El mundo iliberal de Rusia y China
El politólogo ruso ultraputinista Gleb Kuznetsov ha publicado en la revista Gosudarstvo (“El Estado”) un artículo donde afirma explícitamente que “la división de poderes, las elecciones competitivas y la libertad de expresión impiden que el Estado funcione de manera eficaz”. Y señala el ejemplo de Shenzhen "una de las ciudades más controladas del mundo".
Cuando terminó el imperio soviético, hace treinta y cinco años, todos estaban convencidos de que la ideología comunista, que subordina los principios liberales a los del totalitarismo colectivo, había quedado archivada. Persistían algunos vestigios del “Mundo Rojo” del siglo XX, como Cuba, Vietnam, y obviamente China, el gigantesco heredero de Mao Tse-Tung, que se creía que estaba en vías de “conversión” capitalista y liberal, para luego descubrir que el capitalismo de Beijing se ha convertido en uno de los factores dominantes de la economía mundial, sin necesidad de conceder a sus ciudadanos derechos y libertades personales.
La crisis del globalismo, entendida como el desmantelamiento de las fronteras y la libertad universal de comercio e interacción entre los pueblos del mundo entero, comenzó veinte años después del “fin de la historia”, con las crisis financieras de 2008 y las sucesivas sacudidas que reconfiguraron los equilibrios geopolíticos. Mientras China ha intentado aprovechar la desintegración de los poderes occidentales introduciéndose en las grietas de la economía global con las nuevas “rutas de la seda”, Rusia ha visto la posibilidad de recuperarse de la humillación de su papel marginal, retomando el control del imperio no con dinero, sino con las armas y las amenazas apocalípticas de sus arsenales y de sus aspiraciones ideológicas de herencia secular, más apropiadas que nunca al “nuevo medievo” que el mundo está enfrentando para comprender para qué futuro debe prepararse.
Ahora Rusia se atribuye el mérito de haber destruido el dominio globalista de Occidente y de haber instaurado el nuevo orden mundial “multipolar”, como repiten obsesivamente el presidente Vladimir Putin y todos sus subordinados, aunque queda por ver cuántos “polos” se han abierto realmente en los enfrentamientos entre el Norte/Occidente y el Sur/Oriente global, con los Corredores Árticos del Extremo Norte, los “del centro” de Asia y el Cáucaso y los del sur donde merodean los barcos “piratas” de la flota en la sombra de Rusia, ahora detenidos por los Estados Unidos soberanos que se están separando de Europa, en un carrusel multipolar cada vez más vertiginoso.
Más allá de los giros imprevisibles de la geopolítica, que ofrecen argumentos a los comentaristas de todo el mundo para desarrollar fantasías desenfrenadas, un factor sistemático parece imponerse ahora en todas las latitudes: el fin de los valores liberales, reemplazados por los “valores tradicionales” sobre los que se construyó el mundo entero antes de la “degradación” moderna de la democracia. El politólogo ruso ultraputinista Gleb Kuznetsov ha publicado un artículo sobre este tema en la revista Gosudarstvo (“El Estado”), donde afirma explícitamente que “la división de poderes, las elecciones competitivas y la libertad de expresión impiden que el Estado funcione de manera eficaz”, y el ideólogo Aleksandr Dugin lo confirma afirmando que “ha terminado la época de los Estados nacionales democráticos”.
Está surgiendo así, en modalidades radicales típicas de Rusia, la nueva ideología mundial del soberanismo y el tradicionalismo, que proponen formas contemporáneas de autocracia en las que el líder guía la voluntad del pueblo de manera “iliberal”, el término decisivo que Putin repite desde el famoso discurso de Munich en la Conferencia de Seguridad de 2007, tras haber escuchado las numerosas homilías del patriarca de Moscú Kirill contra el liberalismo, el mal que destruye el mundo desde los tiempos de la Revolución Francesa, o mejor dicho, desde los tiempos de la teología escolástica latina. Desde entonces Rusia empezó a tomar distancia de las potencias occidentales. En 2008 comenzó la guerra con Georgia, que hoy ya ha sido sometida a la voluntad del Kremlin, y en 2014 con Ucrania, desgarrada por un conflicto simbólico aparentemente interminable entre diferentes visiones del mundo.
Kuznetsov afirma que los hombres del siglo XXI desprecian cada vez más las libertades sociales y políticas a cambio de “servicios digitales gratuitos”, marcando los términos del “medievo tecnológico” que, en lugar de la responsabilidad personal, hace prevalecer el control artificial de las conciencias. El politólogo ruso no expresa solamente una opinión aislada, aunque consecuente con la ideología oficial, sino que resume el trabajo de uno de los think tanks más importantes de la administración presidencial del Kremlin, el grupo Eisi dirigido por uno de los principales asesores y posibles herederos de Putin, el ex primer ministro Sergej Kirienko. Este texto ha sido analizado atentamente por uno de los analistas de Meduza, Andrej Pertsev, que intenta comprender en qué consiste el secreto del éxito de los “sistemas iliberales” de Rusia y China, que lleva a los habitantes de estos países a preferir el control digital en vez de los valores liberales.
