30/05/2017, 11.55
ORIENTE MEDIO - EEUU
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La política de Trump en Oriente Medio: combatir el terrorismo, pero “business is business”

de Luca Galantini

La decisión de apoyar a los regímenes sunitas y la provisión de equipamiento militar a los sauditas  por casi 400 millardos de dólares. En Riad, Trump evitó hacer cualquier tipo de referencia a los derechos humanos y a las libertades civiles. Los primeros que deberán tomar previsiones en vista de la desenvuelta política exterior militarista y de seguridad del presidente de los EEUU, son los países europeos miembros de la OTAN.  

Milán (AsiaNews) – El grand tour del presidente de los EEUU, que abarcó el Oriente Medio y Europa, acaba de concluir, y el ciclón Trump ha regresado a su patria definiendo su misión como un éxito histórico.

No es posible comprender plenamente la estrategia de la lucha contra el terrorismo de matriz fundamentalista islámica implementada por el presidente de los EEUU, que la semana pasada se reunió con el soberano saudita Salman en Riad, sin leer atentamente las muchas contradicciones que en verdad han caracterizado a la dirigencia de Trump en relación a los líderes árabes y europeos en lo que concierne a la ruta Riad, Jerusalén, Roma, Taormina.  

El desenvuelto, en ocasiones brutal pragmatismo del líder de los EEUU confirma una vez más que “business is business”, y que en la base de la estrategia de política exterior y de seguridad americana, en lo que respecta a la lucha contra el terrorismo islamista, igualmente sigue estando como absoluta prioridad estipular contratos de enorme envergadura financiera para la industria bélica y de armamento estadounidense, actualmente líder sin parangón en el planeta en este sector de  la tecnología de punta, uno de los poquísimos que jamás atraviesa una crisis, sino que, lejos de ello, siempre está en franco crecimiento.

En Riad, el rey saudita anunció, ante un complacido Trump, la constitución de un frente diplomático y de inteligencia entre los países árabes del Golfo, en un intento por combatir el financiamiento de los movimientos terroristas de matriz islámica, y al mismo tiempo, renovó la voluntad de reforzar la colaboración con los EEUU en este frente, planteando la hipótesis del surgimiento de una futura “OTAN” árabe, capaz de involucrar a una cincuentena de países. En contraposición a esto, pocos días después, la cumbre de Taormina reveló la profunda crisis que atraviesa la OTAN, siendo que los países europeos están más que perplejos frente a los reclamos imperativos de Donald Trump de aumentar los gastos económicos destinados a armamento, frente a una dirigencia de los EEUU cada vez más autoritaria y desenvueltamente partidaria de una respuesta armada ante los problemas de geopolítica mundial y la gestión de ingentes flujos migratorios en los cuales halla su caldo de cultivo el radicalismo islamista.

A nadie se le ha escapado que en el discurso pronunciado ante el soberano saudita, el presidente de los EEUU dejó de lado, de manera explícita, cualquier reflexión o referencia a la cuestión de la cooperación internacional para la promoción de derechos humanos, de las libertades civiles, de sociedades democráticas y pluralistas en Oriente Medio, como objetivos fundamentales para la lucha y la prevención del terrorismo, ignorando conscientemente que Arabia Saudita, junto a otros Estados socios sunitas, figura en la black list [lista negra, ndt] de la ONU por los crímenes contra la libertad y en términos más generales, por la violación de los derechos fundamentales de las persona.

Una vez más, la interpretación extremista radical wahabita de la fe sunita de la realeza saudí, suele estar en la base de la formación de los movimientos fundamentalistas y de los terroristas islámicos. La misma no difiere mucho de la concepción ideal del Estado islámico de Daesh;  de igual manera, enormes flujos de financiamiento a estos grupos –que van desde ISIS llegando hasta Al Qaeda- se conectan indirectamente con esferas institucionales y de gobierno sauditas.

Pero “business is business”, y Trump deliberadamente ignora que un camino de pacificación en Oriente Medio sólo puede ser realizado de manera estable a través de una plataforma política y cultural común, basada en los principios de la ONU: centralidad de los derechos humanos, la promoción de la democracia, multilevel-governance [gobernabilidad en todos los niveles, ndt] valorización del rol de la diplomacia por encima del primado de las armas.

Muy eficazmente, el ex consejero en política exterior del presidente Reagan, Elliot Abrams, miembro del think tank [comité de expertos, ndt] republicano Council for Foreign Relations ha observado que resulta inútil declarar una guerra para erradicar el terrorismo islamista, sin antes identificar cuáles son las razones que conducen a su creación en el seno de los países árabes.  

El mastodóntico esfuerzo económico financiero que los EEUU han logrado arrancar a Arabia Saudita, a través de la estipulación de un contrato para proveer armas por casi 400 millardos de dólares –el mayor acuerdo que se haya registrado jamás en la historia económica de los EEUU en cuanto a armamento se refiere- es más que suficiente para garantizar faraónicas ganancias a la industria bélica americana, garantizando decenas de miles de puestos de trabajo en la patria, tal como prometió Trump, pero hace a un lado, deliberadamente, el núcleo de la cuestión: la resolución de la guerra interna que rige en el mundo político y cultural islámico en Oriente Medio, y que desde desestabiliza el área hace décadas. Es más, la decisión de privilegiar al aliado saudita complica ulteriormente el panorama geopolítico de la región, porque criminaliza y aísla,  unilateralmente y sin razón, a Irán, que en la retórica de Trump sería el verdadero y único inspirador del eje del mal terrorista islámico: la radicalización del enfrentamiento sectario entre el credo chiita y sunita en Oriente Medio se verá por lo tanto incrementada, al entregar en manos de la plana de líderes sauditas, la gestión político-militar de la alianza en el Oriente Medio.   

Esta estrategia geopolítica confirma en los hechos que el eslogan acuñado por el presidente de los EEUU en su campaña electoral, “America First”, prevé, en primer lugar, un reforzamiento de sello nacionalista de los intereses de los EEUU, que apunta a alianzas y a acuerdos de colaboración con una lógica absolutamente instrumental y, por ende, siguiendo una geometría variable, tras el surco de la doctrina Monroe del primado del interés nacional.

Los primeros que tendrán que tomar previsiones en vista de la desenvuelta política exterior militarista  y de seguridad de la administración Trump,  son los países europeos miembros de la OTAN: el presidente de los EEUU considera cada vez menos estratégica la colaboración político-militar con el Viejo Continente, y los líderes europeos, comenzando por Angela Merkel, han manifestado expresamente su intolerancia ante la estrategia geopolítica que lleva adelante la dirigencia de Trump, al punto de afirmar, de manera explícita, que Europa ya no pude confiarse exclusivamente a una alianza con los EEUU, sino que deberá ser capaz de rediseñar sus opciones político-militares de manera independiente.

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