crezca la unidad, porque esto es lo que pide nuestra fe”. Es necesario un espíritu de acogida, de sobriedad, de inclusión eclesial y de perdón para no extraviar la auténtica dimensión trascendente de la vida de la Iglesia. Ello compete sobre todo a los Pastores, porque, como dice el Papa Francisco, «Tenemos mucha necesidad de Pastores que abracen la vida con la amplitud de corazón de Dios, sin quedar sujetos a las satisfacciones terrenas, (...); Pastores que lleven a lo alto, libres de la tentación de mantenerse a baja altura, desligados de las medidas restringidas de una vida tibia y rutinaria; pastores pobres, que no estén apegados al dinero y al lujo, anunciadores coherentes con la esperanza pascual…» (L’Osservatore Romano, 12 de febrero, 2018).

No se debe mirar –lo repito- esta etapa en término de vencidos o vencedores. ¡Hacer esto sería equivocado y engañoso! He aquí, si me esfuerzo en mirar las cosas en perspectiva, aunque sin engañarme [pensando] que ello ocurrirá de manera automática o fácil, y tampoco ignorando las dificultades –que siempre las hay- veo, o me parece ver, una Iglesia más unida, más consciente, más preparada y más atenta al mundo que es llamada a servir con el testimonio evangélico; más en sintonía, por otro lado, con el tiempo en que vive, y quisiera decir también más libre, en un país que siempre vaya actualizándose más y más conscientemente.  

El Papa Francisco también ha hablado, en su Mensaje, de la contribución profética y constructiva que los católicos chinos tienen -a sabiendas- que ofrecer, a partir del designio de Dios sobre la vida humana: «Esto puede exigirles también la dificultad de expresar una palabra crítica, no por inútil contraposición, sino con el fin de edificar una sociedad más justa, más humana y más respetuosa con la dignidad de cada persona. » (n. 6).

 

5) D. – Eminencia, en China, hay católicos que, tras haber sufrido por mantenerse fieles al Sumo Pontífice, ahora se sienten confundidos y, sobre todo, tienen la amarga sensación de haber sido casi traicionados y abandonados por la Santa Sede. ¿Qué siente Usted que debiera decirles?  

R. – A los católicos que han dado testimnio de la fe, ante todo deseo recordarles el consuelo de Jesús, que dice: “Bien, siervo bueno y fiel,... entra en la alegría de tu Señor” (Mateo 25, 23); este consuelo es impagable, ¡no tiene precio! Es el consuelo más bello que uno pueda escuchar de boca del Maestro. De todos modos, de parte de la Santa Sede y de parte mía, a título personal, deseo siempre expresar un sentimiento de vivo agradecimiento y admiración por la fidelidad y la constancia en la prueba, por la confianza en la Providencia de Dios, incluso en las dificultades y adversidades. ¡Muchos, a lo largo de años, han sido verdaderos mártires y confesores de la fe! Sólo un alma superficial o de mala fe puede imaginar que el Papa Francisco o la Santa Sede hayan abandonado al rebaño de Cristo, donde sea o en cualquier situación se encuentre este en el mundo. Por tanto, debemos trabajar más sobre la percepción de los fieles, que muchas veces está influenciada por mensajeros mediáticos no del todo correctos o equilibrados, que tienen dificultades para entender la discreción que ha rodeado el diálogo entre la Santa Sede y la República Popular de China. Es necesario un mayor respeto por estos hermanos y hermanas; nadie debe abusar de sus sentimientos.

De todas maneras, entiendo las dudas, entiendo que haya confusión y sorpresa; tal vez la comparto. Pero no comparto la actitud de quien, manteniendo sus legítimas reservas, no solo no se esfuerza en comprender asimismo el punto de vista de los demás, sino y sobre todo, arriesga no remar en sintonía con la barca de Pedro. El Papa, junto a sus colaboradores, ha hecho, hace y hará todo lo posible para acercarse a la Iglesia china; no somos infalibles en los modos, pero amamos de verdad a la Iglesia y al pueblo chino. Hace muchos años que se trabaja y se estudian todas las situaciones; ¡cuántas oraciones para confortar con la ternura espiritual, para iluminar con la palabra de Dios, para alentar con la serenidad de la guía, para hallar soluciones incluso en el plano diplomático! Invito a quien sea tenga la posibilidad, a colaborar para hacer llegar estos sentimientos y palabras a cuantos necesitan de ellos y se sienten abandonados. Por otro lado, seguirá siendo siempre verdadero lo que canta el Salmista: «Quien siembra entre lágrimas, cosechará con alegría” (Salmo 126, 5).

