Resuelto el 'caso', ¿qué nos dice realmente el Domingo de Ramos más difícil en Jerusalén?
Tras la tensa jornada de ayer, se llegó a un acuerdo para las celebraciones de Pascua en el Santo Sepulcro: la policía garantizará el acceso a los representantes de las Iglesias para que puedan transmitir los ritos en directo desde la basílica, que permanecerá cerrada. Este episodio vuelve a plantear el tema del "statu quo" de los Lugares Santos. Normas y tradiciones de una Jerusalén que, incluso en tiempos de guerra, no se puede reducir a una dimensión meramente política.
Milán (AsiaNews) - “De acuerdo con la policía israelí, se ha garantizado el acceso a los representantes de las Iglesias para que puedan celebrar las liturgias y ceremonias, y se preserven las antiguas tradiciones pascuales en la Iglesia del Santo Sepulcro. Naturalmente, y en vista del actual estado de guerra, se mantienen vigentes por el momento las restricciones actuales sobre las reuniones públicas. En consecuencia, las Iglesias ofrecerán transmisiones en directo de las liturgias y oraciones a los fieles en Tierra Santa y en todo el mundo”.
Este es el contenido del nuevo comunicado conjunto difundido hoy por el Patriarcado Latino de Jerusalén y la Custodia de Tierra Santa, que afortunadamente pone fin a la crisis que comenzó ayer por la mañana, cuando se denegó al cardenal Pierbattista Pizzaballa y al custodio franciscano Francesco Ielpo el permiso para entrar en la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén para celebrar la misa del Domingo de Ramos. Ya se había previsto que la celebración se realizaría sin fieles, pero la policía israelí lo impidió alegando las disposiciones vigentes que prohíben las concentraciones —incluidas las religiosas— debido al peligro de ataques con misiles desde Irán.
Después de que la noticia diera la vuelta al mundo y provocara reacciones críticas incluso de socios internacionales muy cercanos a Netanyahu —como el embajador de EE. UU. en Israel, Mike Huckabee, y el primer ministro húngaro, Victor Orban, por citar sólo dos nombres—, el propio primer ministro israelí anunció anoche en la red social X que había dado instrucciones para que se concediera al patriarca Pizzaballa un “acceso pleno e inmediato” al templo.
Ha prevalecido así la solución más lógica para salvaguardar tanto las necesidades de seguridad como el derecho al culto. Y por eso lo ocurrido ayer merece una reflexión ya que, más allá del incidente puntual, lo que está en juego es la manera de entender el significado religioso de Jerusalén para sus diversas comunidades.
En sus declaraciones iniciales, las autoridades israelíes justificaron la prohibición alegando que el objetivo era proteger la integridad de los dos religiosos, quienes se habrían expuesto a riesgos en caso de un ataque iraní con misiles. Esta explicación no se sostiene. Quien conoce Jerusalén sabe que tanto el Patriarcado Latino —donde reside el cardenal Pizzaballa— como el monasterio de San Salvador —sede de la Custodia— se encuentran en el barrio cristiano de la Ciudad Vieja. Esto significa que están a poco más de 100 metros en línea recta de la basílica, en zonas donde también podrían caer restos de un misil interceptado. Y ambos son edificios históricos con características similares a las del Santo Sepulcro. No se entiende cuál sería el “mayor riesgo” que supondría permitirles acceder individualmente a la basílica, de la cual, para la Iglesia latina, son los máximos representantes, para realizar solo una celebración en nombre de toda la comunidad católica de Tierra Santa en una festividad tan importante.
Por eso es mucho más probable que el verdadero motivo de la negativa - que se hizo tras una petición expresa - fuera otro. No querían permitir ningún rito, independientemente de su forma, para evitar sentar precedentes que complicaran la relación con otras comunidades religiosas. En el fondo, se trataba de afirmar que —en una situación objetivamente problemática— en última instancia es el gobierno de Israel quien decide qué puede ocurrir o no en los santuarios de las distintas confesiones. Y esa es la razón fundamental que produjo la tensión en Jerusalén este Domingo de Ramos.
No es casualidad que la protesta difundida ayer por el Patriarcado y la Custodia citara las normas del “statu quo”, es decir, las normas consuetudinarias que desde la época otomana salvaguardan los derechos de todas las confesiones religiosas en Jerusalén. No se trata de antiguos privilegios, sino de una forma de convivencia entre musulmanes, cristianos de todas las denominaciones y judíos, forjada a lo largo de la turbulenta historia de la ciudad, tras muchos días difíciles como el de ayer. Un sistema que ha resistido tormentas tan graves como el actual conflicto en Oriente Medio y que se debe proteger, no por una reivindicación gremial, sino porque no hay camino hacia la paz en Jerusalén que no pase por el respeto a las identidades religiosas de todos.