La revista Gosudarstvo se comenzó a publicar en 2025, precisamente con el propósito de expresar de forma cada vez más eficaz los principios de la nueva ideología con la contribución de los “polit-tecnólogos”, como se denomina en Rusia a los heraldos del pensamiento dominante. Por ejemplo, Aleksandr Kharichev, otro hombre de Kirienko, escribe sobre la “sacralidad del poder” sustentada por la “capacidad de sacrificio” y el “colectivismo” de los rusos, combinando los principios del zarismo y del comunismo soviético. Estas dimensiones se ponen de relieve en un artículo de otro miembro del grupo, Boris Rapoport, titulado “Cuestiones y tareas de la política interna del Estado ruso en las diferentes épocas históricas”, en el cual se afirma que “la escasez de población en el enorme territorio de Rusia y el clima extremadamente severo han impuesto a los rusos la idea de un Estado fuerte como uno de los principios fundamentales para asegurar su propia supervivencia”.
El polit-tecnólogo Andrej Polosin propone un texto sobre “Legitimidad digital”, que concuerda con la tesis de Kuznetsov sobre la prevalencia ya imparable de los “regímenes iliberales” sobre los “liberales”, como lo demuestran sobre todo precisamente los sistemas de Rusia y China. No se menciona ningún “régimen liberal” específico, sino que se los nombra genéricamente como “Estados occidentales” donde “la legitimidad se basa en los procedimientos y en las ilusiones del control social sobre las instituciones”, mientras que los iliberales proponen la fuente alternativa de la “eficacia tecnológica”. Las elecciones periódicas cada 4-5 años, de hecho, son engañosas, porque el régimen en el poder debería trabajar todos los días para los electores, cuando en realidad este servicio sólo puede ser realizado de manera “visible y no mensurable” por las estructuras digitales.
Estos servicios tecnológicos son tan útiles para los ciudadanos que se convierten en “un argumento decisivo a favor del sistema, mucho más que las discusiones abstractas sobre los procedimientos democráticos”, añade Kuznetsov. La ventaja de los iliberales como Rusia y China no reside en el control sobre la población como tal, sino en "convertir este control en una verdadera legitimidad gracias a la prestación de servicios de calidad en las formas más convenientes”, que hacen la vida cotidiana más sencilla y satisfactoria. Por eso “no hay necesidad de manipular la opinión pública”, y el éxito del enfoque iliberal está asegurado por la “concentración del poder” que los decadentes regímenes liberales consideran peligrosa.
Se citan como ejemplo las dos megaciudades de Moscú y Shenzhen, ambas con unos 13 millones de habitantes, donde los servicios urbanos ofrecen “el máximo nivel de confort”, a diferencia de cualquier metrópolis occidental, donde es evidente que “las decisiones políticas se convierten en respuestas tecnológicas” y el alcalde asume el papel de “director general de la ciudad”, despojándose de la función explícita del poder y exaltando la del “servicio”, cuya frontera con la “supervisión” se vuelve totalmente secundaria e invisible. Por eso los moscovitas, y cada vez más los rusos en general, aceptan de buen grado el control total por parte de las autoridades centrales y locales, porque “cuanto más controlan, más cómodamente se vive”, y si el control faltara “no sería una liberación, sino un retorno al riesgo de lo desconocido”.
La experiencia de China produce un creciente entusiasmo en los politólogos rusos, como lo demuestra precisamente el ejemplo de Shenzhen, que en cuarenta años se ha transformado de una aldea rural en “capital tecnológica” gracias, precisamente, a la ausencia total de las características que los occidentales consideran indispensables: las elecciones, los medios independientes, la división de poderes. “Una de las ciudades más controladas del mundo funciona con suma eficacia, de una manera que las ciudades occidentales sólo pueden soñar”, afirma el especialista. Kuznetsov destaca que una de las principales ventajas de los sistemas iliberales es “la independencia de los ciclos electorales”, que en estos países se cumplen solamente para celebrar al régimen en el poder que es capaz de llevar adelante sus programas “durante décadas”, mientras que las alternancias contrapuestas de los liberales impiden realizar lo que se había prometido a los electores. Teniendo en cuenta que dentro de un mes y medio tendrán lugar las elecciones parlamentarias en Rusia, estas explicaciones ayudarán sin duda a los ciudadanos rusos a elegir a sus representantes, que serán los tutores del bienestar iliberal.
"MUNDO RUSO" ES EL BOLETÍN DE ASIANEWS DEDICADO A RUSIA ¿QUIERES RECIBIRLO TODOS LOS SÁBADOS EN TU CORREO? SUSCRÍBETE AL BOLETÍN EN ESTE ENLACE
14/09/2024 17:09
13/03/2024 09:52
27/12/2025 15:14
26/07/2025 15:36
