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  • » 20/11/2015, 00.00

    LIBANO - SIRIA

    P. Mourad: en manos del Estado Islámico, tuve compasión de mis raptores

    Fady Noun

    El sacerdote sirio-católico relata cómo fueron los meses como prisionero en manos de las milicias yihadistas. Varias veces los carceleros escenificaron su ejecución. En una ocasión fue incluso fustigado. Luego del miedo inicial, él cuenta que experimentó la gracia del perdón y de la misericordia. Fue fundamental la oración y el encomendarse a la Virgen. El pensamiento por el Padre Dall’Oglio

    Beirut (AsiaNews) - “esta gracia me fue concedida para poder consolar a un gran número de personas”. Quien lo cuenta a AsiaNews es el Padre Jacques Mourad, sacerdote de la Iglesia sirio-católica. De paso por Beirut, nos encontramos con él en los salones de la iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación, en Beirut. Prior del Monasterio de Mar Elian y de los fieles del pueblo de Qaryatayn, que no dista mucho de Palmira, el Padre Mourad fue secuestrado por los milicianos del Estado Islámico (Daesh) el 21 de mayo de 2015. Él permaneció en manos de su raptores durante cuatro meses y 20 días, antes de regresar, el 10 de octubre, a lo que nosotros estamos habituados a llamar “el mundo libre”.

    Perseguido, amenazado, sometido a presiones continuas para que se convirtiera al Islam, él fue amenazado en varias oportunidades con ser decapitado, fue fustigado en una oportunidad y , al día siguiente, fue objeto de una ejecución fingida. Confinado en una habitación de baño alumbrada tan sólo por un pequeño óculo en altura, junto a un seminarista que hacía de asistente, reducido a una dieta forzada de arroz y agua que eran distribuidos dos veces al día, sin electricidad y sin reloj, apartado totalmente del mundo exterior, él logró permanecer vigilante y jamás vio dañada su fe. Muy por el contrario.  

    La gracia, o más bien el milagro del cual habla el Padre Mourad, es el de haber permanecido vivo, de no haber renegado de su fe, de haber vuelto a encontrar la libertad. “La primera semana fue la más difícil” cuenta. “Luego de tenerme durante días dentro de un automóvil, el domingo de Pentecostés me llevaron a Raqqa. Viví esos primeros días de prisionero entre el miedo, la cólera y la vergüenza”.

    El punto de inflexión en su tiempo como prisionero coincidió, según el Padre Jacques, con el ingreso en la celda, al octavo día, de un hombre vestido de negro, con el rostro enmascarado, como los de quienes aparecen en los videos de las ejecuciones de Daesh que se han vuelto famosos. Mi hora ha llegado, se dijo a sí mismo, presa del terror. Pero, por el contrario, luego de haberle preguntado cuál era su nombre y el de su compañero de prisión, el hombre se dirigió a él con un  “assalam aleïkoun” de paz y entró a su celda. A continuación, entabló con él una larga discusión como si el desconocido buscara verdaderamente conocer mejor a los dos hombres que tenía frente a sí.

    “Tómalo como un retiro espiritual” le respondió el desconocido, cuando el Padre Jacques lo interrogó acerca de las razones por las que estaba prisionero. “Desde ese momento –cuenta el sacerdote- mis oraciones, mis jornadas, adquirieron un sentido. Cómo puedo explicaros... advertí que a través de él, era el Señor mismo quien me dirigía estas palabras. Ese momento fue verdaderamente de gran consuelo”.

    “Gracias a la oración, he podido volver a encontrar mi paz” refiere el sacerdote sirio. “Era mayo, el mes de María. Nos pusimos a recitar el Rosario, algo a lo cual no estaba acostumbrado en el pasado. Toda mi relación con la Virgen María fue renovada. La oración de Santa Teresa de Ávila ‘Nada te turbe, nada te espante…’ también ella contribuyó a sostenerme; y para ella, una noche, compuse una melodía que luego comencé a cantar. La oración de Charles de Foucauld me ayudó a abandonarme en las manos de Señor, con la conciencia de que no me era dado elegir. Porque todo llevaba a pensar que el éxito final habría sido la conversión al Islam, o la decapitación".

    Prácticamente cada día, continúa, "entraban en mi celda y me interrogaban sobre mi  fe. Viví cada día como si fuera el último. Pero nunca abjuré. Dios me donó dos cosas: el silencio y la cortesía. Sabía que ciertas respuestas podían ser recibidas como una provocación, que cualquier palabra puede convertirse en fuente de tu condena. Así, me interrogaron acerca de la presencia de vino en el convento. Ese hombre me interrumpió de repente, cuando comencé a responder.  Él juzgó mis palabras insoportables. Era un “infiel”. Gracias a la oración, a los salmos, entré en un mundo de paz, que nunca me dejó. Recordé también las palabras de Cristo en el Evangelio de San Mateo: ‘Bendecid a quienes os maldicen, rezad por quienes os ultrajan’. Era feliz de poder vivir en lo concreto esta palabra. No es poco, poder vivir el Evangelio, en particular estos versículos tan difíciles, que hasta ese momento eran sólo teoría. Comencé a sentir una compasión por mis secuestradores”.

