07/09/2016, 16.09
ITALIA – SIMPOSIO – ASIA
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P. Brian: La misericordia de la Madre Teresa, amor en acción que nos provoca a todos

de Brian Kolodiejchuk*

El postulador de la causa de canonización de la Madre recuerda cuán “providencial” ha sido que la santificación se dé en el Año santo de la misericordia: “Todos somos llamados a ser testigos del amor sin límites de Dios”. El obrar de la fundadora de las Misioneras de la Caridad “siempre estuvo marcado por la conciencia de ser instrumento, y no motos”. Los recuerdos de sus primeras compañeras y el “perdón puesto en práctica” incluso ante los escándalos y el dolor. La intervención pronunciada en el Simposio Internacional 2016 de AsiaNews

 Roma (AsiaNews) – La Madre Teresa ha sido canonizada, de manera muy adecuada –y mu providencial- durante este Año santo extraordinario de la Misericordia. Como dijo el Papa Francisco, la esperanza es que durante este Jubileo la Iglesia exprese su “misión de ser testigo de misericordia”. Las obras apostólicas de la Madre Teresa y de las Misioneras de la Caridad son justamente obras de misericordia –corporales y espirituales.   

Quisiera presentar algunas ideas de la Madre Teresa sobre la misericordia del Señor en su vida y en su trabajo.

La misericordia – término que, literalmente, significa “dar el corazón a los infelices”- abarca tanto la interioridad como la exterioridad. El corazón –entendido en su sentido bíblico, es decir, como pensamiento y sentimiento-  y la acción. La Madre lo enunciaría así: “Debemos poner nuestro amor en la acción”. Porque el amor involucra nuestro ser entero, “corazones para amar y manos para servir”. Y así, la misericordia obra del mismo modo.

El Año de la Misericordia es ante todo un modo para recordarnos a cada uno de nosotros que ante Dios todos necesitamos misericordia; en este sentido, somos todos pobres, estamos todos al mismo nivel. Nuestras “necesidades” pueden no ser las mismas vistas desde afuera, pero frente al Señor nosotros estamos sin ninguna “coraza” externa, por decir así. Ante Dios somos mendigos de su amor, de su perdón y de su misericordia.

Para adaptarlo al vocabulario de Madre Teresa, podemos definir esta realidad –nuestra pobreza interior. Como la “Calcuta del corazón”, y quizás, más precisamente “la Calcuta de mi propio corazón”. La Madre Teresa solía repetir: “Calcuta está en todas partes”. Es verdad que tal vez podremos no realizar nunca un acto realmente malvado o miserable, pero el simple hecho de ser capaces de ello nos coloca entre los pobres.

Este concepto es fundamental en nuestra vida como cristianos. Jean Vanier, el canadiense fundador de El Arca –comunidad que vive y trabaja con hombres y mujeres con discapacidad mental- enfatiza este punto:  : “Cuando vivimos día tras día con personas afectadas por discapacidades graves, nuestros límites y nuestra oscuridad se tornan obvios. Pero esta experiencia me ha ayudado a comprender que no podemos crecer en el amor y en la compasión si no reconocemos, con absoluta sinceridad,  quiénes somos y aceptamos nuestra pobreza radical. La persona pobre no existe solamente en el otro, sino también dentro de nosotros. Esta verdad es la base del crecimiento humano y espiritual, y es el fundamento de nuestra vida cristiana.  ‘Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos’. El pobre, que nos revela su pobreza, se vuelve así un sacramento”.

 

Esto implica que nuestra actitud no debe ser la de “mirar desde arriba hacia abajo”, como si fuésemos superiores cosa que, obviamente, no es verdad- sino que ésta debe ser, por el contrario, reconocer la verdad: nosotros mismos somos uno con el pobre, somos identificables entre los  que tienen necesidad.

