12/05/2026, 17.09
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Gaza: las promesas ya incumplidas del Board of Peace

de Giuseppe Caffulli

La Franja sigue suspendida en un limbo donde la guerra todavía no ha terminado realmente, entre tímidos intentos de reactivar una normalidad política y contradicciones sin resolver. Fatah celebró elecciones administrativas en Deir el Balah el 25 de abril, mientras Hamas conserva redes locales. La única financiación del Board llegó de Emiratos y Marruecos y se ha destinado a la futura policía local. Mientras tanto, el 80% de las familias todavía depende del agua que distribuyen camiones cisterna.

 

Milán (AsiaNews) - En Gaza hubo elecciones aunque la guerra no ha terminado realmente. Fue en Deir el Balah el pasado 25 de abril, y es un ejemplo de la paradoja que atraviesa hoy la Franja: por un lado, los tímidos intentos de restablecer una normalidad política; por el otro, un territorio devastado, militarmente fragmentado y suspendido en una especie de limbo, donde la supervivencia cotidiana dista mucho de estar garantizada.

Sin embargo, en los últimos días concentró la atención de los medios la anunciada transferencia de cien millones de dólares desde los Emiratos Árabes Unidos al Board of Peace, el organismo internacional que estableció la resolución 2803 de la ONU para gestionar la transición de Gaza después de la guerra. Los fondos se utilizarán para la nueva fuerza de policía palestina que debe operar en la Franja: cerca de 27.000 hombres que serán adiestrados en Egipto y Jordania bajo supervisión internacional. Ha sido la contribución más consistente que ha llegado al Board hasta la fecha desde la conferencia de donantes que organizó en febrero la administración estadounidense.

La información financiera cuenta también otra historia. Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Arabia Saudita y Kuwait se han comprometido a aportar al menos mil millones de dólares cada uno al Board of Peace. Hasta ahora, sin embargo, además de Abu Dabi, solo Marruecos ha comenzado a transferir fondos de manera concreta, enviando algunos millones de dólares al organismo internacional. Una señal que indica hasta qué punto, detrás de las grandes declaraciones diplomáticas, el proceso de reconstrucción sigue siendo frágil y en gran medida incompleto. Por otra parte, durante la guerra que estalló después del 7 de octubre de 2023 entre Israel y Hamas, los Emiratos han sido el principal donante extranjero de ayuda humanitaria directa a la Franja, cubriendo casi la mitad de la ayuda que entró en Gaza.

En este punto es donde se pone en evidencia la naturaleza, por decir lo menos, ambigua del Board of Peace: no es una misión de la ONU ni es un gobierno. Ni siquiera es una simple plataforma diplomática. Es una estructura híbrida, política y financiera al mismo tiempo, pensada para administrar el vacío de soberanía que ha dejado la guerra. Al frente del mismo (es de sobra conocido) se encuentra Donald Trump, flanqueado por promotores inmobiliarios, empresarios y lobbistas como Steve Witkoff y Jared Kushner, junto con viejos zorros de la política como el ex primer ministro británico Tony Blair (que de 2007 a 2015 fue enviado del Cuarteto para Oriente Medio, formado por la ONU, la Unión Europea, Estados Unidos y Rusia). En torno a ellos gira un consejo internacional integrado por Estados árabes, tecnócratas palestinos, encargados de seguridad y grandes intereses económicos.

Sin embargo, muchos gobiernos europeos se muestran profundamente escépticos esta estructura. Existe la sospecha, nada infundada, de que el Board representa una suerte de gobernanza paralela, construida más en torno a los equilibrios geopolíticos estadounidenses y regionales que dentro de un auténtico marco multilateral. Algunos diplomáticos hablan abiertamente de una “ONU alternativa” centrada en el liderazgo personal del inquilino de la Casa Blanca. A esto se añade la ausencia de una verdadera representación palestina en los niveles de decisión más altos del organismo.

La cuestión crucial sigue siendo la soberanía. Hoy Gaza no pertenece realmente a nadie. Hamas ya no gobierna la Franja de la forma centralizada (y militarmente invasiva) que había establecido desde 2007, pero conserva redes locales, presencia armada y capacidad de influencia. Israel sigue manteniendo el control de seguridad sobre amplias zonas estratégicas y la mayoría de los puntos de acceso. El National Committee for the Administration of Gaza, el comité tecnócrata palestino que debería administrar la transición, todavía no ha conseguido establecerse plenamente en el territorio. El resultado es una soberanía fragmentada.

Dentro de esta situación, cuanto menos opaca, se encuadran las elecciones municipales en Deir el Balah el pasado 25 de abril, las primeras elecciones locales en la Franja después de casi veinte años. La votación se limitó a una sola ciudad (en un primer momento el gobierno palestino había anunciado elecciones administrativas en todas las circunscripciones) pero que ha tenido un valor simbólico. Deir el Balah fue elegida porque, para usar un eufemismo, está “relativamente menos destruida” que la ciudad de Gaza o de Rafah, y es uno de los pocos lugares donde ha sido materialmente posible organizar colegios electorales, padrones y una mínima campaña política. Todo ello a pesar de los bombardeos e incursiones del ejército israelí.

