02/05/2026, 16.55
MUNDO RUSO
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El nuevo patriarca de Georgia y la Ortodoxia mundial

de Stefano Caprio

El Sínodo ha elegido a los tres candidatos para suceder a Ilja II, quien encabezaba la Iglesia georgiana desde 1977. El más votado fue el metropolitano Shio, de 57 años, quien de hecho ya era el regente junto al anciano patriarca desde hace diez años. Pero esta transición es sumamente delicada, porque en un país profundamente polarizado y en el contexto del enfrentamiento entre Moscú y Constantinopla, la Iglesia ortodoxa georgiana no está eligiendo solo una persona o un programa de desarrollo para su futuro.

El Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa Georgiana ha seleccionado a los tres candidatos para el cargo de katholikos-patriarca de toda Georgia. Tras una votación secreta, el Locum Tenens del Trono Patriarcal, el metropolitano Shio (Mudzhiri) de Senaki y Chkorotsku, de 57 años, obtuvo el mayor número de votos, con 20 de los 39 obispos a favor de su candidatura. Esto lo convierte en el claro favorito para suceder al difunto patriarca Ilja II, y convertirse en el 142° patriarca de Georgia con el nombre de Shio III. El metropolitano Job (Akiashvili) de Ruis-Urbnisi y el metropolitano Grigol (Berbichashvili) recibieron siete votos cada uno. Entre los candidatos también se encontraban el obispo Grigol Katsia de Tsalka, el obispo Melkhizedek Khashchidze de Margveti y Ubisi y el obispo Dosifej Bogveradze de la diócesis de Bélgica y Países Bajos, que representan a otras regiones internas y externas de la Iglesia georgiana.

La elección del nuevo patriarca no es solo la solución canónica de la gestión eclesiástica de una Iglesia nacional, como ocurre habitualmente en todas las Iglesias ortodoxas del mundo. Ante todo, supone un cambio epocal por los tiempos de sucesión: Ilja II encabezó la Iglesia georgiana desde 1977, atravesando la etapa soviética de Brezhnev, la perestroika de Mijaíl Gorbachov y de su principal partidario, Eduard Shevardnadze, quien fue luego el primer presidente de la Georgia postsoviética entre 1995 y 2003, hasta los años más recientes del conflicto con la Rusia de Vladímir Putin, la separación de los territorios de Abjasia y Osetia del Sur (cuyos obispos no han sido admitidos en el Sínodo) y el enfrentamiento interno entre los soberanistas prorrusos de Sueño Georgiano y los liberales pro occidentales del Movimiento Nacional.

Ilja II gozaba, por tanto, de una autoridad indiscutible y superior a la de todos los políticos, algo que no será posible atribuir a ningún sucesor, porque gestionó la Iglesia como una institución capaz de proteger al pueblo georgiano en medio de las tormentas de los regímenes opresivos y de los oscilantes, de las guerras civiles y de los conflictos externos, en una región que siempre ha sido "explosiva", como el Cáucaso, sobre todo en su parte meridional. Y antes de estos acontecimientos del último siglo, habría que recordar las múltiples fases de fundación y reconstrucción de la Iglesia ortodoxa, desde los orígenes de los tiempos conciliares hasta la caída del Imperio romano.

El Cáucaso, en efecto, es la frontera entre Europa y Asia, donde los antiguos Estados cristianos de Georgia y Armenia han sabido conservar y defender su fe y a sus poblaciones (en Georgia conviven decenas de etnias diferentes), rodeados por los países musulmanes de Turquía, Azerbaiyán e Irán. La Iglesia de Georgia disputa a la de Armenia la antigüedad de "Estado cristiano": los armenios lo proclamaron incluso antes de la conversión del emperador Constantino; los georgianos, en cambio, siguieron vinculados a la  Constantinopla, manteniéndose como "apostólicos ortodoxos" frente a los "apostólicos monofisitas" armenios, que no suscribieron las declaraciones dogmáticas del Concilio de Calcedonia del 451, el que precisamente instituyó la definición de "ortodoxia", la verdadera fe del Credo niceno-constantinopolitano.

Según la tradición bizantina, la Iglesia en Georgia fue fundada por el apóstol Andrés Protoclito, "el primer llamado", quien, según las narraciones hagiográficas, desde Bizancio se dirigió al Cáucaso antes de llegar a las orillas del Dniéper, donde profetizó el futuro nacimiento de Kiev, e incluso hasta los lagos del norte donde surgiría Nóvgorod, la primera ciudad rusa. Hasta la que entonces se llamaba Iberia, la futura Georgia, llegaron también los apóstoles Simón el Cananeo, sepultado en una aldea cerca de la actual Sujumi (capital de la separatista Abjasia), y el "decimotercer apóstol" Matías, también sepultado cerca del puerto de Batumi. Según otras fuentes, también llegaron a estas tierras los apóstoles Judas Tadeo y Bartolomé, que habían predicado el Evangelio en la vecina Armenia.

