El Estado ruso contra la persona en la búsqueda del futuro
A los rusos se les había prometido un futuro de alta tecnología. Hoy este se presenta como una forma de control total, no ya autoritario, sino totalitario; y la definición del Kremlin de «la suma de las tecnologías» significa misiles, drones y equipos de vigilancia y monitoreo .
Los nuevos controles y limitaciones a la red móvil de internet, sumados a muchas otras medidas represivas, están creando una situación de conflicto cada vez más grave en la vida de los rusos, que se percibe como una “confrontación entre el Estado y la persona”, como la define Andréi Kolésnikov, editorialista de Novaya Gazeta. Y el enfrentamiento final se anuncia en el plano de la difusión de la inteligencia artificial.
Kolésnikov comenta que “ningún clásico del teatro del absurdo podría describir un solo día en la Rusia de hoy. Simplemente, no alcanza la imaginación, y la vida no se limita a imitar vilmente la ficción artística, sino que la supera ampliamente”. Pone como ejemplo a la agencia responsable que graba en piedra una fórmula para describir el estado de la economía rusa: "La desviación al alza de la trayectoria de crecimiento equilibrado está en disminución". Habría sido mucho más sencillo hablar de "crecimiento negativo". Un concepto al límite de lo cómico. O el senador Anatoli Artamónov, que habría encontrado una fuente no tanto para reducir el gasto público, sino para lo que se define como la total militarización del mismo -lo que se denomina con el neologismo prioritizatsia ("priorización")- y propone cerrar todas las residencias de ancianos y confiar a los mayores al cuidado familiar, para “ahorrar dinero".
El director de la editorial Eksmo, Evgueni Kápiev, ha popularizado una forma “familiar” de llamar a la inteligencia artificial con el nombre de Iiška, de “II – Iskustvennyj Intellekt”, con el sufijo cariñoso que se usa para los niños. Los editores ya la utilizan sistemáticamente para revisar las obras literarias en busca de "piojos" que introducen en los textos “sustancias estupefacientes”, como la sustancia nociva que está presente en el apellido del escritor Denis Dragunski, es decir, la raíz "drag", que en otros idiomas significa "droga" (aunque también "medicamento"). El sueño de una IA ortodoxa soberana, promovido por el oligarca ortodoxo soberanista Konstantín Maloféyev, se habría hecho realidad: a juzgar por este caso, la red neuronal doméstica, entrenada como un pastor alemán para identificar objetivos enemigos, reproduce el cerebro y la conciencia del burócrata medio, censurando los libros de Dragunski como “drogas prohibidas”.
Dado que en la Rusia moderna ya se ha extendido la práctica de publicar programas de sala para los espectáculos escénicos sin el nombre del autor, también los libros se pueden publicar sin el nombre del autor, o bien oscureciendo las letras de la partícula drag con pintura negra. Los editores recurren continuamente al oscurecimiento, ya sea como forma de autocensura o como protesta contra la censura. En realidad Rusia ya se encuentra sumida en la antiutopía, y “lo peor es que hemos empezado a adaptarnos a ella”, afirma Kolésnikov. Sin duda, la desconexión de internet y de las aplicaciones de mensajería es una experiencia chocante, pero por otro lado nadie se ha sorprendido demasiado de que se haya llegado a este punto, porque el Estado ya se ha instalado profundamente en la conciencia de los ciudadanos rusos.
La vida en Rusia se ha convertido en una guerra civil permanente entre el Estado y las personas, y ya se ha superado la ilusión de que las autoridades estatales tengan la intención de ofrecer a la sociedad un bienestar ideal y artificial, y se ha transformado en cambio en una dictadura cada vez más sistemática e invasiva. El ministerio de desarrollo digital, comunicaciones y medios de comunicación prevé aumentar la capacidad de las contramedidas técnicas a 954 Tbit/s para 2030, y ha destinado 14.900 millones de rublos (150 millones de euros) para el proyecto federal correspondiente. Esta capacidad permitirá el análisis de todo el tráfico de la red RuNet, lo que implica márgenes de crecimiento natural, la ampliación de las medidas de bloqueo y la aparición de nuevos métodos para eludirlas. Se había prometido un futuro de alta tecnología, que ahora se presenta como una forma de control total, no ya autoritario, sino totalitario, y la definición del Kremlin de "la suma de las tecnologías" significa misiles, drones y equipos de vigilancia y monitoreo.