    “En esa ocasión, me volvieron a la mente también las canciones poéticas de Feyrouz – confiesa el Padre Jacques – y en particular una de ellas que habla del crepúsculo, que solía cantar cuando en Raqqa caían las largas noches de junio, que nos dejaban sumergidos en la oscuridad. Estas palabras y su música también se volvieron una fuente de oración. Ellas hablan del sufrimiento ‘inscripto en el crepúsculo”.

    Luego, un día, el Padre Jacques fue fustigado…

    “Era el 23ro día de prisión” recuerda. “Entraron de repente. Era una suerte de puesta en escena. La flagelación se prolongó durante unos treinta minutos. La fusta estaba compuesta por un pedazo de manga y de cuerdas. Sentía el dolor físico, pero en lo profundo, me sentía en paz. Tenía un gran consuelo en el hecho de saber que podía compartir de alguna manera los sufrimientos de Cristo. Al mismo tiempo, me sentía tan confundido por esto, porque pensaba que no era digno de esa gracia. Perdonaba a mi torturador, en el mismo momento en que me golpeaba. Cada tanto, consolaba con una sonrisa al diácono Boutros, mi compañero de cautiverio, que se rehusaba a verme objeto de los latigazos. Luego de lo cual, me acordé del versículo en el cual el Señor dice que en nuestra debilidad se manifiesta Su fuerza. Estaba cada vez más sorprendido, porque me sentía débil, tanto a nivel espiritual como físico. Vean, yo sufro de dolor de espalda desde la infancia y las condiciones de la prisión eran tales que no hacía sino aumentar, en un primer momento, el dolor.  En el monasterio disponía de un colchón especial para dormir, y de una silla ergonómica. En la celda, dormía en el piso y no había modo de caminar en un sanitario“

    Qué significaba tener mucho miedo –prosigue el Padre Jacques- lo conocí poco después, cuando un hombre armado con un puñal entró en nuestra celda; sentí en mi cuello el filo de la hoja del cuchillo y pensé que había comenzado la cuenta regresiva para mi ejecución. En mi espanto, me encomendé a la misericordia de Dios. En realidad, se trataba sólo de una puesta en escena”.

    El 4 de agosto pasado, el grupo yihadista logró asumir el control de Palmira, y de allí, el de Qaryatayn. Al alba del día siguiente, tomaron a la población como rehén, al menos 250 personas, llevándolas a Palmira. El 11 de agosto, el padre Jacques y su compañero emprendieron el mismo recorrido. Y fue así como: “Un jefe saudita entró a nuestra celda. ¿Eres tú el Padre Jacques? preguntó' 'Bueno, ¡entonces ven conmigo! ¡Los cristianos de Qaryatayn nos han dejado la cabeza cuadrada de tanto hablarnos de ti!' Inmediatamente pensé que me estaban preparando para ser ajusticiado. A bordo de una van, recorrimos un trayecto de cuatro horas. Pasada Palmira, desembocamos en una calle de montaña que conduce a un edificio clausurado con una enorme puerta de hierro. Apenas se abrió, vi a toda la población de  Qaryatayn allí reunida, maravillada de verme frente a ellos. Ése fue un momento de sufrimiento indecible para mí. Para ellos, un momento extraordinario de alegría”.

    Veinte días más tarde, el primero de septiembre, "nos llevaron a Qaryatayn, libres, pero con la prohibición de dejar el pueblo. En aquél momento se vino a crear una suerte de contrato religioso colectivo: nosotros estábamos ya bajo su protección (‘ahl zemmé’), bajo el pago de una tasa especial, la jizya, que afectaba a quienes no eran musulmanes. Podíamos incluso practicar nuestros ritos, con la condición de que éstos no fueran un elemento de escándalo para los musulmanes. Algunos días más tarde, al morir uno de nuestros feligreses, a causa del cáncer, fuimos al cementerio, en las cercanías del convento de Mar Elian.  Y fue en ese momento que me di cuenta de que éste había sido reducido al ras del suelo. Curiosamente, no tuve reacción alguna. Dentro mío, me pareció darme cuenta de que Mar Elian había querido sacrificar su convento y su tumba por nuestra salvación”.

    “Hoy – concluye el Padre Jacques, que desafió la prohibición de dejar Qaryatayn y encontró la manera de huir, a pesar de seguir manteniendo una total reserva sobre la modalidad con la cual huyó – sigo teniendo por mis raptores el mismo sentimiento que cuando estaba en su manos: la compasión. Este sentimiento viene de la contemplación de la mirada de Dios al estar frente a ellos, más allá de su violencia, como él la tiene hacia todos los hombres: una mirada de pura misericordia, sin el más ínfimo sentimiento de venganza”.

    “Hoy – prosigue el sacerdote, en otro tiempo monje en el monasterio de Mar Moussa, fundado por el Padre Paolo Dall’Oglio – sabemos que la oración es la vía de la salvación. Es necesario continuar rezando por los obispos y los sacerdotes que han desaparecido y de quienes no se sabe absolutamente nada. Rezar por mi hermano Paolo Dall’Oglio (desaparecido en Raqqa en julio de 2013). Debemos finalmente rezar por una solución política en Siria. Hoy recordamos el centenario de la masacre y el éxodo de 1915. Sin una solución política, la emigración completará el trabajo que las masacres de 1915 iniciaron.”.

     

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