28/04/2017, 11.42
EGIPTO - VATICANO
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Las plagas actuales de Egipto

de Guy Djandji*

El Papa Francisco va al encuentro de un país afligido por una economía fracasada, por la superpoblación, la corrupción, la polución, el terrorismo y el fatalismo. Pero a la vez, éste alberga  un tesoro mucho más grande que su milenaria historia: el corazón alegre de su pueblo.   

El Cairo (AsiaNews) – En el Libro del Éxodo, en el Antiguo Testamento, Dios inflige a Egipto diez castigos para punir al Faraón por impedir que los judíos dejen el país, y para convencerlo de que los deje partir. Entre las calamidades que Jehová infligió a los egipcios, resaltamos las más extremas: el agua del Nilo fue transformada en un río de sangre, las nubes de langostas se abatieron sobre toda la tierra; el país fue sumido en las tinieblas y al final, y más terrible, la muerte de los primogénitos de Egipto. Estos duros castigos hieren nuestra sensibilidad a causa de su rigor. Ahora, Egipto está afrontando flagelos igual de devastadores, que dejan al visitante presa de una tristeza, mezclada con impotencia.

¿Por qué el pueblo egipcio es afligido por semejantes plagas? ¿Podrá alguna vez curarse y recuperar su buena salud?

La demografía: sin duda, es una de las mayores fuentes de pobreza e inestabilidad del país. La población roza los cien millones y tiene una tasa de crecimiento que supera el 2.5%. El Cairo, aquella megalópolis cuya población se estima en torno a los 20-23 millones, cada día atrae a cientos de miles de nuevos llegados que provienen de las zonas rurales. Alejandría, la segunda ciudad más importante, se pulveriza bajo el peso de una población de casi siete millones, que se ha visto triplicada en 50 años. Egipto se fragmenta por todas partes, las infraestructuras no bastan para satisfacer las necesidades. Las familias numerosas siguen siendo bendecidas y su prosperidad de mide por el número de niños. Factores religiosos y culturales que resultan difíciles de cambiar.

El fracaso de la economía: Egipto depende en gran parte de la ayuda de países extranjeros, en particular de los Estados Unidos, de Arabia Saudita, de Qatar y de algunos países del Golfo, del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de otras organizaciones internacionales. Las tres fuentes importantes de ingresos son el turismo (11% del PIB), el petróleo, el gas natural y el Canal de Suez. Ahora bien, la caída considerable del precio del petróleo, la reducción del turismo tras los ataques terroristas yihadistas y la desaceleración de los intercambios comerciales entre Europa y el Extremo Oriente han conducido a una reducción de las entradas y han impactado de manera negativa  en la economía del país. Las repercusiones son graves, en particular en lo que concierne al sistema de salud y a la educación, y las finanzas son insuficientes para responder a las necesidades. Las escuelas y los hospitales públicos están plagados de carencias. ¿Cómo enseñar a alumnos que están agolpados, siendo más de 80 por clase? ¿O cómo retribuir de manera adecuada a médicos y otros profesionales del campo de la salud con recursos financieros limitados, cuando ellos pueden ganar un salario más generoso en los países del Golfo? Luego de una importante devaluación de la lira egipcia, una inflación galopante del 40%  y una tasa de desocupación oficial que gira en torno al 12,5% (sin duda, mucho más elevada entre los jóvenes), las perspectivas económicas no son alentadoras. La crisis que atraviesa el país desde hace más de cuatro años arriesga prolongarse en el tiempo y constituir la plaga más importante del Egipto de hoy.

La diferencia entre ricos y pobres: en Egipto, existe una clase bastante reducida que se ha enriquecido considerablemente en los últimos veinte años.  Ésta es la que tiene los medios para adquirir las propiedades construidas en las comunidades cerradas en El Cairo, de cara al Mar Rojo o sobre la costa mediterránea. Por el contrario, la gran mayoría de los jóvenes aún vive con sus padres, puesto que no pueden permitirse comprar un apartamento o casarse.  Esta diferencia entre ricos y pobres va agravándose, y fácilmente se percibe una ola de desesperación entre los jóvenes, sean éstos graduados o no.  Si conoces a alguien que pueda abrirte una puerta para acceder a un trabajo,  tu porvenir está asegurado. De lo contrario, terminas uniéndote  la masa de desocupados que merodean por las arterias de las grandes ciudades.

La corrupción: En Egipto, para obtener lo que se quiere, es obligatorio corromper a alguien. Todo tiene un precio y debes pagar la coima a quien te lo hace obtener. ¿Un policía te pide que te corras de un lugar donde está prohibido aparcar? Una decena de liras, y cerrará los ojos. ¿Queréis obtener un contrato para construir una calle, una fábrica, un canal de riego? Nada es más simple.  Algunos millones, y se tiene el contrato en la mano. Luego, estará el contratista que hará el trabajo a mitad de precio. También hay buenas posibilidades de que el sub-contratista tenga a su vez a un sub-sub-contratista que emprenderá el proyecto por un cuarto de la suma inicial. Y así sigue todo. No es para nada sorprendente que desde hace años, los empresarios forman una oligarquía que corrompe al poder, y viceversa. Una alianza incestuosa que no engaña a nadie. Esta corrupción llevó a la revolución del 2010 y a la caída de Mubarak. El arribo del mariscal Al-Sisi en el año 2013 no ha erradicado esa gangrena que erosiona el país.

