03/01/2026, 13.48
MUNDO RUSO
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La tríada rusa del pasado y del futuro

de Stefano Caprio

La famosa fórmula de los zares decimonónicos de Autocracia-Ortodoxia-Nacionalismo es reinterpretada hoy por los ideólogos de Putin en la nueva tríada Soberanismo-Tradicionalismo-Estado Social. Y precisamente la referencia a los "valores morales y espirituales" resulta la menos clara, incapaz de ir más allá de la contraposición con los "destructivos y degradados" de Occidente.

 

El año 2025 ha dejado huellas muy profundas en la búsqueda de la identidad de la Rusia del futuro como consecuencia y resumen de dos décadas de “renacimiento” del imperio, desde las primeras palabras de revancha en 2004 hasta las agresiones del presidente Vladimir Putin que comenzaron en 2008 contra el Occidente “invasor”, Georgia, Ucrania y los muchos ex países soviéticos “traidores”. La llegada del amigo Donald Trump al trono estadounidense en enero desató una ola de satisfacción que culminó en la cumbre de mediados de agosto en Alaska que consagró a los dos emperadores como los jefes de las grandes potencias que se reparten el mundo, el objetivo principal de todas las “operaciones especiales” de Putin en la catastrófica guerra híbrida de los últimos años.

Por lo tanto, podemos considerar de algún modo cumplida la “restauración ideológica” del régimen moscovita en el poder, cuyo objetivo era revivir en la nueva Rusia a todas las Rusias del pasado, desde la mitológica Rus' de Kiev hasta la Tercera Roma de Iván el Terrible, el imperio de San Petersburgo de Pedro el Grande y la Internacional soviética de Iósif Stalin. La expresión más acabada de todos los anhelos de la “Gran Rusia” había sido propuesta hasta ahora por los ideólogos decimonónicos con la famosa “tríada zarista” de Autocracia-Ortodoxia-Nacionalismo, hoy recuperada y renovada por el nuevo zar del Kremlin.

La nueva tríada puede parecer menos efectiva y apodíctica que la de dos siglos atrás, pero se insiste en ella con una dedicación aún más obsesiva celebrando el Soberanismo-Tradicionalismo-Estado Social, como lo demuestran los numerosos documentos aprobados este año por el presidente-eterno Vladimir Putin, entre ellos la Concepción de los Procesos Sociales que se publicó en el calendario oficial del “Block-Notes de la formación social” de noviembre-diciembre de 2025. La soberanía de Rusia es el objetivo más evidente que se persigue mediante el enfrentamiento y la guerra contra el mundo entero, y la “socialidad” heredada del populismo zarista no es otra cosa que el retorno a un sistema económico cada vez más de tipo soviético, con continuas nacionalizaciones y planes quinquenales que apuntan al radiante futuro de la sociedad autárquica y “dirigida hacia Oriente”.

El ideal que siempre queda bastante oscuro es el de la Tradición y sus “valores morales y espirituales”, a los que sólo se consigue definir por oposición a los “destructivos y degradados” de Europa y Occidente. A qué tradición se hace referencia no resulta muy claro - si a la soviética o a la zarista, occidentalista o eslavófila, de Kiev, de Moscú o de San Petersburgo -  dado que las Rusias del pasado son muchas y muy diferentes entre sí. Los principados de la Rus' originaria estaban en continuo conflicto unos con otros, entre las primeras ciudades de Novgorod, Kiev, Pskov, Vladimir y muchas otras, y por lo tanto se puede incluso considerar una “tradición” la actual guerra “fratricida” de Rusia con Ucrania, en el Cáucaso y en las tierras de Besarabia (Moldavia y Rumania), de Hungría y sobre todo de Polonia, el verdadero gran adversario histórico y “especular” en la conquista del dominio sobre Europa oriental.

La Moscovia del siglo XV se liberó fatigosamente del Yugo Tártaro, pero quedó una huella asiática indeleble en el alma rusa, que hoy vuelve a aflorar poderosamente. El Gran Príncipe Iván III el Grande intentó reunificar las tierras rusas, convirtiéndose en el modelo de la comunión entre los pueblos, la sobornost que hoy se vuelve a proponer como vocación “tradicional” de Rusia. Su nieto, el primer zar Iván IV el Terrible, pensó entonces dividir la Tercera Roma en dos niveles, zemshchina y oprichnina, la “tierra de los súbditos” y la tierra de los “controladores”, los miembros de la Guardia Imperial que oprimían al pueblo en nombre de la “verdadera fe” y galopaban por todos los territorios vestidos con negros hábitos monásticos, una lúgubre visión de la Ortodoxia religiosa imperial que también ha vuelto a ser de gran actualidad bajo el amenazante bastón del patriarca Kirill (Gundyaev).

