Beijing experimenta con algoritmos para 'prevenir' protestas sociales
La Policía de Fujian ha patentado un sistema basado en inteligencia artificial que se propone identificar "potenciales incidentes masivos" en el momento en que empiezan a gestarse. El mecanismo se basa en el cruce de datos procedentes de sensores acústicos, cámaras de vigilancia e informes oficiales. El China Digital Project comenta que es la última frontera tecnológica de la “Experiencia de Fengqiao”, el modelo maoísta para la gestión del orden social.
Milán (AsiaNews/Agencias) - Un documento técnico, escueto y aparentemente inocuo que publicó la Academia de Policía de Fujian en diciembre del año pasado, ofrece una visión reveladora de lo que podría ser el futuro del autoritarismo en la era de la inteligencia artificial. Alex Colville lo explica en un interesante artículo que apareció en estos días en el China Media Project, un sitio con sede en Estados Unidos que monitorea todo lo que sucede en el panorama de la información y el análisis de datos en la República Popular China.
Una nueva patente presentada por la Academia - que depende directamente del gobierno provincial de Fujian - se describe como un sistema capaz de detectar en su origen “potenciales incidentes masivos” (潜在群体性事件), un eufemismo burocrático oficial que se usa a menudo en China para indicar protestas colectivas, revueltas, manifestaciones, huelgas y otras formas de desorden público organizado.
El proyecto consiste en el uso de un sistema de inteligencia artificial (IA) alimentado por un vasto flujo de datos procedentes de sensores acústicos, cámaras de vigilancia e informes oficiales. El algoritmo debería reconocer indicios de concentraciones anómalas o aumento de la tensión y activar una alerta temprana para las fuerzas del orden. Si un episodio escapa al monitoreo, el sistema analiza retroactivamente vídeos y grabaciones para mejorar su capacidad de detección, aplicando el aprendizaje automático a la vigilancia predictiva.
Esta patente —explica China Digital Media— no es un caso aislado. En los últimos doce meses instituciones públicas y empresas privadas de toda China han presentado propuestas similares: integrar el big data procedente de la extensa infraestructura de control del país — cámaras urbanas, satélites, sensores ambientales, redes sociales, informes de servicios sociales — en modelos de inteligencia artificial que permiten anticipar y prevenir disturbios. El objetivo declarado es una fusión de la respuesta humana y las máquinas que permita reforzar la seguridad interna mediante sistemas de alerta temprana.
El impulso político ha llegado desde arriba. Ya en 2024 el primer ministro Li Qiang presentó la “iniciativa IA+”, la estrategia nacional destinada a difundir la inteligencia artificial en todos los sectores de la economía y la sociedad. En el Informe de Trabajo del Gobierno se destacaba que la IA podía modernizar rápidamente la “gobernanza social”, un concepto que en China abarca el conjunto de herramientas utilizadas por el Estado para monitorear, gestionar y contener el descontento.
Desde principios de 2025 se han elaborado numerosos proyectos en este sentido. Se asigna una función clave a los llamados “trabajadores en red”, los operadores de barrio encargados de vigilar porciones específicas del territorio urbano, recopilando información sobre los residentes, actividades y problemas potenciales. Sus informes se suben en tiempo real a plataformas digitales y constituyen una valiosa base para el análisis algorítmico.
Algunas empresas tecnológicas buscan potenciar aún más este sistema. Huawei ha presentado una patente que permite a una red neuronal identificar con precisión el lugar donde se tomó una fotografía cargada por un operador de barrio, llegando incluso a reconstruir modelos tridimensionales de la zona. En Jiangxi, una unidad de investigación gubernamental propuso una gestión urbana dirigida por la IA que puede predecir incidentes gracias a los datos transmitidos por terminales inteligentes portátiles.
Esta integración entre ciudadanos, burocracia y tecnología se enmarca en una visión política más amplia. El presidente Xi Jinping ha revitalizado en los últimos años la “Experiencia de Fengqiao”, un modelo maoísta de resolución de conflictos a nivel local basado en la participación de las comunidades en la gestión del orden social. En agosto de 2025 el Consejo de Estado reiteró que la iniciativa IA+ debe contribuir a un sistema de “co-gobernanza pluralista”, en el que humanos y algoritmos colaboren para garantizar la estabilidad. La innovación tecnológica, en este contexto, no representa una ruptura con el pasado, sino un multiplicador de prácticas de control consolidadas.
No faltan, sin embargo, implicaciones controvertidas. Varias patentes sugieren que los sistemas de monitoreo podrían afectar de manera desproporcionada a los sectores más vulnerables de la población. Algunos algoritmos clasifican el riesgo basándose en categorías muy amplias: antecedentes penales, abuso de drogas, enfermedades mentales graves o relaciones familiares conflictivas. En otros casos, factores como el desempleo prolongado, la falta de seguridad social, la falta de vivienda o incluso el no salir de casa durante más de siete días se consideran indicios de peligro potencial.
Especialmente delicada es la cuestión de los “peticionarios”, los ciudadanos que se dirigen a las autoridades superiores para denunciar problemas sufridos a nivel local. Una universidad de Chongqing ha desarrollado un sistema de monitoreo diseñado específicamente para esta categoría, históricamente considerada por las autoridades como una fuente de inestabilidad. Sensores acústicos y cámaras instalados en las oficinas públicas deberían detectar estados emocionales intensos a través del reconocimiento facial y el análisis del ruido, activando alertas preventivas a la policía.
No está claro todavía — concluye el artículo del China Digital Project — cuántos de estos sistemas se implementarán plenamente. Pero la dirección es evidente: la IA no es solo una herramienta de innovación económica, sino también un pilar cada vez más central en la gestión del orden social. Y en la transición del hombre al algoritmo, el control corre el riesgo de volverse más capilar y al mismo tiempo menos visible.
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