La erosión de los valores y del respeto: uno de los resultados de la corrupción es el surgimiento de una desafección generalizada en relación al poder y a las demás instituciones que constituyen los fundamentos sociales. Hoy en día, es claro que un sentimiento egocéntrico decepcionado está generando un viento en contra, y cada uno defiende ferozmente lo que posee, en detrimento de aquello que unía a los individuos en el pasado.   Las revoluciones sucesivas del 2010 y del 2013 no han respondido a las expectativas del pueblo, y de alguna manera han reforzado esta actitud de desaliento, de no tener el poder para cambiar nada. Esto ha hecho que se falte al respeto de aquellos valores, que hasta ese momento, eran los valores del país: solidaridad social, orgullo de pertenencia, familia y trabajo.

El terrorismo y el fundamentalismo: esta grieta social ha permitido la instalación de ideologías que alimentan las tensiones internas. Movimientos de reivindicación religiosa como los Hermanos musulmanes y los salafitas ocupan actualmente un lugar importante en la vida del país. Estas ideologías siembran la discordia en las comunidades religiosas y fomentan el terrorismo. En muchos casos, son financiadas por países árabes que envidian de Egipto su posición estratégica y su influencia en esa parte del globo: quieren reducir su dimensión a cualquier costo. Ellos son ayudados por países occidentales que siempre han sostenido la necesidad de Dividir para gobernar. Una serie de atentados ha reducido el turismo a cero, y los medios occidentales han transmitido esa información de manera repetitiva, arruinando el país en el plano económico. El turista, por naturaleza, es una criatura prudente que evita riesgos, y que prefiere elegir destinos que sean más seguros, al menos en apariencia. Sin embargo, El Cairo no es más peligroso que París, Londres, Madrid, Estocolmo, Bruselas, u Orlando, en Florida. Un viaje a Egipto en abril de 2017 nos permite afirmar que el país es seguro, tiene una larga tradición de tolerancia y pacifismo. Es tiempo de bloquear el ingreso al territorio de aquellos extranjeros que predican el odio con el pretexto de la religión, de los principios geopolíticos o de la ayuda internacional.   

La polución y el desierto: Egipto lucha contra dos fuerzas que lo asaltan de frente. La actividad humana, la industria y el tráfico en las ciudades más importantes son la causa de graves problemas que amenazan la salud y el futuro del país mismo. Por otro lado, la descarga de residuos en el Nilo agrava la pecaría situación del agua potable. A pesar de todos los esfuerzos en pos de descongestionar la capital y los grandes centros urbanos al construir ciudades satélite, las soluciones parecen llegar demasiado tarde y los pocos impactos positivos resultan ser pocos.   Y como si esto fuera poco, a menudo olvidamos que Egipto es un país desértico, y no obstante todos los medios destinados a colonizar el desierto, la lucha es inicua y la naturaleza retoma su curso rápidamente.  En El Cairo, diariamente se lleva a cabo un trabajo orientado a limpiar la ciudad y remover la arena que deposita el viento. Un verdadero trabajo propio de Sísifo, a ser recomenzado eternamente.  

El fatalismo: si hay una característica cultural que prevalece en el egipcio, ésta es la aceptación del propio destino en silencio. Él reconoce una mano divina que dirige su destino en todas las cosas. Él se somete a su voluntad con una suma de abnegación y reconocimiento. Porque su fe es la guía suprema. Cuando se rebela o surge la duda sobre su suerte: todo llega por voluntad divina. Por lo tanto, no sólo resulta inútil oponerse, sino que por el contrario, es necesario resignarse con agradecimiento.  Esta actitud comporta dos consecuencias, es un arma de doble filo. Por un lado, siendo que está sometido a su destino, el egipcio sigue de buen humor aunque esté inmerso en la peor de las calamidades. Él se hace cargo de su situación, convencido de que no puede hacer nada para cambiarla,  y que Dios no lo dejará caer. Para él, el momento presente es un don del cielo. Por otra parte, el egipcio jamás hará grandes esfuerzos para intentar modelar o dominar su propio destino. Él se somete y lo acepta por anticipado. Él se remite a instancias superiores, que aún no siendo divinas, han asumido poderes temporales.  Con todas las derivaciones y los abusos que éstos últimos pueden cometer. Lamentablemente, la historia de Egipto está llena de estos líderes que han abusado de esta inclinación fatalista del buen pueblo.  

Sin lugar a dudas, esta lista de las plagas que afligen a Egipto está lejos de ser exhaustiva. La misma es el resultado sumario de lo que puede observarse cuando se visita este maravilloso país y se está interesado aunque sea mínimamente en su situación.   

Mucho más que su historia y su pasado glorioso, mucho más que los monumentos que vencen la imaginación y el tiempo, mucho más que su rol determinante en la evolución de la civilización humana, la verdadera riqueza de Egipto son los egipcios. Su carácter es fundamentalmente generoso, bueno y tolerante. Pero hoy en día, el egipcio está enfermo y su cuerpo está cubierto de llagas. Él espera que éstas se curen, algún día, para poder finalmente planificar un porvenir hecho a base de justicia, seguridad y prosperidad.

 

*Nativo egipcio, emigrado a América del Norte, viaja con frecuencia de Canadá a Egipto  

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