No comprender que para los católicos de rito latino es esencial poder celebrar, al menos de manera simbólica, los ritos de la Semana Santa dentro de la basílica del Santo Sepulcro, implica no reconocer la esencia misma de la identidad plural de Jerusalén. Y lo mismo se aplicará la próxima semana para los ortodoxos, como sucederá en las próximas horas con la Pascua judía, y como ocurrió hace unos días con los musulmanes durante el Ramadán. Insistir en la presencia en el Santo Sepulcro de una forma que no suponía ninguna desobediencia a las disposiciones sobre reuniones públicas (la procesión del Domingo de Ramos ya se había cancelado, como era obvio), no fue una demostración de fuerza ni un gesto de heroísmo. Fue solamente una manera de recordar que Jerusalén, incluso en tiempos de guerra, es un lugar que no se puede reducir exclusivamente a consideraciones político-militares.
Así lo entendieron muchas voces del mundo judío israelí que ayer —a pesar de que viven en esa misma Jerusalén que lidia con las alertas de misiles iraníes— hablaron de una rigidez exagerada en la aplicación de las normas. Por ello, cabría preguntarse si esa falta de comprensión sobre la importancia de la Semana Santa para los cristianos por parte de quienes decidieron la medida surge de la nada, o si es el resultado del constante crecimiento, durante la era Netanyahu, de una determinada manera de ver la "capital única e indivisible" con un nacionalismo que privilegia la historia judía en detrimento de los otros rostros (innegables) de la Ciudad Santa. Y si se puede considerar una mera coincidencia que esto ocurra precisamente cuando el Ministerio del Interior, responsable de la policía en Jerusalén, está firmemente en manos de los mismos sectores que educan extremistas que suelen escupir al suelo cuando se cruzan con un religioso cristiano en la Ciudad Vieja. Sin olvidar lo que está ocurriendo en Taybeh, la única aldea cristiana de Cisjordania, hoy también expuesta a las incursiones de los colonos.
Pero hay otro hecho que conviene señalar: el visto bueno de Netanyahu llegó tras las reacciones de numerosos gobiernos de todo el mundo. Esto demuestra que los Lugares Santos de Jerusalén tienen un significado que, por su propia naturaleza, es universal. Esa es precisamente la razón por la cual la Santa Sede ha pedido constantemente un estatus garantizado internacionalmente para la Ciudad Santa. Ayer quedó demostrado, en términos concretos, lo que esto significa. En su raíz, no es una injerencia política, sino la necesidad de que el significado que cada comunidad atribuye a Jerusalén sea respetado por quien gobierna la ciudad. Y también es importante que quienes se preocupan por el futuro de Israel lo recuerden.
Por último, algunos se han preguntado: con toda la violencia de la guerra, ¿era realmente tan importante caldear los ánimos con una polémica sobre una celebración religiosa? La pregunta está mal formulada, porque se basa en un prejuicio: la idea de que Jerusalén es algo diferente de lo que realmente es. Que los Lugares Santos son monumentos simbólicos, a los que se debe permitir el acceso a turistas y peregrinos devotos en tiempos de paz, quienes incluso observan sus pintorescos ritos con satisfacción estética; pero están convencidos de que el derecho a la oración es la expresión de un mundo que no tiene nada que ver con la dura realidad de quienes viven todos los días en esta tierra. Por el contrario, ninguna otra ciudad del mundo atestigua, como Jerusalén, que las comunidades religiosas son presencias vivas. Y que, nos guste o no, son el corazón que la hace única.
Para los cristianos de Tierra Santa, negarse a vivir esta Pascua marcada por la guerra lejos del Santo Sepulcro significa afirmar una idea muy concreta: la cruz y la tumba vacía que hemos venerado durante siglos en esa basílica son el camino para afrontar la realidad cara a cara, para ir más allá de las ideologías cargadas de odio que están reduciendo a escombros a Oriente Medio. Son el camino hacia la reconciliación, en el respeto a todos los creyentes que viven en esta Tierra Santa, para afrontar juntos el desafío de la paz. Incluso con herramientas como el “statu quo” de Jerusalén que, con todos sus límites, custodia desde hace siglos la idea de que es posible vivir juntos. Incluso en el corazón de los conflictos.
07/06/2016 13:47
16/05/2018 20:38
