22/01/2022, 11.55
MUNDO RUSO
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Los horizontes de Eurasia

de Stefano Caprio

En Rusia conviven más de 200 nacionalidades, pero expresa una cultura dominada por un solo pueblo, el ruso, que en Asia se propone como europeo y en Europa reivindica el grito de ataque de los pueblos asiáticos. Las pretensiones rusas sobre las "garantías de seguridad" en las negociaciones con Occidente para evitar que precipite el conflicto ucraniano contienen todas las sugestiones de una nación que se percibe a sí misma como "intercontinental".

 

Roma (AsiaNews)- Hay un gran malentendido que se perpetúa en la percepción del espacio a nivel mundial y que continuamente genera nuevos malentendidos y contradicciones. Tiene que ver con Europa, que en la geografía oficial se considera uno de los cinco continentes en que se dividen las tierras emergidas, mientras que, a diferencia de las Américas, África y Oceanía, el territorio europeo es en realidad un apéndice de Asia, y no muy grande. La propia definición de Europa, además, tiene raíces poco claras tanto histórica como geográficamente, siendo en realidad consecuencia de la división medieval de la que fue la verdadera tierra de origen de los pueblos y culturas europeos: el Mediterráneo, una corona de territorios que abraza un mar que a su vez es poco más que un lago comparado con los océanos, y que hoy están repartidos en tres continentes, aunque claramente unidos por el destino y la historia. El mismo nombre Europa, por cierto, se remonta a la hija mitológica de Agenore, el rey de Tiro, en territorio asiático libanés.

¿Dónde está la línea divisoria, la separación entre Europa, Asia y África? ¿Y cuáles son las diferencias que distinguen a los pueblos que representan estos continentes? Estas preguntas se vuelven a plantear en cada giro de la historia, cada guerra y cada negociación de paz, en cada movimiento migratorio, que constituye el fenómeno más natural de la humanidad: dejar el hogar para construir un nuevo futuro, y un nuevo hogar. Parecía que veinte años de “globalización” habían cancelado estos anhelos y estas distinciones, abriendo a todos los pueblos las puertas de esa “casa común” que ya el visionario Alejandro Magno, tres siglos antes de Cristo, había llamado oikoumene, “nuestra casa”, desde Macedonia hasta la India. Hoy estamos ante un nuevo comienzo, o un nuevo final. Un nuevo Medioevo.

África presiona a Europa con incesantes viajes de la esperanza de los que huyen de la miseria, de la guerra, de la persecución, del desierto cada vez más vasto e inhóspito. Oriente Medio está desgarrado por los sueños de nuevos emiratos y sultanatos que nacen y mueren, forman alianzas y pelean entre sí, como en los tiempos de los sucesores de Mahoma. Asia bulle con fermentos étnicos y sueños imperiales, y hasta el gran proyecto de la "Ruta de la Seda" evoca sugerencias medievales; Europa es incapaz de encontrar su propia identidad convencida y compartida. La Unión Europea es un rótulo grandilocuente para definir una alianza conflictiva e incierta entre 27 de los 50 países de Europa, que involucra a 450 millones de personas de los 720 de todo el "continente". Por no hablar de las repercusiones que todo esto tiene en la vida de los habitantes de las Américas y Oceanía, continentes étnicamente formados por pueblos europeos, asiáticos y africanos.

En medio de toda esta confusión, hay un país que resume todas las contradicciones y crisis de identidad, lo que constituye su maldición y al mismo tiempo su singularidad en el escenario internacional. Es Rusia, el único país verdaderamente "intercontinental", el "Mundo Ruso", que ocupa una sexta parte de las tierras emergidas de la tierra, que reivindica el primado de extensión en los hielos del Ártico y Groenlandia. Rusia constituye por sí sola casi la mitad de Europa y casi la mitad de Asia. A pesar de estar muy escasamente poblada, sólo 144 millones de habitantes, en ella conviven más de 200 nacionalidades, pero expresa una cultura dominada por un solo pueblo, el ruso, que en Asia se propone como europeo y en Europa repite el grito de ataque de los pueblos asiáticos, como escribió el poeta Aleksandr Blok en los tiempos de la revolución, en su poema "Los escitas":

Vosotros - millones. Nosotros - enjambres aguerridos.

¡Pelead contra nosotros, o atrevidos!

¡Sí, nosotros - los asiáticos! Sí, nosotros - los escitas,

¡Ojos rasgados y llenos de voracidad!

Nosotros - sólo una hora, vosotros tenéis siglos.

Nosotros, siervos dóciles y obedientes,

Éramos el escudo entre las razas adversas

¡De Europa y de los pueblos bárbaros!

Vuestro martillo forjaba los siglos,

cubriendo el estruendo de la lavina,

Y para vosotros se convirtió en un cuento de hadas

¡La destrucción de Lisboa y Messina!

Mirasteis hacia Oriente durante siglos,

Amasando y fundiendo nuestro oro,

Y esperabais el momento adecuado

¡Para apuntarnos con vuestros cañones!