La Madre Teresa fue un ejemplo espléndido de esta actitud: “Su corazón –decía sister Nirmala, que se convirtió en Superiora general de las Misioneras de la Caridad inmediatamente después de serlo su fundadora- era grande como el Corazón de Dios mismo. Lleno de amor, de afecto, de compasión, de misericordia. Ricos y pobres, jóvenes y ancianos, fuertes y débiles, instruidos e ignorantes, santos y pecadores de todas las naciones, culturas y religiones encontraron un abrazo amoroso en su corazón. Porque en cada uno de ellos, ella vería el rostro de su Amado, Jesús”.

La Madre Teresa se encontraba muy a gusto con su propia pobreza. Sister Nirmala cuenta que la Madre “estaba convencida de ser pobre y pecadora, pero confiaba en el amor tierno y en la misericordia de Jesús”. La Madre incluso “sentía siempre la necesidad de la misericordia de Dios. ¡Cuán misericordioso es el Señor en regalarnos todas las cosas que nos da! Por eso estaba muy agradecida a Dios”.

La Madre misma dijo: “Jesús, que nos ama a cada uno de nosotros tiernamente con misericordia y compasión, obra milagros de perdón”.

Siendo consciente de su propia pobreza y de su propia miseria, era aún más consciente de la realidad del perdón y de la compasión del Señor. Como consecuencia, ella siempre estaba dispuesta a perdonar y tener compasión hacia los otros.

Ella misma lo explicaba de esta manera: “Necesitamos mucho amor para perdonar, y mucha humildad para olvidar, porque jamás hay un perdón completo su al mismo tiempo no olvidamos.  Y si no olvidamos, aún cuando digamos que hemos perdonado, no estamos en grado de hacerlo. Hasta que no olvidamos, no podemos perdonar plenamente. Y esto es lo más maravilloso de la misericordia de Dios. Él no solamente perdona, sino que olvida, y no vuelve más sobre el tema: como el padre, que no habló más de lo ocurrido con el hijo [en la parábola del hijo pródigo]. Ni siquiera le dice que olvide sus pecados.. Él mismo lloraba de alegría. Estos son maravillosos ejemplos de vida que debemos compartir. A través del Evangelio, debemos llevar estas cosas a la vida”.

Esto no quiere decir que siempre podamos olvidar, literalmente, el mal que recibimos, o que no debamos actuar con prudencia en respuesta a lo que otra persona dice o hace; sino que esto significa, en cambio, que en nuestra actitud y en la manera de relacionarnos de manera personal con el otro, necesitamos perdonar y olvidar. Debemos al menos obrar (¡sinceramente!) como si no recordáramos la ofensa de ayer.

Lo que la Madre Teresa pensaba, también lo ponía en práctica. No se escandalizaba por los pecados ajenos, y sabía que también ella podía caer. Una de sus colaboradoras tuvo la experiencia de su perdón incondicional. Esta persona había hecho algo realmente equivocado, y estaba pasando por un momento muy feo, siendo presa de la culpa y de la vergüenza. Entonces decide contarle todo a la Madre.

Así es como ella narra la experiencia: “Luego de escuchar la historia entera, lo primero que me preguntó la Madre fue si alguien más sabía de esto. Luego de decirle que solamente estaba al tanto el sacerdote con quien me había confesado, me miró con un amor enorme y con ternura en sus ojos. Me dijo: ‘Jesús te perdona y la Madre te perdona. Jesús te ama y yo te amo. Jesús sólo ha querido mostrarte tu pobreza. Ahora, cuando alguien venga a verte con una historia similar, tendrás compasión de él’. Le pedí que no se lo dijera a nadie, y prometió hacer así, de un modo muy tierno. No me preguntó: ‘¿Por qué lo hiciste? ¿Cómo has podido hacerlo? ¿No te avergüenzas de haber causado semejante escándalo?’. Ni siquiera me dijo que no vuelva a hacerlo”.