Georgia tiene una población inferior a los 4 millones de habitantes —aunque últimamente se está poblando de refugiados rusos y ucranianos que huyen de la guerra— y, por lo tanto, es una de las Iglesias menores en términos demográficos entre las quince Iglesias ortodoxas autocéfalas. Sin embargo, la elección del nuevo patriarca influye en el equilibrio de toda la Ortodoxia mundial, más que muchas otras Iglesias más grandes. La Iglesia madre de Constantinopla también ha quedado reducida a la minoría griega en Turquía, a pesar de que tiene una influencia y una jurisdicción universales, mientras que la propia Grecia permanece en un estado canónico inferior, al no poder objetar el primado ecuménico de Bartolomé II (Archontonis), de 86 años, en el cargo en Constantinopla desde 1991. Todas las demás Iglesias, desde los Balcanes hasta Moscú, nacieron en tiempos mucho más recientes que Tiflis: Moscú se aseguró el patriarcado en 1589, y las demás recién en el siglo XIX, con los movimientos nacionales de rebelión contra la dominación turco-otomana. Los intentos de búlgaros y serbios de afirmarse como patriarcados independientes en tiempos antiguos fueron sofocados de inmediato y permanecieron bajo la jurisdicción bizantina.

La Ortodoxia vive hoy una condición de cisma muy dramática, a raíz de la ruptura entre Moscú y Constantinopla en 2019, cuando Bartolomé concedió la autocefalia a la Iglesia ucraniana. Desde entonces, el patriarca de Moscú Kirill (Gundjaev) se atribuye un papel universal para preservar la "verdadera fe" frente a la degradación "occidental", provocada por la sumisión de Constantinopla a las políticas estadounidenses y europeas, una polémica en curso desde hace siglos con diversas variantes. Las alineaciones a favor de una u otra Iglesia son ambiguas: las Iglesias de clara etnia griega, como Atenas y Alejandría de Egipto, apoyan abiertamente a Bartolomé, mientras que, con respecto a Moscú los únicos que se declaran claramente a favor son los patriarcados de Antioquía y, justamente, el de Tiflis, que precisamente por su antigüedad resulta particularmente importante para el prestigio de Rusia. La división mundial de los ejércitos de Oriente y Occidente a menudo se ve entonces inspirada y condicionada por las hostilidades entre los "ejércitos espirituales" de las Iglesias, como resulta particularmente evidente en Ucrania, donde todas estas jurisdicciones se enfrentan desde hace varios siglos. Y por la misma razón el nuevo patriarca georgiano deberá asumir posiciones de gran influencia no sólo eclesiástica sino también política e ideológica a nivel universal.

Por lo tanto, la Iglesia ortodoxa georgiana no sólo está eligiendo a una persona o un programa de desarrollo para su futuro sino que está determinando el alcance de su propia influencia política. Cabe preguntarse hasta qué punto serán independientes los obispos del Sínodo georgiano en su elección, y si un "cónclave al estilo georgiano" será capaz de tomar distancia de la "guerra de tronos" que está desgarrando a la Ortodoxia global, así como de la constante inestabilidad política interna en Georgia, y de tomar la decisión más adecuada para la propia Iglesia georgiana, y no para Moscú o el patriarcado de Constantinopla, para el Sueño Georgiano o para la oposición.

La búsqueda de un compromiso por parte de los padres sinodales se expresa en el deseo compartido de evitar un cisma, ya que la autoridad de la Iglesia en la sociedad georgiana disminuirá inevitablemente con la desaparición de una figura política de la magnitud del patriarca Ilja II. Sin embargo, los contornos del compromiso todavía son demasiado genéricos: el candidato no debe ser "ni de unos ni de otros", es decir, ni un partidario declarado de Constantinopla ni un filoruso declarado, ni un occidentalista convencido ni un ferviente rusófilo, ni un reformista ni un reaccionario. El único problema es dónde encontrar a un candidato así, en una situación en la que tanto la Iglesia georgiana como la sociedad georgiana en su conjunto se han desarrollado durante décadas dentro de un paradigma polarizado.

El problema actual de la Iglesia ortodoxa georgiana radica en que durante todo el periodo postsoviético Georgia ha sido un campo de batalla entre actores externos y, en consecuencia, el apoyo informativo, ideológico y material se ha prestado solo a dos polos, tanto en la sociedad como en la Iglesia. El símbolo del primero era el "sacerdote con la bandera de la UE", mientras que el del segundo era el "sacerdote con el taburete", como en un episodio muy conocido de 2013, cuando algunos clérigos se comportaron de manera agresiva durante una marcha a favor del "movimiento LGTB", catalogado como extremista y prohibido en Rusia. Ambos polos necesitan su propia victoria personal, no una "paz" abstracta e incomprensible; sencillamente, en esta matriz georgiana no hay espacio para un sano centrismo, para la idea de que la Iglesia sea apolítica. Un ejemplo emblemático fue también un episodio de 2024, cuando el "favorito" Shio intentó conciliar a las dos facciones de la Iglesia: las palabras del metropolitano, según las cuales "el amor ayudará a resolver pacíficamente las divergencias", cayeron en saco roto, y los defensores de los "valores tradicionales" lo acusaron de "maniobras" y de "ceder ante la oposición", mientras que los partidarios de la integración europea simplemente ignoraron sus palabras sobre la paz, y vieron en cambio "declaraciones antioccidentales" en el discurso del metropolitano.

Shio es, de todos modos, el único rostro reconocido por toda Georgia y, en cierto sentido, podría convertirse en una figura capaz de "elevar" a la Iglesia ortodoxa georgiana y permitir que se mantenga en la esfera pública. A pesar de que todavía es relativamente joven, en la práctica ha gobernado la Iglesia georgiana durante casi diez años, en la última etapa de la vida de Ilja II, y el público eclesiástico es generalmente conservador y desconfía de los cambios. La paradoja de la situación eclesiástica en la Georgia moderna es que cuanto más "prorruso" se muestre el futuro patriarca, menor será su influencia en Georgia, y más incontrolable y "antirrusa" se volverá toda la Iglesia ortodoxa georgiana.

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