08/04/2016, 15.15
VATICANO
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Acompañar, discernir e integrar: la propuesta del Papa Francisco para los matrimonios “irregulares”

El capítulo octavo de la Amoris Laetitia está dedicado a las situaciones familiares que no viven el matrimonio según la doctrina de la Iglesia. No es posible, escribe Francisco, “determinar reglas canónicas generales, válidos para todos:  el camino que hay que seguir no es el de la casuística sino la del discernimiento, caso por caso”. La admisión a los sacramentos citada solamente en una nota; puertas abiertas a la acogida en los diversos servicios eclesiales. Los pastores están invitados a escuchar “con el deseo sincero de entrar en el corazón del drama de las personas”.

Ciudad del Vaticano (AsiaNews)- Las leyes morales “no son piedras”, pero esto no quiere decir que la Iglesia deba o pueda obscurecer la grandeza de la enseñanza de Cristo sobre el matrimonio, sacramento indisoluble. Sin embargo es necesaria una mayor misericordia en relación con las situaciones “irregulares”, que puede ser aplicada a través de tres verbos claves: acompañar, discernir e integrar. Pero, en el acompañar, “no debe pasar el grave riesgo de mensajes equivocados”, como la idea que algún sacerdote pueda conceder rápidamente “excepciones” o que existan personas que puedan obtener privilegios sacramentales en cambio de favores (n.300).

Es el sentido del octavo capítulo de la Exhortación apostólica post-sinodal “Amoris laetitia”, que se hizo pública hoy. El texto inicia con una anotación general que de alguna manera responde a las miríadas de polémicas que han acompañado a los dos Sínodos dedicados a la familia (octubre 2014 y 2015). En el parágrafo 2, el Papa escribe de hecho: “Los debates que se encuentran en los medios de comunicación o en las publicaciones y hasta entre los ministros de la Iglesia van de un deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión o fundamento, a la actitud que pretende resolver todo aplicando normativas generales o sacando conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas”.

Sin embargo esto no cambia el sentido de la riqueza “poliédrica” del debate en el seno de la Iglesia: “Debo decir que el camino sinodal ha llevado en sí una gran belleza y ofreció mucha luz. Agradezco por las muchas  contribuciones que me han ayudado a considerar los problemas de las familias del mundo en toda su amplitud. El conjunto de las intervenciones de los Padres, que he escuchado con constante atención, me pereció un precioso poliedro, constituido por legítimas preocupaciones y por preguntas honestas y sinceras” (n. 4)

A las situaciones “irregulares” son dedicados los parágrafos 296-312. No es nunca nombrada la admisión a la Eucaristía en el texto, sino en una nota. Escribe el pontífice en el parágrafo 305: “A causa de los condicionamientos o de los factores atenuantes, es posible que, dentro de una situación objetiva de pecado- que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea en modo pleno- se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar y se pueda también crecer en la vida de gracia y de caridad, recibiendo a tal fin la ayuda de la Iglesia”. Esta ayuda, agrega en la nota 351, “en ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos”. Por esto: “recuerdo a los sacerdotes que el confesionario no debe ser una sala de tortura sino el lugar de la misericordia del Señor” (Exhortación “Evangelium gaudium”). Igualmente señalo que la Eucaristía “no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los más débiles” (Ibid)”.

El capítulo es por lo tanto muy claro en el explicar que no son posibles reglas generales, válidas para todos: el camino que hay que seguir no es el de la casuística sino la del discernimiento caso por caso. Observa el Papa: “Hay que evitar juicios que no tengan en cuenta la complejidad de las diversas situaciones y es necesario estar atentos al modo en el cual las personas viven y sufren por motivo de su condición” (n. 296) Y agrega: “Se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar el propio modo de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia inmediata, incondicionada y gratuita” (n. 297). Aún más: “Los divorciados que viven una nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diversas, que no deben ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar espacio a un adecuado discernimiento personal y pastoral” (n.298).

En esta línea, refiriéndose a cuánto dicho al inicio de la “Amoris laetitia”, el pontífice agrega: “En lo referencia al modo de tratar las diversas situaciones llamadas “irregulares”, los padres sinodales han alcanzado un consentimiento general, que sostienen: “En orden de una acercamiento pastoral hacia las personas que contrajeron matrimonio civil, que son divorciados y vueltos a casar o que simplemente conviven, compite a la Iglesia revelar a ellos la divina pedagogía de la gracia en sus vidas y ayudarlos a alcanzar la plenitud del plan de Dios en ellos, siempre posible con la fuerza del Espíritu Santo” (n.297).

La participación de ellos “puede expresarse en diversos servicios eclesiales: se necesita por lo tanto discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas. Ellos no sólo no deben sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que los acoge siempre, se ocupa de ellos con afecto y los alienta en la camino de la vida y del Evangelio. Esta integración es necesaria también para atención y la educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados como los más importantes” (n. 299).

La orientación y el sentido de la Exhortación se encuentran en el parágrafo 300: “Si se tiene en cuenta la innumerable variedad de situaciones concretas (…) es comprensible que no se debía esperar del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónico, aplicable a todos los casos. Es posible solamente un nuevo alentar hacia un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares, que debería reconocer que, siendo el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, las consecuencias o los efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre los mismos”.

Exigencias y características del camino de acompañamiento y discernimiento son explicadas con el diálogo profundizado entre los fieles y los pastores. Por esto, Francisco reclama la reflexión de la Iglesia “sobre condicionamientos y circunstancias atenuantes” por lo que se refiere a la imputabilidad y responsabilidad de las acciones: “Es verdad que las normas generales presentan un bien que no se debe jamás desatender ni ser negligentes, sino en sus formulaciones no pueden abrazar absolutamente a todas las situaciones particulares. Al mismo tiempo es necesario decir que, justamente por esta razón, lo que hace parte de un discernimiento práctico delante de una situación particular no puede ser elevado al nivel de norma” (304)

Antes de cerrar el capítulo, Francisco subraya con fuerza: “Comprender las situaciones excepcionales no implica jamás esconder la luz del ideal más pleno ni proponer menos de cuánto Jesús ofrece al ser humano. Hoy, más importante que una pastoral de fracasos es el esfuerzo para consolidar los matrimonios y así prevenir las futuras rupturas” (n. 307).

 

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