24/02/2018, 12.37
FILIPINAS
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P. Buen, misionero en la cárcel de Ciudad Quezón: ‘Dios ama a cada detenido’

de Santosh Digal

“Trabajar con nuestros hermanos tras las rejas es algo que asusta y que gratifica al mismo tiempo”. Es el segundo centro penitenciario del país en población carcelaria. Los reclusos son aproximadamente 3.600, en una estructura preparada para alojar 800.

Manila (AsiaNews) – “Dios ama a cada uno de los presos y no quiere que ninguno perezca”, Es lo  que afirma el P. Raúl Buen, sacerdote lazarista que desde hace 12 años se desempeña a cargo del ministerio de Justicia reparadora de la diócesis de Cubao, en el área metropolitana de Manila. Una de las actividades a las cuales él ha dedicado su ministerio, es el cuidado pastoral de los detenidos en la cárcel de Ciudad Quezón. Es el segundo centro penitenciario del país en población carelaria: allí hay aproximadamente 3.600 reclusos, en una estructura que ha sido planeada para alojar, como máximo, 800. Un espacio, cuando menos, congestionado; personal insuficiente; fondos escasos; falta de estructuras adecuadas: “las condiciones en las que viven los detenidos son lamentables”, declara a AsiaNews el P. Buen.

En la mañana del segundo jueves de cada mes, el sacerdote encabeza un grupo de estudio bíblico en el penitenciario, a fin de “reforzar la esfera espiritual y emocional” de los reclusos. “Siendo que el sistema judicial es demasiado lento –afirma el padre Buen- muchos detenidos pasan años languideciendo en prisión. Está en el espíritu de la enseñanza de la Iglesia y de los valores del Evangelio que nos esforcemos por llegar a todos aquellos que están en prisión. Es nuestra responsabilidad ocuparnos de su bienestar espiritual y ayudarlos a amar a Jesús”.

“Trabajar con nuestros hermanos que están tras las rejas es algo que asusta y gratifica al mismo tiempo. La primera vez que crucé el portón de la cárcel quedé realmente impresionado y un poco atemorizado, cuando vi la situación desde adentro. Había tantas preguntas y preocupaciones en mi mente, como por ejemplo: ‘¿Quiénes son estas personas?; ¿qué crimen han cometido?: ‘¿son realmente peligrosos?’, cuenta el sacerdote.  “Pero con el correr de los años de servicio en la prisión –sigue diciendo- he descubierto que cada detenido es único. Dios los ama, uno por uno”. “Hay momentos en los que algunos de ellos se quejan, porque la sociedad los considera “basura”, [les da] un trato que es inhumano. Y es precisamente éste el motivo por el cual los voluntarios y yo no nos cansamos se servir a los detenidos. Si bien a veces nos sentimos perdedores, sabemos que somos parte del esfuerzo misionero, y que estamos haciendo lo que debe hacerse para sostener a estas personas”.

“Como otros misioneros, no siempre vemos resultados directos en nuestro trabajo, pero sabemos que nuestros esfuerzos ayudan a los detenidos a desarrollar el amor por Dios. Nos hemos convertido a la idea de que las personas pueden cambiar, incluso estando en prisión”, concluye el padre Buen.

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