17/08/2018, 21.50
SIRIA
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Caritas Siria: los refugiados hambrientos de Guta piden más amor, que comida

de Sandra Awad*

La supervivencia cotidiana de los desplazados del enclave rebelde situado en la periferia de Damasco. Rebeldes y yihadistas “viven felizmente” en Turquía, mientras los civiles sufren. Mujeres que dan a luz en medio de la promiscuidad y la suciedad; enfermedades e infecciones de la piel; el hambre de los niños en busca de azúcar y galletas. No hay comida, no hay agua potable ni médicos. Sin embargo, más que el hambre, lo que prevalece es la sensación de abandono. “Vienen a traernos ayudas, nos tratan como insectos y parecen sentir asco de nosotros”.  Segunda parte. 

Damasco (AsiaNews) – Segunda parte del viaje para acompañar a los desplazados de la Guta oriental, un área en los suburbios de Damasco que durante largo tiempo estuvo controlada por los rebeldes en lucha contra el presidente Bashar al-Assad. Para ir al encuentro de personas que, aún viviendo en medio de penurias y privaciones, acostumbrados a vivir sin comer para dar lo que haya a sus hijos, afirman que están “más necesitadas de amor, que de comida”. Y se niegan a ser asociados con los grupos extremistas y rebeldes  que controlaron por largo tiempo la zona, esos grupos que “huyeron a Turquía y hoy viven felices. En cambio, nosotros, que no hemos hecho ningún mal a nadie, estamos sufriendo”.

A fines de julio, Caritas Siria, junto a una ONG musulmana, distribuyó 1480 canastas de alimentos entre las familias desplazadas. Los activistas cristianos también entregaron a la población, que se encuentra en condiciones de extrema necesidad, un millar de cestas de fruta y verdura y 600 paquetes conteniendo pañales, para los más pequeños.

Lo que sucedió ese día quedó asentado en un relato de Sandra Awad -responsable de Comunicación en  Caritas Siria, casada y madre de dos hijos- que, junto a un grupo de colegas, cruzó el umbral del centro de acogida y reunió, para AsiaNews, los testimonios desesperados de las personas que se alojan en el lugar. La extrema pobreza y las habitaciones hacinadas, las familias destrozadas, mujeres y maridos que pueden estar juntos sólo unos pocos minutos al día, la sensación de ser mirados con “asco”, incluso por quienes debieran brindarles ayuda y asistencia. A continuación, brindamos el testimonio de la responsable de Caritas. Traducción de AsiaNews. Para acceder a la primera parte, cliquee aquí:

 

 Durante el viaje, desde la ventanilla de mi autobús seguía mirando los enormes cúmulos y las montañas de destrucción que, con el correr del tiempo, se habían ido apilando a lo largo de la ruta que cruza por los pueblos de Guta. Estos pueblos, que se suceden sin cesar, la profunda destrucción que parece no terminar jamás y que se ve reflejada en la mirada de quien pasa por esos sitios. La calle que hoy estamos recorriendo no tiene nada que ver con aquella que albergaba en mis recuerdos de infancia, llena de árboles y de plantas en flor. Muy por el contrario, hoy sólo parece una tierra árida y desértica, despojada de toda riqueza.

Las calles asfaltadas están plagadas de agujeros, diseminados por aquí y por allá. Recién en un segundo momento supimos que se trataba de conductos de ventilación, de los túneles que fueron realizados en estos años de guerra, y que se encuentran en todas partes en el subsuelo de Guta. Las escenas de pobreza se repiten por doquier,  es inútil apartar la mirada, siendo consciente de que se es impotente frente a una tragedia de estas dimensiones.  

Son sentimientos comparables a los se tiene cuando una persona pobre viene a uno de nuestros centros y se acerca a nosotros, en busca de ayuda: a menudo sucede que lo que podemos ofrecer es sólo nuestro tiempo, el estar disponibles a escuchar su tragedia personal.  

Finalmente, llegamos a nuestro destino final: el centro de acogida de Al Nashabiyeh. Teóricamente, el lugar es una escuela primaria; pero dentro de las aulas, en su gran mayoría de dimensiones reducidas, han hallado refugio cientos de familias desplazadas, provenientes de los pueblos de Guta. En el establecimiento, las familias fueron divididas en dos edificios distintos: uno es para los hombres, y el segundo es para las mujeres y los niños.

Apenas bajé del autobús junto a mis colegas y a los voluntarios de un grupo scout vinculado a la Iglesia, que quiso acompañarme en esta misión, comenzamos a preparar las listas de productos –en su mayor parte, ayudas humanitarias- que debían distribuirse a la población. Mis ojos se cruzaron con la mirada de una de las muchas mujeres del lugar, y yo le respondí con una sonrisa, y me pareció que este gesto –una simple sonrisa- era todo lo que ella había estado esperando en mucho tiempo. Me tomó de la mano y me llevó al interior de edificio. Al principió estaba atemorizada, pero los rostros sonrientes de las mujeres y de los niños a mi alrededor, su alegría por mi visita, ahuyentaron todos mis miedos.

Subimos al segundo piso, y a medida que iba pasando por cada una de las aulas - sintiéndome casi una intrusa por echar una mirada allí dentro- saltaba a la vista la extrema pobreza y el hacinamiento del lugar, con salones abarrotados de huéspedes.