 

Como sabemos, en el sacramento de la confesión encontramos la misericordia de Dios de manera directa y personal.  El modo de comportarse que la Madre Teresa mostraba a la persona torcida de alguna manera reclamaba al modo en que Dios se comporta con nosotros: amor misericordioso que va al encuentro de nuestra miseria, no con una actitud de superioridad, no con una actitud de un maestro o de quien juzga, sino con la actitud de un padre amoroso que recibe con alegría al hijo pródigo.

Una sister me contó esta historia: “Una vez fui a Calcuta para un retiro. Estaba  preocupada e inquieta por un pecado que había cometido. Entonces fui a ver a la Madre. Escribí todos mis errores, mis debilidades y sobre todo, el pecado que me estaba perturbando tanto, y di la hoja de papel a la Madre. Ella leyó todo… Y luego la hizo añicos, diciéndome: ‘Pongo todo esto en el Corazón de Jesús. No dudes jamás, jamás, de la misericordia de Dios. Una vez que hayas confesado todos tus pecados, recuerda que Dios te ha perdonado y ha olvidado todo’. Y luego me habló del gran amor de Dios, de su perdón y de su misericordia. Y ese pecado que cometí, en lugar de alejarme de Dios, fue un instrumento para volverme humilde, para llevarme más cerca de Él, y aumentar mi devoción al Corazón misericordioso de Jesús. Gracias a la Madre”.

La misma Madre Teresa se acercaba con fidelidad y regularidad al sacramento de la Reconciliación, incluso durante sus frecuentes viajes. Dice sor Nirmala: “Incluso mientras viajaba de casa en casa, la Madre era fiel a su confesión semanal”. Para ella no se trataba de costumbre o rutina, sino que cada vez era un nuevo encuentro con la misericordia y el amor del Señor.

La madre era muy consciente de que “el diablo odia a dios”. “Y este odio en acción nos está destruyendo, llevándonos a cometer nuevos pecados y a compartir el mal… y cuando compartimos este mal, nos alejamos de Dios. Pero es aquí que llega la maravillosa misericordia de Dios. Sólo debes darte vuelta y pedir disculpas. Esto es lo espléndido de la confesión. Vamos hacia la confesión como pecadores con un pecado y salimos como pecadores, pero sin pecados. Esta es la maravillosa misericordia de Dios. Perdonar siempre. No sólo perdonar, sino amar. Con gentileza, amor, paciencia. Y es esto lo que el diablo odia de Dios: esa ternura y ese amor por el pecador”.

La pobreza como un estado que va más allá de la pobreza material es un concepto que se desarrolló en la cabeza y en el corazón de Madre Teresa cuando su misión se expandió llegando a Occidente.

Una vez alguien le dijo a la Madre: “Cuando usted dice pobreza, muchas personas piensan en la pobreza material”. Y ella le respondió: “Este es el motivo por el cual decimos que la mayor de las pobrezas está representada por la persona que no es amada, que no es deseada, que no es cuidada, los olvidados, los abandonados… La pobreza material  siempre puedes satisfacerla con la materia: si tomamos a una persona que tiene hambre de pan y le damos el pan, lo habremos satisfecho. Pero si encontramos a un hombre solo, rechazado, dejado de lado por la sociedad, entonces la ayuda material no podrá ayudarlo. Porque para remover esa soledad que hace tanto mal se necesita de la oración, del sacrificio, de la ternura y del amor. Y a menudo estas cosas son difíciles de dar. No hay sólo hambre de pan, sino también hambre de amor. Estar desnudo no se refiere a un pedazo de tela, sino a aquellos que son despojados de su dignidad humana. Estar sin casa no significa sólo no tener un lugar donde dormir, sino el hecho de ser echados afuera por la sociedad”.

Es necesario destacar que para la Madre Teresa es necesario, si se quiere curar estas pobrezas, no solamente demostrar caridad sino también usar los medios sobrenaturales como la oración y el sacrificio.

La misma persona le siguió preguntando: “Vemos a usted y a sus hermanas hacer tantas cosas maravillosas, con ternura, sobre todo con los niños. Basta sólo ver cómo los tratan, es una cosa realmente inspiradora. ¿Quisiera decirnos algo?

