06/02/2026, 17.40
VATICANO
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León XIV: que el deporte sea verdaderamente 'vida en abundancia'

En una carta publicada en el día de la inauguración de las Olimpiadas de invierno, el Papa propone una reflexión sobre el valor del deporte, que él mismo ama y practica. El intercambio prolongado del tenis como ejemplo de la capacidad de mejorarse recíprocamente a través de los gestos atléticos. Las riesgos de una competición cuando se pierde la cultura del encuentro, pero también por el doping y por un uso de la tecnología que busca mejorar solo el rendimiento olvidando a la persona.

 

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) - Las Olimpiadas de invierno de Milán-Cortina 2026 no deben ser solo un gran evento de competiciones, transmisiones en directa de televisión y medallas. Sino que también deben alentar una reflexión más general para reconocer los valores más auténticos del deporte y preguntarse cómo defenderlos en un contexto donde demasiados intereses económicos hoy alimentan visiones equivocadas, como la búsqueda de la victoria a cualquier precio, incluso recurriendo al doping. El Papa León XIV publicó hoy, el mismo día en que se inauguran en Italia las Olimpiadas de invierno, una larga carta titulada La vida en abundancia, dedicada precisamente al “valor del deporte”. La reflexión se basa, desde el título, en un versículo del Evangelio de Juan ("Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" Jn. 10,10), y está firmada por un pontífice que, como sabemos, ama y practica personalmente el deporte.

En el texto, León XIV reitera el llamamiento a la tregua olímpica, e invita a comprender su significado más profundo. Recuerda que ya en la antigua Grecia “la institución de la Tregua surge de la convicción de que la participación en competiciones reglamentadas (agones) constituye un camino individual y colectivo hacia la virtud y la excelencia (aretē). Cuando el deporte se practica en este espíritu y en estas condiciones, se promueve la maduración de la cohesión comunitaria y del bien común”. Por el contrario —observa— “la guerra nace de la radicalización del desacuerdo y del rechazo de cooperar los unos con los otros. El adversario es entonces considerado como un enemigo mortal, a quien hay que aislar y, si es posible, eliminar”.

La carta La vida en abundancia, sin embargo, va mucho más allá del evento olímpico, y ofrece una reflexión a 360 grados sobre el deporte, en todas sus expresiones. Recorre las miradas con las que la Iglesia desde sus orígenes ha contemplado el valor que tiene la experiencia deportiva para la formación de la persona. Desde las palabras de san Pablo - que conocía bien las tradiciones atléticas de los griegos - y las cita en sus Cartas, hasta san Bernardo de Claraval, que reinterpretaba en clave cristiana los torneos de caballería, o el gran filósofo san Tomás de Aquino que reflexionaba sobre el significado ético del juego. Recuerda las páginas más recientes del magisterio desde san Pío X hasta los dos Jubileos del deporte que celebró san Juan Pablo II. Pero León XIV invita a observar que el deporte también es significativo para otras tradiciones y experiencias religiosas. Porque este puede convertirse en un terreno estimulante para el diálogo y hay “mucho que aprender de las tradiciones deportivas de las culturas indígenas, de los países africanos y asiáticos, de las Américas y de otras regiones del mundo”.

Reflexionando sobre la contribución del deporte al desarrollo de la persona, Prevost propone significativamente un ejemplo tomado del tenis, el deporte que él mismo disfruta practicando y elogia la experiencia del “intercambio prolongado” entre dos jugadores: “El motivo por el cual esta es una de las partes más entretenidas de un partido — explica — es que cada jugador empuja al otro hasta el límite de su propio nivel de habilidad. La experiencia es estimulante y los dos jugadores se incitan mutuamente a mejorar; esto vale tanto para dos niños de diez años cuanto para dos campeones profesionales”.

Más en general, durante una experiencia deportiva la persona tiende a “concentrar completamente su atención en lo que está haciendo”, y “en este sentido, la experiencia interrumpe la tendencia al egocentrismo”. Precisamente esta idea de salir de sí para entrar a través del juego en una dimensión intrínsecamente relacional es uno de los mensajes centrales sobre el deporte que propone la carta de León XIV. El corazón de las “formidables oportunidades educativas” que la práctica de cualquier disciplina ofrece. Es un aspecto que se vuelve aún más evidente en los deportes de equipo. “No siempre es fácil reconocer las propias capacidades o comprender cómo estas pueden ser útiles al equipo — observa el Papa —. Además, trabajar junto a los coetáneos conlleva a veces la necesidad de afrontar conflictos y gestionar frustraciones y fracasos. También es necesario aprender a perdonar (cf. Mt 18,21-22). De ese modo, se forman las virtudes personales, cristianas y civiles fundamentales”.

