13/10/2019, 14.10
VATICANO
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El papa canoniza a cinco santos, ‘luces gentiles entre las oscuridades del mundo’

En la misa en la plaza de S. Pedro, el Papa Francisco canoniza al Card. John Henry Newman; a la religiosa india Mariam Thresia Chiramel Mankidiyan; a la italiana sor Giuseppina Vannini; a la brasileña sor Dulce Lopes Pontes; a la suiza Margherita Bays, terciaria franciscana. Ellos son ejemplos de la “santidad de lo cotidiano. El camino de la fe vivido en tres etapas: invocar, caminar juntos, agradecer. "Un corazón que agradece permanece joven”.

 

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – “Pidamos ser así, “luces amables” en medio de la oscuridad del mundo. Jesús, «quédate con nosotros y así comenzaremos a brillar como brillas Tú; a brillar para servir de luz a los demás». Con estas palabras del card. John Henry Newman concluyó su homilía en la misa de canonización celebrada esta mañana en la plaza de S. Pedro, junto a decenas de miles de fieles provenientes de todo el mundo. El Card. John Henry Newman (1801-1890), pasado del anglicanismo al catolicismo, oratoriano, es uno de los 5 canonizados. Después está la religiosa india, Mariam Thresia Chiramel Mankidiyan (1876-1926),fundadora de las hermanas de la Sagrada Familia, la italiana sor Giuseppina Vannini fundadora de las Hijas de San Camilo; la brasileña sor Dulce Lopes Pontes (1914-1992), la suiza Margherita Bays (1815-1879), terciaria franciscana. El pontífice los definió como ejemplos de la “santidad de lo cotidiano”.

“Hoy damos gracias al Señor por los nuevos santos, que han caminado en la fe y ahora invocamos como intercesores. Tres de ellos son religiosas y nos muestran que la vida religiosa es un camino de amor en la periferias existenciales del Mundo. Santa Marguerite Bays, en cambio era una costurera y nos revela cuánto es potente la oración simple, la soportación paciente, la donación silenciosa: a través de estas cosas el Señor hizo revivir en ella el esplendor de la Pascua. Es la santa de lo cotidiano, del cual habla el santo Cardenal Newman, que dice: “El cristiano posee una paz profunda, silenciosa, escondida, que el mundo no ve. (...) El cristiano es alegre, tranquilo, bueno, amable, cortés, ingenuo, modesto; no tiene pretensiones, (...) su comportamiento está tan lejano de la ostentación y de la pomposidad que a primer vista se puede fácilmente tomarlo por una persona ordinaria” (Parochial and Plain Sermons, V,5).

Precedentemente, refiriéndose al Evangelio proclamado en la misa en latín y griego (Lucas 17-11, 19), el Papa puso en luz “el camino de la fe”, en tres etapas, “marcada por los leprosos curados, los cuales invocan, caminan y agradecen”.

“Ante todo invocar... igual que los leprosos, también nosotros necesitamos ser curados, todos. “Necesitamos ser sanados de la falta de confianza en nosotros mismos, en la vida, en el futuro; de tantos miedos; de los vicios que nos esclavizan; de tantas cerrazones, dependencias y apegos: al juego, al dinero, a la televisión, al teléfono, al juicio de los demás. El Señor libera y cura el corazón, si lo invocamos, si le decimos: Señor, yo creo que puedes sanarme; cúrame de mis cerrazones, libérame del mal y del miedo, Jesús”... La fe crece así, con la invocación confiada, presentando a Jesús lo que somos, con el corazón abierto, sin esconder nuestras miserias. 

Invoquemos con confianza cada día el nombre de Jesús: Dios salva. Repitámoslo: es rezar. La oración es la puerta de la fe, la oración es la medicina del corazón”.

La segunda etapa, es “caminar”. La fe se hace camino a través de pasos humildes y concretos, como humildes y concretos fueron el camino de los leprosos y el baño en el río Jordán de Naaman, en la primera lectura. (Cfr. 2 Reyes 5,14-17) Es así también para nosotros: avanzamos en la fe con el amor humilde y concreto, con la paciencia cotidiana, invocando a Jesús y siguiendo hacia adelante”.

Refiriéndose aún a los leprosos curados  evidencia otro aspecto interesante que emerge en el Evangelio y en el camino de los leprosos: avanzan juntos, siempre en plural: la fe es caminar juntos, nunca solos.De aqui la conclusión: “nosotros que estamos aquí para ‘celebrar la Eucaristía’, es decir, para agradecer“ –, es nuestra tarea hacernos cargo del que ha dejado de caminar, de quien ha perdido el rumbo: somos protectores de nuestros hermanos alejados. Somos intercesores para ellos, somos responsables de ellos, estamos llamados a responder y preocuparnos por ellos. ¿Quieres crecer en la fe? Ocúpate de un hermano lejano, de una hermana lejana”.

“La última etapa, es agradecer. Sólo al que agradece Jesús le dice: «Tu fe te ha salvado»(v.19). No sólo está sano, sino también salvado. Esto nos dice que la meta no es la salud, no es el estar bien, sino el encuentro con Jesús… Cuando encontramos a Jesús, el 'gracias' nace espontáneo, porque se descubre lo más importante de la vida, que no es recibir una gracia o resolver un problema, sino abrazar al Señor de la vida”.

El culmen del camino de fe-reafirmó- es vivir dando gracias… Cuando agradecemos, el Padre se conmueve y derrama sobre nosotros el Espíritu Santo. Agradecer no es cuestión de cortesía, de buenos modales, es cuestión de fe. Un corazón que agradece se mantiene joven. Decir: “Gracias, Señor” al despertarnos, durante el día, antes de irnos a descansar es el antídoto al envejecimiento del corazón. Así también en la familia, entre los esposos: acordarse de decir gracias. Gracias es la palabra más sencilla y beneficiosa.

 

 

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