Y la Madre respondió: “No se trata de lo que hagamos o de cuán grandes sean las cosas que logramos hacer, sino de cuánto amor ponemos en lo que hacemos. Nosotros somos seres humanos y las cosas pueden parecernos pequeñas, pero una vez que las ponemos en las manos de Dios… Dios es infinito. Y esa pequeña acción realizada es tomada y transformada en una acción infinita. Dios es infinito, no hay medida para Él. Justamente como no existe para Él el tiempo…Dios “es”. Dios no puede ser nunca “era”. Del mismo modo, el amor de Dios es infinito: lleno de ternura, lleno de misericordia, lleno de perdón, lleno de gentileza, lleno de sentido. Pensemos solamente en las cosas que Dios piensa para nosotros: ¡es sorprendente! El Señor debe pensar en el mundo, en el Paraíso, en la tierra… Sin embargo se ocupa muchísimo de las cosas simples, de las cosas pequeñas que pueden llevar alegría a alguien. A alguno que hoy lo necesite. Esta es la acción de Dios en el mundo, el amor de Dios en acción. Y ahora Dios ama al mundo a través de nosotros. Como mandó a Jesús para probar al mundo cuánto nos ama Él. Hoy Cristo nos está usando, lo usa a usted… Quiere probar al mundo que Él “es” y que Él ama al mundo”.

Para lograr amar con la misericordia y la compasión de Jesús, debemos estar convencidos de que Él nos ama. Para hacerlo, un modo especial es a través de la oración.

Explica la Madre Teresa. “Nosotros somos muy preciosos para Él. Como dijo Isaías: “tú eres precioso para Mí, te llamaré por tu nombre, tú eres mío. El agua no te ahogará, el fuego no te quemará. Derrotaré las naciones para ti, porque para mí tú eres precioso, porque yo te amo”. Esta ternura del amor de Dios, su compasión, su misericordia y perdón, están expresados de una manera maravillosa cuando Él dice que “aunque una madre se olvidase de su hijo, yo no me olvidaré jamás de vosotros. Os he llevado en la palma de mis manos”. Pensemos solamente en cuántas veces vosotros, nosotros hemos llamado a Dios: estamos en la palma de Sus manos y Él nos mira de tan cerca, con amor y ternura…Esta es la oración”.

“El fruto de la oración es el amor y el fruto del amor es el servicio”. Así decía la Madre hablando del amor en acción”. Durante uno de sus discursos, ella quiso desafiar a los presentes: “¿Conocen la puerta de vuestro vecino? ¿Saben que allí hay una persona ciega? Que hay un enfermo, un anciano que se quedó solo, ¿lo saben? Y si lo saben, ¿habéis hecho algo? He aquí vuestra posibilidad de dar amor, de volver mañana para hacer algo. Miren, observen y hagan algo por alguien. Habréis expresado vuestro amor por Dios en una acción viviente. No basta con decir “te amo”. No basta: hagan algo. Y ese algo debe ser algo que os duela. Porque el verdadero amor hiere. Cuando miren la Cruz, vean cuánto nos ha amado Jesús. Y Él quiere que también nosotros nos amemos del mismo modo”.

En Khalighat, la casa para moribundos de Calcuta, uno de los asistidos le preguntó a Madre Teresa después de haber recibido las curaciones: “¿Jesús es como tú?” Y otro le dijo, en una anécdota que ella misma repetía a menudo. “Toda mi vida he vivido como un animal en las calles. Pero ahora muero como un ángel, amado y curado”. En aquella salas oscuras brilla la luz de Cristo, Su presencia y Su misericordia se reflejan sobre todos aquellos que entran, los enfermos y los sanos, la Hermanas y los voluntarios, aquello que tienen otra fe y aquellos que no tiene ninguna.

