21/11/2016, 19.35
VATICANO
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El cotidiano tiempo de la Misericordia

de Bernardo Cervellera

La Carta apostólica “Misericordia et misera” indica cómo volcar lo “extraordinario” del Jubileo en lo ordinario de la vida. Vivificar el mundo con la experiencia de la misericordia para sanar las tristezas y la desesperación. No se hace ninguna mención de los obispos chinos ilícitos.  Todo es llevado nuevamente al “centro” del cristianismo, que es la misericordia de Dios en Jesucristo. Un punto desde el cual reemprender el cambio de la sociedad y el diálogo entre conservadores y progresistas en la Iglesia.

Roma (AsiaNews) – No hay revelaciones espectaculares ni proyectos gigantescos, o ideas deslumbrantes en la carta Apostólica del Papa Francisco al concluir el Jubileo extraordinario de la Misericordia. La “Misericordia et misera”, sin embargo, narra en un estilo coloquial, cómo el año “extraordinario” puede volcarse en “lo ordinario” de la vida, y la misericordia, tan ausente en nuestro mundo, puede reaparecer, con el testimonio de los cristianos, hasta llegar a plasmar una “cultura de la misericordia” en la sociedad.

La idea de que la compasión, la ternura, la atención al pobre y al enfermo inervan,  la vida cotidiana es una necesidad evidente a simple vista.  Nuestro mundo, mientras más globalizado y plagado de técnicas de comunicación se torna, tanto más parece hacer vivir a cada ser humano en una isla o sobre direcciones paralelas, al punto de que el pobre y el rico, el sano y el enfermo, el refugiado y el residente ya no se interrogan más. En el mar de la indiferencia se multiplican “las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas, entre ellas, muchos jóvenes” (n. 3).

Era necesario redescubrir la misericordia que reviste la “desnudez” del pecado y de la miseria humana incluso en la Iglesia misma: una exigencia que salió a flote en el Sínodo sobre la nueva evangelización, que ha descripto con creces la vida de los cristianos,  más dedicados a trabajar y a discutir sobre las consecuencias del cristianismo y a olvidarse del origen. Gracias al Papa Francisco –que retoma la obra de Juan Pablo II y de Benedicto XVI- la misericordia de Dios hacia nosotros vuelve a estar en el centro de la fe y del aliento cotidiano.

Por ende, no sorprende que el pontífice muestre, cual joyas preciosas,  los elementos tradicionales, comunes de la fe: la misa, los sacramentos, la Palabra de Dios, la homilía. A propósito de esto, hace un tiempo un profesor de comunicación me resaltaba el hecho de que no existe en el mundo una organización como la Iglesia católica, que tenga una audiencia tan vasta y tan constante, como los fieles que van a misa los domingos: si –como dice el papa- la homilía es un testimonio del sacerdote, una ayuda a comunicar a los fieles “la certeza de que Dios nos ama”.

 

Algunas novedades son introducidas: la absolución para los pecados de aborto es concedida a todos los sacerdotes; la validez de los sacramentos para los lefebvrianos; las celebraciones especiales de la Palabra de Dios; la Jornada Mundial de los pobres. Pero éstas no tienen un tono estridente: se ofrecen a la libertad y a la transformación del corazón, a las manos "artesanales" de cada fiel y de cada hombre.

En este sentido, aunque se habla de la vieja pobreza - el hambre, la sed, la enfermedad, el analfabetismo - y de la nueva como un no conocer a Dios ( "la más grande de las pobrezas y el mayor obstáculo para el reconocimiento de la dignidad inviolable de la vida humana", n. 18), no hay reclamos a los Estados, a los gobiernos, a las organizaciones internacionales: todo es propuesto a la libertad de cada hombre o mujer, y especialmente a los cristianos, que pueden catalizar las sociedades “de modo que los planes y proyectos no queden sólo en letra muerta".

No hay rastros de un borrón y cuenta nueva en relación al problema de los obispos ilícitos en China, que algunos comentaristas habían vaticinado. Y tampoco se intenta dar una solución racional a las cuestiones que se han debatido durante el Jubileo: cómo conjugar la misericordia y la justicia; el sacramento de la indisolubilidad y la comunión a los divorciados... En todo se ofrece una respuesta que está antes que las elaboraciones de la ley moral e intelectual. En realidad, este “antes” es un “centro”: " En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo"(n. 1).

Hay suficiente espacio para buscar una vía católica que reúna la misericordia y la justicia, la atención al Dios concreto y a la persona concreta ("no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una pecadora y el Salvador", n. 1 ).

Quizás este “centro” podría dar lugar incluso a un mayor diálogo entre aquellos que han llegado a ser de “partidos” en la Iglesia, el de los llamados “tradicionalistas”, que defienden una “justicia” fría, y el de los progresistas, que defienden una “misericordia” que carece de drama. 

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