Las elecciones fueron promovidas por la Comisión Electoral Palestina a instancias de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) encabezada por Mahmoud Abbas (Abú Mazen). Y aquí se plantea otra paradoja. El Board of Peace no participó en la organización de la votación. La iniciativa provino del aparato político de Fatah, el partido de gobierno que desde hace años intenta consolidar una continuidad institucional entre Cisjordania y Gaza. Hamas, sumamente debilitado pero no completamente aniquilado, permitió que se llevara a cabo, y calificó estas elecciones como un paso importante. Sin embargo, más que una reconciliación parece una coexistencia forzada: un equilibrio táctico con el fin de no exacerbar los conflictos dentro de una situación que sigue siendo explosiva.

El significado político de la votación es evidente. Después de más de dos años de guerra y casi veinte años de división interna palestina, la ANP ha intentado medir el peso real de las diversas fuerzas en la Franja. Los resultados muestran que las listas afines a Fatah obtuvieron una ventaja relativa, los candidatos vinculados a Hamas están en retroceso y se observa un crecimiento significativo de listas civiles independientes. Pero probablemente el dato más importante sea otro: la política palestina, comprimida por la guerra y la militarización total del territorio, intenta fatigosamente resurgir de entre los escombros.

La bajísima participación, estancada en torno al 22%, evidencia, sin embargo, la profundidad de la fractura social. En Gaza, más de un millón y medio de personas viven todavía en campamentos temporales o estructuras improvisadas. Barrios enteros siguen en ruinas. El sistema de salud prácticamente ha colapsado. Según el informe conjunto del Banco Mundial, las Naciones Unidas y la Unión Europea, la reconstrucción de la Franja requerirá más de 71.000 millones de dólares en los próximos cinco años. Más de 370.000 unidades de vivienda han sido dañadas o destruidas; más del 75% del patrimonio residencial ha resultado afectado por la guerra. Para poder votar se requiere confianza en el mañana. Y hoy esa es la mercancía más escasa en la Franja de Gaza.

Las cifras solo reflejan una parte de la catástrofe. Para reconstruir el sistema de salud hacen falta más de diez mil millones de dólares. para las infraestructuras energéticas y redes de agua, otros miles de millones más. Actualmente la mayor parte de la electricidad proviene de generadores locales y paneles solares improvisados; casi el 80% de las familias depende del agua que se distribuye en camiones cisterna. Más que una fase posbélica, Gaza parece una sociedad que ha sobrevivido a la destrucción pero que todavía no ha salido de la guerra. Lo que está completamente aniquilado es el tejido social.

Y aquí es donde el Board of Peace muestra todos sus límites. Sin una estructura internacional capaz de coordinar seguridad, ayudas y reconstrucción, la Franja corre ciertamente el riesgo de un colapso definitivo. Pero al mismo tiempo, al haber descartado la opción de una misión completa de la ONU, el Board nace dentro de una profunda contradicción política: enormes recursos económicos, gran peso diplomático (tanto estadounidense como árabe), pero una legitimidad local que todavía hay que conquistar.

La nueva fuerza de policía palestina, financiada gracias a la generosa contribución de los Emiratos, debería (según los proyectos de Trump y sus socios) reemplazar gradualmente tanto a Hamas como a la presencia israelí. Pero el reclutamiento apenas está comenzando (quienes presenten una solicitud para ingresar en la nueva fuerza de policía deberán someterse al control del Shin Bet, los servicios secretos internos israelíes), el control territorial sigue fragmentado y la cuestión del desarme de Hamas dista mucho de estar resuelta.

Paralelamente, el Board también está intentando construir una Fuerza de Estabilización Internacional, un cuerpo multinacional que debería acompañar la retirada gradual del ejército israelí de la Franja y garantizar la seguridad en las zonas administradas por el nuevo aparato palestino. Indonesia, Albania, Kazajistán y Kosovo han manifestado su disposición a participar en la misión, pero hasta ahora no se ha desplegado ningún contingente, ni siquiera para dar comienzo a las primeras fases de formación. Estados Unidos, sin embargo, sigue apoyando abiertamente el proyecto. Trump firmó recientemente una orden ejecutiva para autorizar la venta de “artículos y servicios para la defensa” estadounidenses al Board of Peace, material destinado con toda probabilidad precisamente a las futuras fuerzas de seguridad de la transición en Gaza. El organismo “diseñado para la paz” se está convirtiendo así en una herramienta útil en manos de la industria bélica estadounidense.

En resumen, Gaza se encuentra en un estado de suspensión. La atención internacional está concentrada en Irán, el Mar Rojo, el Estrecho de Ormuz, la crisis energética global y la competencia entre potencias regionales. Mientras tanto, en la Franja continúa consumándose una de las mayores crisis humanitarias contemporáneas. Las elecciones en Deir el Balah son el intento, obstinado, aunque probablemente poco realista, de reconstruir una forma mínima de política dentro de un espacio donde no existe la soberanía. La posguerra en Gaza aún no es la paz. Quizás “el día después” ni siquiera ha comenzado todavía.

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