08/10/2022, 18.01
MUNDO RUSO
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La paz de los disidentes y la guerra por la hegemonía

de Stefano Caprio

El Nobel otorgado al bielorruso Ales Bialiatski, al movimiento Memorial y al Centro para las Libertades Civiles de Ucrania expresa una visión del mundo que cuestiona radicalmente la exaltación de la identidad “soberana” que ha llevado a la guerra. Y dice que frente a cualquier “hegemonía”, la respuesta está en la defensa de la libertad, de los pueblos y los individuos.

La proclamación del Premio Nobel de la Paz 2022 marca una importante condena al régimen bélico de la Gran Rusia de Putin y Lukashenko. Los galardonados son algunos de sus opositores: el abogado y defensor de los derechos humanos en Bielorrusia Ales Bialjatsky, el movimiento Memorial y el Centro para las Libertades Civiles de Ucrania. Entre las candidaturas figuraban los más célebres opositores al régimen de Putin: el presidente ucraniano Zelenskyj y el ruso Navalny, actualmente detenido en una colonia penitenciaria rusa. Sin embargo, la elección evitó a las principales figuras del conflicto político y militar, incluidos los opositores bielorrusos exiliados o encarcelados.

Los tres premiados son exponentes de asociaciones humanitarias, al igual que el único "individuo" Bialiatski, ex prisionero de conciencia y presidente del centro "Vjasna" (Primavera), fundado a finales de los años 90 y recientemente disuelto por Lukashenko. Una suerte similar ha tocado en Rusia al movimiento Memorial, heredero de la disidencia antisoviética. Y a su flanco están los activistas ucranianos, en una gran proclamación de oposición a la dictadura y al totalitarismo. Es una visión del mundo que desafía radicalmente esa exaltación de la identidad "soberana" que condujo a la guerra de este año, y que Rusia ha reafirmado con fuerza en los últimos días.

El giro en las operaciones bélicas de Rusia en Ucrania a finales de septiembre ha hecho aún más evidente el propósito de la guerra desde su inicio. A través de Ucrania, Rusia pretende contraponer una visión del mundo que ahora todos identifican con la ideología del "mundo ruso", la alternativa a la del llamado "Occidente colectivo". En los discursos del presidente Putin en los que anuncia la movilización de todo el pueblo y la anexión de las repúblicas "liberadas" del Donbass y de la costa del Mar Negro, se mencionan muy poco los territorios y las estrategias militares.

En efecto, la masa de nuevos reclutas del ejército de Moscú no debe desplegarse en las demás regiones ucranianas que hay que "desnazificar", una dimensión realmente ausente en la retórica oficial, tras meses de desvaríos y evocaciones de la Gran Guerra Patriótica.

Los soldados retirados, varios de los cuales ya han sido enviados al otro mundo por la eficaz contraofensiva ucraniana, y miles de los cuales se han rendido y han sido internados debido a su total ineptitud para el combate, constituyen una armada "Brancaleone": poco amenazante, de apropiación y contraposición más que de asalto y conquista. Los temores de la comunidad internacional se centran ahora únicamente en la amenaza nuclear, que se va desvaneciendo a medida que aumentan los análisis sobre su factibilidad. Y en el trasfondo de las diatribas políticas y estratégicas por el precio del gas, permanecen los nubarrones de cómo superar el frío invernal que se avecina. 

En los últimos discursos de Putin, el término gegemon -"hegemónico" y "hegemonía"- se repite varias veces, expresiones de su propio pensamiento o del de varios ideólogos e impulsores. Como es obvio, se refiere al enemigo occidental que quiere "acabar con Rusia" imponiendo un dominio globalizado y privado de identidades.

"Occidente está dispuesto a pasar por encima de todo y de todos con tal de preservar su sistema neocolonial, que le permite saquear los recursos del mundo entero y cobrar un gran tributo a la humanidad [el llamado "dan", el impuesto de los tártaros durante el yugo medieval], la renta del gegemon". El término es revivido por otras arengas en la guerra de este año, expresando el más profundo resentimiento íntimo del "zar-liberador": "todo aquello que resulta desagradable a los ojos del gegemon que ostenta el poder es declarado arcaico, anticuado, superfluo y perjudicial; y a los que no están de acuerdo les quiebran las piernas a la altura de la rodilla". En la mentalidad de Putin, los nuevos premios Nobel "antirrusos" no hacen más que confirmar esta "dictadura del pensamiento". En la misma línea sitúa el premio de 2021 a Dmitry Muratov, redactor jefe de Novaja Gazeta, periódico que fue clausurado poco después por el tribunal de Moscú.

No hay nada nuevo en esta acusación dictada por el resentimiento. En ella se presenta a Rusia como la única esperanza de un "orden mundial más justo" en el que se restablece el pasado que se pretende borrar, pero sin brindar ninguna idea o indicación sobre el futuro a construir. Todo se limita a una obsesión por las conspiraciones, a una reacción histérica ante la sombra de las potencias fuertes que imponen la servidumbre colonial. En el entorno de Putin no faltan exponentes de una línea que se dedican a proyectar la imagen de la Rusia del futuro. Entre ellos, ,el ex-premier Sergej Kirienko, conocido como el "metodólogo", visto por muchos como un posible sustituto del "loco del búnker del Kremlin".