Iván IV hizo matar al metropolita Filipp (Kolychev) en la celda monástica donde estaba recluido por haberse negado a bendecir las guerras del zar, y hoy los sacerdotes rusos son excomulgados, encarcelados o expulsados del país si no recitan las letanías para pedir la victoria en Ucrania, devolviendo la Rusia del dos mil a la del mil quinientos. Esto es precisamente lo que se propone en el Block-Notes ideológico, como dice en la presentación Boris Rapoport, director del departamento social del gobierno: “La política estatal debe basarse, en primer lugar, en la experiencia histórica de Rusia”. Por lo tanto, cada decisión debe en cierta forma reafirmar y contradecir las anteriores, como ocurrió en la Rusia de los Tumultos del siglo XVII que provocaron continuos cismas internos a nivel social, político, militar y religioso, o la del siglo XVIII que entre Pedro el Grande y Catalina II tuvo una sucesión de emperatrices con sus amantes, alternando a los filogermánicos con los galicanos que hablaban solo el francés aristocrático pero después quedaron aterrorizados por la revolución de 1792 y las ambiciones imperiales de Napoleón.

La Tradición rusa corresponde a la Ortodoxia de la tríada zarista, la religión cristiana que en los tiempos de los orígenes de Kiev se superponía con las diversas variantes del paganismo escandinavo y caucásico, dejando en herencia una “doble religión”, la típica dvoeverie rusa que no comparten con nadie y que resume en sí todas las demás religiones. La coincidencia del renacimiento de Moscú con la caída de Constantinopla confirió después a la religión rusa un especial ímpetu misionero, como “fuerza instituidora del Estado” y como bastión de la verdadera fe contra todo adversario herético o invasor, hasta inspirar la revolución mundial soviética y la construcción de la sociedad comunista ideal. Y todo esto hoy se resume en la tarea de proclamar el “justo mundo multipolar”, el nuevo reino de los cielos en la tierra. En el campo teológico y ascético nadie se preocupa tampoco porque se yuxtapongan ideologías y estructuras totalmente contradictorias entre sí, como el imperio occidentalista que abolió el patriarcado o el régimen ateo que lo restableció para ponerlo al servicio de sus intereses, e incluso repropone una grotesca “sinfonía” de Estado e Iglesia en la Rusia de los “dos Vladimir” de San Petersburgo, el presidente Putin y el patriarca Kirill.

En la introducción de Rapoport la nueva Ortodoxia no es simplemente una “doble religión”, sino que presenta una triple dimesión: “Tenemos tres religiones, porque creemos en la Patria, creemos en aquellos que están cerca de nosotros y creemos en el futuro”. Los valores morales y espirituales tradicionales también conectan los de la “religión ortodoxa” con aquellos “típicamente humanos”, y no importa si los unos contradicen a los otros en algún detalle, como la fidelidad conyugal y la necesaria “multipolaridad” de cada familia, ejemplo de lo cual es la muy variada del presidente, y según algunas investigaciones de los últimos días también la del patriarca, que habría logrado ocultar durante décadas a su mujer, haciendo creer que tenía otras preferencias. Y en cualquier caso la definición completa afirma que “la sociedad tradicional de Rusia está constituida por la familia de las familias en la continuidad de las generaciones, la fidelidad a lo que se transmite y a las orientaciones morales y espirituales”, pero además se especifica que “la sociedad tradicional no es una forma de estancamiento, sino un desarrollo irrefrenable, que se nutre de sus propias raíces”.

Para respaldar la concepción ideológica oficial se ilustran los datos de las encuestas oficiales Vitsom, según los cuales solo el 2% de los ciudadanos rusos considera que Rusia debe poner en el centro de sus intereses la economía, ni siquiera se menciona el desarrollo tecnológico y se subraya la necesidad de “derrotar todas las debilidades” - lo que se expresa con el ambiguo término antikhrupkost, “antifragilidad” - afrontando y superando “todos los desafíos geopolíticos e ideológicos del mundo contemporáneo”. Para definir este concepto se usan incluso términos de naturaleza religiosa, desde el desarrollo hasta la “transfiguración y ascensión” de Rusia a la gloria imperecedera. Mientras el Instituto Pushkin de San Petersburgo, máxima autoridad de la lengua rusa, ha decretado que la palabra del año 2025 ha sido Pobeda, “Victoria”, tan anhelada cuanto por ahora postergada quizás a este nuevo año por lo que se refiere a la guerra en curso, y conmemorada en el ochenta aniversario del glorioso final de la Gran Guerra Patriótica, el evento celebratorio de todas las tradiciones de Rusia.

Si se quiere identificar la palabra rusa decisiva del último cuarto de siglo putiniano, sin duda hay que poner en primer lugar la necesaria premisa de la Victoria, es decir Voina, la Guerra y sus sucedáneos, desde la “operación antiterrorista en Chechenia” en los albores del reinado de Putin, la “imposición de la paz” en Georgia y la “primavera rusa” en Crimea, hasta la SVO, la operación militar especial en Ucrania, dado que “guerra” es una palabra que solo puede pronunciar el patriarca Kirill desde el altar de la catedral de Cristo Salvador, en el sentido de “guerra santa”. La guerra en Rusia resume todas las tríadas ideológicas, la economía y la sociedad, el poder político y el religioso, y a ella se refieren todos los términos que llenan las crónicas diarias, sobre todo en el año que acaba de terminar, desde los “drones” hasta las “negociaciones” que se reclaman mutuamente: cuantas más negociaciones están en curso, más drones de ataque se lanzan, para festejar el nuevo año.

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