Y ahora. La desgracia bate sus alas,

Y cada día aumenta la ofensa,

¡Y llegará el momento en que ningún

Rastro de Paestum quedará ileso!

El filósofo Vladimir Solov'ev, a fines del siglo XIX, llamó a esta pretensión de los rusos "panmongolismo", que se remonta al período en que Rusia estaba bajo el yugo de los tártaros. El otro nombre que se volvió muy evocador después de la revolución, y hoy se ha vuelto a usar para definir el alma y la política rusa, es Eurasia.

El movimiento eurasista realmente existió a principios del siglo XX y terminó disolviéndose en las contradicciones entre los que apoyaban y los que rechazaban el régimen soviético. Ha vuelto a surgir, bajo otra forma, en los veinte años de Putin, especialmente gracias a uno de los ideólogos del nuevo poder, el filósofo Aleksandr Dugin, quien en 1996 publicó un texto-manifiesto, "Los misterios de Eurasia", para inspirar un partido, Evrazija, que se fundó en 2002 y se amplió al año siguiente en el Movimiento Euroasiático internacional. Estas sugestiones confluyeron en el partido del presidente, ese "Rusia Unida", Edinaja Rossija, que con sus diputados edinorosos ha controlado todas las asambleas parlamentarias del país durante más de una década. La ideología de Putin hoy es firmemente euroasiática, como objeción antiglobalizadora al dominio de las dos verdaderas superpotencias actuales, Estados Unidos y China.

Ya antes de Dugin, en 1994 se formó la Unión de Estados Euroasiáticos por iniciativa del eterno presidente de Kazajistán, Nursultan Nazarbaev, que sigue estando en el centro de atención tras los disturbios de enero en Almaty. Posteriormente esa alianza se transformó y reformuló de diversas maneras, convirtiéndose en 2011 en la Unión Económica Euroasiática bajo la égida de los mismos Putin y Nazarbaev, y asociando a otro exlíder soviético aferrado al poder desde la década de 1990, Aleksandr Lukashenko. De esa manera quedaban integradas Rusia, Bielorrusia y Kazajstán, en vista de una futura "Unión Asiática" capaz de oponerse a la UE y los EE.UU. Se ponía así en evidencia el equilibrio bicontinental, colocando junto a Rusia a un país de Europa del Este y a otro de Asia Central, para atraer a todos los demás a una nueva visión del mundo.

Rusia siempre ha tratado de distinguirse de Asia para asimilarse verdaderamente a Europa, pero nunca ha conseguido cumplir ese proyecto. En realidad, más que a Bielorrusia Moscú necesita aferrarse a otra dimensión de su naturaleza histórico-geográfico, la de Ucrania, la "pequeña Rusia" en cuyas fronteras hoy se concentran más de 100.000 soldados, amenazando con una invasión de consecuencias catastróficas para toda Eurasia y el mundo entero. No existe una frontera real entre Rusia y Ucrania, de la misma manera que no existe un límite entre Rusia y Kazajstán: no es casualidad que Putin los defina a ambos como "países naturalmente rusos" debido a que comparten territorio, historia, idioma y otras miles de dimensiones.

La misma etnia "kazaja", aunque es fundamentalmente turca - y de hecho atrae la atención de otro diseño global, el neo-otomano de la Turquía de Erdogan - tiene mucho en común con la eslava "de frontera" (u-kraina), hasta el punto de que en la lengua rusa no se puede distinguir el sonido de los términos kazàk, habitante de Kazajstán, y kozàk, el "cosaco" que dio origen a la nación ucraniana a partir del siglo XVII, ya que la "o" no acentuada se pronuncia como una "a". Los cosacos eran grupos de seminómadas en los cuales los eslavos se mezclaban con los turcos y los asiáticos, y trataban de defender su libertad viviendo "en los márgenes", luchando contra cualquiera que quisiera someterlos y reducirlos a siervos de la gleba. Si Ucrania es para los rusos el "sofá de casa", donde pueden tumbarse para disfrutar de todas las comodidades, Kazajstán y los países adyacentes (el "Turquestán" de los zares del siglo XIX) es el "patio trasero" donde pueden sentirse completamente libres de toda formalidad, y moverse sin limitaciones para luego recomponerse y volver a aparecer en la alta sociedad.

Las pretensiones rusas de "garantías de seguridad" en las negociaciones con Occidente, para evitar que precipite el conflicto ucraniano, contienen en sí mismas todas estas sugestiones de la Eurasia, de la reconstrucción del espacio exsoviético, del dominio tártaro-mongol y del “gran juego” de Asia Central en el siglo XIX, cuando el Imperio Ruso disputaba a los ingleses estos territorios (especialmente Afganistán) para asegurarse el control de toda Asia. Hoy Rusia depende económicamente tanto del Occidente europeo-estadounidense como del Oriente chino, pero puede hacer valer su fuerza militar, la importancia estratégica de su territorio y la riqueza de materias primas, necesarias para uno y otro. No puede desprenderse de sus "pueblos de frontera", los kazajos-cosacos, que no sólo la protegen del resto del mundo sino que la confirman como el centro del mundo.

 

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