Putin se refiere explícitamente al filósofo ultraconservador Ivan Il'in, el anticomunista más radical expulsado a bordo de la "nave de los filósofos" en 1922, que soñaba con el renacimiento de la Rusia de los zares. Pero también alude al "cosmismo místico" de Konstantin Tsiolkovsky, teórico del vuelo espacial del ser humano a finales del siglo XIX como ideal de la victoria completa del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza.  Con él se identifica el presidente ruso, en la guerra universal de Rusia contra los obstáculos astronómicos. Kirienko y otros se refieren más bien al "disidente interno" soviético Georgij Petrovič Ščedrovitsky (alias "GPS"), un filósofo moscovita de la época soviética que a diferencia de los disidentes del Samizdat,  decidió no buscar la fama y el consenso en el extranjero. En su lugar, organizó una densa red de "seminarios metodológicos" para proporcionar las herramientas necesarias para cambiar el mundo, aún bajo el totalitarismo y la represión, con un programa basado en la prioridad del activismo metodológico sobre el naturalismo. GPS proponía creer en una realidad "virtual" y alternativa sin dejarse aprisionar por la realidad natural. En cierta manera, es un anticipo de la filosofía del metaverso, cada vez más actual: la verdadera Rusia, en definitiva, es la que no existe realmente.

En la confusa vorágine ideológica que inspira a los defensores de la guerra rusa contra el mundo entero, el propio concepto de "hegemonía" sigue siendo uno de los más aleatorios y difíciles de determinar en profundidad. Hay una excelente columna de Medusa, "Signal", que explica esto con claridad. En la conciencia de Putin, de cuna soviética, la idea marxista de hegemonía surge con claridad. Y se articula en la relación entre la “base” y la “infraestructura”: es decir, el control y la propiedad de los bienes materiales y económicos se refleja en las dimensiones secundarias de la cultura, o “infraestructurales”. Es en la religión, el arte, y la ciencia donde se refleja la “mentalidad dominante” impuesta por los amos. 

La concepción de Marx fue derribada por Antonio Gramsci, que propuso alcanzar la revolución mediante la "hegemonía cultural" antes de controlar los medios de producción: dictando el contenido de los programas educativos escolares y universitarios, dirigiendo los gustos artísticos y literarios y los temas que se debaten en la sociedad. El gramscismo es exaltado hoy por la omnipotencia de las herramientas de comunicación, que determinan la vida de las personas sin necesidad de tanta filosofía y cultura, apoyándose en la omnipotencia del nuevo dios del Algoritmo.

Según los autores de "Signal", hay un elemento más a tener en cuenta, y que juega un papel decisivo en la concepción de Putin: se refieren a la "teoría de la hegemonía" del filósofo neomarxista Immanuel Wallerstein, a la que él llamó "sistema-mundo". Basándose en su experiencia en el África poscolonial, Wallerstein propone su visión de dos tipos de sistemas que rigen la comunidad mundial en su totalidad: los imperios mundiales basados en el poder de un centro que distribuye los recursos, y las economías-mundo. En realidad es una sola entidad -construida por el capitalismo burgués- que sustituye cada vez más a los imperios en los tiempos modernos, en los que el rol "hegemónico" es menos evidente. Esto puede verse en Inglaterra en el siglo XIX o Estados Unidos en el siglo XX -precisamente en los anglosajones, los anglosaksy, tan odiados por Putin.

Hoy estos roles se están redefiniendo, y ciertamente no por las veleidosas guerras de los rusos, sino por un conjunto de fenómenos macroeconómicos y geopolíticos que deberían invitar a todos a mirar al futuro, más que a reivindicar el pasado.

Con tal de no quedar relegado a la periferia de la hegemonía estadounidense, Putin acaba convirtiéndose en un peón de China, aspirante a la hegemonía. Y esto, en una competencia en la que las bombas nucleares no ayudarían a nadie a imponerse. La visión del mundo dentro de los muros del Kremlin es mucho menos sofisticada que los análisis de los filósofos: pretende resolverlo todo por la fuerza y la división entre los "nuestros" y los "traidores", entre los países que apoyan las sanciones estadounidenses y los que están dispuestos a ceder al "buen sentido" de los rusos que quieren preservar la "soberanía" de todos los pueblos. Quizás, inclinados por el reconocimiento de que la "buena hegemonía" reside en Moscú.

La respuesta a cualquier "hegemonía" está en la defensa de la libertad, de los pueblos y de los individuos, como atestiguan los nuevos premios Nobel, y como recuerda un exponente universal del Evangelio de la paz como el Papa Francisco, que invita a resolver los problemas del presente sin guerras, para construir juntos el futuro.

 

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