Las cumbres de al-Sharaa y los atentados en Damasco
Las bombas en la capital siria, precisamente coincidiendo con la visita de Macron y la reunión con Trump en Turquía, reavivan las dudas sobre el control real del país por parte del exyihadista convertido en presidente. Con un ejército que está «absorbiendo» a más de sesenta milicias, pero sin desmantelar a los potentados locales. Y con actores internacionales que persiguen objetivos diferentes en la «nueva Siria».
Milán (AsiaNews) - Las dos explosiones que sacudieron el centro de la capital siria, Damasco, en la mañana del 7 de julio, a unos cientos de metros del Hotel Four Seasons, donde se alojaba Emmanuel Macron —el primer jefe de Estado de la Unión Europea en visitar el país tras la caída de Bashar al-Assad—, fueron mucho más que un atentado. Fueron, más bien, un duro recordatorio, llegado en el momento políticamente más delicado, de que Siria ha salido de la guerra, pero no de su situación de inestabilidad. El presidente francés se encontraba en la capital para ratificar el regreso de Siria a la escena internacional, debatir sobre la reconstrucción y firmar acuerdos económicos. Las bombas (dos artefactos potentes pero rudimentarios, que hirieron a 18 personas) han recordado de forma dramática que la reconstrucción, antes incluso que económica, sigue siendo una cuestión de seguridad.
El jefe del Elíseo ha optado por no modificar el programa, convirtiendo la visita en un mensaje político: Europa apuesta por el nuevo rumbo sirio liderado por Ahmed al-Sharaa. Detrás de esta decisión hay también un cálculo político menos evidente, pero decididamente complicado. En París están convencidos que la «ventana de oportunidad» para devolver a Siria a la órbita occidental es más estrecha que nunca y que dejarla enteramente en manos de Ankara, de las monarquías del Golfo o de una Rusia aún presente en la zona significaría renunciar a cualquier capacidad de influencia sobre el futuro del Levante. Por eso Macron ha decidido exponerse personalmente. El mensaje es evidente: hoy en día, para las capitales europeas, la estabilidad de Siria pesa más que la biografía de quien gobierna Damasco.
El paso estratégico más importante tuvo lugar pocas horas después, en Ankara, donde el presidente sirio llegó bajo el aura protectora de su principal patrocinador regional, Recep Tayyip Erdogan, para reunirse con Donald Trump al margen de la cumbre de la OTAN celebrada los días 7 y 8 de julio. Hasta hace unos años, Al-Sharaa era conocido sobre todo por su nombre de guerra, Abu Mohammed al-Jolani, líder de Hayat Tahrir al-Sham y figura vinculada al yihadismo sirio. En Ankara se reunió con el presidente de Estados Unidos gracias a la mediación del líder turco, que durante años ha apostado por la caída de Bashar al-Assad y por la galaxia de la oposición armada suní.
No es casualidad que también este encuentro cara a cara con Trump se haya gestado bajo la dirección de Erdogan (el tercero, tras la reunión del 14 de mayo de 2025 en Riad, Arabia Saudí, y la visita del pasado 10 de noviembre a Washington, donde fue recibido con todos los honores en el Despacho Oval). Fuentes diplomáticas llevan semanas describiendo una intensa labor turca para presentar a al-Sharaa como un interlocutor cada vez más fiable a los ojos de la Administración estadounidense y de los aliados de la OTAN. El presidente turco aspira ahora a cosechar los beneficios estratégicos de su «estrategia siria»: desde la seguridad fronteriza hasta la reapertura de los corredores comerciales hacia el mundo árabe.
Trump, como suele ocurrir, ha resumido el cambio en unas pocas frases pintorescas. «Es un tipo duro», dijo al referirse al nuevo presidente sirio. Luego añadió: «Ha hecho un trabajo extraordinario en un año y medio, ha unido a todo el país». Palabras que reflejan el giro geopolítico más sorprendente en la escena internacional: un antiguo comandante yihadista transformado, al menos a ojos de la Casa Blanca y de su impredecible inquilino, en el hombre encargado de reconstruir un Estado.
Sin embargo, detrás de esas frases se esconde también una decisión precisa de realpolitik. En Washington prevalece ya la idea de que la prioridad ya no es juzgar el pasado de al-Sharaa, sino comprobar si es capaz de impedir que Siria vuelva a caer en el caos. Al ex terrorista se le observa menos por lo que ha sido y más por su capacidad para garantizar el orden, contener la amenaza del Estado Islámico y, sobre todo, impedir que Irán y Rusia vuelvan a ocupar los espacios que ha dejado vacíos la caída de Assad.
