Las selecciones asiáticas en el mundial de fútbol más ‘politizado’ de la historia
Desde el premio “FIFA de la paz” concedido a Trump hasta los visados temporales para la selección iraní, la edición de 2026 promete ser la más concurrida (48 equipos, 104 partidos) y la más polémica. Nueve selecciones asiáticas, con el debut absoluto de Jordania y Uzbekistán. Las esperanzas del continente están puestas en Corea del Sur y Japón. China es una de las grandes excluidas pese a los miles de millones que ha invertido en el fútbol.
Milán (AsiaNews) - Atletas iraníes con visados de pocas horas limitados únicamente a los partidos; futbolistas iraquíes retenidos en la aduana por los estrictos controles; la delegación uzbeka minuciosamente registrada en la pista de aterrizaje, como si se tratara de un grupo terrorista dispuesto a perpetrar un atentado. El Mundial de fútbol de 2026 en Estados Unidos, Canadá y México debía ser “el más inclusivo” de la historia según los organizadores, empezando por el presidente de la FIFA (la Federación Internacional que rige el fútbol mundial), el suizo Gianni Infantino. El máximo dirigente del deporte más practicado del mundo que, para congraciarse con el anfitrión Donald Trump, se inventó un supuesto “FIFA Peace Prize” para otorgárselo al presidente estadounidense. En realidad, pocas horas antes del puntapie, previsto para esta noche a las 21 hora italiana con el partido inaugural entre México y Sudáfrica, la competición se está convirtiendo en una pesadilla para algunas delegaciones asiáticas, sometidas a abusos y medidas represivas que empañan el ambiente festivo.
Récord de asistencia
La Copa del Mundo que ha congregado el mayor número de equipos, incluyendo los tres anfitriones —48 frente a los 32 de las últimas ediciones— también registra el récord absoluto de participación de selecciones asiáticas, nada menos que nueve: Irán, Japón, Uzbekistán, Corea del Sur, Jordania, Qatar, Arabia Saudita, Irak y Turquía (aunque en realidad pertenece a la UEFA y juega los torneos de selecciones y de clubes en Europa). Dos de ellas, Jordania y Uzbekistán (junto con Cabo Verde y Curazao), harán su debut absoluto en la Copa del Mundo, en la que participan por primera vez. El investigador sénior Ronojoy Sen, experto en política, sociedad y gobernanza de la Universidad Nacional de Singapur, explica: “La Copa del Mundo se está volviendo más inclusiva y está brindando la oportunidad de participar a más países”. El mayor número de equipos del continente, continúa, evidencia “la creciente importancia de Asia en el panorama político global”; y aunque esto “podría significar una disminución de la calidad y un torneo más largo”, también favorece “una mayor diversidad”.
Para 2026 —la 23ª Copa del Mundo de la historia— hay dos grandes novedades para Asia: la primera participación de Uzbekistán, entrenada por el campeón del mundo italiano Fabio Cannavaro, actualmente en el puesto 50 del ranking global y que tiene como única estrella al defensor del Manchester City y de la Premier League Abdukodir Khusanov. La otra debutante es Jordania, que no cuenta con rostros conocidos y se ubica en el puesto 63 de la clasificación FIFA. Apodado Al Nashama (“Los valientes”), el director técnico del equipo es el exfutbolista marroquí Jamal Sellami y, a pesar de que no posee una gran tradición futbolística, en los últimos años se ha consolidado en torneos de alto nivel. Prueba de ello es el segundo puesto en la Copa de Asia (AFC) de 2023, donde perdió la final contra Qatar, país anfitrión de la última edición de la Copa del Mundo, en 2022. Volviendo al ámbito estrictamente futbolístico, las selecciones más representativas son dos: los “rojos” de Corea del Sur y los “samuráis azules” de Japón, que podrían superar la fase de grupos, aunque la posibilidad de una victoria final parece por el momento bastante remota. En el Mundial anterior de Qatar 2022, el País del Sol Naciente venció a Alemania y España en esa etapa, y cayó en los octavos de final por penales contra Croacia. Y todavía sigue vivo en la memoria el recuerdo de los aficionados nipones limpiando las gradas de los estadios después de los partidos. La selección surcoreana es la que más veces ha participado en los mundiales (12), y llegó a las semifinales en el 2002 cuando organizó el torneo junto con Japón, pero en los últimos años parece haber perdido terreno.
La guerra del fútbol
Más allá del número récord de participantes y de la complejidad de un evento que durará 39 días (del 11 de junio al 19 de julio), con 104 partidos y la polémica por los elevados precios de las entradas, lo que acapara la atención es la guerra lanzada por Estados Unidos (e Israel) contra Irán, dos de las selecciones participantes. En un editorial dedicado a la Copa del Mundo, a la que define como “caótica y controvertida”, el diario Straits Times señala que “la guerra y el sufrimiento” han dominado las noticias en las semanas previas al torneo. Un evento que, más que por la “fiebre del fútbol” que despiertan los partidos, parece caracterizarse por los rígidos controles de acceso, la crisis política que lo acompaña y el marco de conflicto entre la República Islámica y Estados Unidos, el país donde se jugará la gran mayoría (78) de los partidos. Además, sigue diciendo el editorial, “es la primera vez en la historia [de los mundiales] que un país anfitrión se encuentra en conflicto militar abierto con un país que participa directamente en el torneo”.
