La Iglesia de Georgia y la sucesión de Ilia II
El 3 de abril se inauguró el Sínodo encargado de seleccionar a los candidatos. El patriarca de Constantinopla, Bartolomé, propuso dos nombres, lo que provocó una reacción furiosa por parte de los rusos. La Iglesia georgiana fue una de las primeras en adoptar una orientación muy radical y agresiva, al abandonar el Consejo Ecuménico de Iglesias. El teólogo Čapnin: «El verdadero problema es el nacionalismo religioso».
Tiflis (AsiaNews) - Han pasado ya más de tres semanas desde la muerte del patriarca ortodoxo de Georgia, Ilja II (Gudušauri-Šiolašvili), fallecido el pasado 17 de marzo a la edad de 93 años. Fue elegido para el trono patriarcal de Tiflis en 1977, en plena época soviética, bajo el control total del Consejo de Asuntos Religiosos de Moscú. Ahora se abre una etapa totalmente nueva para la Iglesia georgiana, teniendo en cuenta que el 80.º patriarca ha permanecido en el cargo más tiempo que cualquiera de sus predecesores en la historia.
El patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé II (Archontonis), se ha adelantado así a los debates sobre las modalidades de elección de su sucesor, proponiendo a dos candidatos que considera aptos para ocupar el solemne cargo: el metropolitano para Europa Occidental Avraam (Garmelja) y el metropolitano de Poti y Khobi (en la región occidental de Georgia), Grigorij (Berbičašvili). Esta iniciativa ha provocado una reacción furiosa por parte de los rusos, con una declaración de los servicios de inteligencia de Moscú, según la cual «el Fanariota solo busca colocar a personas sometidas a él para satisfacer su sed de poder», apelando a una norma del II Concilio Ecuménico del siglo IV, según la cual «los obispos regionales no deben extender su poder fuera de los límites de su propia región».
Por el momento, no hay comentarios por parte de las jerarquías eclesiásticas georgianas sobre la propuesta del patriarca ecuménico, ni tampoco por parte de los políticos del régimen o de la oposición, respetando los cuarenta días de luto por la memoria de Ilia II, pero todo habrá que valorarlo, teniendo en cuenta el delicado equilibrio entre el Estado y la Iglesia en la Georgia actual, además del que existe entre Moscú y Constantinopla y, en general, entre tradición y renovación. El Sínodo que deberá seleccionar a los candidatos se inauguró el 3 de abril con 39 obispos, y no será fácil llegar a una decisión. El sitio web Kavkaz.Realii ha entrevistado al respecto a dos comentaristas de prestigio: el director del Centro de Estudios Ortodoxos de la Universidad de Fordham, Sergej Čapnin, y el teólogo de la Universidad Ludwig und Maximilian de Múnich, Šotoj Kintsurašvili.
Según Čapnin, en esta fase de la historia las Iglesias ortodoxas atraviesan un periodo de gran fragmentación, «diría incluso que están en crisis», tanto en la estructura interna de cada una de ellas como en las relaciones recíprocas a nivel internacional. El problema principal radica en el «nacionalismo religioso», sobre todo en el espacio postsoviético, con la necesidad de reconstruirse y recuperar su papel en las distintas sociedades, «con pocos sacerdotes y escasa preparación teológica», afirma el experto.
La Iglesia georgiana fue una de las primeras en seguir una orientación muy radical y agresiva, saliendo del Consejo Ecuménico de Iglesias y aislándose un poco del mundo cristiano. El patriarca Ilja II no logró gestionar esta fase, cediendo mucho ante los grupos más activos de la sociedad y permitiendo lo que Čapnin define como «un nacionalismo cristiano bastante primitivo». Ahora el problema es cómo se organizará la administración de la Iglesia, que el difunto patriarca había concentrado exclusivamente en sus manos.
Kintsurašvili recuerda el importante concilio georgiano de 1995, que aprobó los nuevos estatutos con la centralización de todas las funciones en la figura patriarcal. En 1997 se llegó así al cisma oficial con todas las Iglesias comprometidas en el diálogo ecuménico, definido por Ilja II como «una herejía». Desde entonces, el aislamiento de Tiflis ha dado lugar a una nueva generación de sacerdotes y obispos, con una mentalidad muy antiequuménica alimentada en gran parte por la literatura teológica rusa, y un vínculo cada vez más fuerte con el patriarcado de Moscú en la proclamación de la ortodoxia «de los valores tradicionales». La iniciativa de Bartolomé II busca recuperar a Georgia en la comunión eclesiástica de la mayoría de las demás Iglesias ortodoxas autocéfalas, de las que Constantinopla sigue siendo el punto de referencia fundamental.
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