Pero tras la diplomacia y las muestras de confianza queda una pregunta fundamental: ¿tiene al-Sharaa realmente en sus manos un país que gobernar? El problema no se limita a la reconstrucción de las ciudades destruidas ni a la búsqueda de los miles de millones necesarios para reactivar la economía. La verdadera prueba de fuego es la construcción de un Estado capaz de ejercer el monopolio de la fuerza. En otras palabras: crear un ejército nacional. Las antiguas fuerzas armadas de Assad eran un instrumento rígidamente centralizado. Cada división dependía de Damasco, mientras que los servicios de seguridad controlaban constantemente a los comandantes y oficiales, impidiendo el surgimiento de poderes autónomos. Ese modelo se derrumbó junto con el régimen.
El nuevo ejército surge, al parecer, siguiendo una lógica opuesta. Las más de sesenta facciones que han combatido contra Assad se están integrando gradualmente en el Ministerio de Defensa sin llegar a disolverse realmente. Conservan a sus comandantes, sus redes de lealtad y, sobre todo, su arraigo en los territorios de donde proceden. Es lo que algunos observadores ya denominan el ejército de los «hijos del pueblo». No se trata de una fuerza construida desde arriba, sino de una suma (heterogénea) de comunidades armadas que regresan a sus ciudades junto con los civiles desplazados e intentan transformarse en instituciones del Estado.
La idea surge de una necesidad práctica. Damasco no dispone ni de los recursos ni del aparato coercitivo necesarios para desmantelar todas las milicias y reconstruir desde cero las fuerzas armadas. Al-Sharaa ha optado, por tanto, por una solución pragmática: incorporar a las facciones en lugar de combatirlas.
Esta es también la razón por la que, según explican los diplomáticos occidentales que siguen de cerca el asunto sirio, ya nadie en Damasco habla de desmovilizar rápidamente a las milicias. Sería la forma más rápida de provocar una nueva guerra interna. La consigna es más bien «absorber», incluso a costa de aceptar un ejército imperfecto, compuesto por cadenas de mando paralelas y lealtades locales. En los ministerios sirios se es consciente de que el proceso probablemente requerirá toda una generación de nuevos oficiales formados en las academias estatales antes de que la identidad militar prevalezca sobre la de la facción de origen. Sin embargo, el precio de esta arriesgada estrategia podría ser muy elevado.
De hecho, cada división sigue reflejando los equilibrios locales. En la zona de Damasco se encuentran los hombres de Jaysh al-Islam, protagonistas de la guerra en Guta Oriental. Al este operan antiguas formaciones del Ejército Nacional Sirio apoyadas por Turquía. En el noreste sigue abierta la partida con las Fuerzas Democráticas Sirias lideradas por los kurdos (apoyadas por EE. UU.), que están negociando una integración gradual, aunque manteniendo una autonomía significativa sobre el territorio. Al sur, en las zonas drusas de Suwayda, otros potentados locales negocian directamente con Damasco desde una posición de fuerza, respaldados por equilibrios regionales que distan mucho de ser definitivos.
En definitiva, más que un ejército nacional, podría surgir una federación de ejércitos locales, formalmente dependientes del Ministerio de Defensa, pero sustancialmente fieles a sus propios comandantes y a sus respectivas comunidades. Se trata de una fragilidad que también pesa sobre la diplomacia internacional. Erdogan ve en la nueva Siria la oportunidad de consolidar su influencia y, sobre todo, de limitar el peso político y militar de los kurdos a lo largo de la frontera sur de Turquía. Trump, por su parte, se centra sobre todo en la estabilización del país, convencido de que un Gobierno lo suficientemente fuerte puede evitar una nueva etapa de guerra civil y reducir las posibilidades de que el Estado Islámico vuelva a cobrar fuerza.
Pero los intereses coinciden sólo hasta cierto punto. Para Ankara, la cuestión kurda sigue siendo prioritaria. Para Washington, en cambio, es esencial evitar que una presión excesiva sobre los kurdos genere nuevas tensiones o empuje a las zonas del noreste hacia una nueva inestabilidad. En medio se encuentra al-Sharaa, llamado a conciliar necesidades a menudo incompatibles.
También por eso los atentados de Damasco adquieren un significado que va más allá del número de heridos. Las bombas recuerdan que aún existen grupos capaces de golpear el corazón de la capital, precisamente cuando el presidente francés intenta reactivar las inversiones occidentales y mientras el líder sirio es recibido en los foros de la alta diplomacia.
Este es el nudo que ni el consenso diplomático alcanzado en Ankara ni las palabras de ánimo de Trump pueden desatar. Porque el futuro de Siria no dependerá tanto del reconocimiento internacional de su nuevo presidente como de su capacidad para convencer a hombres que durante catorce años han luchado bajo banderas diferentes de que acepten una sola.
24/05/2018 15:44
20/07/2022 10:33