Tampoco han faltado problemas y dificultades en el pasado: en el Mundial de Qatar 2022 salió a la luz el drama del trabajo forzado y de las víctimas entre los trabajadores migrantes en las obras de construcción de los estadios; Rusia 2018 estuvo marcado por las tensiones vinculadas a la anexión de Crimea por parte de Moscú cuatro años antes, a pesar de la oposición de Occidente, así como las acusaciones de dopaje de Estado en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014. Terrence Burns, consultor deportivo que ha participado en 15 candidaturas olímpicas y dos para la Copa del Mundo de la FIFA, confirmó que la edición de 2026 es “única” por su contexto geopolítico. “Trabajé en la adjudicación [en 2018] y la situación actual del mundo era inimaginable cuando ganamos. La mayoría de las Copas del Mundo tienen una o dos tramas políticas de fondo. Esta tiene media docena —añade el experto— y la posición geopolítica de Estados Unidos es una de ellas”.
Otro de los temas “políticos” relacionados con el Mundial es la presencia de agentes del ICE (Immigration and Customs Enforcement) a los que se suma el control fronterizo, que más de un comentarista y los mismos deportistas han calificado de contrario a los derechos humanos. La Rajaratnam School of International Studies considera que existe “un clima de inquietud... por lo menos entre ciertos grupos. Además, obviamente, [el presidente estadounidense Donald] Trump querrá dejar su sello, lo que significa que, hasta cierto punto, todo el evento, si no está ya politizado, se politizará. Esta podría resultar una Copa del Mundo muy diferente de las anteriores". Asimismo, un estudio conjunto de la FIFA y la Organización Mundial del Comercio (OMC) muestra que el Mundial por sí solo puede aportar 41.000 millones de dólares al PIB global y generar más de 800.000 puestos de trabajo, de los cuales 185.000 en Estados Unidos. También se beneficiarán las aerolíneas, las empresas de alimentos y bebidas, la industria de ropa deportiva, la radiodifusión y las plataformas de redes sociales, tal como señala el Bank of America.
China, la gran excluida
Finalmente, una de las mayores decepciones deportivas proviene de Asia: la no clasificación de China, a pesar de haber invertido en los últimos años miles de millones de dólares en fútbol, uno de los pilares del liderazgo global según el propio presidente Xi Jinping. La selección nacional presenciará la competición como espectadora, un claro revés para la segunda economía del mundo. El presidente había expresado en el pasado sus famosos “tres deseos” relacionados con el fútbol, que incluyen ser la sede y ganar el torneo. En abril de 2016, la Federación China de Fútbol presentó un ambicioso plan para alcanzar el liderazgo mundial a mediados de siglo. Uno de los objetivos era construir 70.000 canchas en todo el país y contar con 30 millones de jugadores jóvenes “reclutados” para 2020. En realidad, diez años después los resultados están muy lejos de las metas fijadas, y la selección nacional ha caído desde el puesto 82 que ocupaba en 2016 al 94 actual (sobre 211 países). La dolorosa derrota contra Indonesia impidió que clasificara, y la única clasificación sigue siendo la de 2002 en Corea y Japón, donde quedó eliminada en la fase de grupos sin marcar un solo gol.
Entre 2015 y 2017 los clubes de la Superliga china (CSL) gastaron 1.120 millones de dólares en el mercado de pases, acumulando un déficit neto de más de 818 millones de dólares, según datos de Transfermarkt. A principios de 2016, el récord se batió cuatro veces en un solo mes con los fichajes sucesivos de estrellas del fútbol como Oscar, Paulinho, Carlos Tévez y Hulk. El mercado inmobiliario estaba vinculado al fútbol, ya que en 2018 había 16 propietarios de clubes de primer nivel que tenían intereses en ese sector. Sin embargo, el modelo basado en megainversiones y gastos desorbitados no podía durar, y se transformó muy pronto en una burbuja destinada a estallar. No obstante, también hay señales alentadoras para el fútbol chino, que parece haber abandonado las inversiones multimillonarias en favor de una planificación más prudente: China llegó a la final de la Copa de Asia AFC Sub-23 por primera vez en enero pasado, y perdió solo ante Japón, una potencia continental. Al mismo tiempo, en un año se ha duplicado el número de personas que lo practican, despertando un renovado interés entre los más jóvenes. Si el Mundial sigue siendo un “sueño americano”, el futuro del fútbol chino ha cambiado de perspectiva: ya no desde arriba hacia abajo, sino que empieza desde la base para alcanzar nuevas cimas.