 

6) D. – Eminencia, ¿cuál es el proyecto de la Iglesia católica en China? ¿Cómo ve Usted el futuro del cristianismo en ese país?

R. –Yo distinguiría dos aspectos. En cuanto al primero, es decir, el proyecto de la Iglesia católica en China, diría que esta debe tratar de ser cada vez más Iglesia, es decir, desarrollarse en la dirección de la fe, la esperanza y la caridad, trabajando por los jóvenes, por las nuevas vocaciones, por el ecumenismo y por el diálogo inter-religioso, por la formación del clero, para socorrer las necesidades de aquellos que permanecen al margen del crecimiento. Por otro, descubrir y dar cuerpo a “cómo” hacer aquello, adecuando métodos y caminos, es una tarea que compete sobre todo a los católicos chinos. Aunque la Iglesia china aún sea un grey pequeña, el camino es el de la confianza que acompaña al sembrador que arroja la buena semilla en el campo: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre ha agradado daros Su reino» (Lucas 12, 32). Por tanto, el proyecto es el que Jesús confía a los apóstoles: «Que brille vuestra luz delante de los hombres, para que viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en el cielo» (Mateo 5, 16). En todo esto, luego, ciertamente que podrá ayudar profundizar un poco más en los Documentos del Concilio Vaticano II y en el Magisterio de los Pontífices que lo han aplicado y enriquecido hasta nuestros días.

En cuanto al segundo aspecto, es decir, el futuro del cristianismo en China, aunque pueda haber alguien pesimista, quisiera decir que la historia de la Iglesia en China ya habla por si misma. Me agrada en este punto recordar a Xu Guangqi (un mandarín, que fue nombrado como Ministro de Ritos de la Corte Imperial en la época en que vivía Mateo Ricci), quien, respondiendo al emperador, que lo interrogaba para saber por qué se había vuelto cristiano, explicaba la riqueza de los valores del Evangelio y el origen divino, porque sólo tal podía ser la fe que profesa el perdón de los enemigos. Por tanto, estoy realísticamente confiado en cuanto al anuncio del Evangelio. Considero que solo la falta de verdadera libertad y las tentaciones del bienestar pueden ahogar una buena parte de esa semilla arrojada hace muchos siglos. En todo caso, el presente nos carga de responsabilidad, tanto en vista del anuncio del Evangelio como en lo concerniente a superar las tentaciones de nuestra época, que no es para nada fácil.

7) D. – Eminencia, ¿hay algún un deseo particular que usted quisiera enviar –en este contexto- a los católicos que viven en China y a los católicos que por distintas razones de trabajo o por elección de vida se han esparcido por el mundo?  

R. – Sí. Es el Señor quien guía la historia. Por tanto, quisiera desearles ante todo, afrontar eventuales formas de crisis sabiendo siempre mirar al otro con confianza, aún si algunos aspectos de las circunstancias actuales son percibidos como injustos y con dificultad. Repito, nadie debe ver en el hermano reconciliado un enemigo, sino un hermano por el cual alegrarse. El Señor nos ha conquistado con Su Perdón.

Se sabe que los chinos les agradan las semejanzas. Quisiera plantear una, para poder completar mi pensamiento: si se quiere dar estabilidad a un trípode, se necesita de tres apoyos; este, en efecto, no se rige por dos apoyos, es decir, sobre el entendimiento entre Santa Sede y gobierno chino: necesita de un tercer soporte, es decir, de la contribución de los fieles en China, así como el de la comunidad católica de la diáspora.  Sólo con la contribución de todos podrá construirse la Iglesia del mañana, en un respeto de la libertad, incluso por parte de las Autoridades civiles, después de sesenta años de sufrimientos, divisiones e incomprensiones de la comunidad católica. Por lo tanto, la Iglesia tiene necesidad de la libre y fecunda participación de todos para construir la armonía civil, social y religiosa y para el anuncio del Evangelio. ¡Dios necesita de la Comunidad católica en China! «No dejemos pasar esta oportunidad», diría Papa Francisco, con su feliz expresión de la Evangelii gaudium.

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