31/03/2018, 13.41
EDITORIAL
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Pascua y el infierno del Sábado Santo

de Bernardo Cervellera

El infierno no está habitado por diablos, tridentes y llamas eternas: es un lugar lúgubre, sin color, gris; una especie de paisaje lunar sin movimiento ni luz. Es el lugar que Cristo visita, llevando su cuerpo atormentado por amor, como signo del amor extremo de Dios hacia las sombras sedientas que le han dicho que no.  El infierno en Occidente tiene el sello de la indiferencia. El infierno en Asia es la inmovilidad de situaciones dolorosas que no hallan soluciones por la maldad de los poderosos y de los hombres. En Irak y en Siria, los signos de la compasión y de la oración son anuncio de resurrección.

Roma (AsiaNews) – En la liturgia católica, el silencio del Sábado Santo forma parte del misterio pascual. Muchos comentaristas y teólogos han abordado el tema, y explican la sangre derramada del Viernes Santo, o la luz resplandeciente de la mañana de Pascua. Pero este período de silencio, de oscuridad, de espera, ha recibido poca atención.  No obstante, el Credo de los cristianos afirma que Jesús, el Sábado Santo, antes de resucitar, “descendió a los infiernos”.

Hasta donde tengo conocimiento, sólo el gran teólogo Hans Urs von Balthasar, solicitado por las visiones místicas de Adrienne Von Speyr, ha dedicado tiempo y estudio a este misterio. Ante todo, se ha centrado sobre estos “infiernos”. El infierno descripto por Von Speyr no está habitado por diablos, tridentes y llamas eternas: en realidad, es un lugar lúgubre, sin color, gris; una especie de paisaje lunar sin movimiento ni luz. Y se comprende por qué: el lugar del “no” a Dios significa que incluso la vitalidad de la creación –con sus multiformes facetas y matices- se ha apagado; en su lugar, hay una vida que es similar a la inmovilidad de la muerte, sin el destello de un sentimiento, sin el sobresalto de una sorpresa: una eterna bruma sin sentido. Es justamente este infierno el lugar que Cristo viene a visitar después de su muerte, llevando consigo su cuerpo atormentado por amor, sus llagas, fruto de una violencia perdonada, para ofrecer a aquellos que han rechazado a Dios en la tierra, su gesto de amor último, hasta el final, para que mundo de las sombras sedientas reconozca que la Verdad y Amor de Dios son el sentido de la vida y de la muerte.

En el silencio y en la aparente inmovilidad del Sábado Santo, hay una lucha entre el Cristo amante y la desesperación gris, que el Señor vence en la mañana de la Pascua haciendo tornar el flujo de la vida allí donde había cansancio y abandono.

El misterio del Sábado Santo es muy elocuente, y quizás sea el misterio más revelador para el mundo de hoy.  

En el mundo occidental, que busca decir “no” a Dios, está presente un infierno ya en la tierra: por más luces, drogas, colores, risotadas vacías de que pueda rodearse, en él se multiplican los signos de destrucción: el cantante que se suicida en la cima del éxito; los jóvenes, descartados como basura; los llamados “amores” que terminan en división y tragedia. Forma parte de este infierno la indiferencia hacia el otro, el que está cerca y el que está lejos nuestro, porque la monotonía gris de la desesperación hace que uno sólo se vea a sí mismo y no sienta compasión por nadie.

Si miramos al Asia, el Sábado Santo es este lugar “del medio”, en el cual cualquier solución tarda en llegar. En China, por ejemplo, no hay mártires de la sangre, sino que la persecución es llevada adelante a base de aislamiento, de control sofocante, de vedas, de la prohibición de hablar de Dios a los jóvenes. Y esto se da aún cuando se aplaude ante los famosos e “inminentes” diálogos entre Beijing y el Vaticano, que, al fin y al cabo, no son inminentes; todo parece estar inmóvil y al límite de la muerte.

En Irak, tras la victoria sobre el ISIS en Mosul, hay muchas personas evacuadas que aún no logran volver a sus casas a causa de la destrucción, del terreno plagado de minas, de la inseguridad, mientras los grupos étnico-políticos buscan reforzar el enfrentamiento de uno contra otro.  También aquí, el infierno de la indiferencia no deja ninguna luz de esperanza.

Y sin embargo, en el silencio del Sábado Santo, algo, o en realidad, Alguien se mueve, y viene a visitar nuestro infierno. A nuestra campaña “Adopta un cristiano de Mosul”, la seguiremos manteniendo activa, haciendo llegar comida, ropa, calefacción a miles de refugiados; por cierto que no es la solución definitiva a los problemas del Irak, pero tiene la fuerza desarmada y poderosa de las llagas amorosas que Cristo presenta a las sombras desesperadas. De la misma manera, en China, el recuerdo de los sufrimientos de los obispos secuestrados, de los fieles imposibilitados de reunirse, las ayudas para los estudios de seminaristas y laicos, son un signo de que incluso en el infierno, hay un arroyo de agua viva que brinda un alivio.  

Podríamos enumerar otros ejemplos para referirnos a la India, a la península coreana, a Tierra Santa. En cualquier caso, la victoria de Cristo, conquistada en el infierno, nos asegura que Dios está obrando incluso allí donde hay aparente inmovilidad. Y nosotros, en nuestra pequeñez, con la compasión y la oración, podemos ser signos de la resurrección. ¡Feliz Pascua!   

 

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