A un cierto punto llegamos a un aula y una mujer me invitó a entrar, para que viera las condiciones en las que vive: La ropa estaba extendida sobre cables que surgían por todos lados, frente a un pizarrón verde. Dos niños dormían en una cama sucia, y estaban cubiertos con un enorme vestido, para tratar de protegerlos de las moscas y de la multitud de insectos presentes en el lugar;  también había colchones sucios, con almohadas y fundas apiladas en los rincones del cuarto. Había bolsas de plástico -todas rotas- diseminadas por toda la habitación.

Dirigiéndome a una mujer le pregunté: ¿Cuántas familias viven en esta habitación?” “En total, somos nueve familias, señora” -me respondió- “sumando mujeres y niños. Nuestros maridos y nuestros hijos varones viven en otro edificio. Jamás nos vemos, salvo algún que otro momento durante el día, en el jardín de la escuela, como si fuésemos completamente extraños, bajo un sol abrasador”.

En un momento, una joven entró a la habitación llevando un niño en brazos.  Una mujer sentada a mi lado me dijo: “Esta es mi nuera. Dio a luz hace dos días, en esta misma habitación donde estamos ahora. Yo misma la ayudé a parir, porque la ambulancia de la Medialuna Roja no iba a llegar a tiempo, y ya era demasiado tarde para trasladarla a la clínica de la zona”. Una mujer, con la piel quemada por el sol, agregó entonces: “Yo también estoy encinta, y estoy muy preocupada pensando que quizás la ambulancia no llegue a tiempo. ¿Puedes creerlo? Estoy en el séptimo mes, y en todo este tiempo no me ha visto ningún obstetra”.  

Otra mujer me dice: ¿Sólo problemas de mujeres? Déjeme mostrarle algo, señora”-se quita el velo y me muestra el cuello, para que vea lo que ella define como “una extraña picadura de insecto”, que se ha difundido por toda la superficie de la piel, como si fuese un collar, cubierta de un pus blancuzco. Otras mujeres hacen el mismo gesto y me muestran sus cuellos y las picaduras de insectos en varias partes del cuerpo.

“Lo peor, señora –agrega una de ellas- es el hambre. Cuando ves a tus hijos sufrir de hambre frente a tus ojos y anhelar, aunque más no sea un pedacito de galleta. El otro día, una asociación distribuyó algunos productos de limpieza. Yo tomé uno y lo revendí, para poder comprar una pequeña cantidad de azúcar, para ponerle al té”.

Otra mujer prosiguió, diciendo: “Créase o no, señora, hay entes de caridad que vienen a dar apoyo psicológico y asistencia social. Mi hijo ni siquiera sale cuando ellos vienen, porque no le dan galletas. ¡Estos niños están hambrientos! Necesitan comida, ¿qué tipo de apoyo psicológico y social puede ser útil cuando las personas están hambrientas?”.

“Tiene toda la razón” le respondí.  Para luego agregar: “¿Y qué me dicen del agua? ¿De dónde sacan el agua para beber?”. Una de ellas me respondió: “De los contenedores que están aquí abajo, nos la da la Cruz Roja y la Medialuna Roja. Le juro, señora, que esta agua está contaminada. El otro día, cuando estaba bebiendo, encontré un gusano dentro del agua. Ya perdimos la cuenta de los casos de diarrea, pero no podemos hacer otra cosa que beberla. Quiero decir, intenté hervirla antes de dársela de beber a los niños, pero esto no siempre es posible”.  

Luego, las mujeres me acompañaron a los baños de la escuela, cuyas condiciones higiénicas eran pésimas a causa de la suciedad. Una de las mujeres, de temperamento fuerte, comenzó a hablarme en voz alta: “Señora, le juro que vivimos en el dolor más profundo y que nuestras vidas son cada vez más parecidas a las de las bestias, y no a la de seres humanos. Hace más de cinco meses que estamos en este centro de acogida, todos se han olvidado de nosotros, y no hay muchas personas que se interesen por nosotros. ¿Sabía usted que ya hubo dos casos de suicidio entre nosotros? ¡Y cómo seguir adelante sin matarse! ¡Sin trabajo, sin nada que hacer durante todo el día! Ya no les queda esperanza. Nuestras casas están destruidas, nuestras propiedades se perdieron, pero sobre todo, debemos salir adelante y todos se olvidan de nosotros”.

De repente, para esta mujer no alcanzaban las palabras para expresar todo el dolor que tenían en el corazón, y comenzó a llorar. Sin darme cuenta de que me había acercado a una de ellas, la estreché contra mi pecho y lloré con ella, en medio de ese baño mugriento.

Me miró a los ojos, sin poder creer lo que acababa de suceder y me dijo: “¿Sabe qué, señora? Quizás necesitemos más amor, que comida. Vienen a traernos ayudas, nos tratan como insectos y parecen sentir asco de nosotros. Tú, en cambio, parece que nos amas y que realmente quieres ayudar desde el fondo del corazón.  Mírate, estás aquí, con nosotros en estos baños mugrientos, y nos escuchas desde el fondo de tu corazón. Señora, quiero decirle que de verdad, no todas las personas son ladrones aquí, en Guta. Créame, esas personas huyeron a Turquía y ahora viven felices. En cambio, nosotros, que no hicimos nada malo a nadie, estamos sufriendo. Señora, se lo suplico, haga que el mundo escuche nuestra voz”.

Entonces, hago un llamado desde lo más profundo de mi corazón a todas las asociaciones que trabajan y se mueven en el territorio, y a los amigos y a las personas de buena voluntad, para que ayuden a nuestra gente que está en Guta. Porque estamos todos en Siria, y somos todos sirios, un solo cuerpo; y si un órgano sufre, entonces el cuerpo entero no puede estar bien, sea hoy o en un futuro próximo.

* Responsable de Comunicación en Caritas Siria

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