Estamos llamados a reflexionar sobre el mismo amor tierno y misericordioso de Dios hacia aquellos que nos rodean, hasta ser “portadores del amor de Dios”, Misioneros de la caridad, de modo particular con aquellos que tienen más necesidad. Al mismo tiempo, mientras amamos a los otros debemos amar de manera directa también a Jesús. Estar convencidos de que lo que hagamos “Lo habréis hecho a mí” -como dice Jesús en el cap. 25 del Evangelio de Mateo- nos ayuda cuando hablar se vuelve difícil.

Esta es la historia de una de las hermanas de los primeros años de Calcuta: “Al día siguiente de unirme a la Madre, la acompañé por primera vez a los barrios pobres de Motijhil. Pasábamos por las calles recitando el Rosario. La Madre tenía una bolsa con algo adentro y me dio también una a mí. Vi que en el interior había un pedazo de jabón, una toalla, tijeras y algunas tabletas de vitaminas. Apenas llegadas, los niños rodearon a la Madre cantando y saludándola. Algunos eran pequeños, otros más grandes, otros con hermanos o hermanos en sus brazos. La madre me tomó de la mano y fuimos hacia los niños para lavarlos: narices, manos y pies. Y para arreglarles los cabellos. Me dijo que era una fantástica oportunidad para ser como Nuestra Señora, de hacer lo que Ella había hecho con Jesús. A pesar de mi amor por Jesús y María y a pesar de que quería ser como la Madre en su trabajo por los pobres, éste era un gran desafío: era repugnante poner las manos en esa suciedad. Pero la Madre me dio la clave. “Cada uno de estos niños sucios es Jesús, que espera ser tocado por ti con amor, humildad y gratitud”. Fue una lección de fe puesta en práctica, como la que me fue impartida por mi madre durante la Primera Comunión: Jesús de Nazaret está realmente en el pedazo de pan que recibimos en el Sacramento”.

Aún cuando la fe de madre Teresa era grande, ella siempre fue consciente de que era un instrumento de la gracia de Dios,  que obraba a través de ella. Consideró una gran gracia el estar en grado de aceptar el don de Dios y reconocer Su acción en su vida. Decía: “Debo reconocer aquello que el Señor hizo por mí. Su Gran amor por mi me tiene aquí, no mis méritos. La respuesta está en estar convencida: la misericordia y la gracia de Dios”.

Quiero concluir con una reflexión de Eileen Egan, una amiga muy cercana a Madre Teresa desde los años Sesenta: “Madre Teresa aceptó a Jesús con amor incondicional y lo vio en aquellos que Él le indicó: los hambrientos, los sin techo, los sufrientes. Ella los envolvió de misericordia. Después de todo, la misericordia no es otra cosa que el amor que se manifiesta en una necesidad, es amor que sale para ir al encuentro de las necesidades de quien se ama. ¿Nuestras vidas no cambiarían para mejor en un instante, si millones de fieles siguiesen así las palabras de Jesús?”

Durante este Jubileo de la Misericordia, la Iglesia nos presenta a la persona y al modelo de Madre Teresa. Siguiendo sus enseñanzas y su ejemplo, podemos recibir y donar misericordia, en particular en la relación con quienes nos están más cerca. “El amor -nos recordaba a menudo la Madre- comienza por casa”. Todo alrededor nuestro está lleno de personas necesitadas de nuestro amor tierno y misericordioso, solamente si “nos tomamos la molestia de mirarlas” entonces podremos hacer algo.

Le doy la palabra a la Madre: “Pensemos un segundo: tú y yo fuimos llamados por el nombre, porque Él nos ama. Porque tú y yo somos algo especial para Él: somos Su corazón, para amarLo en los pobres y Sus manos para servirlo en los más pobres… Comenzando por aquellos que nos están más cerca, incluso en nuestras propias familias”

Esto es lo que podemos ser, aquello que el Papa Francisco nos pide: ser testigos de misericordia.

 

*Misionero de la Caridad, postulador de la causa de canonización de Madre Teresa

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