Los infinitos ajustes y adaptaciones, y las difíciles condiciones psicológicas sumen a la población cada vez más en el agotamiento. Tras una ola artificial de entusiasmo que duró cuatro años, sobreviene inevitablemente un declive emocional. Según los datos de los relevamientos sistemáticos del Instituto de Psicología de la Academia Rusa de Ciencias, a principios de 2026 cerca del 42% de los encuestados reportaba síntomas de depresión, mientras que el 27% sufría ataques de ansiedad. Las causas se atribuyen al "conflicto" prolongado y a la incertidumbre económica y financiera. La sociedad rusa es una sociedad cansada, una sociedad de supervivencia, no de desarrollo.
Surge espontáneamente la clásica y maldita pregunta rusa: "¿Por qué?". ¿Era realmente imposible vivir con normalidad? En la práctica, resultó ser imposible. La lógica de la existencia y del autodesarrollo de un régimen político rígidamente autoritario, con sus fantasmagóricos dolores imperiales, presupone la degeneración del autoritarismo en una forma no clásica de prácticas totalitarias, un totalitarismo híbrido que tiende continuamente a perfeccionarse, a ampliarse y a apoderarse de las conciencias.
¿Existen límites para el desarrollo de una distopía? ¿Hay líneas rojas? Por ahora, resultan invisibles debido a esta capacidad de adaptación, absolutamente ilimitada. De todos modos, ninguna inteligencia artificial, ni siquiera si fuera tres veces ortodoxa y emulara las mentes de Dugin, Maloféyev y Prilepin juntas, es capaz de predecir el curso de los acontecimientos en una sociedad en la que el Estado gasta sumas increíbles en "productos metálicos terminados" y en la "capacidad de los medios técnicos para contrarrestar las amenazas", y no le interesa nada más.
La semana pasada el centro de análisis estatal Vitsom organizó en Moscú la XVI Conferencia sociológica Grúshinskaya, llamada así en honor al filósofo y sociólogo ruso-soviético Boris Grushin, fallecido en 2007, con el objetivo de buscar respuestas sobre “cómo construir el futuro de Rusia”. Se reunieron numerosos sociólogos y otros expertos, y el encuentro comenzó con la declaración de que el futuro, que hasta hace poco en el discurso oficial era sinónimo de la romántica palabra "sueño", ya no es una "futurología abstracta" ni competencia exclusiva de los escritores de ciencia ficción, aunque estos últimos también desempeñaron un papel significativo en la sesión. La construcción del futuro se presenta ahora de forma más concreta, como una cuestión de seguridad nacional y de soberanía de la conciencia. Y se ha prestado especial atención a los jóvenes, que ante la incertidumbre económica, tienden todavía a tomar distancia del futuro.
Como afirmó uno de los participantes, Sergei Volodenkov, director del Instituto de Arquitectura Social, vivimos en una época de profundos cambios, "y en tales condiciones la imagen del futuro se está convirtiendo en una herramienta clave para el desarrollo nacional”. No es casualidad que las guerras de información actuales no se libren tanto por el territorio como “por la imagen del futuro", declaró Volodenkov, quien luego explicó que hoy la "soberanía de la conciencia" depende de quién construye las imágenes del futuro, y de qué manera. La construcción espontánea de imágenes del futuro, sobre todo si va acompañada de premisas negativos al respecto, puede conducir a la desestabilización social. Según su presentación, lo mismo ocurre cuando se imponen desde el extranjero imágenes negativas del futuro. "El vencedor es aquel que es capaz no solo de responder a los desafíos, sino de moldear los horizontes del futuro", concluyó Volodenkov. Él considera que "hoy debemos elevar esta cuestión al nivel de la seguridad nacional", porque "en el siglo XXI está surgiendo un nuevo tipo de poder: el poder de moldear el futuro. Quien controla la imagen del futuro controla el presente".
Hubo otra intervención que causó revuelo, la del diputado de la Duma Estatal Aleksandr Borodái, según el cual “hemos entrado en una era de guerra, que será una guerra larga y sangrienta; la guerra se convertirá pronto en la norma y ya no en la excepción”; o para decirlo de otra manera “la guerra representa la máxima presión sobre todas las fuerzas de la sociedad”. En consecuencia, según Borodái, “la guerra impulsa con fuerza el progreso técnico, organizativo y social”. Una vez más volvió a hacer hincapié en que esta es una guerra por el futuro, y con estos sentimientos Rusia está celebrando el misterio de la Pascua cristiana, y busca su renacimiento en el futuro artificial creado por el Kremlin.
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