Precisamente estas grandes potencialidades nos piden hoy reflexionar también sobre los riesgos que ponen en peligro los valores deportivos. Y en este sentido la carta de León XIV plantea una serie de temas extremadamente actuales en el mundo del deporte. El primero es el afianzamiento en algunas sociedades del “principio del ‘pagar para jugar’, que termina por excluir a los niños provenientes de familias y comunidades más pobres". Pero en otros contextos son las desconfianzas y los temores religiosos los que impiden a las niñas y a las mujeres practicar deportes. Por eso alienta a  “esforzarse para que el deporte sea accesible a todos”.

El Papa advierte después contra un deporte reducido a mero negocio. “Es evidente que el dinero es necesario para sostener las actividades deportivas”, observa, pero cuando la mentalidad que maximiza el beneficio invade el deporte “la atención se concentra obsesivamente en los resultados alcanzados y en las sumas de dinero que se pueden obtener de la victoria. En muchos casos, incluso a nivel aficionado, los imperativos y los valores del mercado han llegado a oscurecer otros valores humanos del deporte, que, en cambio, merecen ser custodiados”.

No se puede, de hecho, separar la sana competición de la cultura del encuentro. “Vencer —amonesta León XIV— no es simplemente prevalecer, sino reconocer el valor del itinerario realizado, de la disciplina, del esfuerzo compartido. Perder, por su parte, no coincide con el fracaso de la persona, sino que puede convertirse en una escuela de verdad y de humildad. El deporte educa así a una comprensión más profunda de la vida, en la que el éxito nunca es definitivo y la caída nunca tiene la última palabra”.

En la carta el Papa aborda luego el tema de la “función casi religiosa” que hoy asume el deporte en la vida de muchas personas. “Los estadios se perciben como catedrales laicas, los partidos son liturgias colectivas, los atletas como figuras salvíficas —reflexiona Prevost—. Esta sacralización revela una auténtica necesidad de sentido y de comunión, pero corre el riesgo de vaciar tanto el deporte como la dimensión espiritual de la existencia. Cuando el deporte pretende sustituir a la religión, pierde su carácter de juego y de servicio a la vida, volviéndose absoluto, totalizante, incapaz de relativizarse a sí mismo”.

Vale para lo sagrado, pero también para otras miradas distorsionadas que instrumentalizan el deporte. “Cuando el deporte se somete a lógicas de poder, de propaganda o de supremacía nacional —continúa León XIV— se traiciona su vocación universal. Las grandes manifestaciones deportivas deberían ser lugares de encuentro y de admiración recíproca, no escenarios para la afirmación de intereses políticos o ideológicos”.

Existen finalmente los riesgos relacionados con las nuevas fronteras tecnológicas que hoy también están cambiando el modo de vivir el deporte. En esta dimensión, en efecto, un uso de la inteligencia artificial orientado solo a mejorar el rendimiento “amenaza con introducir una separación artificial entre cuerpo y mente, transformando al atleta en un producto optimizado, controlado, potenciado más allá de los límites naturales”. Se corre el riesgo de convertir el deporte en “un laboratorio de experimentación desencarnada”, y se pierde la idea de una actividad para “personas de cualquier edad, condición social y habilidad, convirtiéndose en instrumento de integración y dignidad”.

El mismo discurso vale para la creciente asimilación del deporte a la lógica de los videojuegos, con la “reducción de la experiencia a puntuaciones, niveles y rendimiento repetibles”. “El juego, que es siempre riesgo, imprevisto y presencia —observa el Papa— es sustituido por una simulación que promete control total y gratificación inmediata. Recuperar el valor auténtico del deporte significa, entonces, restituirle su dimensión encarnada, educativa y relacional, para que siga siendo una escuela de humanidad y no un mero dispositivo de consumo”.

Por todas estas razones, la carta La vida en abundancia propone el compromiso de la Iglesia en la pastoral del deporte. “Es uno de los lugares donde se forman imaginarios, se plasman estilos de vida y se educa a las jóvenes generaciones — dice el Papa —. Por eso es necesario que las Iglesias particulares reconozcan el deporte como espacio de discernimiento y acompañamiento, que merece un compromiso de orientación humano y espiritual”.

La Iglesia —recomienda León XIV— está llamada a acercarse allí donde el deporte se vive como profesión, como competición de alto nivel, como oportunidad de éxito o de exposición mediática, pero teniendo especialmente en cuenta el deporte de base, a menudo marcado por la escasez de recursos, pero muy rico en relaciones”. "Una presencia capaz de acompañar, discernir y generar esperanza. Así, el deporte —concluye— puede llegar a ser verdaderamente una escuela de vida, en la que se aprende que la abundancia no nace de la victoria a cualquier precio, sino del compartir, del respeto y de la alegría de caminar juntos”.

 

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