17/03/2020, 14.08
VATICANO
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Papa: recemos por los ancianos, que en estos días están solos y tienen miedo

Dios desea que se perdone “de corazón”. Cuando Dios nos perdona, se olvida de todo el mal que hemos hecho. Quizás hay quien diga: ‘Es la condición de Dios’. “Cuando vayamos a confesarnos, a recibir el sacramento de la reconciliación, primero debemos preguntarnos: ‘Yo, ¿perdono?’ Si siento que no perdono, no fingir el perdón, porque entonces no seré perdonado”. 

 

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – Oremos por los ancianos, que en estos días se encuentran solos y tienen miedo. La epidemia continúa siendo el centro de la oración matutina de Papa Francisco, que dedica a los enfermos la misa celebrada en Santa Marta. “Quisiera que hoy rezáramos por los ancianos - dijo al comenzar la celebración - , que sufren especialmente en este momento, con una soledad [interior] muy grande, y al mismo tiempo, con mucho miedo. Recemos al Señor para que esté cerca de nuestros abuelos, de nuestra abuelas, de todos los ancianos, y les dé fuerza. Ellos nos han dado la sabiduría, la vida, la historia. Que nosotros también estemos cerca de ellos con la oración”. 

En la homilía, partiendo del pasaje del Evangelio (Mt 18,21-35) en el cual Jesús habla del perdón, Francisco afirmó que lo que Dios desea es que podamos “ser magnánimos”, “perdonar, perdonar de corazón”.

“Jesús – explicó - acababa de dar una catequesis sobre la unidad de los hermanos, y la concluyó diciendo algo muy bello: ‘Yo les aseguro que si dos o tres de ustedes, se ponen de acuerdo y piden una gracia, mi Padre que está en el cielo se las concederá”. La unidad, la amistad, la paz entre los hermanos atrae la benevolencia de Dios. Y entonces, Pedro pregunta: ‘Sí, pero con las personas que nos ofenden, ¿qué debemos hacer? Si mi hermano comete una falta contra mí, me ofende, ¿cuántas veces debo perdonarlo? ¿Siete veces?’. Y Jesús responde con una expresión que, en su idioma, quiere decir ‘siempre’: ‘Setenta veces siete’. Se debe perdonar siempre. Y perdonar no es fácil. Porque nuestro corazón egoísta siempre está apegado al odio, a las venganzas, a los rencores. Todos hemos visto familias destruidas por los odios familiares, que pasan de una generación a otra. Hermano que, delante del ataúd de uno de sus padres, no se saludan porque cargan con antiguos rencores. Parece que es más fuerte apegarse al odio que al amor, y este es precisamente el tesoro por decir así - del diablo. Él siempre se agazapa entre nuestros rencores y odios y los hace crecer, los mantiene allí para destruir. Destruir todo. Y muchas veces,  por cosas pequeñas, destruye. Y aunque destruya, este Dios ha venido no para condenar, sino para perdonar. Este Dios, que es capaz de hacer fiesta por un pecador que se acerca, y olvida todo”. 

“Cuando Dios nos perdona - en cambio – él se olvida de todo el mal que cometimos. Puede que alguien diga: ‘Es la condición de Dios’. No tiene memoria, es capaz de perder la memoria en estos casos. Dios pierde la memoria de las historias horribles de tantos pecadores, de nuestros pecados. Nos perdona y sigue adelante. Solamente nos pide: ‘Haz tú lo mismo: aprende a perdonar’, no seguir cargando con esta cruz estéril del odio, del rencor, del ‘me las pagarás’. Esta frase no es cristiana ni humana. La generosidad de Jesús, que nos enseña que para entrar en el cielo debemos perdonar, dice, en cambio: ‘Tú, ¿vas a misa?’ – ‘Sì’ – ‘Bueno, pero cuando vayas a misa, recuerda si  tu hermano tiene algo contra ti, y ve y reconcíliate primero con él; no vengas a verme con el amor hacia mí en una mano y el odio al hermano en la otra”. Coherencia en el amor. Perdonar. Perdonar de corazón”. 

“Hay gente que vive condenando a la gente, hablando mal de la gente, ensuciando continuamente  a sus compañeros de trabajo, a los vecinos, a los parientes, porque no perdonan algo que les hicieron o algo que no les agradó. Parece ser que la riqueza del diablo es justamente esta; sembrar el amor al no-perdonar, vivir apegados a no-perdonar. Y el perdón es la condición para entrar al cielo”. 

“La parábola que cuenta Jesús es muy clara: perdonar. Que el Señor nos enseñe esta sabiduría del perdón, que no es fácil. Y hagamos una cosa: cuando vayamos a confesarnos, a recibir el sacramento de la reconciliación, antes, preguntémonos: ‘¿Yo perdono?’ Y si yo siento que no perdono, entonces no fingir pedir perdón, porque no seré perdonado. Pedir perdón significa perdonar. Las dos cosas van de la mano, juntas. No se pueden separar”.

“Que el Señor – concluyó - nos ayude a entender esto, y a agachar la cabeza, a no ser soberbios, a ser magnánimos en el perdón. Al menos, a perdonar ‘por interés’. ¿Cómo es eso? Sí; perdonar, porque si yo no perdono, no seré perdonado. Al menos esto. Pero siempre, el perdón”.

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